Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Diego asintió, tomando su mano y llevándola a sus labios para depositar un beso reverente.

La miró a los ojos, y en esa fracción de segundo, se comunicaron un universo entero de promesas no dichas.

Él le estaba pidiendo que confiara en él, que creyera que volvería a su lado.

Ella le estaba jurando que, si moría, lo seguiría al más allá para arrancarle el alma a la muerte misma.

Amanda se deslizó hacia la puerta lateral, moviéndose con la agilidad de un felino.

La madera estaba podrida, y cedió con un crujido apenas perceptible cuando la empujó.

El interior del sótano estaba sumido en una oscuridad absoluta, el aire viciado por el olor a productos químicos rancios y a humedad.

Encendió una pequeña linterna de aceite, protegiendo la llama con su cuerpo mientras descendía los peldaños de piedra resbaladiza.

El sótano era un laberinto de pasillos estrechos y habitaciones abovedadas, cuyas paredes estaban manchadas por los residuos de los tintes que antaño se habían fabricado allí.

Amanda avanzó con sigilo, sus botas apenas rozando el suelo embarrado.

Su mente estaba centrada en una sola cosa: encontrar a Inés.

La imagen de su hermana menor, aterrorizada y sola en aquel lugar siniestro, le desgarraba el alma.

Pero no podía permitirse el lujo de la emoción. Debía ser fría, calculadora, letal.

Tras varios minutos de búsqueda, escuchó un sonido que heló su sangre.

Un llanto ahogado, apenas perceptible, provenía de una habitación al final del pasillo.

Amanda se aproximó con cautela, pegándose a la pared para no ser detectada.

Al llegar a la puerta, escuchó voces al otro lado.

Voces masculinas, rudas, cargadas de crueldad y desprecio.

—La niña no para de llorar —gruñó una de las voces—. Si sigue así, el marqués nos cortará las orejas.

—Cállate y vigila la puerta —replicó la otra—. Si esa perra de los Alcántara aparece, la mataremos delante de la niña. Así aprenderá a no meterse donde no la llaman.

Amanda contuvo el aliento, su corazón latiéndole con una violencia descompasada.

Inés estaba allí, al otro lado de la puerta, custodiada por al menos dos esbirros.

Sacó la pistola de dos cañones que llevaba oculta en la capa y la amartilló con un chasquido apenas perceptible.

No había tiempo para la sutileza. Debía actuar ahora, antes de que los guardias decidieran hacer daño a su hermana.

Con un movimiento fluido, empujó la puerta con el pie, lanzándose al interior con la pistola en alto.

Los dos esbirros, sorprendidos por la irrupción, apenas tuvieron tiempo de reaccionar.

Amanda disparó al primero, la bala impactando en su pecho y derribándolo al suelo en un charco de sangre.

El segundo intentó desenvainar su daga, pero la joven fue más rápida.

Un segundo disparo lo alcanzó en la garganta, silenciando para siempre sus amenazas.

El olor a pólvora quemada se mezcló con el hedor a sangre fresca, creando una atmósfera asfixiante que revolvió el estómago de Amanda. Ignoró las náuseas y corrió hacia el rincón de la habitación donde una figura menuda se hallaba acurrucada, temblando de miedo.

—¡Inés! —exclamó, arrodillándose junto a su hermana y tomándola entre sus brazos.

La niña alzó el rostro, sus ojos hinchados por el llanto y llenos de terror. Al reconocer a Amanda, se aferró a ella con una desesperación que le desgarró el alma.

—¡Amanda! —sollozó la pequeña—. ¡Tenía tanto miedo! Pensé que nunca vendrías a buscarme.

—Shhh, mi amor, ya pasó todo —susurró Amanda, acariciando el cabello de su hermana con una ternura que contrastaba brutalmente con la violencia que acababa de desatar—. Estoy aquí. No permitiré que nadie te haga daño.

Pero antes de que pudiera incorporarse y sacar a Inés de aquel lugar maldito, un estruendo proveniente de la planta superior la paralizó.

El sonido de madera astillándose, de cristales rompiéndose, de gritos de dolor y de acero chocando contra acero.

Diego. Estaba luchando contra los esbirros de Edmond.

Y por el volumen del caos, la batalla no estaba siendo fácil.

Amanda tomó a Inés de la mano, obligándola a ponerse de pie.

—Debemos irnos, ahora mismo —ordenó, con una voz que no admitía réplica—. Tu cuñado está luchando arriba. Debemos ayudarlo.

La niña asintió con frenesí, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

Juntas, salieron de la habitación y comenzaron a ascender por las escaleras que conducían a la planta baja.

El olor a humo comenzó a impregnar el aire, un olor acre y asfixiante que hizo que Amanda tosiera violentamente.

Edmond. El muy bastardo había incendiado la fábrica.

Intentaba quemarlos vivos a todos, incluidos sus propios esbirros, para eliminar cualquier prueba de sus crímenes.

Al llegar a la planta baja, el espectáculo que se ofreció ante sus ojos fue dantesco.

Las llamas lamían las paredes de ladrillo, proyectando sombras danzantes y fantasmales sobre el suelo.

El humo era tan denso que apenas permitía ver a unos metros de distancia.

En el centro de la estancia, rodeado por cuatro esbirros armados con sables, se hallaba Diego.

Su uniforme estaba desgarrado, su rostro manchado de sangre y hollín, pero sus ojos grises brillaban con una determinación inquebrantable.

Su espada danzaba con una precisión letal, desviando los golpes y contraatacando con una ferocidad que helaba la sangre.

Amanda no dudó. Empujó a Inés hacia un rincón relativamente seguro, lejos de las llamas, y desenvainó su segunda pistola.

Con una puntería forjada en las noches de práctica clandestina, disparó al esbirro que se disponía a atacar a Diego por la espalda.

La bala impactó en el hombro del hombre, haciéndolo girar de dolor.

Diego aprovechó la distracción para atravesarle el pecho con su espada, eliminándolo de un golpe seco.

Los tres esbirros restantes, al ver caer a su compañero, dudaron un instante.

Fue todo lo que Diego necesitó. Con un rugido primitivo, se lanzó contra ellos, su espada describiendo arcos letales en el aire humeante.

En cuestión de segundos, dos de los hombres yacían en el suelo, desangrándose.

El tercero, aterrorizado, arrojó su arma y echó a correr hacia la puerta, desapareciendo en la noche.

Diego se giró hacia Amanda, su pecho agitado, su rostro pálido como el mármol.

La herida de su hombro había vuelto a abrirse, y la sangre manaba abundantemente, tiñendo su uniforme de un rojo oscuro.

Pero sus ojos grises brillaban con alivio y amor al ver a su amada sana y salva, junto a su hermana.

—Amanda —murmuró, acercándose a ella con pasos pesados—. Gracias a Dios que estáis bien.

Antes de que pudiera abrazarla, un crujido ensordecedor resonó en las vigas del techo.

Una de las principales estructuras de madera, consumida por las llamas, cedió con un estruendo que sacudió los cimientos del edificio.

Un muro de fuego se desplomó entre ellos y la puerta de salida, cortándoles la retirada.

El calor era insoportable, el humo les quemaba los pulmones, y las llamas avanzaban hacia ellos con una voracidad implacable.

Amanda miró a Diego, y en sus ojos no había miedo, solo una determinación feroz.

Tomó la mano de su amado y la de Inés, y comenzó a buscar una salida alternativa.

La fábrica era una trampa mortal, y Edmond Villeneuve había cerrado todas las puertas.

Pero Amanda de Alcántara no era una mujer que se rindiera fácilmente.

Si el destino quería quemarla viva, tendría que enfrentarse a una furia que ningún fuego podría apagar.

La cacería había llegado a su punto más crítico.

Y en el corazón de las llamas, rodeados por la muerte y la traición, Amanda y Diego se preparaban para la batalla final contra el monstruo que había destruido sus vidas.

Edmond Villeneuve creía que los tenía acorralados, que el fuego los consumiría antes de que pudieran presentar las pruebas de su usurpación.

Pero había subestimado una vez más la ferocidad de una mujer que había perdido todo, excepto la voluntad de sobrevivir.

Y esa, en un mundo de traiciones y tinieblas, era el arma más peligrosa de todas.