CAPÍTULO 17
La madrugada envolvía la prisión del Saladero en un manto de niebla espesa y pestilente, ocultando las miserias humanas que se pudrían tras sus muros de ladrillo ennegrecido.
Amanda de Alcántara permanecía de pie ante la pesada puerta de hierro forjado, ignorando el frío calador que se colaba por los pliegues de su capa de terciopelo.
Su rostro, oculto parcialmente por la capucha, reflejaba una determinación pétrea.
En su mano derecha, enguantada en cuero fino, sostenía el pliego de papel que había arrancado de las fauces de la corrupción.
El documento, sellado con el lacre del magistrado Vargas y firmado con la mano inerte de aquel hombre, era su única llave para liberar al alma que habitaba su corazón.
El carcelero, un hombre de aspecto rudo y mirada recelosa, examinó el pergamino a la luz titilante de un candil de aceite.
Sus dedos, manchados de grasa y tabaco, acariciaron el sello real con desconfianza.
Levanto la vista, escrutando a la figura encapuchada que exigía la entrega de un prisionero de alta seguridad.
—Las órdenes del magistrado son claras, pero el capitán Mendoza está encadenado en las celdas de castigo por un crimen de sangre —gruñó el carcelero, devolviendo el documento con un gesto de arrogancia—. Nadie entra ni sale sin la autorización del alcaide.
Amanda no retrocedió. Dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal del guardián, y extrajo con un movimiento fluido una bolsa de cuero pesada que dejó caer sobre la mesa de madera tosca.
El tintineo inconfundible de las monedas de oro macizo resonó en la estrecha garita, silenciando las protestas del hombre.
—El alcaide ya ha recibido su parte, y vuestra generosidad será recompensada con creces si abrís esa puerta ahora mismo —susurró ella, con un tono que goteaba una amenaza velada y letal—.
El prisionero debe ser trasladado a una jurisdicción militar secreta.
Si el alcaide pregunta, decidle que la orden proviene directamente del Consejo de Guerra.
Si dudáis, el oro desaparecerá y mi paciencia con vosotros.
El carcelero tragó saliva, codiciando la fortuna que reposaba sobre su mesa.
La avaricia venció a su lealtad institucional.
Asintió con brusquedad, tomó un manojo de llaves y se dirigió hacia el corredor interior.
Amanda lo siguió en silencio, su corazón latiendo con un ritmo desbocado mientras descendían hacia las entrañas de la fortaleza.
El olor a humedad, a paja podrida y a desesperación rancia le revolvió el estómago, pero apretó los dientes, obligándose a respirar por la boca.
Al llegar al nivel subterráneo, el carcelero descorrió los cerrojos de una celda mugrienta.
La puerta chirrió sobre sus goznes oxidados, revelando un interior sumido en la penumbra más absoluta.
Amanda contuvo el aliento. En el centro de la estancia, sentado sobre un lecho de paja infecta, se hallaba Diego.
Sus muñecas estaban sujetas a la pared por grilletes de hierro, y su torso desnudo mostraba los vendajes manchados de sangre oscura que ella misma había aplicado horas antes.
Al escuchar los pasos, el capitán alzó la cabeza. Sus ojos grises, hundidos por el agotamiento y la fiebre, se clavaron en la figura encapuchada. Cuando Amanda se dejó caer la capucha, revelando su rostro pálido y sus ojos esmeralda brillantes por la emoción, Diego pareció dejar de respirar.
—¿Qué demonios hacéis aquí? —preguntó él, con la voz ronca y quebrada por la incredulidad. Intentó incorporarse, pero el peso de las cadenas lo mantuvo postrado—. Debíais haberos escondido. Edmond os estará buscando.
—Y vos estaríais pudriéndoos en esta letrina si yo no hubiera intervenido —replicó Amanda, acercándose a él con pasos rápidos.
Se arrodilló frente al carcelero, quien procedía a liberar las esposas con un martillo y un cincel.
El sonido del metal cediendo fue la melodía más dulce que el capitán había escuchado en su vida—.
He comprado vuestra libertad con el oro de vuestros enemigos, Diego.
Ahora levantaos, porque no tenemos tiempo que perder.
Cuando los grilletes cayeron al suelo, Diego se puso de pie con un esfuerzo sobrehumano, apoyando su peso contra la pared para no desplomarse.
La herida de su costado había vuelto a abrirse, y un hilo de sangre carmesí descendía por su abdomen.
Amanda lo rodeó con su brazo, ofreciéndole su hombro como apoyo.
El contacto de sus cuerpos envió una descarga de calor a través del frío glacial de la mazmorra.
—Sois una insensata, Amanda —murmuró él, apoyando su frente contra la de ella por un breve instante, cerrando los ojos para memorizar su aroma a jazmín y lluvia—. Os habéis convertido en una fugitiva de la Corona por mi culpa.
—No os he liberado para que os sintáis culpable, capitán, sino para que me ayudéis a destruir a los hombres que nos han arrebatado todo —sentenció ella, guiándolo hacia el corredor.
Lanzó una última mirada de desdén al carcelero, quien ya contaba sus monedas—.
Si nos atrapan, nos colgarán a ambos en la Plaza Mayor. Así que más os vale caminar rápido.
Salieron de la prisión y se adentraron en el laberinto de callejuelas que rodeaban el Saladero.
La niebla matinal comenzaba a disiparse, dando paso a un cielo plomizo que anunciaba una jornada de lluvia inminente.
Diego, a pesar de su debilidad, recuperó su instinto táctico.
Sabía que los carruajes y las calles principales estaban siendo vigiladas por los esbirros de Edmond.
La única vía de escape era la que ningún aristócrata se atrevería a transitar: los tejados de Madrid.
Guiados por el conocimiento del capitán sobre los puntos ciegos de la guardia, ascendieron por las escaleras de servicio de un antiguo convento abandonado.
Desde allí, saltaron a las tejas de pizarra de los edificios contiguos.
El esfuerzo físico fue brutal. Diego gruñía de dolor con cada movimiento, pero la mano firme de Amanda, aferrada a su cintura, le daba la fuerza necesaria para no desfallecer.
La joven, por su parte, ignoraba el frío que calaba sus huesos y el miedo que le oprimía el pecho.
Su mente estaba centrada en mantener a su amante con vida.
Tras veinte minutos de una travesía vertiginosa por el mar de chimeneas y buhardillas del barrio de las Letras, llegaron a su destino.
Diego empujó una pequeña puerta de madera que daba acceso a un desván olvidado, situado en el punto más alto de una casa de vecinos.
El interior era un espacio diáfano, lleno de baúles cubiertos de polvo y muebles desvencijados, pero estaba seco y, lo más importante, era inaccesible para cualquiera que no conociera la ruta por los tejados.
Amanda corrió a abrir la única ventana de buhardilla, permitiendo que la brisa fresca de la mañana entrara en la estancia.
El panorama que se extendía ante ellos era sobrecogedor.
Desde su atalaya improvisada, podían contemplar la ciudad de Madrid despertando bajo un manto de bruma.
Las cúpulas de las iglesias y los tejados de los palacios se recortaban contra el cielo gris, un recordatorio constante del mundo que les había dado la espalda.
Diego se dejó caer sobre un colchón de plumas que yacía en un rincón, cerrando los ojos mientras su pecho se agitaba por el esfuerzo.
Amanda no perdió un solo segundo. Encendió un pequeño brasero de latón que encontró entre los trastos, alimentándolo con astillas de madera seca para generar un calor reconfortante sin producir demasiado humo.
Luego, se arrodilló junto a él y comenzó a desatar los vendajes empapados.
—Dejadme ver la herida —ordenó ella, con la voz suave pero inquebrantable.
Diego obedeció, observándola en silencio.
La luz tenue del amanecer se filtraba por el ventanuco, bañando el rostro de Amanda en tonalidades doradas y pálidas.
Sus manos, manchadas de la sangre de él, se movían con una delicadeza extrema, limpiando la carne lacerada con un paño humedecido en aguardiente.
El dolor era agudo, pero el capitán apenas frunció el ceño.
Su atención estaba completamente capturada por la mujer que tenía delante.
—Habríais podido huir a Francia, Amanda —murmuró él, rompiendo el silencio denso de la estancia—. Con el oro que robasteis de la caja fuerte de Henri, habríais podido comprar un pasaje y vivir como una reina en París. ¿Por qué habéis elegido compartir la miseria de un soldado condenado?
Amanda detuvo sus movimientos y alzó la vista, encontrando los ojos grises del guerrero. La intensidad de su mirada la desarmó por completo, revelando la vulnerabilidad que él se empeñaba en ocultar bajo capas de cinismo.
—Porque la riqueza sin vos es una prisión dorada, Diego —respondió ella, con una sinceridad que le quemaba los labios—.
Porque en los salones de París o de Madrid, siempre sería un adorno, una pieza de intercambio para los hombres que manejan los hilos del mundo.
Aquí, en este desván infecto, soy libre.
Soy vuestra igual, vuestra compañera y vuestra espada.
No cambiaría este techo de pizarra por todos los palacios de Europa.
Las palabras de la joven actuaron como el bálsamo más poderoso sobre las heridas del alma del capitán.
Diego alzó su mano libre, acariciando la mejilla de Amanda con una ternura que contrastaba brutalmente con la rudeza de sus rasgos.
Sus dedos callosos trazaron el contorno de sus labios, memorizando cada curva, cada matiz.
—Sois mi perdición y mi salvación, Amanda de Alcántara —susurró él, con la voz cargada de una emoción que amenazaba con desbordarlo—. Si los Villeneuve logran atraparnos, me aseguraré de que mi último aliento sea utilizado para matar a Edmond, para que vos podáis escapar.
—No habrá ningún escape, porque no vamos a huir más —replicó ella, inclinándose para capturar sus labios en un beso que sabía a sal, a pólvora y a promesas inquebrantables.
El beso comenzó como una súplica y se transformó rápidamente en una hoguera descontrolada.
Las manos de Diego, olvidando el dolor de su costado, se enredaron en el cabello castaño de la joven, atrayéndola hacia su cuerpo con una urgencia desesperada.
Amanda respondió a su llamada con la misma ferocidad, dejando que el calor de sus cuerpos se mezclara en la penumbra del desván.
En aquel refugio precario, suspendidos entre el cielo y la ciudad que los perseguía, se entregaron el uno al otro.
No había lujos, ni sedas, ni música de orquesta.
Solo el crujir de las tejas bajo el viento, el olor a madera quemada y la respiración entrecortada de dos almas que se habían encontrado en el infierno y habían decidido construir su propio paraíso.
Cada caricia era un acto de rebeldía, cada suspiro un desafío a la muerte que los acechaba en las sombras.
Cuando el agotamiento y la paz finalmente los reclamaron, Amanda reposaba sobre el pecho de Diego, escuchando el ritmo constante de su corazón. El capitán la mantenía envuelta en su abrazo, como un dragón custodiando su tesoro más preciado.
—Mañana iremos a los archivos de la embajada francesa —murmuró Diego, besando la coronilla de la joven—. Encontraremos el acta de defunción de la verdadera condesa Catalina. Con esa prueba, la impostora caerá y los Villeneuve perderán su escudo legal.
—Y cuando caigan, los arrastraremos con ellos al abismo —respondió Amanda, con una frialdad que habría asustado a cualquiera que no conociera la nobleza de su causa.
Miró por la ventana de buhardilla. El sol comenzaba a romper las nubes, bañando los tejados de Madrid con una luz dorada y esperanzadora.
Eran fugitivos, perseguidos por los monstruos más poderosos de la corte, y sobrevivían en la precariedad de un desván olvidado.
Pero mientras sintiera el latido del corazón del capitán contra el suyo, Amanda sabía que ninguna oscuridad podría vencerlos.
La reina de los tejados y su guerrero atormentado estaban listos para la batalla final.