Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

El alba se abrió paso entre los jirones de humo que aún ascendían desde las ruinas humeantes de la fábrica de San Fernando, tiñendo el cielo madrileño con tonalidades de cobre y amatista.

La brisa matinal, cargada con el olor acre de la madera carbonizada y los productos químicos volatilizados, acariciaba los rostros exhaustos de los tres supervivientes que emergían del fango de la ribera del Manzanares.

Amanda de Alcántara permaneció arrodillada junto al cadáver del marqués Edmond Villeneuve, observando con una frialdad quirúrgica cómo la sangre del aristócrata se mezclaba con el agua turbia del río, formando remolinos carmesíes que la corriente se llevaba hacia el sur, hacia el mar, hacia el olvido.

Con manos firmes, a pesar del temblor que le sacudía las extremidades por la adrenalina residual, la joven registró los bolsillos del difunto.

Sus dedos, manchados de hollín y barro, encontraron lo que buscaba: el tubo de plomo que contenía el acta de usurpación, arrancado de su corsé durante el forcejeo final.

El pergamino estaba ligeramente húmedo, pero el sello de lacre negro permanecía intacto, preservando la autenticidad del documento que condenaba a toda una estirpe.

Junto al cilindro, descubrió una bolsa de cuero repleta de monedas de oro y un segundo legajo, más pequeño, que contenía las confesiones manuscritas del propio Edmond, escritas con la caligrafía temblorosa de un hombre que sabía que su final estaba próximo.

—Lo tengo todo —murmuró Amanda, guardando los documentos en el interior de su capa con un cuidado reverente—. Tenemos su cabeza, Diego. Y la de toda su familia.

El capitán, apoyado contra el tronco de un sauce llorón, asintió con lentitud.

Su rostro estaba pálido como el mármol de los sarcófagos, y la respiración le silbaba en el pecho con un sonido preocupante que indicaba que el humo tóxico había dañado sus pulmones.

Sin embargo, sus ojos grises brillaban con una determinación inquebrantable, anclados en la figura de su amada como un náufrago se aferra a la única tabla de salvación en medio de la tempestad.

—Debemos llevar esto al Palacio Real antes de que los esbirros supervivientes de Edmond alerten a la corte —jadeó él, intentando incorporarse con un esfuerzo visible—.

Si conseguimos una audiencia con el valido del Rey, con las pruebas en la mano, los Villeneuve caerán antes de que el sol alcance su cenit.

Amanda se aproximó a él, pasando su brazo sano alrededor de la cintura del guerrero para ayudarlo a ponerse de pie.

Inés, la hermana menor, se mantenía a su lado, envuelta en la capa empapada de la aristócrata, con los ojos aún desorbitados por el horror de la noche pero con una resiliencia que hablaba de la fortaleza del linaje de los Alcántara.

Juntos, los tres caminaron por la orilla del río, alejándose de las ruinas humeantes y adentrándose en las callejuelas que conducían al corazón de la capital.

El trayecto hasta el Palacio Real fue una travesía por el purgatorio.

Diego cojeaba visiblemente, apoyando la mayor parte de su peso en Amanda, quien ignoraba el dolor que le atravesaba las costillas y el hombro herido para sostener a su amante.

Las calles de Madrid comenzaban a despertar, llenándose con el pregón de los lecheros y el traqueteo de los primeros carruajes.

La joven aristócrata se ajustó la capucha de su capa, ocultando su rostro manchado de hollín y sangre seca, mientras su mente trazaba la estrategia para la audiencia real.

No podían presentarse ante el Rey en aquel estado lamentable; necesitarían credibilidad, elegancia y la autoridad que solo otorgaba el linaje.

—Nos detendremos en la residencia del embajador austriaco —decidió Amanda, con una voz que no admitía réplica—.

El conde von Hagen es deudor de mi familia desde hace años.

Nos proporcionará ropas limpias, un carruaje y, lo más importante, una carta de presentación que nos garantice acceso inmediato al valido.

El embajador, un hombre corpulento y afable de bigotes encerados, los recibió con una mezcla de horror y compasión al ver el estado en que llegaban.

Sin hacer preguntas, ordenó a sus criados que prepararan baños calientes, que llamaran a un cirujano para atender al capitán herido, y que buscaran vestimentas adecuadas para la joven aristócrata.

En menos de dos horas, Amanda emergió de los aposentos de invitados transformada en la encarnación de la venganza elegante.

Vestía un traje de raso color medianoche, cuyo corsé ajustado realzaba la curva de su busto y ocultaba las armas que aún portaba.

Su cabello castaño, recogido en un elaborado moño trenzado, dejaba expuesta la línea esbelta y desafiante de su cuello, donde una fina venda de encaje cubría el corte superficial que Edmond le había infligido en la mejilla.

Diego, por su parte, había sido atendido por el cirujano del embajador, quien había limpiado sus heridas, vuelto a suturar los puntos que se habían abierto y vendado su torso con una destreza que rivalizaba con la de la propia Amanda.

El capitán vestía un uniforme militar impecable, prestado por un attaché del embajador, y aunque su rostro seguía pálido y sus movimientos eran rígidos, la dignidad y la autoridad que emanaba de su figura eran las de un general victorioso, no las de un soldado derrotado.

El carruaje del embajador los condujo hasta el Palacio Real, deteniéndose frente a la imponente fachada de piedra caliza que se alzaba contra el cielo azul de la mañana.

Amanda descendió del vehículo con la gracia felina de una pantera que se adentra en territorio enemigo, sosteniendo el tubo de plomo contra su pecho como un escudo sagrado.

Diego la siguió, su mano descansando sobre la empuñadura de su espada, sus ojos grises escrutando cada movimiento de los guardias reales que los escoltaban hacia el interior del palacio.

La audiencia con el valido del Rey, el duque de Alcudia, se celebró en el despacho privado de la planta noble, una estancia lujosamente decorada con frescos del techo, tapices flamencos y muebles de caoba barnizada.

El duque, un hombre de edad avanzada con rostro afilado y ojos astutos, recibió a los dos suplicantes con una mezcla de curiosidad y desdén aristocrático.

—Capitán Mendoza, doña Amanda de Alcántara —pronunció el valido, haciendo una reverencia burlona que no llegaba a sus ojos pequeños y calculadores—. ¿A qué debo el honor de esta visita tan inusual, y en un estado tan... pintoresco?

Amanda no perdió el tiempo con cortesías. Avanzó hacia el escritorio del duque, extrajo el tubo de plomo de su corsé y lo depositó sobre la superficie de caoba con un golpe seco que resonó en la estancia.

—He venido a entregaros la cabeza de una hidra, excelencia —sentenció ella, con una voz que goteaba una autoridad que helaba la sangre—.

Los Villeneuve no son quienes dicen ser.

La condesa Catalina es una impostora, una carnicera de París que usurpó la identidad de una noble muerta para saquear una fortuna colossal.

Y su hijo Edmond, cuyo cadáver yace ahora en la orilla del Manzanares, era el ejecutor de una red de asesinatos, extorsiones y traiciones que abarca dos décadas y dos reinos.

El duque de Alcudia palideció, sus ojos desviándose hacia el tubo de plomo y luego hacia el rostro de la joven.

Con manos temblorosas, rompió el sello y desenrolló el pergamino, leyendo las líneas de tinta desvaída que detallaban el contrato de usurpación firmado por la carnicera de Les Halles.

Sus labios se movieron en silencio, procesando la magnitud de la revelación.

—Esto es... esto es una acusación gravísima, doña Amanda —murmuró el valido, alzando la vista con una mezcla de asombro y temor—.

Si lo que decís es cierto, los Villeneuve han estado operando bajo una identidad falsa, robando a la Corona francesa y a la española durante décadas.

Las consecuencias serían... catastróficas.

—No son consecuencias, excelencia, son hechos —replicó Diego, dando un paso al frente y depositando junto al pergamino el legajo de confesiones de Edmond—.

El marqués, antes de morir, confesó cada crimen, cada asesinato, cada soborno.

Aquí tenéis las pruebas de que la familia Villeneuve ha estado financiando una red de espionaje que vende secretos de estado a potencias extranjeras.

Si no actuáis ahora, antes de que la noticia llegue a París, la Corona española enfrentará una crisis diplomática sin precedentes.

El duque de Alcudia se recostó en su sillón, pasando una mano temblorosa por su frente perlada de sudor.

Sabía que los dos suplicantes tenían razón.

Los Villeneuve eran una bomba de relojería que amenazaba con destruir el delicado equilibrio de poder entre las cortes europeas.

Y él, como valido del Rey, sería el responsable de desactivarla o de perecer en la explosión.

—Ordenaré el arresto inmediato de la condesa Catalina y de todos los miembros supervivientes de la familia Villeneuve —sentenció el valido, con una voz que recuperaba la autoridad—.

Sus bienes serán confiscados por la Corona, y sus títulos, revocados.

Vosotros dos —añadió, clavando sus ojos astutos en Amanda y Diego— seréis recompensados generosamente por vuestros servicios a la Corona.

Pero debéis jurar silencio absoluto sobre este asunto hasta que la justicia real haya actuado.

Amanda y Diego intercambiaron una mirada, comunicándose un universo entero de promesas no dichas.

Asintieron con solemnidad, aceptando las condiciones del valido.

Sabían que la batalla estaba ganada, pero la guerra aún no había terminado.

Catalina, la verdadera mente maestra detrás de la usurpación, seguía suelta.

Y una mujer de su inteligencia y crueldad no se rendiría sin luchar.

La orden de arresto se ejecutó con una rapidez y eficiencia que sorprendió incluso a los propios guardias reales.

Un destacamento de la Guardia de Corps, liderado por el capitán de los reales ejércitos, se presentó en el palacio de los Villeneuve a mediodía, derribando las puertas de roble y registrando cada rincón de la mansión.

Sin embargo, cuando llegaron a los aposentos privados de la matriarca, se encontraron con una sorpresa desconcertante.

La condesa Catalina había desaparecido.

Los armarios estaban vacíos, las joyas habían sido retiradas de sus cofres, y los documentos más comprometedores habían sido quemados en la chimenea, cuyas cenizas aún humeaban.

Solo quedaba un rastro de perfume a tuberosa y una nota manuscrita sobre el tocador de la matriarca, escrita con una caligrafía afilada y elegante: La partida no ha terminado, queridos niños. Nos veremos pronto.

Amanda y Diego, que habían acompañado al destacamento para asegurar la recuperación de las pruebas restantes, se hallaban de pie en el centro del dormitorio de Catalina, observando la nota con una mezcla de furia y consternación.

El capitán apretó los puños, la cicatriz de su rostro tensándose hasta adquirir un tono blanquecino que delataba su frustración contenida.

—Se nos ha escapado —murmuró él, con una voz ronca que vibraba de rabia—. Después de todo lo que hemos hecho, de todas las vidas que hemos arriesgado, la carnicera de París sigue suelta.

Amanda tomó la nota entre sus dedos, estudiando la caligrafía con una atención casi obsesiva. Sus ojos verdes brillaban con una determinación inquebrantable, reflejando la luz mortecina que se filtraba por los ventanales de la estancia.

—No se nos ha escapado, Diego —replicó ella, con una calma heladora que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Solo ha ganado tiempo. Pero el tiempo se acaba para ella. Y cuando la encontremos, no habrá ningún río ni ninguna fábrica en llamas que la salve de nuestra justicia.

Diego la observó con una intensidad renovada, percibiendo la fuerza que se ocultaba tras la fragilidad aparente de aquella mujer.

Y supo, con absoluta certeza, que estaba perdido.

Que aquella dama de carácter indomable había irrumpido en su existencia como un huracán, arrastrando consigo todas las barreras que había construido a lo largo de los años.

La amaba con una ferocidad que le quemaba las entrañas, con una devoción que desafiaba a la razón y al deber.

—Entonces la cazaremos juntos, mi amor —sentenció él, tomando la mano de Amanda y llevándola a sus labios para depositar un beso reverente—. Y no descansaremos hasta que su cabeza adorne la picota de la Plaza Mayor.

Amanda asintió, apretando la mano del capitán con una fuerza que le dejó marcas en la piel.

Sabía que el camino que estaban a punto de emprender estaba pavimentado con huesos y sombras, que la sangre mancharía sus manos y que el dolor los acompañaría hasta el final de sus días.

Pero también sabía que no estaba sola. Que el hombre que tenía delante, con su cicatriz y su mirada tormentosa, era el único aliado en el que podía confiar.

Juntos, salieron del palacio de los Villeneuve, dejando atrás los restos de un imperio de mentiras y traiciones.

La ciudad de Madrid se extendía ante ellos, un laberinto de luces y sombras, de palacios dorados y callejones sangrientos.

Habían ganado la batalla, habían recuperado el legado robado y habían destruido a los monstruos que habían amenazado sus vidas.

Pero la guerra por la verdad aún no había terminado.

Y mientras Catalina respirara, mientras su sombra se extendiera por las calles de la capital, Amanda de Alcántara y Diego de Mendoza no conocerían la paz.

La cacería continuaba. Y la verdadera pesadilla apenas comenzaba.