CAPÍTULO 27
La boca de la alcantarilla principal, situada en las afueras del puente de Toledo, bostezaba como la fauce de un leviatán devorador de almas bajo el cielo plomizo de la madrugada madrileña.
El hedor a aguas estancadas, a putrefacción orgánica y a excrementos de rata golpeó las fosas nasales de los dos intrusos con una violencia inmisericorde, obligándolos a cubrirse el rostro con pañuelos impregnados de sales aromáticas y vinagre.
Amanda de Alcántara ajustó el cuello de su capa de cuero, ignorando la repulsión que le revolvía el estómago, y clavó sus ojos en la negrura absoluta que se extendía más allá del umbral de piedra.
A su lado, Diego de Mendoza sostenía un farol de aceite de latón, cuyo resplandor mortecino apenas lograba disipar la espesa cortina de niebla tóxica que se aferraba a los muros abovedados del subterráneo.
—El rastro químico que hallasteis en la morgue es más denso en este sector —susurró la joven, su voz amortiguada por la tela, mientras extraía un pequeño frasco de vidrio de su bolso.
Acercó el recipiente al aire viciado, observando cómo el líquido reactivo en su interior cambiaba de un tono cristalino a un ámbar turbio—.
La concentración de sales de potasio y alcohol etílico es abrumadora.
Alguien está utilizando este laberinto de cloacas como un laboratorio improvisado.
—Manteneos cerca de mí y vigilad cada paso —respondió el capitán, su tono reducido a un murmullo ronco que apenas vencía el goteo rítmico y enloquecedor de las bóvedas.
Diego desenvainó su espada con un movimiento fluido, el acero cantando una melodía fúnebre en la penumbra—.
El suelo está cubierto de limo y losas resbaladizas.
Si caéis al agua negra, la infección os matará antes de que el veneno de las ratas pueda hacerlo.
Descendieron los peldaños de piedra musgosa, adentrándose en las entrañas putrefactas de la capital.
El mundo superficial, con sus palacios dorados y sus salones iluminados por candelabros de cristal, quedaba atrás, reemplazado por un universo de tinieblas y miserias inconfesables.
Las paredes de ladrillo rezumaban una humedad enfermiza, y las sombras proyectadas por el farol danzaban como espectros atormentados, adoptando formas grotescas que parecían acechar desde los rincones más profundos.
Diego avanzaba en vanguardia, sus sentidos aguzados al máximo, escrutando cada recoveco, cada alcantarilla secundaria que desembocaba en el túnel principal.
Su instinto militar, forjado en los barrizales de las guerras, le gritaba que no estaban solos en aquel sepulcro acuático.
Amanda seguía sus pasos con una determinación férrea, su mente analítica procesando cada detalle del entorno.
No sentía el miedo paralizante que habría embargado a cualquier dama de su posición; en su lugar, una furia gélida y calculadora alimentaba cada una de sus zancadas.
Los crímenes rituales habían regresado, pero la verdad sobre los asesinos estaba a punto de ser desvelada en aquel abismo de inmundicia.
El capitán la miró por encima del hombro, y en la penumbra, sus ojos grises reflejaron una admiración profunda y una preocupación ineludible.
La química que los unía, ese vínculo indestructible forjado en la sangre y la adversidad, palpitaba con más fuerza en la oscuridad, convirtiéndolos en dos mitades de una misma alma guerrera.
Tras veinte minutos de una travesía extenuante por los túneles pestilentes, el sonido del agua corriente comenzó a mezclarse con otro ruido mucho más inquietante.
No eran los cánticos guturales de los aristócratas degenerados de la Llama Negra, ni los rezos fanáticos de los cultistas adultos que esperaban encontrar.
Era un sonido mucho más desgarrador, una melodía suave y arrulladora que resonaba con un eco espectral en las bóvedas de ladrillo.
Diego se detuvo en seco, alzando una mano para indicar a Amanda que guardara silencio.
Apagó el farol de un soplo, sumiendo el túnel en una oscuridad casi total, iluminada únicamente por el tenue resplandor de una hoguera que parpadeaba al final de una bifurcación.
El militar se pegó a la pared húmeda, arrastrando a Amanda con él hacia un rincón sombrío donde los muros se curvaban, ocultándolos de la vista.
—Escuchad —murmuró el capitán, su aliento cálido rozando la oreja de la joven, enviando un escalofrío que nada tenía que ver con la humedad del subsuelo.
Amanda aguzó el oído, su corazón latiéndole con una violencia descompasada.
La voz que tarareaba la nana pertenecía a una mujer, pero el acompañamiento de aquella melodía era lo que heló la sangre en sus venas.
Se escuchaban sollozos ahogados, el roce de telas raídas y el tintineo metálico de instrumentos afilados contra la piedra.
Sin embargo, las manos que empuñaban aquellas hojas no eran las de hombres hechos y derechos.
Eran manos pequeñas, torpes, que se movían con la vacilación del terror y la obediencia ciega.
Con la sigilosidad de un felino, Diego y Amanda se aproximaron al borde de la curva, asomando las cabezas para contemplar la escena que se desarrollaba en una caverna natural, ensanchada por la mano del hombre para servir de cisterna.
Lo que vieron a la luz de las brasas destrozó cada certeza que habían albergado hasta ese instante.
Sentados en círculo sobre un lecho de paja podrida y harapos inmundos, se hallaban media docena de niños.
No superaban los doce años de edad. Sus rostros estaban surcados por la suciedad y la desnutrición, sus ojos hundidos en cuencas oscuras brillaban con la vacuidad de quienes han perdido la inocencia y la esperanza.
Vestían camisas de lino que antaño fueron blancas, ahora manchadas de sangre seca y barro.
En las manos de aquellos pequeños espectros, brillaban los cuchillos de cocina y las sierras de dientes finos con los que habían perpetrado las mutilaciones.
Sus movimientos eran mecánicos, carentes de toda emoción, como los de marionetas cuyos hilos eran manejados por una voluntad ajena y despiadada.
En el centro del círculo, acunando a una niña de apenas seis años contra su pecho, se hallaba la figura que entonaba la nana.
Era Eulalia, la antigua dama de compañía de la tía de Amanda, la mujer que la había traicionado en la botica de San Ildefonso.
Su rostro, enmarcado por una toca de luto riguroso, reflejaba una ternura maternal que contrastaba de forma obscena con el entorno macabro.
Con una mano acariciaba el cabello enmarañado de la pequeña, y con la otra sostenía un paño empapado en alcohol, limpiando con meticulosidad la hoja de un bisturí manchado de carmesí.
—Tranquilos, mis pequeños corderos —arrullaba Eulalia, su voz suave y aterciopelada resonando en la caverna como un veneno dulce—.
La Madre os observa desde las alturas. Cada corte que dais, cada vida que purificáis, os acerca más a su abrazo.
No temáis a la sangre, pues es el agua bendita que lava vuestras almas huérfanas.
Amanda sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor.
Las manos le temblaban con tanta fuerza que tuvo que aferrarse a la pared de ladrillo para no desplomarse.
La revelación era un mazazo brutal, una verdad tan atroz que desafiaba la comprensión humana.
Los monstruos que habían aterrorizado a Madrid, los asesinos despiadados de la Llama Negra, no eran aristócratas sádicos ni sicarios experimentados.
Eran niños. Huérfanos de la calle, criaturas abandonadas a las que la maldad humana había arrebatado todo, incluso su propia humanidad, para convertirlos en instrumentos de muerte.
Diego apretó la mandíbula con tanta fuerza que la cicatriz de su rostro pareció palpitar.
Sus ojos grises, habitualmente fríos y calculadores, ardían con un fuego infernal, una ira tan pura y devastadora que amenazaba con consumirlo.
Comprendió al instante la magnitud de la perversión.
Catalina, la verdadera mente maestra, no solo había usurpado fortunas e identidades; había construido un ejército de pesadillas utilizando a los más vulnerables, a aquellos que la sociedad había descartado.
Los había lavado el cerebro, llenando sus mentes vírgenes con dogmas de sangre y devoción hacia una figura materna que los alimentaba con migajas y los embriagaba con fanatismo.
—Dios mío —susurró Amanda, una lágrima solitaria y ardiente rodando por su mejilla, surcando la suciedad del subsuelo—. Son niños, Diego. Son solo niños rotos.
El capitán no respondió de inmediato. Su mente táctica evaluaba la situación con una frialdad aparente, aunque su corazón sangraba por la mujer que tenía a su lado.
Sabía que Amanda, con su empatía quirúrgica y su alma indomable, estaba sufriendo un tormento inenarrable.
Ella había buscado monstruos para poder odiarlos sin remordimientos, para poder destruirlos con la conciencia tranquila.
Pero el destino, en su crueldad infinita, le había presentado a víctimas que eran, al mismo tiempo, verdugos.
—No podemos matarlos, Amanda —murmuró Diego, su voz ronca vibrando con una contención absoluta—. Si atacamos ahora, el pánico los volverá locos. Podrían hacerse daño a sí mismos o intentar atacarnos con esas hojas. Necesitamos neutralizar a la mujer que los controla sin que ellos lo perciban.
Amanda asintió, obligándose a respirar hondo para calmar la tormenta que rugía en su interior.
Se secó la lágrima con el dorso de la mano, su expresión transformándose de la conmoción a una determinación de acero.
Ya no era solo una heredera buscando venganza; era una protectora, una madre de almas ajenas que se negaba a permitir que aquella farsa macabra continuara ni un segundo más.