Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La residencia de los Alcántara, ahora restituida a su antigua gloria gracias a la fortuna parisina recuperada, se alzaba como un faro de elegancia en el corazón de Madrid.

Sin embargo, tras las fachadas de mármol y los salones decorados con tapices flamencos, se gestaba una tormenta silenciosa.

Amanda de Alcántara se hallaba en su estudio privado, una estancia que había transformado en un laboratorio forense improvisado.

Las mesas de caoba, antaño destinadas a las tertulias literarias y a los bordados de las damas, ahora sostenían frascos de reactivos químicos, microscopios de latón, láminas anatómicas y los instrumentos quirúrgicos que la joven había utilizado en la morgue.

La luz de las velas proyectaba sombras danzantes sobre las paredes revestidas de roble, iluminando el rostro concentrado de la heredera.

Sus ojos esmeraldas, enrojecidos por la falta de sueño y la tensión acumulada, recorrían las notas que había tomado durante la autopsia del informante.

Diego de Mendoza se hallaba sentado en un sillón de terciopelo carmesí, observándola con una mezcla de admiración y preocupación.

El capitán había enviado a sus mejores hombres a rastrear los movimientos del difunto en las últimas semanas, pero hasta el momento, las pesquisas no habían arrojado resultados concluyentes.

—Hay algo que no encaja, Diego —murmuró Amanda, rompiendo el silencio denso de la estancia.

Su voz, aunque suave, vibraba con una certeza que helaba la sangre—.

He estado comparando las fotografías de los crímenes originales con las del nuevo cadáver.

Los errores en las incisiones no son aleatorios, son sistemáticos.

Se levantó del escritorio y caminó hacia el capitán, sosteniendo un legajo de ilustraciones que había realizado con sus propias manos. Las láminas mostraban los patrones de corte de ambas series de asesinatos, superpuestos en transparencias de papel vegetal.

—Observad —continuó ella, extendiendo los dibujos sobre la mesa—.

En los crímenes de la Llama Negra, las incisiones formaban un triángulo equilátero perfecto, con los vértices alineados con las costillas tercera, quinta y séptima.

El asesino original poseía un conocimiento anatómico profundo, probablemente adquirido en los anfiteatros de París o de Montpellier.

Sin embargo, en el nuevo crimen, el triángulo está deformado, pero no de forma aleatoria.

El vértice superior se desvía consistentemente hacia la izquierda, y los cortes laterales son asimétricos de una manera específica.

Diego se incorporó, acercándose a la mesa para examinar las ilustraciones con mayor detalle. Sus ojos grises, entrenados para detectar las mínimas irregularidades en el campo de batalla, recorrieron los dibujos con una atención casi quirúrgica.

—¿Qué significa esa desviación? —preguntó él, con la voz ronca que resonaba en las paredes de madera de la estancia.

Amanda sonrió, una sonrisa triste y cansada que revelaba la vulnerabilidad que se empeñaba en ocultar bajo capas de disciplina intelectual.

—Significa que el asesino es zurdo —sentenció ella, con una certeza inquebrantable—.

La desviación hacia la izquierda es consistente con la mano dominante.

Además, la profundidad de los cortes indica que el asesino no posee la fuerza necesaria para realizar incisiones limpias con un bisturí quirúrgico.

Está utilizando una herramienta más pesada, probablemente una sierra de dientes finos o un cuchillo de cocina con hoja ancha.

El capitán asintió con lentitud, su mente táctica procesando la información con la rapidez de un ajedrecista que anticipa los movimientos de su oponente.

Se acercó a Amanda, pasando sus brazos alrededor de su cintura y atrayéndola contra su pecho con una ternura que contrastaba brutalmente con la crudeza de la investigación.

—Entonces buscamos a un zurdo, con conocimientos básicos de anatomía pero sin formación médica formal —murmuró él, apoyando la barbilla sobre la coronilla de la joven—. Alguien que ha estudiado los crímenes de la Llama Negra a través de los periódicos o de testimonios de segunda mano.

—Exactamente —respondió Amanda, apoyando la cabeza contra el pecho del guerrero, escuchando el ritmo constante de su corazón—.

Pero hay más. He analizado los residuos químicos encontrados en la herida del informante.

En los crímenes originales, los asesinos utilizaban formol y sales de mercurio para preservar los órganos extraídos.

Sin embargo, en el nuevo crimen, los residuos indican el uso de alcohol etílico y sales de potasio, sustancias mucho más comunes y accesibles.

Se separó de él con reluctancia y regresó al escritorio, tomando un frasco de cristal que contenía una muestra de los residuos.

—Esto sugiere que el asesino no tiene acceso a los productos químicos utilizados en los anfiteatros médicos —continuó ella, con una frustración contenida que teñía sus palabras—.

Probablemente trabaja en un entorno donde estas sustancias están disponibles, como una botica, una taberna o incluso una fábrica de licores.

Diego la observó con una intensidad renovada, percibiendo la fuerza que se ocultaba tras la fragilidad aparente de aquella mujer.

La amaba con una ferocidad que le quemaba las entrañas, con una devoción que desafiaba a la razón y al deber.

Se acercó a ella, tomando su rostro entre sus manos callosas y obligándola a mirarlo.

—Sois extraordinaria, Amanda —murmuró él, con la voz ronca que vibraba en el pecho de la joven—. No hay nada que se os escape, ningún detalle que no podáis convertir en un arma.

Ella sonrió, una sonrisa triste que iluminó su rostro pálido.

—No es extraordinario, Diego. Es supervivencia. En un mundo donde las mujeres somos consideradas piezas de intercambio, el conocimiento es la única moneda que nos permite comprar nuestra libertad.

El capitán la atrajo hacia él, capturando sus labios en un beso que supo a promesas eternas, a jazmín y a pólvora, a un amor forjado en el infierno y templado en la gloria.

Amanda respondió a su abrazo con la misma ferocidad, aferrándose a su cuello como si él fuera la única ancla en medio de la tormenta que se avecinaba.

Sin embargo, el momento de ternura fue interrumpido por un golpe urgente en la puerta. El sargento Ruiz irrumpió en la estancia con el rostro pálido y la respiración entrecortada. Su uniforme estaba manchado de barro, y sus ojos brillaban con una consternación que heló la sangre de los dos amantes.

—Mi general, mi señora —balbuceó el soldado, haciendo una reverencia apresurada—.

Hemos identificado al difunto. Se llama Joaquín de la Cruz, un exsoldado que trabajaba como informante para la red de espionaje de los barrios bajos.

Pero hay algo más. Hemos encontrado a su contacto, un hombre llamado Esteban, que asegura que Joaquín estaba vendiendo información sobre los movimientos de la condesa Catalina antes de su desaparición.

Amanda sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Las palabras del sargento resonaron en su mente como un trueno, destrozando la paz que habían construido durante tres meses. Catalina. La verdadera mente maestra detrás de la usurpación, la carnicera de París que había desaparecido en las sombras.

—¿Qué información estaba vendiendo? —preguntó ella, con la voz temblorosa pero la mente afilada como un bisturí.

—Según Esteban, Joaquín había descubierto que Catalina no había huido de Madrid —respondió el sargento, tragando saliva con dificultad—.

Estaba escondida en la ciudad, operando desde las alcantarillas y los sótanos abandonados.

Joaquín iba a vender su ubicación a un embajador extranjero, pero alguien lo descubrió y lo eliminó.

Diego apretó los puños, la cicatriz de su rostro tensándose hasta adquirir un tono blanquecino que delataba su furia contenida. Se volvió hacia Amanda, sus ojos grises brillando con una determinación inquebrantable.

—Entonces Catalina está detrás de estos nuevos crímenes —sentenció él, con una calma heladora que resultaba más aterradora que cualquier grito—.

Está eliminando a los informantes que podrían delatar su paradero, utilizando la imitación de los crímenes de la Llama Negra para confundir a las autoridades.

Amanda asintió, su mente trabajando a toda velocidad, trazando las conexiones entre los crímenes originales y esta nueva masacre.

Sin embargo, algo no encajaba. Catalina era una mujer inteligente, calculadora, con acceso a recursos ilimitados.

¿Por qué utilizar una imitación tan burda de los crímenes de la secta?

¿Por qué dejar pistas tan evidentes que incluso ella, con sus conocimientos médicos, había podido detectar?

—Hay algo más —murmuró ella, con una certeza inquebrantable—. Catalina no es la asesina. Alguien más está cometiendo estos crímenes, alguien que trabaja para ella o que está siendo manipulado por ella.

Diego la miró con una intensidad renovada, percibiendo la fuerza que se ocultaba tras la fragilidad aparente de aquella mujer.

—¿Cómo lo sabéis? —preguntó él, con la voz ronca que vibraba en el pecho de la joven.

Amanda se acercó a la mesa, tomando las ilustraciones que había realizado y extendiéndolas frente al capitán.

—Porque los errores en las incisiones no son solo producto de la inexperiencia —explicó ella, con una frustración contenida que teñía sus palabras—.

Son errores de principiante, sí, pero también son errores de alguien que está siendo obligado a trabajar bajo presión, bajo amenaza.

Los cortes son torpes, pero no son los cortes de un sádico que disfruta con el dolor de sus víctimas.

Son los cortes de alguien que tiene miedo, de alguien que está siendo coaccionado.

El capitán asintió con lentitud, su mente táctica procesando la información con la rapidez de un ajedrecista que anticipa los movimientos de su oponente.

Se acercó a Amanda, pasando sus brazos alrededor de su cintura y atrayéndola contra su pecho con una ternura que contrastaba brutalmente con la crudeza de la investigación.

—Entonces buscamos a un asesino coaccionado, alguien que trabaja para Catalina bajo amenaza —murmuró él, apoyando la barbilla sobre la coronilla de la joven—. Pero, ¿quién? ¿Quién podría estar trabajando para una mujer como Catalina?

Amanda no respondió de inmediato. Su mente, afilada como el bisturí con el que diseccionaba los misterios de la muerte, comenzaba a trazar las conexiones entre los crímenes y las palabras de Esteban. Algo se le escapaba, un detalle insignificante que amenazaba con desmoronar todas sus certezas.

—Necesitamos encontrar a Esteban —sentenció ella finalmente, con una voz que no admitía réplica—. Si Joaquín estaba vendiendo información sobre el paradero de Catalina, Esteban debe saber algo más, algo que nos lleve al asesino.

Diego asintió, tomando su mano y entrelazando sus dedos con los de la joven con una posesividad que la hizo estremecer de placer.

La miró a los ojos, y en esa fracción de segundo, se comunicaron un universo entero de promesas no dichas.

Él le estaba pidiendo que confiara en él, que creyera que la protegería incluso de los monstruos que aún no habían sido nombrados.

Ella le estaba jurando que, si moría, lo seguiría al más allá para arrancarle el alma a la muerte misma.

—Ordenaré que localicen a Esteban de inmediato —sentenció el capitán, con una voz que no admitía réplica—.

Y mientras tanto, vos y yo investigaremos las alcantarillas y los sótanos abandonados de Madrid.

Si Catalina está escondida en la ciudad, debe haber dejado un rastro, una pista que nos lleve a su guarida.

Amanda asintió, ajustándose la capa con movimientos rápidos y nerviosos.

La alianza de oro en su dedo anular brillaba con un destello frío, un recordatorio de la felicidad que acababan de jurarse y que ahora, una vez más, amenazaba con ser arrebatada por las sombras.

Tomó la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond y la escondió en el interior de su corsé, un gesto que Diego observó con una mezcla de orgullo y preocupación.

—No permitiré que nadie os haga daño, mi amor —susurró él, besando su frente con una ternura que contrastaba con la letalidad de sus palabras—. Ni en este mundo ni en el siguiente.

—Lo sé, Diego —respondió ella, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Pero esta vez, no seré la presa. Esta vez, seré la cazadora.

Juntos, salieron del estudio, dejando atrás las ilustraciones y los misterios que aún los rodeaban.

La noche madrileña se extendía ante ellos, un laberinto de luces y sombras, de palacios dorados y callejones sangrientos.

Los crímenes habían regresado, pero esta vez, la cacería sería diferente.

Esta vez, no buscarían a los monstruos que ya habían sido destruidos.

Buscarían al imitador, al aprendiz de asesino que había decidido jugar a ser Dios con las vidas de los inocentes.

Y Amanda de Alcántara, la heredera indomable, la mujer que había desafiado a la muerte y había amado a un guerrero atormentado, estaba dispuesta a cazarlo hasta los confines del infierno.

Porque si había algo que había aprendido en aquella vida de traiciones y tinieblas, era que la justicia no se otorga, se arranca.

Y ella tenía las manos lo suficientemente firmes para arrancarla, aunque el precio fuera su propia alma.

El carruaje los esperaba en la puerta de la residencia, sus caballos piafando nerviosamente sobre los adoquines.

Amanda y Diego subieron al vehículo, sus manos entrelazadas, sus miradas fijas en un punto invisible más allá de las paredes de madera.

El trayecto hacia los barrios bajos sería largo, y la mente de ambos trabajaría a toda velocidad, trazando estrategias, calculando movimientos, anticipando los pasos de un enemigo que aún no tenía rostro.

Pero mientras sintieran el latido de sus corazones al unísono, mientras sus manos permanecieran entrelazadas en la penumbra del carruaje, ninguna oscuridad podría vencerlos.

Eran dos almas atormentadas que habían encontrado en el otro la redención y la esperanza, dos guerreros que habían decidido luchar juntos contra los monstruos que acechaban en las sombras de Madrid.

Pero esa, en un mundo de traiciones y tinieblas, era el arma más peligrosa de todas.