Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La viga maestra, consumida por la vorágine ígnea que devoraba la planta superior, cedió con un estruendo que sacudió los cimientos de la fábrica.

Un diluvio de astillas incandescentes y tejas fundidas se desplomó sobre el suelo de la nave principal, sellando la única salida que había quedado expuesta.

El calor se tornó insoportable, una presión física que aplastaba los pulmones y derretía el aire en cada inspiración.

Amanda de Alcántara tosió con violencia, sintiendo cómo el hollín le raspaba la garganta y le quemaba las vías respiratorias.

A su lado, la pequeña Inés se aferraba a su cintura, sollozando en silencio, con los ojos desorbitados por el pánico ante la magnitud del infierno que los rodeaba.

Diego de Mendoza, con el rostro manchado de ceniza y la casaca militar chamuscada a la altura del hombro izquierdo, evaluó la situación con la frialdad táctica de un veterano de guerra.

Sus ojos grises, enrojecidos por la humareda, barrieron la estancia buscando una alternativa.

Las llamas avanzaban como una marea de furia líquida, lamiendo las paredes de ladrillo y consumiendo los restos de los telares abandonados.

El olor a madera carbonizada se mezclaba con el hedor químico de los tintes almacenados en el subsuelo, creando un miasma asfixiante que nublaba el juicio y debilitaba las extremidades.

—La puerta principal está bloqueada por los escombros en llamas —gritó el capitán, su voz ronca apenas audible sobre el crepitar de la hoguera—. Debemos bajar al nivel de los tintes. Allí hay un conducto de desagüe que desemboca directamente en el cauce del Manzanares.

Amanda asintió, tragando saliva para humidificar su garganta seca.

Tomó a su hermana de la mano y siguió al guerrero hacia la escalera de piedra que descendía a las entrañas del edificio.

El descenso fue una odisea a través de un túnel de fuego.

Las llamaradas se colaban por los registros del suelo, creando barreras de brasas que Diego sorteaba con una agilidad sobrehumana, usando su propia capa empapada para azotar el resplandor anaranjado y abrir un camino seguro para las dos mujeres.

Cada movimiento que el militar realizaba le arrancaba un gemido ahogado, pues el esfuerzo desgarraba los puntos de sutura de su costado y de su hombro, haciendo que la sangre fresca se mezclara con el sudor y la ceniza.

Al alcanzar el sótano, la temperatura descendió ligeramente, pero el aire se volvió aún más denso y tóxico.

Los vapores de los productos químicos almacenados flotaban a ras de suelo, obligándolos a caminar agachados, respirando a través de la tela húmeda que Amanda había rasgado de su propia falda para cubrir el rostro de Inés.

El capitán avanzaba en vanguardia, su espada desenvainada no para combatir a hombres, sino para derribar los estantes de madera que amenazaban con caer y aplastarlos.

Su respiración era un estertor húmedo, un sonido alarmante que indicaba que la exhalación tóxica estaba comenzando a ganar la batalla contra sus pulmones.

—Casi llegamos —jadeó Diego, deteniéndose frente a una pesada reja de hierro forjado que bloqueaba el acceso al túnel de desagüe.

El metal estaba oxidado y cubierto por una capa de sarro verdoso.

El héroe herido golpeó la reja con la empuñadura de su arma, pero el hierro no cedió.

Maldijo en voz baja, apoyando la frente contra los barrotes fríos mientras una nueva oleada de calor descendía por la escalera, anunciando que la pira funeraria los había alcanzado en el subsuelo.

La joven estratega se colocó a su lado, observando los goznes podridos por la humedad y el tiempo.

Sacó un frasco de ácido nítrico de su bolso, un reactivo que utilizaba para sus estudios de metalurgia, y lo vertió generosamente sobre las bisagras superiores.

El líquido burbujeó con furia, emitiendo una neblina acre que hizo llorar los ojos de la aristócrata.

Diego, comprendiendo su plan, atacó los puntos debilitados con la punta de su acero, aplicando toda la fuerza que le quedaba.

Con un chirrido metálico que resonó como un lamento de agonía, la estructura cedió y se desplomó hacia el interior del conducto.

—Entrad —ordenó el militar, apartándose para que Amanda y su hermana pasaran primero.

El agua del desagüe era gélida, un contraste brutal con el horno que tenían a sus espaldas.

La heredera se deslizó por el borde de piedra, sumergiendo sus botas en el líquido fangoso que le llegaba hasta las rodillas.

Tomó a Inés en brazos, cargando con su peso para que la pequeña no tocara el agua contaminada, y avanzó por el túnel abovedado.

El veterano los siguió, cerrando la marcha.

Apenas había dado tres pasos cuando un estruendo sordo anunció el colapso parcial del techo del sótano.

Una lluvia de ladrillos y mortero incandescente cayó en el cauce, generando una nube de vapor escaldante que los envolvió.

El capitán gruñó de dolor al recibir el impacto de varias piedras en la espalda y en la cabeza.

Tropezó, cayendo de rodillas en el lodo.

Amanda soltó un grito ahogado y retrocedió, atrapándolo por los brazos para evitar que se sumergiera por completo.

El rostro de Diego estaba pálido como la tiza, sus labios teñidos de un azul preocupante, y la sangre de sus heridas se diluía en el agua sucia, creando remolinos carmesíes a la luz de la única antorcha que aún lograba mantener encendida.

—Seguid adelante —susurró él, con la voz quebrada por la agonía—. La salida está a pocos metros. Yo os cubriré.

—No os dejaré atrás, Diego de Mendoza —replicó Amanda, con una firmeza que no admitía réplica.

Pasó a Inés a su propia espalda, atándola con los pliegues de su capa, y luego pasó el brazo sano del capitán por encima de sus hombros, soportando su peso con una determinación férrea—.

Caminaréis si os arrastro por el fango, pero no moriréis en esta cloaca.

Juntos, avanzaron por el túnel, una imagen de supervivencia y amor en medio de la desolación.

La corriente se fue haciendo más profunda, obligándolos a nadar los últimos tramos.

El aire fresco de la noche comenzó a filtrarse por el extremo del conducto, una brisa helada que supo a gloria para sus pulmones destrozados.

Finalmente, emergieron a la orilla fangosa del río, tosiendo y escupiendo el líquido negro que habían tragado.

Amanda depositó a Inés sobre la hierba húmeda, acariciando su cabello empapado y murmurando palabras de consuelo.

Luego se volvió hacia Diego, que yacía de espaldas en el barro, con el pecho agitándose violentamente.

Se arrodilló junto a él, limpiando el hollín de su rostro con manos temblorosas, buscando sus ojos grises para anclarlo a la realidad.

—Lo hemos logrado, mi amor —susurró ella, besando sus labios agrietados—. Estamos fuera. Estamos a salvo.

Pero la paz duró apenas un suspiro. Un sonido de pasos chapoteando en el agua del desagüe rompió la quietud de la ribera.

Amanda se giró con la rapidez de un felino, extrayendo la daga de empuñadura enjoyada que llevaba oculta en el corsé.

De la boca del túnel emergió una figura que parecía haber nacido de las pesadillas más oscuras del averno.

El marqués Edmond Villeneuve avanzaba por el lodo, arrastrando una pierna herida.

Su impecable frac de noche había sido reducido a harapos chamuscados, y su rostro, antaño de una belleza aristocrática, estaba desfigurado por quemaduras de primer grado que le pelaban la piel y le dejaban la carne viva y supurante.

Sus ojos oscuros brillaban con una locura febril, desprovistos de cualquier rastro de humanidad o razón.

En su mano sana, empuñaba una pistola de chispa, apuntando directamente al pecho de Diego, que aún no tenía fuerzas para incorporarse.

—Pensasteis que el fuego os libraría de mí —escupió el noble degenerado, su voz gorgoteando a través de la garganta irritada por la cortina de hollín—.

Pensasteis que podríais robar mi legado, destruir mi familia y escapar con vuestras vidas intactas.

Pero los Villeneuve siempre cobran sus deudas, y esta noche, la deuda es de sangre.

La mujer de ojos esmeralda se interpuso entre el cañón del arma y el cuerpo inerte de su amante, alzando la hoja con una mano firme. Su mirada brillaba con una furia gélida, desafiando al aristócrata sádico a que disparara.

—Si disparáis, Edmond, os juro que no tendréis tiempo de ver cómo muero —replicó ella, con un tono que goteaba una calma letal—. Mi acero será más rápido que vuestro plomo, y vuestro último instante en este mundo será mirando los ojos de la mujer que habéis intentado destruir.

El joven aristócrata soltó una carcajada ronca, un sonido horrible que se mezcló con el crepitar de la fábrica que seguía ardiendo a sus espaldas.

El resplandor anaranjado de las llamas proyectaba sombras danzantes sobre su rostro quemado, transformándolo en la encarnación misma del demonio.

Apretó el gatillo, pero el mecanismo del arma, mojado por el agua del río, falló con un chasquido metálico inútil.

El monstruo maldijo, arrojando el artefacto inservible al lodo y desenvainando un puñal de hoja ancha con un movimiento torpe y desesperado.

Se abalanzó sobre Amanda, ciego por el odio y la agonía de sus propias quemaduras.

La dama no retrocedió. Aceptó el impacto del cuerpo del marqués contra el suyo, clavando sus botas en el barro para no ser derribada.

El filo del puñal rozó su mejilla, abriendo un corte superficial que comenzó a sangrar, pero la heredera ni siquiera parpadeó.

Con un giro de muñeca preciso, quirúrgico, esquivó el segundo ataque y hundió su daga en el abdomen de Edmond.

El acero penetró la carne con un sonido húmedo y nauseabundo, atravesando las capas de seda y lino, y alojándose profundamente en las vísceras del noble.

Edmond abrió la boca en un grito mudo, sus ojos desorbitados por la sorpresa y el dolor.

La sangre brotó de su herida, manando a chorros y tiñendo el agua fangosa de la orilla.

Amanda retiró el arma con un tirón brusco, dejando que el cuerpo del marqués se desplomara de rodillas en el fango.

Edmond la miró con una expresión de incredulidad, tosiendo sangre que manchaba sus labios.

Sus manos temblorosas intentaron aferrarse a la falda de la joven, pero la fuerza lo abandonaba rápidamente.

—Maldita seas —gorgoteó él, con la voz apagándose—. Maldita sea tu sangre... maldito sea el linaje que...

Las palabras murieron en su garganta. Los ojos oscuros de Edmond Villeneuve se vidriaron, perdiendo el brillo de la locura y la crueldad, para fijarse en un punto invisible más allá de las llamas que consumían su legado.

Su cuerpo se relajó, desplomándose de lado sobre el lodo de la ribera, muerto antes de que el río pudiera lavar su sangre.

Amanda permaneció inmóvil, con la daga goteando en su mano, observando el cadáver del hombre que había arruinado su vida y la de tantos otros.

No sintió triunfo, ni alegría, ni siquiera alivio.

Solo una profunda y abrumadora tristeza por la cantidad de destrucción que había sido necesaria para detener a un solo monstruo.

Guardó el arma en su corsé y corrió de nuevo hacia Diego, que la observaba con una mezcla de orgullo y admiración profunda.

Se arrodilló junto a él, tomando su rostro entre sus manos, besando sus labios con una ternura que contrastaba con la brutalidad del momento. El capitán alzó una mano temblorosa y acarició la mejilla herida de la joven, limpiando la sangre con su pulgar.

—Sois mi guerrera, Amanda —murmuró él, con una sonrisa cansada que iluminó su rostro sucio de hollín—. Mi espada, mi escudo y mi corazón.

Inés, recuperada del shock inicial, se acercó y se arrodilló junto a ellos, envolviendo a su hermana y al capitán en un abrazo que los ancló a la vida, a la esperanza y a un futuro que, por fin, comenzaba a despuntar sobre las cenizas del pasado.