CAPÍTULO 21
La madrugada se arrastraba perezosa sobre los tejados de Madrid, tiñendo el cielo con tonalidades de ceniza y violeta que anunciaban un día cargado de presagios funestos.
Amanda de Alcántara permanecía de pie junto a la ventana de la buhardilla, observando cómo las primeras luces del alba acariciaban los aleros de las casas con una ternura engañosa.
Su mente, sin embargo, estaba lejos de contemplar la belleza efímera del amanecer.
Las palabras del conde Henri resonaban en su cabeza como un eco persistente, una verdad que había sido arrancada de las sombras para clavar su daga envenenada en el corazón de su identidad.
No era una Alcántara. Era la verdadera heredera de la fortuna parisina, la última descendiente de un linaje masacrado por la codicia de una carnicera que había usurpado nombres y fortunas con la misma frialdad con la que se despieza un animal en el matadero.
A su espalda, Diego de Mendoza se incorporaba con dificultad del camastro improvisado, ignorando las punzadas de dolor que le atravesaban el costado y el hombro heridos.
Sus ojos grises, oscurecidos por la falta de sueño y la preocupación, se clavaron en la silueta esbelta de su amada.
La vio tensa, rígida, con los puños apretados a los costados como si contuviera una tormenta interior que amenazaba con desbordarse.
El capitán se aproximó con pasos medidos, cada movimiento calculado para no agravar sus lesiones, y posó sus manos callosas sobre los hombros de la joven.
El contacto fue suave, reverente, un bálsamo silencioso para las heridas invisibles que ambos cargaban.
—Debéis descansar, Amanda —murmuró él, su voz grave resonando en la penumbra de la estancia—. La batalla de esta noche ha sido cruel, y vuestro cuerpo y vuestra alma necesitan tiempo para sanar.
La joven se giró con brusquedad, su mirada brillando con una mezcla de furia y desesperación que heló la sangre del guerrero.
—¿Descansar? —replicó ella, con un tono que goteaba veneno contenido—.
¿Cómo puedo cerrar los ojos cuando sé que Edmond tiene en su poder el acta de usurpación?
¿Cómo puedo dormir cuando mi hermana menor, Inés, está en algún lugar de esta ciudad, a merced de un monstruo que no dudará en descuartizarla si no obtenemos lo que desea?
Diego apretó la mandíbula, la cicatriz de su rostro tensándose hasta adquirir un tono blanquecino que delataba su propia furia contenida.
Había recibido un mensaje al amanecer, entregado por un chiquillo de los callejones a quien le habían pagado con unas monedas de cobre.
Edmond Villeneuve había secuestrado a Inés de Alcántara, la hermana menor de Amanda, una niña de apenas quince años cuya única culpa había sido nacer en el seno de una familia marcada por la tragedia.
El marqués exigía el intercambio: los documentos que probaban la usurpación de la fortuna parisina a cambio de la vida de la joven.
El punto de encuentro sería la antigua fábrica de tejidos de San Fernando, abandonada desde hacía una década y conocida por ser un nido de ratas, ladrones y desesperados.
—Iremos a por ella, mi amor —sentenció Diego, con una calma heladora que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Pero no podemos actuar con precipitación. Edmond está acorralado, desesperado y armado. Si nos acercamos sin un plan, Inés morirá, y nosotros con ella.
Amanda asintió, obligándose a respirar hondo para calmar el temblor que le sacudía las manos.
Sabía que Diego tenía razón. La impulsividad había sido su aliada en el pasado, pero ahora, con la vida de su hermana en juego, cada movimiento debía ser calculado con la precisión de un cirujano.
Se acercó a la mesa de madera tosca donde reposaban sus armas y sus instrumentos.
Comenzó a preparar su arsenal con movimientos mecánicos: cargó las pistolas de dos cañones, afiló las hojas de sus dagas, y escondió frascos de pólvora y ácido en los pliegues de su capa.
—La fábrica de San Fernando es una estructura de ladrillo y hierro, con tres plantas y un sótano donde se almacenaban los productos químicos para el teñido de las telas —explicó ella, mientras su mente trazaba los planos del edificio que había estudiado en los archivos municipales—.
Las ventanas están tapiadas en la planta superior, pero la planta baja tiene múltiples accesos por los antiguos muelles de carga.
Si entramos por el sótano, podemos tomar a Edmond por sorpresa.
Diego asintió, admirando la capacidad de análisis de su amada. Amanda no era una simple dama aristócrata; era una estratega brillante, una mente quirúrgica capaz de descomponer los problemas más complejos en sus componentes más elementales. Juntos, eran imparables.
—Yo entraré por la planta baja, atrayendo la atención de los esbirros de Edmond —propuso el capitán, desenvainando su espada y comprobando el filo con el pulgar—.
Vos os deslizaréis por el sótano y buscaréis a Inés.
Cuando la encontréis, disparad dos veces al aire.
Esa será la señal para que yo elimine a los guardianes y os cubra la retirada.
Amanda lo miró con una intensidad que lo desarmó por completo.
Sabía que el plan era peligroso, que Diego se estaba ofreciendo como señuelo para protegerla a ella y a su hermana.
Pero también sabía que discutir con él era inútil.
El guerrero había tomado su decisión, y nada ni nadie podría disuadirlo.
—Si os matan, Diego de Mendoza, os juro que os seguiré al infierno para arrancaros el alma y devolvérosla —susurró ella, con una voz que goteaba una promesa tan letal como el acero que empuñaba.
El capitán sonrió, una sonrisa triste y cansada que revelaba la vulnerabilidad que se empeñaba en ocultar bajo capas de disciplina militar.
Se acercó a Amanda y capturó sus labios en un beso desesperado, furioso, cargado de una pasión que había estado contenida durante demasiado tiempo.
Sus bocas se encontraron con una violencia que la dejó sin aliento, sus lenguas uniéndose en un baile primitivo que sabía a sangre y a promesas eternas.
—No moriré, mi amor —murmuró él contra sus labios, con la voz ronca por la emoción—. Os lo juro por cada cicatriz de mi cuerpo, por cada fantasma de mi pasado. Volveré a vuestro lado, aunque tenga que arrancar el alma del diablo con mis propias manos.
Cuando finalmente rompieron el beso, Amanda apoyó la frente contra la de Diego, cerrando los ojos para memorizar el calor de su piel, el aroma a pólvora y a cuero mojado que lo envolvía, el latido de su corazón contra el suyo.
Sabía que aquella podría ser la última vez que lo tuviera entre sus brazos.
La fábrica de San Fernando era una trampa mortal, y Edmond Villeneuve no sería un adversario misericordioso.
Pero también sabía que, mientras sintiera el latido del corazón del capitán contra el suyo, ninguna oscuridad podría vencerlos.
Se separaron con reluctancia, cada uno sumido en sus propios pensamientos y preparativos.
Amanda se ajustó la capa, ocultando las armas bajo los pliegues de la tela, y se dirigió hacia la puerta.
Diego la siguió, su figura imponente recortada contra la luz mortecina del amanecer.
Juntos, descendieron las escaleras de la buhardilla y salieron a las calles de Madrid, fundiéndose con la bruma matinal que ocultaba las miserias de la capital bajo un velo de ignorancia voluntaria.
El trayecto hasta la fábrica de San Fernando fue una travesía por el purgatorio.
Las calles se fueron volviendo más estrechas y sombrías a medida que se alejaban del centro de la ciudad, flanqueadas por edificios decrépitos que parecían inclinarse unos sobre otros como ancianos decrépitos.
El olor a carbón, a pescado podrido y a aguas estancadas impregnaba el aire, revolviendo el estómago de Amanda.
Diego avanzaba en vanguardia, sus sentidos aguzados al máximo, vigilando cada sombra, cada movimiento sospechoso.
Sabía que Edmond habría apostado a sus esbirros en los accesos principales, esperando a que cayeran en la trampa.
Al llegar a las afueras del barrio industrial, la imponente estructura de la fábrica de tejidos se alzó ante ellos como un coloso de ladrillo y hierro oxidado.
Las ventanas estaban tapiadas con tablones de madera podrida, y las puertas de los muelles de carga colgaban de sus goznes, chirriando con el viento.
El edificio parecía un cadáver abandonado, una reliquia de una era industrial que había muerto hacía décadas.
Sin embargo, bajo la fachada de ruina, se ocultaba un nido de víboras.
Diego hizo un gesto a Amanda para que permaneciera oculta tras un montón de escombros.
Con la sigilosidad de un espectro, el capitán se aproximó a la puerta principal, desenvainando su espada con un movimiento fluido.
Dos guardias, armados con garrotes y pistolas, se hallaban apostados en el umbral, bostezando y rascándose la barba.
Diego no les dio tiempo a reaccionar. Con un golpe seco de la empuñadura de su espada, derribó al primer guardia, dejándolo inconsciente sobre los adoquines.
El segundo intentó desenvainar su arma, pero el capitán fue más rápido.
Una patada en la rodilla lo desequilibró, y antes de que pudiera recuperarse, Diego le propinó un golpe en la nuca que lo dejó tendido en el suelo, respirando con dificultad.
Amanda se acercó con pasos rápidos, observando los cuerpos inconscientes de los esbirros.
Sus ojos verdes escrutaron la fachada de la fábrica, buscando cualquier señal de movimiento o de trampa.
No vio nada, pero su instinto le gritaba que el peligro acechaba en cada rincón de aquel edificio maldito.
—El sótano está por allí —susurró ella, señalando una puerta lateral medio oculta tras la maleza—. Si logro entrar sin ser detectada, podré buscar a Inés.