CAPÍTULO 20
Las palabras del conde Henri Villeneuve cayeron sobre la cripta como losas de plomo, aplastando el aire viciado y robando el aliento de los presentes.
Amanda sintió que el suelo de piedra se desvanecía bajo sus botas, abriendo un abismo de dudas y horrores en su mente.
¿Heredera? ¿No era una Alcántara, sino la verdadera propietaria de la fortuna parisina que los Villeneuve habían saqueado durante décadas?
La revelación era un veneno dulce y letal, una semilla de destrucción plantada por un moribundo con el único propósito de envenenar sus últimos instantes de vida.
Sin embargo, no hubo tiempo para procesar la magnitud de aquel secreto dinástico, pues el destello del cañón del revólver iluminó la penumbra con un fogonazo cegador.
Diego reaccionó con los reflejos forjados en cien batallas sangrientas.
Empujó a Amanda con brutalidad, interponiendo su propio cuerpo entre ella y la boca de fuego.
El estruendo del disparo fue ensordecedor, rebotando en las bóvedas de piedra con la furia de un trueno confinado.
La bala de plomo impactó contra el mármol de un sarcófago vecino, arrancando una esquirla blanca que salió disparada como un dardo letal y fue a incrustarse en la madera de un ataúd cercano.
El olor acre de la pólvora quemada se mezcló instantáneamente con el hedor a incienso rancio y a muerte antigua que impregnaba el mausoleo.
—¡Detrás de mí! —bramó el capitán, su voz retumbando en las paredes con una autoridad que desafiaba a la mismísima parca.
Henri intentó girar el cañón para un segundo disparo, pero la lentitud de sus reflejos, mermados por la edad y la arrogancia, le jugó una mala pasada.
Diego no le concedió esa fracción de segundo.
El militar se lanzó hacia adelante, ignorando el dolor agudo que le desgarraba el costado herido.
Su espada describió un arco letal en el aire, buscando no matar de inmediato, sino desarmar al monstruo que había arruinado tantas vidas.
El acero chocó contra el revólver, arrancándolo de la mano enguantada del conde y enviándolo a deslizarse por el suelo de piedra hacia la oscuridad.
Henri retrocedió, tambaleándose, y desenvainó con mano temblorosa un puñal de hoja ancha que llevaba oculto en la manga de su traje de luto. Sus ojos de reptil brillaban con una locura fanática, desprovistos de cualquier rastro de humanidad o arrepentimiento.
—¡Moriréis en este osario, perros sarnosos! —escupió el aristócrata, abalanzándose con una ferocidad suicida.
Diego esquivó la primera estocada con un giro de torso, sintiendo el filo del arma enemiga rozar la tela de su casaca.
Sin perder el equilibrio, el capitán respondió con un golpe seco de la empuñadura de su espada contra la muñeca de Henri.
El hueso crujió de forma nauseabunda, y el puñal cayó al suelo tintineando.
El conde soltó un alarido de dolor, pero antes de que pudiera recuperarse, Diego lo agarró por las solapas de su impecable vestimenta y lo estrelló contra la fría pared de granito.
El impacto arrancó el aire de los pulmones del patriarca Villeneuve.
Diego lo mantuvo clavado contra la piedra, su rostro cicatrizado a escasos centímetros del hombre que había ordenado la muerte de inocentes y la usurpación de una fortuna.
La respiración del capitán era pesada, entrecortada por el esfuerzo y la herida abierta, pero su mirada era la de un juez implacable dictando sentencia.
—Habéis jugado a ser Dios con las vidas de los demás —siseó Diego, con un tono que goteaba un desprecio absoluto—. Hoy, la única divinidad que impera en esta cripta es la justicia de mi acero.
Con un movimiento fluido y despiadado, Diego desenvainó la daga que llevaba en la bota y la hundió hasta la empuñadura en el pecho de Henri, atravesando el corazón del aristócrata.
El conde abrió la boca en un grito mudo, sus ojos desorbitados fijando la vista en un punto invisible más allá de las sombras.
Un hilo de sangre carmesí brotó de su comisura, manchando su blanca camisa de encaje.
Diego retiró el arma con un tirón brusco, y el cuerpo sin vida del conde se desplomó por la pared, quedando tendido sobre las losas frías como un muñeco de trapo desechado.
Amanda permanecía inmóvil, con la espalda pegada al altar de obsidiana, el corazón latiéndole con una violencia descompasada.
Acababa de presenciar la ejecución de un hombre, un acto de violencia tan crudo y necesario como el aire que respiraba.
Sin embargo, antes de que pudiera correr hacia su amante y comprobar si la herida de este había vuelto a abrirse, un aplauso lento y burlón resonó en el pasillo lateral.
—Qué espectáculo tan conmovedor. La bestia matando al viejo león. Realmente, la sangre siempre llama a la sangre.
De las sombras de un nicho funerario, oculto tras las estatuas de los santos de piedra, emergió el marqués Edmond Villeneuve.
Su brazo derecho, aún inmovilizado en el cabestrillo, colgaba inútil, pero su mano izquierda sostenía una pistola de chispa apuntando directamente a la nuca de Diego.
El rostro del joven noble estaba desfigurado por una mueca de odio y desesperación, sus ojos oscuros clavados en Amanda con una lujuria posesiva y asesina.
—Soltad el arma, Edmond —ordenó Diego, girándose con lentitud y colocando su cuerpo entre el cañón y Amanda—. Vuestro padre ha muerto. La estirpe ha caído. No hay nada por lo que luchar, salvo por vuestra propia y miserable vida.
—¡Mentira! —bramó el marqués, con la voz quebrada por la histeria—. ¡Vos me habéis robado mi legado, Mendoza! ¡Vos y esta perra aristócrata habéis venido a saquear mi tumba!
Edmond no esperó a que el capitán respondiera.
Disparó. El tiro salió desviado por el temblor de su mano, impactando en el hombro izquierdo de Diego.
El militar gruñó, tambaleándose hacia atrás, pero no cayó.
La bala había atravesado el músculo sin alcanzar el hueso, pero la pérdida de sangre inmediata lo debilitó, obligándolo a apoyar una mano en el altar para mantenerse en pie.
Aprovechando la distracción del dolor, Edmond se lanzó contra Amanda.
La joven no se amilanó. Extrajo la daga de empuñadura enjoyada que llevaba oculta en el corsé y paró el primer golpe del marqués, desviando la hoja hacia el suelo.
El forcejeo fue brutal y corto. Edmond, impulsado por la adrenalina y la locura, era más fuerte, pero Amanda poseía la precisión de un cirujano.
Con un giro de muñeca, logró clavar la punta de su daga en el antebrazo sano del marqués, arrancándole un grito de dolor que lo hizo aflojar la presa.
Sin embargo, en la refriega, la mano libre de Edmond rozó el corsé de la joven.
Sus dedos, ágiles y desesperados, engancharon el tubo de plomo que contenía el pergamino de la usurpación.
Con un tirón violento, rompió el cordón de seda que sujetaba el cilindro a la tela interior de su vestido y lo arrancó de su escondite.
—¡Mío! ¡El legado es mío! —chilló Edmond, retrocediendo hacia la puerta de hierro que daba al pasadizo secreto de las catacumbas, el cual él conocía gracias a los planos de su padre.
—¡No! —gritó Amanda, abalanzándose sobre él.
Pero Edmond fue más rápido. Sacó un frasco de vidrio de su bolsillo y lo estrelló contra el suelo de piedra a sus pies.
El cristal se hizo añicos, liberando una nube espesa y asfixiante de polvo de magnesia y azufre.
La nube blanca y densa cegó a Amanda y la hizo toser violentamente, irritando sus ojos y su garganta.
Cuando el aire se aclaró unos segundos después, la puerta de hierro se había cerrado con un estruendo metálico, y los pasos apresurados del marqués se perdían en la oscuridad de los túneles subterráneos.
Amanda cayó de rodillas, tosiendo y frotándose los ojos irritados.
La pérdida del documento original era un golpe devastador.
Aunque ellos conocían la verdad, sin el pergamino físico, probar la usurpación ante un tribunal corrupto sería una tarea titánica.
Edmond tenía la llave de su ruina, o al menos, la herramienta para extorsionar a la corona y salvar su propio pellejo.
Diego se acercó a ella con pasos pesados, presionando un pañuelo contra su hombro ensangrentado.
Su rostro estaba pálido como el mármol de los sarcófagos, pero sus ojos grises brillaban con una determinación inquebrantable.
Se arrodilló junto a Amanda, tomando su rostro entre sus manos callosas y obligándola a mirarlo.
—Respirad, mi amor. Estad conmigo —susurró él, con la voz ronca por el esfuerzo y el humo—. Edmond tiene el papel, pero no tiene el conocimiento. Vos sabéis quién sois ahora. Vos sois la verdadera heredera, y eso es un poder que ninguna hoja de papel puede otorgar ni arrebatar.
Amanda asintió lentamente, recuperando el aliento y dejando que las palabras del capitán anclaran su mente a la realidad.
Las revelaciones de Henri y el robo de Edmond habían cambiado las reglas del juego.
Ya no luchaba solo por vengar a unos padres adoptivos o por proteger un título ducal arruinado.
Luchaba por su propia sangre, por su verdadero legado, por la justicia de una familia masacrada en la cuna por una carnicera de París.
—Edmond huirá a Francia —dedujo ella, con la voz recuperando su firmeza habitual—. Intentará presentar esos documentos a los banqueros de Suiza o a los acreedores de la corona para cobrar la fortuna antes de que nosotros podamos alertar a las autoridades.
—Entonces no le daremos tiempo a respirar —sentenció Diego, poniéndose de pie con un esfuerzo visible y ofreciéndole la mano sana para ayudarla a incorporarse—.
Mis hombres leales están registrando las posadas de los caminos del norte.
Si Edmond intenta cruzar la frontera, caerá en nuestras redes.
Y si no, lo cazaré yo mismo en los tejados de París.
Amanda tomó su mano, sintiendo el calor reconfortante de su piel a pesar del frío glacial de la cripta.
Miró el cadáver del conde Henri, tendido en un charco de sangre que se expandía lentamente sobre las losas.
El monstruo había muerto, pero la hidra de varias cabezas que era la familia Villeneuve aún tenía una serpiente suelta.
—Vamos, Diego —murmuró ella, ajustándose la capa y ocultando las armas bajo los pliegues de la tela—. La noche es larga, y la cacería apenas ha comenzado. Edmond cree que ha ganado una ventaja, pero ha cometido el error de subestimarnos una vez más.
Juntos, salieron de la cripta, dejando atrás el mausoleo y el cadáver del patriarca.
La tormenta exterior había amainado ligeramente, dejando paso a una llovizna fina y persistente que lavaba los rostros de piedra de los ángeles del cementerio.
El aire de la madrugada olía a tierra mojada y a promesas de venganza.
Amanda y Diego caminaron hacia la verja del camposanto, dos sombras unidas por el destino y la sangre, preparadas para enfrentar el amanecer y la batalla final que los aguardaba en los caminos de la capital.
La verdad había sido revelada, y ahora, el mundo entero pagaría por haber intentado enterrarla.