CAPÍTULO 35
La luz del amanecer se filtraba por los ventanales de plomo de la alcoba principal de la residencia de los Alcántara, bañando la estancia en tonalidades de ámbar y rosa que acariciaban los tapices flamencos y los muebles de caoba barnizada.
El aire olía a lavanda seca, a cera de abejas y al aroma medicinal de las cataplasmas de hierbas que se renovaban cada pocas horas sobre la mesilla de noche.
Diego de Mendoza yacía sobre el lecho de dosel, su torso desnudo cubierto por vendas blancas que contrastaban con la palidez marmórea de su piel.
La fiebre lo había consumido durante tres días y tres noches, un infierno interno que había obligado a su cuerpo a librar una batalla silenciosa contra los residuos del acónito que aún circulaban por su torrente sanguíneo.
Amanda de Alcántara permanecía sentada en un sillón de terciopelo carmesí junto a la cama, su postura rígida y vigilante como la de un centinela que no conoce el descanso.
Sus ojos verdes, enrojecidos por la falta de sueño, no se apartaban del rostro del capitán, escrutando cada respiración, cada movimiento de sus párpados, cada cambio en la tonalidad de su piel.
Sus manos, que habían administrado las infusiones de digitalina y las cataplasmas de carbón activado con una precisión quirúrgica, ahora descansaban sobre el regazo, entrelazadas con una tensión que delataba el terror que aún la atormentaba.
—Mi general, debéis descansar —murmuró María, la leal doncella de Amanda, acercándose con una bandeja de plata que contenía una taza de caldo humeante—. Lleváis setenta y dos horas sin cerrar los ojos. Si continuáis así, seréis vos quien termine en el lecho.
Amanda negó con la cabeza, sin apartar la vista de Diego.
—No puedo, María —respondió ella, con la voz ronca por el agotamiento—. Cada vez que cierro los ojos, lo veo desplomarse en la mazmorra. Veo las venas negras ascendiendo por su cuello. Veo cómo el veneno le arrebata la vida, y yo no puedo hacer nada para detenerlo.
La doncella suspiró, dejando la bandeja sobre la mesilla y colocando una mano reconfortante sobre el hombro de su señora.
—El capitán es un guerrero, mi señora. Ha sobrevivido a batallas peores que esta. Y vos lo habéis salvado. Habéis hecho lo que ningún médico de la corte habría logrado. Debéis confiar en su fortaleza.
Amanda asintió, aunque sus ojos no abandonaban el rostro de Diego.
Sabía que María tenía razón. El capitán era un superviviente, un hombre cuya voluntad de vivir era tan feroz como su capacidad para proteger a quienes amaba.
Pero el terror de haberlo perdido, de haber sentido cómo su corazón se detenía bajo sus manos, había dejado una marca imborrable en su alma.
Fue entonces cuando los párpados de Diego comenzaron a moverse. Un gemido bajo y ronco escapó de sus labios, y sus manos, vendadas y temblorosas, se aferraron a las sábanas de lino. Amanda se incorporó de un salto, arrodillándose junto al lecho y tomando su rostro entre sus manos.
—Diego —susurró ella, con la voz quebrada por la emoción—. Mi amor, estad conmigo. Volved a mí.
Los ojos grises del capitán se abrieron lentamente, las pupilas dilatadas por los efectos residuales de la fiebre.
Durante unos instantes, su mirada estuvo vacía, perdida en algún lugar entre la conciencia y el delirio.
Luego, lentamente, el reconocimiento iluminó sus iris, y una sonrisa cansada curvó sus labios.
—Amanda —murmuró él, con la voz apenas audible—. ¿Estáis... estás bien?
La joven sintió que las lágrimas finalmente brotaban de sus ojos, rodando por sus mejillas y cayendo sobre las manos del capitán. Asintió con frenesí, incapaz de articular palabra.
—Estoy bien, mi amor —logró decir finalmente, besando sus dedos vendados con una reverencia absoluta—. Estáis a salvo. El veneno ha sido neutralizado. Habéis vuelto a mí.
Diego alzó una mano temblorosa y acarició la mejilla de Amanda, limpiando las lágrimas con su pulgar.
—Os prometí que no moriría —susurró él, con una ternura que le encogió el alma—. Y los Mendoza siempre cumplimos nuestras promesas.
Amanda rio, un sonido quebrado que se mezcló con sus sollozos. Apoyó la frente contra la de Diego, cerrando los ojos para absorber el calor de su piel, el latido de su corazón, la realidad de su supervivencia.
—Sois un necio, capitán —murmuró ella, con la voz cargada de amor y alivio—. Un necio arrogante que cree que puede desafiar a la muerte con solo una promesa.
—Y vos sois una hechicera, Amanda de Alcántara —replicó Diego, con una sonrisa que iluminó su rostro pálido—. Porque habéis logrado lo imposible. Habéis arrancado mi alma de las garras del infierno y la habéis devuelto a este cuerpo maltrecho.
Permanecieron así durante varios minutos, sus frentes unidas, sus respiraciones entrelazadas, compartiendo el milagro de la supervivencia. Luego, Diego se incorporó con un esfuerzo visible, apoyándose en los codos para mirar a Amanda a los ojos.
—Necesito saber la verdad, mi amor —murmuró él, con una seriedad que heló el aire de la estancia—. Catalina dijo muchas cosas en la mazmorra. Cosas sobre vuestro linaje, sobre la fortuna parisina. Necesito saber qué es cierto y qué es mentira.
Amanda sintió que el corazón le daba un vuelco. Había evitado hablar del tema desde que salieron del Saladero, concentrándose exclusivamente en salvar la vida de Diego. Pero ahora, con el capitán despierto y lúcido, no podía seguir ocultando la verdad.
Se separó de él con reluctancia y se puso de pie, caminando hacia el ventanal.
La luz del amanecer bañaba su figura, creando un halo dorado alrededor de su cabello castaño.
Sus ojos esmeraldas se clavaron en los tejados de Madrid, en las cúpulas de las iglesias, en el horizonte que se perdía hacia el norte, hacia Francia, hacia París.
—Catalina no mintió, Diego —confesó ella, con la voz firme pero cargada de una tristeza profunda—. No soy hija del duque de Alcántara. No soy la sobrina de la condesa viuda. Soy la verdadera heredera de la fortuna parisina, la hija del banquero que Catalina mandó asesinar hace veinte años.
Diego guardó silencio, procesando la magnitud de la revelación. Sus ojos grises, habitualmente tan expresivos, se volvieron impenetrables, como dos láminas de acero pulido.
—¿Y qué pensáis hacer? —preguntó finalmente, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. ¿Reclamaréis la fortuna? ¿Os convertiréis en la mujer más rica de Europa?
Amanda se giró hacia él, sus ojos brillando con una determinación inquebrantable.
—No —respondió ella, con una firmeza que no admitía réplica—. No quiero esa fortuna, Diego. No quiero el oro que fue robado con sangre, no quiero los títulos que fueron construidos sobre cadáveres. Esa riqueza está maldita, y no permitiré que manche mis manos ni las de aquellos que amo.
Diego la observó con una intensidad que la desarmó por completo. Se incorporó completamente, ignorando el dolor que le atravesaba el costado, y extendió las manos hacia ella.
—Venid aquí, mi amor —murmuró él, con la voz ronca vibrando con una emoción que amenazaba con desbordarlo—. Necesito tocaros, necesito sentir que estáis real, que no sois un espectro que desaparecerá en la niebla.
Amanda se acercó al lecho, arrodillándose junto a él y tomando sus manos entre las suyas. El contacto de sus pieles envió una descarga de calor a través de sus cuerpos, un recordatorio reconfortante de la vida que latía bajo las cicatrices y las vendas.
—He tomado una decisión, Diego —confesó ella, con los ojos brillando por las lágrimas que se negaba a derramar—.
Reclamaré la fortuna parisina, sí. Pero no para enriquecerme, sino para destruirla.
Donaré cada céntimo, cada joya, cada propiedad, para construir hospitales para los huérfanos que Catalina manipuló.
Para crear escuelas para las mujeres que, como yo, fueron obligadas a esconder su inteligencia tras los corsés y los abanicos.
Para financiar orfanatos donde los niños que sobrevivieron a las alcantarillas puedan sanar sus almas y aprender que el mundo no siempre es un lugar cruel.
Diego la miró con una admiración tan profunda que parecía capaz de iluminar la penumbra de la estancia. Tomó su rostro entre sus manos callosas, obligándola a sostener su mirada.
—Sois la mujer más extraordinaria que ha caminado sobre la tierra, Amanda de Alcántara —murmuró él, con una devoción que resonó en las paredes de madera de la alcoba—.
Habéis descubierto que sois la heredera de una de las fortunas más grandes de Europa, y vuestra primera reacción es donarla para sanar las heridas que esa misma riqueza causó.
Sois mi perdición y mi salvación, mi luz en la oscuridad, mi razón para vivir.
Amanda sintió que el corazón le daba un vuelco. Las palabras de Diego, cargadas de un amor tan puro y absoluto, actuaron como el bálsamo más poderoso sobre las heridas invisibles que la revelación de su linaje había infligido en su alma.
—Y vos sois mi tesoro, Diego de Mendoza —susurró ella, capturando sus labios en un beso que supo a promesas eternas, a pólvora y a jazmín, a un amor forjado en el infierno y templado en la gloria—.
No necesito oro ni títulos. Solo os necesito a vos.
Solo necesito vuestro amor, vuestra lealtad, vuestra presencia a mi lado.
Porque mientras estéis conmigo, mientras vuestro corazón lata al unísono con el mío, ninguna oscuridad podrá vencerme.
Diego la atrajo hacia él, envolviéndola en un abrazo que fue mitad refugio, mitad promesa.
El contacto de sus cuerpos, separados apenas por las capas de tela y las vendas, envió una descarga de calor a través de sus pieles, un recordatorio reconfortante de la vida que latía bajo las armaduras que los protegían del mundo.
—Entonces os juro, Amanda —murmuró él, besando la coronilla de la joven con una reverencia absoluta—, que mientras respire, mientras mi espada pueda desenvainarse, mientras mi corazón pueda latir, seré vuestro escudo contra el mundo, vuestra espada contra la injusticia y vuestro refugio contra la tormenta.
Porque vos sois mi único tesoro, mi única riqueza, mi única razón para existir.
Amanda apoyó la cabeza sobre el pecho del capitán, escuchando el ritmo constante de su corazón, ese tambor de guerra que latía únicamente para ella.
Cerró los ojos, permitiendo que la calidez de aquel abrazo la anclara a la realidad, alejándola del abismo de dudas y horrores que la revelación de su linaje había abierto en su alma.
La cacería había terminado. Los Villeneuve habían caído.
La usurpadora estaba encadenada. Y ellos, dos almas atormentadas que habían encontrado en el otro la redención y la esperanza, estaban listos para construir un futuro lejos de las sombras del pasado.
Porque mientras sus manos permanecieran entrelazadas, mientras sus corazones latieran al unísono, ninguna oscuridad podría vencerlos.
Eran la luz en la penumbra, la justicia en un mundo de traiciones, y estaban dispuestos a arrastrar a los demonios de París y Madrid hasta el último rincón de la tierra para asegurar que, al menos, el amor que habían encontrado sobreviviría a todas las tormentas.
Pero esa en un mundo de traiciones y tinieblas, era el arma más peligrosa de todas.