CAPÍTULO 27 #2
—Eulalia es el conducto —analizó la joven, su mente volviendo a la precisión analítica que la caracterizaba—.
Catalina no está aquí. La verdadera condesa, la carnicera de París, opera desde las sombras, utilizando a esta fanática como intermediaria para entrenar a los pequeños.
Si logramos capturar a Eulalia viva, podremos desmantelar la red y salvar a los niños de este infierno.
Diego asintió, ajustando su agarre en la empuñadura de su espada.
Se preparó para salir de su escondite, pero antes de que pudiera dar un solo paso, un ruido seco resonó en la caverna.
Uno de los niños, un muchacho de unos diez años con la mirada perdida, había dejado caer su cuchillo.
El metal chocó contra una losa de piedra, y el eco se amplificó en el espacio cerrado como el disparo de un cañón.
Eulalia detuvo su nana al instante. Su rostro, hasta entonces transfigurado por una falsa dulzura, se endureció en una máscara de crueldad absoluta.
Soltó a la pequeña niña con un empujón brusco que la hizo caer sobre la paja, y se puso de pie, desenvainando una pistola de chispa de su amplia falda de luto.
—¿Quién anda ahí? —exigió la mujer, su voz perdiendo toda ternura para convertirse en un látigo de hielo—. ¡Salid de las sombras, sabuesos de la Corona! ¡Mis corderos os arrancarán los ojos si os atrevéis a profanar nuestro santuario!
Los niños, al escuchar el tono autoritario de su "madre", reaccionaron con un condicionamiento pavloviano aterrador.
Olvidando su miedo, olvidando su humanidad, recogieron sus cuchillos y se pusieron de pie, formando un muro de pequeños cuerpos temblorosos pero letales frente a Eulalia.
Sus ojos, antes vacíos, ahora brillaban con un fanatismo ciego y letal.
Amanda sintió que el corazón se le encogía.
No podía permitir que aquellos niños murieran, ni que muriera nadie más por la locura de una mujer que jugaba a ser diosa con las almas ajenas.
Sin mirar a Diego, sin pedir permiso ni esperar instrucciones, la heredera de los Alcántara dio un paso al frente, saliendo de las sombras y exponiéndose a la luz de la hoguera.
—No son corderos, Eulalia —pronunció Amanda, su voz clara y resonante, cargada de una autoridad que heló el aire viciado de la caverna—. Son víctimas. Y esta pesadilla termina esta noche.
Eulalia entrecerró los ojos, reconociendo al instante a la joven aristócrata que había frustrado sus planes en la botica. Una sonrisa sádica y desquiciada curvó sus labios, mientras alzaba la pistola para apuntar directamente al pecho de Amanda.
—Doña Amanda —siseó la fanática, su dedo temblando sobre el gatillo—. La Madre me dijo que vendríais. Que vuestro corazón blando os traería de vuelta a la oscuridad. Pero no sabéis que los pequeños ya no necesitan que los guíe. La sangre los ha liberado.
Diego emergió de las sombras como un rayo, interponiendo su cuerpo entre el cañón del arma y la joven.
Su espada apuntaba al cuello de Eulalia, pero el capitán sabía que un movimiento en falso, un espasmo de pánico de la mujer, y el plomo atravesaría el corazón de Amanda.
La tensión en la caverna alcanzó un punto de ruptura, un equilibrio inestable entre la vida y la muerte, entre la inocencia corrompida y la maldad absoluta.
—Soltad el arma, Eulalia —ordenó Diego, su voz retumbando con una calma letal que no admitía réplica—. Habéis perdido. Catalina ha huido, los Villeneuve están muertos o en la horca. No queda nadie por quien derramar más sangre.
Pero la mujer de luto soltó una carcajada estridente, un sonido que rebotó en las paredes de ladrillo y erizó la piel de todos los presentes.
—¡Catalina no huye jamás! —gritó la fanática, sus ojos desorbitados por la locura—. ¡Catalina es eterna! ¡Y vosotros vais a ser el siguiente sacrificio para purificar a mis pequeños!
Antes de que Diego pudiera lanzarse sobre ella, Eulalia giró el cañón de la pistola, no hacia el capitán, sino hacia el muchacho de diez años que había dejado caer el cuchillo.
El niño, paralizado por el terror, no se movió.
La fanática iba a ejecutar a su propia "oveja descarriada" para dar ejemplo, para demostrar que su control sobre aquellos pequeños era absoluto.
Amanda no lo pensó. Ignorando el peligro, ignorando la lógica, se lanzó hacia adelante con la velocidad de un depredador.
Su mano voló hacia el interior de su corsé, extrayendo la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond.
Con un movimiento fluido, lanzó el arma con una precisión quirúrgica.
El acero atravesó el aire viciado de la caverna y se clavó profundamente en la muñeca de Eulalia, justo en el momento en que la mujer apretaba el gatillo.
El estruendo del disparo fue ensordecedor, pero la bala, desviada por el espasmo de dolor de la fanática, se incrustó en el techo de ladrillo, arrancando una lluvia de escombros y polvo.
Eulalia soltó un alarido de agonía, dejando caer la pistola al suelo fangoso mientras se aferraba la muñeca sangrante.
Los niños, al ver a su "madre" herida y sangrando, rompieron el hechizo del condicionamiento.
El miedo, el verdadero y puro miedo infantil, regresó a sus ojos, y comenzaron a llorar y a retroceder, arrojando los cuchillos al suelo.
Diego aprovechó la fracción de segundo de desconcierto para cruzar la distancia que los separaba.
Con un golpe seco de la empuñadura de su espada, golpeó la sien de Eulalia, dejándola inconsciente antes de que pudiera emitir un solo sonido más.
La mujer se desplomó sobre la paja podrida, inmovilizada y derrotada.
El silencio que siguió al disparo fue roto únicamente por los sollozos de los niños.
Amanda cayó de rodillas, ignorando el barro y la inmundicia que manchaban su vestido de cuero.
Extendió los brazos hacia el muchacho de diez años, el mismo que había estado a punto de ser ejecutado.
El niño retrocedió, temblando, con los ojos llenos de desconfianza y terror.
—No voy a haceros daño —susurró Amanda, su voz quebrada por la emoción, adoptando un tono suave y tranquilizador—. Ya pasó todo. Estáis a salvo. Nadie más os va a obligar a hacer cosas terribles.
El niño la miró, y en sus ojos oscuros, Amanda vio el reflejo de su propia infancia robada, de las cadenas invisibles que la alta sociedad imponía a los débiles.
Lentamente, temblando, el pequeño dio un paso al frente y se dejó envolver en el abrazo de la joven.
Amanda lo estrechó contra su pecho, cerrando los ojos mientras las lágrimas fluían libremente, lavando el hollín y la sangre de sus mejillas.
Diego se acercó a ellos, su espada envainada, su rostro marcado por una compasión profunda y una furia contenida hacia los verdaderos arquitectos de aquella atrocidad.
Se arrodilló junto a Amanda, pasando un brazo protector alrededor de sus hombros, atrayéndola contra su lado mientras los demás niños, poco a poco, se acercaban, buscando el calor y la seguridad que aquella pareja de guerreros les ofrecía.
—Catalina no huyó, Amanda —murmuró Diego, su voz ronca vibrando con una promesa de destrucción absoluta—. Se ha escondido. Ha dejado a esta fanática para cuidar a sus perros rabiosos mientras ella planea su siguiente movimiento. Pero ha cometido un error fatal.
Amanda alzó el rostro, mirando a los ojos al capitán. La tristeza y la compasión que sentía por aquellos niños se estaban transmutando, fundiéndose con el acero de su voluntad, creando una resolución inquebrantable.
—Ha subestimado nuestra capacidad para rastrearla —sentenció la joven, acariciando el cabello del niño que sostenía en brazos—.
Ha creído que al esconderse en las sombras, al utilizar a los más vulnerables como escudo, podría burlar a la justicia.
Pero no sabe que yo conozco sus métodos.
Sé cómo piensa. Sé dónde buscará refugio cuando se dé cuenta de que su ejército de niños ha sido neutralizado.
Diego asintió, besando la sien de Amanda con una reverencia absoluta.
En aquel sótano fétido, rodeados de la inocencia corrompida y la maldad más execrable, su amor había encontrado un nuevo propósito.
Ya no luchaban solo por su propia supervivencia, ni por vengar a sus muertos.
Luchaban por los que no tenían voz, por los que habían sido arrojados al abismo y obligados a convertirse en monstruos.
—Entonces la cazaremos —respondió el capitán, su mirada fija en la oscuridad del túnel, más allá de la caverna—. Y cuando la encontremos, no habrá alcantarillas ni conventos de clausura que la salvaguarden de nuestra ira.
Amanda se incorporó lentamente, ayudando al niño a ponerse de pie.
Su mente, afilada como el bisturí, ya estaba trazando el mapa de Madrid, analizando los movimientos de Catalina, deduciendo el único lugar donde una mujer de su perfil, una usurpadora que necesitaba mantener una fachada de piedad mientras operaba en las sombras, podría esconderse.
La pieza final del rompecabezas estaba a punto de encajar, y la verdad, por terrible que fuera, saldría a la luz.
La cacería había entrado en su fase más oscura, pero mientras Amanda y Diego permanecieran juntos, mientras sus manos estuvieran entrelazadas y sus corazones latieran al unísono, ninguna sombra podría vencerlos.
Eran la luz en la penumbra, la justicia en un mundo de traiciones, y estaban dispuestos a arrastrar a los demonios de París y Madrid hasta el último rincón de la tierra para asegurar que, al menos, aquellos niños podrían volver a ver el sol.