CAPÍTULO 28
La aurora se derramaba sobre los tejados de pizarra de Madrid con una timidez melancólica, tiñendo las nubes de un tono violeta pálido que apenas lograba disipar la pesada bruma matinal.
Desde el ventanal de su estudio, Amanda de Alcántara observaba cómo los carruajes de la beneficencia real se alejaban por la calle de Alcalá, transportando a los pequeños espectros rescatados de las cloacas hacia el orfanato seguro que ella misma había financiado con los restos de la fortuna parisina.
El repiqueteo de los cascos contra los adoquines húmedos sonaba como un latido distante, un recordatorio rítmico de que la vida, por fin, comenzaba a imponerse sobre la podredumbre.
Sin embargo, el aroma a ozono y tierra mojada que se colaba por la ventana no lograba borrar de su memoria el hedor a putrefacción y a inocencia corrompida que impregnaba sus ropajes.
Un par de brazos fuertes y callosos la rodearon por la espalda, atrayendo su cuerpo contra un pecho firme que latía con una cadencia sosegada.
Diego de Mendoza apoyó la barbilla en el hombro de su amada, inhalando el sutil perfume a jazmín y lavanda que siempre lograba anular los miasmas de la muerte.
El capitán había insistido en que ella descansara, pero conocía la naturaleza indomable de la mujer que tenía entre sus brazos.
Amanda no sabía detenerse hasta que cada pieza del rompecabezas macabro encajara en su lugar.
—Los niños están a salvo, mi amor —murmuró el militar, su voz ronca vibrando contra la piel sensible del cuello de la joven—. Los mejores médicos del hospital real los están atendiendo. Ningún monstruo volverá a tocarlos.
Amanda cerró los ojos, permitiendo que la calidez de aquel abrazo la anclara a la realidad. Giró el rostro ligeramente, rozando sus labios con la mejilla cicatrizada del guerrero.
—Están a salvo físicamente, Diego —respondió ella, con un tono que destilaba una tristeza profunda—.
Pero sus almas llevan marcas que ningún bisturí podrá borrar.
Eulalia y Catalina les arrebataron la infancia para convertirlos en verdugos.
Mientras la verdadera arquitecta de esta atrocidad respire, la sombra de aquellas alcantarillas los perseguirá en sus pesadillas.
Se separó con suavidad de la contención del capitán y caminó hacia el gran escritorio de caoba.
La superficie, antaño reservada para las cartas de compromiso y los poemas galantes, estaba ahora cubierta por un arsenal intelectual y forense.
Frascos de vidrio contenían los residuos químicos extraídos de los harapos de Eulalia; láminas de anatomía se superponían a mapas topográficos de Madrid, y un rosario de madera tosca reposaba en el centro, como el corazón negro de aquella investigación.
Diego se acercó a ella, apoyando las caderas en el borde del mueble y cruzando los brazos. Sus ojos grises, agudos y penetrantes, escrutaban el rostro concentrado de Amanda, admirando la ferocidad intelectual que la caracterizaba.
—Eulalia está encadenada en las mazmorras del Saladero, bajo la guardia de mis hombres más leales —informó el capitán, manteniendo un tono pragmático—. No ha pronunciado una sola palabra desde que recuperó el conocimiento. Solo sonríe y reza.
—No hablará, porque en su mente retorcida, el silencio es un acto de devoción —sentenció Amanda, tomando el rosario entre sus dedos finos.
Lo acercó a la luz de la lámpara de aceite, examinando las cuentas talladas—.
Pero los objetos que la rodean no mienten.
La madera de este rosario no es olivo ni sándalo.
Es boj de montaña, tratado con una resina específica que solo se encuentra en los talleres de los conventos de clausura de la sierra norte.
El militar se incorporó, acercándose para observar el detalle.
—Hay docenas de conventos en esa zona, Amanda. Las órdenes religiosas proliferan como la hierba mala en las afueras de la capital.
—Ciertamente —admitió la joven, extrayendo un pequeño frasco de cristal del escritorio.
Lo destapó, y un aroma penetrante a mirra, incienso y lirios secos inundó la estancia—.
Pero esta mezcla aromática es única. Los guardias encontraron estos residuos impregnados en el dobladillo del hábito de Eulalia.
No es el incienso común que se quema en las parroquias abiertas al público.
Es una fórmula litúrgica cerrada, utilizada exclusivamente para los oficios de la medianoche por la Orden de las Carmelitas Descalzas de la Inmaculada Silencio, en el monasterio de San Hermenegildo.
Diego frunció el ceño, su mente táctica procesando la información con la rapidez de un ajedrecista.
—El convento de San Hermenegildo es una fortaleza de piedra —reflexionó el capitán—.
Muros de tres metros de altura, rejas de hierro forjado en las ventanas y una clausura estricta que prohíbe la entrada a cualquier varón, incluida la guardia real, salvo con una orden expresa del Nuncio Apostólico.
Si Catalina se ha escondido allí, está protegida por la santidad del lugar.
—Y no solo por los muros —añadió Amanda, su mirada centelleando con una revelación súbita y aterradora.
Se giró hacia el mapa de Madrid, trazando una línea imaginaria entre el convento y el Palacio de Justicia—.
He estado analizando el perfil psicológico de la carnicera de Les Halles.
Catalina no es una mujer que huye por cobardía; es una depredadora que se reagrupa.
Eulalia cantaba una nana mientras afilaba los cuchillos.
No era una canción de cuna cualquiera, era el himno de la orden, adaptado con letras sangrientas.
Catalina no se limitó a esconderse en el convento; se ha infiltrado en él, probablemente asesinando a la priora original y usurpando su identidad, tal como hizo con la condesa.
El capitán apretó la mandíbula, la cicatriz de su rostro tensándose hasta adquirir un tono blanquecino.
—¿Y cuál es su objetivo? —inquirió Diego, con una calma heladora que precedía a la tormenta—. Si está escondida, ¿por qué enviar a Eulalia a entrenar a los niños en las alcantarillas? ¿Por qué los crímenes rituales de los informantes?
Amanda tomó una pluma de ganso y comenzó a escribir tres nombres en un pergamino en blanco. La caligrafía era afilada, decidida, carente de cualquier temblor.
—Porque los informantes no eran sus verdaderos objetivos, Diego. Eran distractores. Los crímenes de las alcantarillas y las muertes de los espías eran cortinas de humo para mantener a la guardia real ocupada en los barrios bajos, mientras ella preparaba su verdadera obra maestra de venganza.
Empujó el pergamino hacia el capitán. Diego leyó los tres nombres en voz alta, su tono tiñéndose de un reconocimiento sombrío.
—Magistrados Arriaga, Montenegro y Silva.
—Exactamente —confirmó Amanda, su voz adquiriendo una dureza metálica—.
Hace cuatro años, antes de que la usurpación de la fortuna parisina saliera a la luz, Catalina fue acusada del envenenamiento de su primer esposo, el verdadero conde.
Estos tres jueces declararon su inocencia, absuelta por falta de pruebas.
Catalina, en su delirio de grandeza y purificación, no los ve como los hombres que le salvaron el cuello.
Los considera pecadores que se atrevieron a juzgar a una "divinidad".
Los considera impuros. Y en su mente retorcida, la única forma de lavar la afrenta de haber sido sometidos a un tribunal mortal es purgar a los jueces con el fuego y la sangre de sus pequeños corderos.
Diego pasó una mano por su rostro, comprendiendo la magnitud del desastre.
—Si los niños han sido enviados a asesinar a los magistrados, el escándalo será inimaginable. La Corona caerá, y la Iglesia exigirá cabezas. Catalina busca el caos absoluto para poder escapar en la confusión.
—No escapará —sentenció Amanda, con una frialdad que habría asustado a cualquiera que no conociera la nobleza de su causa.
Tomó la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond, comprobando el filo con su pulgar—.
Conozco el convento. Mi tía pasó allí un mes de retiro espiritual hace años.
Conozco los pasadizos subterráneos que conectan la bodega del monasterio con las antiguas canteras de yeso.
No necesitamos la autorización del Nuncio.
Necesitamos entrar antes de que la luna alcance su cenit, que es cuando los niños serán enviados a cumplir su macabra misión.
El capitán la observó con una intensidad que desarmaba cualquier barrera.
La admiración que sentía por aquella mujer era un abismo sin fondo.
Amanda no era solo una heredera, no era solo una amante apasionada; era la estratega más brillante que había conocido, una mente quirúrgica capaz de diseccionar la maldad y extraerla de raíz.
Se acercó a ella, tomando su rostro entre sus manos callosas, obligándola a sostener su mirada.
—Sois mi perdición y mi salvación, Amanda de Alcántara —susurró él, con una devoción que resonó en las paredes de madera del estudio—.
Os juro por cada cicatriz de mi cuerpo que ningún niño más derramará sangre esta noche.
Y juro que la carnicera de París pagará por cada lágrima que ha hecho derramar.
Amanda sintió que el corazón le daba un vuelco.
La ternura en los ojos del guerrero era un bálsamo para las heridas invisibles que ambos cargaban.
Se alzó sobre las puntas de los pies y capturó sus labios en un beso que supo a promesas inquebrantables, a pólvora y a jazmín, a un amor forjado en el infierno y templado en la gloria.
No había lujos ni sedas en aquel abrazo, solo la urgencia de dos almas que se habían encontrado en la oscuridad y habían decidido ser la luz del otro.
Cuando rompieron el beso, Diego apoyó la frente contra la de ella, sus respiraciones entrelazándose en el aire viciado de la estancia.
—Prepararé a un pelotón de élite —murmuró el capitán, separándose con reluctancia—. Hombres que me deben la vida. No llevarán los colores de la Corona, para no alertar a las autoridades eclesiásticas. Entraremos por las canteras de yeso, tal como habéis sugerido.
—No —interrumpió Amanda, su tono adquiriendo una autoridad inquebrantable—.
Si lleváis un pelotón, el ruido de las botas en los túneles alertará a Catalina.
Ella tiene a los magistrados vigilados, probablemente con los niños infiltrados en sus propias casas como sirvientes.
Si sospecha que vamos, ordenará a los pequeños que corten las gargantas de sus objetivos y luego se suiciden.
Esta requiere una cirugía de precisión, Diego. No un martillazo.
El militar la miró, evaluando la lógica de sus palabras. Sabía que ella tenía razón. La sutileza era la única arma que poseían contra una mente tan paranoica y calculadora.
—Iremos nosotros dos solos —aceptó Diego, con una resignación que ocultaba un orgullo feroz—. Vos conoceréis los pasadizos internos y yo neutralizaré las amenazas. Pero prometedme que os mantendréis detrás de mí cuando crucemos el umbral de la clausura.
Amanda sonrió, una curvatura triste pero desafiante de sus labios. Se ajustó el corsé, asegurando que las dagas y las pistolas de dos cañones estaban bien sujetas.
—Os prometo que seré vuestra sombra, capitán —respondió ella, tomando su mano y entrelazando sus dedos con los de él, la alianza de oro brillando con un destello frío en su dedo anular—. Pero si Catalina intenta huir, no os interpondréis en mi camino. Esta noche, la cacería termina.
Juntos, salieron del estudio, dejando atrás los mapas y los frascos de veneno.
La luz del sol comenzaba a filtrarse con más fuerza por los ventanales, anunciando un día que prometía ser tan sangriento como los anteriores.
Pero mientras caminaban por los pasillos de la residencia, sus hombros rozándose, sus mentes sincronizadas en un mismo propósito, el miedo había sido desterrado.
Eran dos guerreros que habían descendido al abismo y habían regresado con las manos manchadas de barro, pero con las almas intactas.
Y ahora, se disponían a arrastrar al último demonio de París hacia la luz implacable de la justicia.