CAPÍTULO 25
La luz mortecina de los faroles de gas se filtraba por las ventanas altas de la morgue improvisada en el sótano del Hospital General, proyectando sombras alargadas y danzantes sobre las losas de mármol manchadas por años de uso inmisericorde.
El aire estaba cargado con el olor penetrante del formol, de la cera derretida y de las hierbas aromáticas que los enterradores quemaban en braseros de latón para sofocar los efluvios de la descomposición.
Amanda de Alcántara se hallaba de pie junto a la mesa de disección, sus ojos esmeralda fijos en el cadáver del comerciante que yacía ante ella con la palidez cerúlea de los muertos recientes.
Sus manos, enguantadas en cuero fino para protegerse de los fluidos corporales, sostenían una lupa de aumento que le permitía examinar los bordes de la incisión torácica con una minuciosidad casi obsesiva.
Diego de Mendoza permanecía a su lado, su figura imponente recortada contra la penumbra de la estancia.
Había enviado a sus hombres a registrar los perímetros del barrio, a interrogar a los testigos y a rastrear cualquier movimiento sospechoso en las tabernas y casas de apuestas de los alrededores.
Sin embargo, su lugar estaba junto a Amanda, anclado a ella por un vínculo que trascendía las obligaciones militares y las convenciones sociales.
Observaba el perfil de su amada, la concentración que fruncía su entrecejo, la forma en que sus labios se movían en silencio mientras procesaba la información visual.
Incluso en aquel entorno macabro, rodeada de muerte y descomposición, Amanda poseía una belleza sobrecogedora, una elegancia intelectual que desafiaba la fealdad del mundo que la rodeaba.
—Los cortes no siguen la geometría sagrada de la Llama Negra —murmuró la joven, rompiendo el silencio denso de la estancia.
Su voz, aunque suave, vibraba con una certeza que helaba la sangre—.
En los crímenes originales, las incisiones formaban un triángulo equilátero perfecto alrededor del esternón, con los vértices alineados con las costillas tercera, quinta y séptima.
Este patrón requería un conocimiento anatómico profundo, una precisión que solo se adquiere tras años de disección de cadáveres en los anfiteatros de París o de Montpellier.
Señaló con el dedo enguantado los bordes irregulares de la herida, donde la piel había sido seccionada con una sierra de dientes finos en lugar del bisturí quirúrgico utilizado por los asesinos originales.
—Aquí, el triángulo está deformado. El vértice superior se desvía dos centímetros hacia la izquierda, y los cortes laterales son asimétricos.
El asesino no conoce la anatomía humana con la profundidad necesaria para replicar la firma de la secta.
Está trabajando con un modelo impreso, probablemente una ilustración de los periódicos sensacionalistas que publicaron los detalles de los crímenes originales hace dos años.
Diego se aproximó a la mesa, inclinando su rostro hacia el cadáver para examinar las marcas con mayor detalle. Sus ojos grises, entrenados para detectar las mínimas irregularidades en el campo de batalla, recorrieron el torso del difunto con una atención casi quirúrgica.
—¿Y los símbolos esotéricos? —preguntó él, con la voz ronca que resonaba en las paredes de piedra de la morgue—. Los guardias aseguran que hay marcas grabadas en la piel, idénticas a las de las víctimas anteriores.
Amanda negó con la cabeza, un gesto que hizo caer un mechón de cabello castaño sobre su mejilla. Extrajo un frasco de alcohol de su bolso y humedeció un paño de lino, limpiando con cuidado la zona del abdomen donde se hallaban los grabados.
—Los símbolos son una imitación burda —explicó ella, con una frustración contenida que teñía sus palabras—.
En los crímenes originales, los sigilos de la Llama Negra estaban grabados con una herramienta de punta fina, probablemente un punzón de acero templado, y las líneas eran profundas y uniformes.
Aquí, las marcas han sido realizadas con un cuchillo de cocina común, de hoja ancha y filo desigual.
Las líneas son superficiales, apenas rozan la epidermis, y los ángulos están mal calculados.
Dejó el paño sobre la bandeja de instrumentos y se volvió hacia Diego, sus ojos brillando con una determinación que la hacía parecer más alta, más imponente.
—Esto no es un ritual, Diego. Es una pantomima. Alguien está intentando culpar a los Villeneuve por crímenes que no cometieron, o bien, está utilizando el miedo que la secta sembró en Madrid para ocultar un motivo completamente diferente.
El capitán asintió con lentitud, su mente táctica procesando la información con la rapidez de un ajedrecista que anticipa los movimientos de su oponente.
Se acercó a Amanda, pasando sus brazos alrededor de su cintura y atrayéndola contra su pecho con una ternura que contrastaba brutalmente con la crudeza del entorno.
El contacto de sus cuerpos envió una descarga de calor a través de la piel de ambos, un recordatorio reconfortante de la vida que latía bajo las capas de ropa y de la muerte que los rodeaba.
—Entonces tenemos dos posibilidades —murmuró él, apoyando la barbilla sobre la coronilla de la joven—.
O bien es un imitador que busca notoriedad, un loco que ha leído los periódicos y ha decidido emular a los monstruos que tanto temía la corte.
O bien, es alguien con un motivo específico, alguien que necesita que los crímenes parezcan obra de la Llama Negra para desviar la atención de su verdadero objetivo.
Amanda apoyó la cabeza contra el pecho del guerrero, escuchando el ritmo constante de su corazón, ese tambor de guerra que latía únicamente para ella.
Cerró los ojos por un instante, permitiendo que el aroma a pólvora y a cuero mojado que lo envolvía la anclara a la realidad, alejándola del horror que yacía sobre la mesa de disección.
—Hay algo más —susurró ella, alzando el rostro para sostener su mirada—. Algo que los guardias no notaron, algo que solo pude ver cuando limpié los símbolos del abdomen.
Se separó de él con reluctancia y regresó a la mesa, tomando la lupa de aumento.
Inclino el cadáver ligeramente hacia un lado, exponiendo la zona lumbar del difunto.
Allí, oculto bajo los pliegues de la piel y apenas visible a simple vista, había una marca diminuta, un tatuaje de tinta azul desvaída que representaba una rosa con tres espinas.
—Este hombre no era un simple comerciante —sentenció Amanda, con una voz que goteaba una certeza inquebrantable—.
Era un informante. Esta marca es el sello de la red de espionaje que operaba en los barrios bajos de Madrid, una red que vendía información a los embajadores extranjeros y a los aristócratas más poderosos de la corte.
Diego palideció, la cicatriz de su rostro tensándose hasta adquirir un tono blanquecino que delataba su furia contenida. Conocía aquella red, había luchado contra ella durante años, había visto a sus agentes ser ejecutados uno tras otro por traición a la Corona.
—Si es un informante, entonces su muerte no es un ritual, es una ejecución —murmuró él, con una calma heladora que resultaba más aterradora que cualquier grito—.
Alguien descubrió que estaba vendiendo información y decidió eliminarlo, utilizando la imitación de los crímenes de la Llama Negra para confundir a las autoridades y desviar la investigación.
Amanda asintió, su mente trabajando a toda velocidad, trazando las conexiones entre los crímenes originales y esta nueva masacre.
Los Villeneuve habían muerto o habían sido despojados de sus títulos, pero su red de contactos, sus cómplices en la alta sociedad, seguían sueltos.
Alguien, alguien con acceso a los secretos de la secta y con motivos para eliminar a los informantes, había decidido utilizar el miedo que los Villeneuve habían sembrado para cubrir sus propias huellas.
—Necesitamos identificar al difunto —sentenció ella, guardando la lupa en su bolso con movimientos rápidos y precisos—. Si era un informante, debe tener un contacto en la red, alguien que sepa qué información estaba vendiendo y a quién. Si encontramos a ese contacto, encontraremos al asesino.
Diego tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de la joven con una posesividad que la hizo estremecer de placer.
La miró a los ojos, y en esa fracción de segundo, se comunicaron un universo entero de promesas no dichas.
Él le estaba pidiendo que confiara en él, que creyera que la protegería incluso de los monstruos que aún no habían sido nombrados.
Ella le estaba jurando que, si moría, lo seguiría al más allá para arrancarle el alma a la muerte misma.
—Ordenaré que identifiquen el cadáver a través de los registros de la red de espionaje —sentenció el capitán, con una voz que no admitía réplica—.
Y mientras tanto, vos y yo investigaremos los movimientos del difunto en las últimas semanas.
Si estaba vendiendo información, debe haber dejado un rastro, una pista que nos lleve a su contacto.
Amanda asintió, ajustándose la capa con movimientos rápidos y nerviosos.
La alianza de oro en su dedo anular brillaba con un destello frío, un recordatorio de la felicidad que acababan de jurarse y que ahora, una vez más, amenazaba con ser arrebatada por las sombras.
Tomó la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond y la escondió en el interior de su corsé, un gesto que Diego observó con una mezcla de orgullo y preocupación.
—No permitiré que nadie os haga daño, mi amor —susurró él, besando su frente con una ternura que contrastaba con la letalidad de sus palabras—. Ni en este mundo ni en el siguiente.
—Lo sé, Diego —respondió ella, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Pero esta vez, no seré la presa. Esta vez, seré la cazadora.
Juntos, salieron de la morgue, dejando atrás el cadáver del informante y los misterios que aún lo rodeaban.
La noche madrileña se extendía ante ellos, un laberinto de luces y sombras, de palacios dorados y callejones sangrientos.
Los crímenes habían regresado, pero esta vez, la cacería sería diferente.
Esta vez, no buscarían a los monstruos que ya habían sido destruidos.
Buscarían al imitador, al aprendiz de asesino que había decidido jugar a ser Dios con las vidas de los inocentes.
Y Amanda de Alcántara, la heredera indomable, la mujer que había desafiado a la muerte y había amado a un guerrero atormentado, estaba dispuesta a cazarlo hasta los confines del infierno.
Porque si había algo que había aprendido en aquella vida de traiciones y tinieblas, era que la justicia no se otorga, se arranca.
Y ella tenía las manos lo suficientemente firmes para arrancarla, aunque el precio fuera su propia alma.
El carruaje los esperaba en la puerta del hospital, sus caballos piafando nerviosamente sobre los adoquines.
Amanda y Diego subieron al vehículo, sus manos entrelazadas, sus miradas fijas en un punto invisible más allá de las paredes de madera.
El trayecto de regreso a la residencia sería largo, y la mente de ambos trabajaría a toda velocidad, trazando estrategias, calculando movimientos, anticipando los pasos de un enemigo que aún no tenía rostro.
Pero mientras sintieran el latido de sus corazones al unísono, mientras sus manos permanecieran entrelazadas en la penumbra del carruaje, ninguna oscuridad podría vencerlos.
Eran dos almas atormentadas que habían encontrado en el otro la redención y la esperanza, dos guerreros que habían decidido luchar juntos contra los monstruos que acechaban en las sombras de Madrid.
Aunque esa, en un mundo de traiciones y tinieblas, era el arma más peligrosa de todas.