CAPÍTULO 29
La boca del túnel que conectaba las antiguas canteras de yeso con los cimientos del convento de San Hermenegildo se abría como una herida negra en la ladera de la sierra, ocultada por una cortina de hiedra centenaria y zarzas espinosas.
El crepúsculo descendía sobre Madrid con una lentitud agonizante, tiñendo el cielo de tonalidades amoratadas que anunciaban una noche sin luna, cómplice perfecta de los secretos que iban a ser desenterrados.
Amanda de Alcántara se ajustó el cuello de su capa de cuero negro, ignorando el frío húmedo que se colaba por las rendijas de la piedra, y clavó sus ojos esmeraldas en la negrura absoluta que se extendía más allá del umbral.
A su lado, Diego de Mendoza sostenía un farol sordo de latón, cuya luz había sido reducida a un mínimo resplandor mediante una lámina de cuero perforada, suficiente para orientarse sin delatar su posición.
—El pasadizo tiene aproximadamente cuatrocientos metros de longitud —susurró la joven, su voz amortiguada por la tela que cubría su rostro—.
Desemboca en la bodega del monasterio, justo debajo de la cilla donde se almacenan los toneles de vino.
Desde allí, una escalera de caracol conduce al claustro interior.
—Manteneos cerca de mí —respondió el capitán, su tono reducido a un murmullo ronco que apenas vencía el goteo rítmico del agua que se filtraba por las bóvedas—. El suelo está cubierto de escombros y raíces. Si hacéis ruido, los centinelas de Catalina nos escucharán antes de que podamos reaccionar.
Descendieron los peldaños irregulares de piedra, adentrándose en las entrañas de la tierra.
El mundo superficial, con sus palacios dorados y sus salones iluminados por candelabros de cristal, quedaba atrás, reemplazado por un universo de tinieblas y silencios opresivos.
Las paredes de roca caliza rezumaban una humedad enfermiza, y las sombras proyectadas por el farol danzaban como espectros atormentados, adoptando formas grotescas que parecían acechar desde los rincones más profundos.
Diego avanzaba en vanguardia, su espada desenvainada, sus sentidos aguzados al máximo, escrutando cada recoveco, cada grieta que pudiera ocultar una emboscada.
Amanda seguía sus pasos con una determinación férrea, su mente analítica procesando cada detalle del entorno.
No sentía el miedo paralizante que habría embargado a cualquier dama de su posición; en su lugar, una furia gélida y calculadora alimentaba cada una de sus zancadas.
La daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond reposaba en su corsé, un recordatorio metálico de que la justicia no se otorga, se arranca.
El capitán la miró por encima del hombro, y en la penumbra, sus ojos grises reflejaron una admiración profunda y una preocupación ineludible.
La química que los unía, ese vínculo indestructible forjado en la sangre y la adversidad, palpitaba con más fuerza en la oscuridad, convirtiéndolos en dos mitades de un mismo espíritu guerrero.
Tras quince minutos de una travesía extenuante por los túneles pestilentes, el sonido del agua corriente comenzó a mezclarse con otro ruido mucho más inquietante.
No eran los cánticos guturales de los aristócratas degenerados de la Llama Negra, ni los rezos fanáticos de los cultistas adultos que esperaban encontrar.
Era un sonido mucho más sutil, una melodía suave y arrulladora que resonaba con un eco espectral en las bóvedas de piedra.
Diego se detuvo en seco, alzando una mano para indicar a Amanda que guardara silencio.
Apagó el farol por completo, sumiendo el túnel en una oscuridad casi total.
El militar se pegó a la pared húmeda, arrastrando a Amanda con él hacia un rincón sombrío donde los muros se curvaban, ocultándolos de la vista.
—Escuchad —murmuró el capitán, su aliento cálido rozando la oreja de la joven, enviando un escalofrío que nada tenía que ver con la humedad del subsuelo.
Amanda aguzó el oído, su corazón latiéndole con una violencia descompasada.
La voz que tarareaba la nana pertenecía a una mujer, pero el acompañamiento de aquella melodía era lo que heló la sangre en sus venas.
Se escuchaban pasos suaves, el roce de telas pesadas y el tintineo metálico de cadenas siendo arrastradas sobre la piedra.
Sin embargo, no había gritos, ni lamentos, ni resistencia.
Solo una obediencia absoluta, una sumisión que resultaba más aterradora que cualquier acto de violencia explícita.
Con la sigilosidad de un felino, Diego y Amanda se aproximaron al final del túnel, donde una trampilla de madera carcomida marcaba el acceso a la bodega del convento.
El capitán extrajo una daga de su bota y comenzó a trabajar en los goznes oxidados con una precisión quirúrgica.
La madera cedió con un quejido apenas perceptible, y la trampilla se entreabrió, revelando una escalera de piedra que ascendía hacia la luz mortecina de unas velas.
Diego alzó la vista, indicando a Amanda que permaneciera abajo mientras él exploraba el terreno.
Con la agilidad de un espectro, el militar ascendió los peldaños, su espada desenvainada, listo para neutralizar cualquier amenaza.
Amanda contó los segundos, su mente trabajando a toda velocidad, trazando estrategias, calculando movimientos.
Cuando el capitán no regresó tras dos minutos de silencio absoluto, la joven no pudo soportar la incertidumbre.
Ascendió tras él, con la daga en la mano, el corazón latiéndole con una violencia descompasada.
Al llegar a la bodega, el espectáculo que se ofreció ante sus ojos la dejó sin aliento.
La estancia era inmensa, con bóvedas de ladrillo que se perdían en la penumbra.
Los toneles de vino se alineaban como soldados de madera, sus superficies curvas reflejando la luz parpadeante de los candelabros de hierro forjado.
Sin embargo, no había guardias, ni centinelas, ni niños adiestrados para la muerte.
Solo una figura solitaria, sentada en un sillón de terciopelo carmesí junto a una mesa de caoba donde reposaban una botella de vino tinto y dos copas de cristal tallado.
La condesa Catalina, o lo que quedaba de ella, alzó la vista cuando Amanda y Diego entraron en la estancia.
Su rostro, enmarcado por una toca de luto riguroso, reflejaba una calma aterradora, una serenidad que desafiaba toda lógica humana.
Vestía un hábito de monja, pero bajo la tela negra, asomaban los bordados de seda de un vestido aristocrático, una mezcla blasfema de santidad y vanidad que resultaba obscena.
—Os esperaba, queridos niños —pronunció la matriarca, su voz suave y aterciopelada resonando en la bodega como un veneno dulce—. Sabía que vendríais. La curiosidad es un defecto incurable en los Alcántara, y la lealtad, una enfermedad mortal en los Mendoza.
Diego avanzó con pasos medidos, su espada apuntando al pecho de la mujer, pero sin acercarse demasiado. Sus ojos grises, habitualmente fríos y calculadores, ardían con un fuego infernal, una ira tan pura y devastadora que amenazaba con consumirlo.
—¿Dónde están los niños? —exigió el capitán, su voz retumbando en las paredes de piedra con una autoridad que desafiaba a la muerte misma—. ¿Dónde están los magistrados?
Catalina soltó una risa baja, un sonido seco y carente de alegría que resonó en la bodega como el croar de un cuervo. Tomó la botella de vino y llenó las dos copas con una lentitud deliberada, saboreando el momento.
—Los niños están cumpliendo su misión, tal como yo les ordené —respondió la matriarca, alzando una de las copas hacia la luz—. Los magistrados están siendo purificados, sus almas lavadas por la sangre de los inocentes. Es un sacrificio necesario, un acto de amor hacia la verdadera fe.
Amanda sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor.
Las palabras de Catalina resonaron en su mente como un trueno, destrozando cada certeza, cada recuerdo, cada verdad que había creído inquebrantable.
La mujer que tenía delante no era una simple usurpadora, no era una carnicera de París que había robado una identidad.
Era algo mucho peor, algo que desafiaba la comprensión humana.
—Vos no sois Marie, la carnicera de Les Halles —murmuró Amanda, con la voz quebrada por el horror—.
Vos no usurpasteis la identidad de la condesa Catalina.
Vos sois la verdadera condesa, la mujer que dio a luz a Edmond, la que ordenó los primeros crímenes, la que entrenó a Eulalia para que lavara el cerebro de los niños.
Catalina sonrió, una curvatura lenta y cruel de los labios que reveló unos dientes perfectos que desentonaban con la decrepitud de su rostro.
—Por fin, querida, la verdad comienza a iluminar vuestra mente —susurró la matriarca, tomando un sorbo de vino—.
Sí, yo soy la verdadera condesa Catalina de Mondragón.
Marie, la carnicera, fue solo una herramienta, una plebeya a la que pagué para que fingiera mi muerte y me permitiera operar en las sombras.
Los documentos que encontrasteis en la embajada francesa eran falsos, creados por mí para despistar a mis enemigos.
Diego apretó la mandíbula, la cicatriz de su rostro tensándose hasta adquirir un tono blanquecino que delataba su furia contenida.
—Entonces todos los crímenes, todas las muertes, todas las mutilaciones, fueron obra vuestra —sentenció el capitán, con una calma heladora que resultaba más aterradora que cualquier grito—. La Llama Negra, la secta parisina, los asesinatos en Madrid, todo fue planeado por vos.