CAPÍTULO 24
El otoño madrileño se desplegaba sobre la capital como un manto de oro fundido y sombras alargadas, tiñendo las hojas de los jardines del Retiro con tonalidades de ámbar, carmesí y púrpura.
Tres meses habían transcurrido desde aquella noche fatídica en la fábrica de San Fernando, tres meses en los que Madrid había intentado olvidar los horrores que habían ensangrentado sus callejones y profanado sus criptas.
La ciudad, con su memoria corta y su apetito insaciable por la frivolidad, había vuelto a sumirse en el torbellino de los bailes de temporada, las tertulias literarias y los paseos por la Castellana, como si los cadáveres mutilados y las conspiraciones aristocráticas nunca hubieran existido.
Sin embargo, para Amanda de Alcántara y Diego de Mendoza, aquellos noventa días habían sido un paréntesis de paz robada al destino, un oasis de dulzura en medio de un desierto de traiciones y sangre.
La joven heredera, ahora reconocida oficialmente por la Corona como la legítima propietaria de la fortuna parisina restituida, había rechazado con altivez los títulos nobiliarios que el valido del Rey le había ofrecido.
En su lugar, había destinado la mayor parte de su patrimonio a la fundación de hospitales para los huérfanos de guerra y a la creación de una escuela de medicina para mujeres, un escándalo silencioso que había hecho temblar los cimientos de la sociedad conservadora madrileña.
Diego, por su parte, había sido promovido al rango de General de Brigada, un ascenso que había aceptado con la misma resignación con la que aceptaba las cicatrices de su cuerpo.
Su nuevo despacho, situado en la planta noble del cuartel general, estaba decorado con una sobriedad espartana que contrastaba con el lujo barroco del resto del edificio.
Los únicos adornos que permitía eran un retrato en miniatura de Amanda, pintado por un artista italiano de paso por la corte, y una daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido al marqués Edmond, conservada como un recordatorio macabro de las batallas libradas.
Aquella tarde, el general se hallaba de pie junto al ventanal de su despacho, observando cómo los últimos rayos del sol bañaban los tejados de pizarra con una luz dorada y melancólica.
Su uniforme, impecable y cargado de medallas, contrastaba con la expresión serena de su rostro, un rostro que había perdido parte de su dureza marcial desde que el amor de Amanda había comenzado a sanar las heridas invisibles de su alma.
La cicatriz que le surcaba la mandíbula, antaño una marca de vergüenza y dolor, se había convertido en un testimonio de supervivencia, una línea de batalla que su amada acariciaba con reverencia cada noche antes de dormirse.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus reflexiones.
Sin esperar respuesta, Amanda irrumpió en la estancia con la gracia felina que la caracterizaba, portando entre sus brazos una caja de terciopelo azul.
Su cabello castaño, recogido en un elaborado peinado de trenzas entrelazadas con perlas, realzaba la delicadeza de sus facciones, mientras que sus bonitos ojos resplandecían con una chispa de travesura que desmentía la seriedad de su linaje.
Vestía un traje de paseo color marfil, cuyo corsé ajustado realzaba la curva de su busto y dejaba entrever, bajo los pliegues de la falda, la silueta de una daga oculta, un hábito que ni tres meses de paz habían logrado erradicar.
—Os he estado buscando por toda la residencia, general —murmuró ella, con una sonrisa que iluminó el rostro del militar—. Mis doncellas aseguran que os habéis escondido en este despacho para evitar los preparativos de nuestra boda.
Diego soltó una carcajada baja, acercándose a ella con pasos medidos.
La tomó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo con una posesividad que la hizo estremecer de placer.
El contacto de sus cuerpos, separados apenas por las capas de tela, envió una descarga de calor a través de la piel de ambos, recordándoles la pasión que habían compartido en la cabaña del bosque de El Pardo, en la buhardilla de los tejados, en cada rincón donde la muerte los había acechado.
—No me escondo, mi amor —replicó él, con la voz ronca que vibraba en el pecho de la joven—.
Solo intento recordar cómo es mi rostro sin las arrugas que me ha provocado la organización de este banquete nupcial.
Mi madre, que en gloria esté, me enseñó que las batallas más feroces no se libran en el campo de combate, sino en los salones donde las damas de la alta sociedad discuten sobre la disposición de los asientos y el color de las servilletas.
Amanda rio, un sonido musical que resonó en las paredes del despacho como un bálsamo para el alma atormentada del guerrero.
Abrió la caja de terciopelo, revelando un par de alianzas de oro macizo, sencillas pero de una belleza sobrecogedora.
En el interior de cada anillo, una inscripción grabada con una caligrafía minuciosa brillaba a la luz del atardecer.
—He mandado grabar nuestras iniciales y la fecha de nuestra primera batalla —susurró ella, tomando la alianza masculina y deslizando sus dedos por el metal frío—.
No la fecha de nuestro encuentro en el callejón, ni la de nuestro primer beso, sino el día en que decidimos luchar juntos contra los monstruos.
Porque eso es lo que nos une, Diego. No las convenciones sociales, ni los títulos nobiliarios, sino la sangre derramada y las verdades arrancadas de las sombras.
El capitán tomó la alianza femenina, sus dedos callosos rozando los de la joven con una delicadeza que contrastaba con la rudeza de sus manos.
Se arrodilló frente a ella, un gesto que habría escandalizado a cualquier cortesano, y deslizó el anillo en el dedo anular de Amanda con una reverencia absoluta.
—Os juro, Amanda de Alcántara, que seré vuestro escudo contra el mundo, vuestra espada contra la injusticia y vuestro refugio contra la tormenta —murmuró él, alzando el rostro para sostener su mirada—.
Aunque los cielos se desplomen y la tierra se abra bajo nuestros pies, mi amor por vos será la única constante en este universo de caos.
Amanda sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos, pero se negó a permitirlo.
No delante de él, no cuando la vida les había enseñado que la felicidad era un lujo efímero que debía ser saboreado sin derramar una sola gota de tristeza.
Inclinó la cabeza, capturando los labios del capitán en un beso que supo a promesas eternas, a jazmín y a pólvora, a un amor forjado en el infierno y templado en la gloria.
El momento de ternura fue interrumpido por un golpe urgente en la puerta.
El sargento Ruiz, el hombre de confianza de Diego, irrumpió en la estancia con el rostro pálido y la respiración entrecortada.
Su uniforme estaba manchado de barro, y sus ojos brillaban con una consternación que heló la sangre de los dos amantes.
—Mi general, mi señora —balbuceó el soldado, haciendo una reverencia apresurada—. Debéis venir conmigo. Ahora mismo. En el barrio de Lavapiés.
Diego se incorporó con un movimiento fluido, su mano instintivamente buscando la empuñadura de su espada. La transformación fue instantánea: el prometido enamorado desapareció, dando paso al guerrero veterano, al depredador que olía la sangre a kilómetros de distancia.
—¿Qué ha ocurrido, Ruiz? —preguntó él, con una voz que goteaba una calma heladora que resultaba más aterradora que cualquier grito.
—Otro cadáver, mi general —respondió el sargento, tragando saliva con dificultad—.
En un callejón de la calle de la Fe. Las mutilaciones son idénticas a las de los primeros crímenes.
El corazón ha sido extraído con precisión quirúrgica, y hay símbolos esotéricos grabados en el torso.
La guardia real ha acordonado la zona, pero el magistrado ha solicitado vuestra presencia urgente.
Amanda sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
Las palabras del sargento resonaron en su mente como un trueno, destrozando la paz que habían construido durante tres meses.
Los crímenes rituales, los asesinatos de la Llama Negra, habían regresado.
Pero eso era imposible. Los Villeneuve estaban muertos o en la horca, la secta había sido desmantelada, y los documentos que probaban su culpabilidad habían sido presentados ante el Rey.
—Es una imitación —murmuró ella, con la voz temblorosa pero la mente afilada como un bisturí—. Alguien está intentando culpar a los Villeneuve por crímenes que no cometieron, o bien, los Villeneuve no eran los únicos miembros de la secta.
Diego la miró con una intensidad que la desarmó por completo. Sus ojos grises, oscurecidos por la preocupación y la furia, se clavaron en los de ella con una determinación inquebrantable. Tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de la joven, y se volvió hacia el sargento.
—Preparad el carruaje, Ruiz —ordenó el general, con una voz que no admitía réplica—. Y enviad un mensaje al magistrado. Decidle que el capitán de Mendoza y su futura esposa acudirán de inmediato a la escena del crimen.
Amanda asintió, ajustándose la capa con movimientos rápidos y nerviosos.
La alianza de oro en su dedo anular brillaba con un destello frío, un recordatorio de la felicidad que acababan de jurarse y que ahora, una vez más, amenazaba con ser arrebatada por las sombras.
Tomó la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond y la escondió en el interior de su corsé, un gesto que Diego observó con una mezcla de orgullo y preocupación.
—No permitiré que nadie os haga daño, mi amor —susurró él, besando su frente con una ternura que contrastaba con la letalidad de sus palabras—. Ni en este mundo ni en el siguiente.
—Lo sé, Diego —respondió ella, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Pero esta vez, no seré la presa. Esta vez, seré la cazadora.
Juntos, salieron del despacho y descendieron las escaleras del cuartel general, dejando atrás los preparativos de la boda y la promesa de una vida juntos.
El carruaje los esperaba en el patio de armas, sus caballos piafando nerviosamente sobre los adoquines.
Amanda y Diego subieron al vehículo, sus manos entrelazadas, sus miradas fijas en un punto invisible más allá de las paredes de madera.
El trayecto hasta el barrio de Lavapiés fue un silencio denso, cargado de preguntas sin respuesta y de presentimientos funestos.
Las calles se fueron volviendo más estrechas y sombrías a medida que se adentraban en el corazón de los barrios bajos, flanqueadas por edificios decrépitos que parecían inclinarse unos sobre otros como ancianos decrépitos.
El olor a carbón, a pescado podrido y a aguas estancadas impregnaba el aire, revolviendo el estómago de Amanda.
Al llegar a la calle de la Fe, el espectáculo que se ofreció ante sus ojos fue dantesco.
Un destacamento de la guardia real había acordonado el callejón, y una multitud de curiosos se apiñaba tras las barreras, murmurando con una mezcla de morbo y terror.
Los faroles de gas proyectaban sombras alargadas y danzantes sobre los muros de ladrillo, iluminando con macabra claridad el espantoso lienzo que yacía sobre el empedrado resbaladizo.
Amanda descendió del carruaje con pasos firmes, ignorando las miradas inquisitivas de los soldados y los murmullos de la multitud.
Diego la siguió de cerca, su mano descansando sobre la empuñadura de su espada, sus ojos grises escrutando cada rincón del callejón con la eficiencia de un depredador buscando a su presa.
El cadáver yacía boca arriba, sus brazos extendidos en una postura que recordaba a los santos martirizados de las iglesias barrocas.
El rostro del difunto, un hombre de unos cuarenta años con ropas de comerciante, estaba congelado en una máscara de terror absoluto, con los ojos desorbitados y la boca abierta en un grito mudo.
Pero fue el torso, despojado de la camisa de lino, lo que captó toda la atención médica de Amanda.
Sobre el esternón, la piel había sido seccionada con una precisión quirúrgica que helaba la sangre.
El corazón había sido extraído, dejando una cavidad vacía que manaba un hilo de sangre oscura.
Sin embargo, algo no encajaba. Amanda se arrodilló junto al cuerpo, ignorando el hedor a muerte violenta que impregnaba el aire, y examinó los bordes de la incisión con una atención casi obsesiva.
—Los cortes son diferentes —murmuró ella, con la voz apenas audible—.
En los crímenes originales, las incisiones seguían un patrón litúrgico estricto, una geometría sagrada que requería un conocimiento anatómico profundo.
Estos cortes son torpes, irregulares. Alguien está intentando imitar la firma de la Llama Negra, pero carece de la destreza necesaria.
Diego se arrodilló a su lado, observando las heridas con una expresión sombría. Sus ojos grises, oscurecidos por la preocupación, se clavaron en los de ella con una intensidad que la desarmó por completo.
—Entonces no es la secta original —dedujo él, con una voz ronca que vibraba en el pecho de la joven—. Es alguien que ha estudiado los crímenes de los Villeneuve y está intentando replicarlos. Pero, ¿por qué? ¿Qué beneficio obtiene de esta imitación?
Amanda no respondió de inmediato. Su mente, afilada como el bisturí con el que diseccionaba los misterios de la muerte, comenzaba a trazar las conexiones entre los crímenes originales y esta nueva masacre.
Algo se le escapaba, un detalle insignificante que amenazaba con desmoronar todas sus certezas.
Se incorporó con lentitud, sus ojos verdes recorriendo el callejón con una determinación inquebrantable.
La noche madrileña se extendía ante ella, un laberinto de luces y sombras, de palacios dorados y callejones sangrientos.
Los crímenes habían regresado, pero esta vez, la cacería sería diferente.
Esta vez, no buscarían a los monstruos que ya habían sido destruidos.
Buscarían al imitador, al aprendiz de asesino que había decidido jugar a ser Dios con las vidas de los inocentes.
Pero Amanda de Alcántara, la heredera indomable, la mujer que había desafiado a la muerte y había amado a un guerrero atormentado, estaba dispuesta a cazarlo hasta los confines del infierno.
Porque si había algo que había aprendido en aquella vida de traiciones y tinieblas, era que la justicia no se otorga, se arranca.
Y ella tenía las manos lo suficientemente firmes para arrancarla, aunque el precio fuera su propia alma.