CAPÍTULO 16
La luz crepuscular se filtraba por los ventanales de plomo del ático, bañando la estancia en un tono ámbar que realzaba el polvo suspendido en el aire.
Amanda de Alcántara permanecía inmóvil frente al espejo de luna, observando a la extraña que le devolvía la mirada.
La joven que había huido al bosque de El Pardo, la mujer que había llorado sobre el pecho de un guerrero atormentado, había muerto en aquella cabaña.
En su lugar, el cristal reflejaba a la heredera de los Alcántara, una dama de linaje inmaculado y voluntad de hierro, dispuesta a devorar a los lobos que osaban acechar a su rebaño.
Sus manos, firmes y desprovistas de todo temblor, terminaron de abrochar los botones de un vestido de raso color medianoche.
El corsé, ajustado con una severidad militar, ceñía su torso, ocultando bajo los pliegues de la falda una pequeña pistola de dos cañones y el libro de contabilidad sustraído de la caja fuerte de los Villeneuve.
No acudiría a las mazmorras del Saladero con una espada, pues el acero poco podía hacer contra las leyes podridas de la corte.
Acudiría armada con el único lenguaje que aquellos aristócratas corruptos comprendían a la perfección: el miedo a la ruina.
El carruaje de alquiler se detuvo frente a la imponente verja de hierro forjado del palacio de la Marquesa de Santa Cruz.
Aquella noche, la aristocracia madrileña se congregaba en sus salones para una tertulia privada, un nido de víboras donde se cocinaban los destinos de la nación entre copas de champán y susurros envenenados.
Amanda descendió del vehículo con la gracia felina de una pantera que se adentra en territorio enemigo.
El aire nocturno, cargado con el aroma a azahar y a las exhalaciones del Manzanares, golpeó su rostro, pero ella no se inmutó.
Ajustó el chal de encaje negro sobre sus hombros y cruzó el umbral, dejando atrás la oscuridad de la calle para sumergirse en el resplandor cegador de la hipocresía.
El salón principal era un despliegue de riqueza ostentosa.
Candelabros de cristal de roca proyectaban un mar de luces sobre los frescos del techo, mientras una orquesta de cámara ejecutaba un minué que apenas lograba ahogar el murmullo de las conspiraciones.
Amanda avanzó entre la multitud, ignorando las miradas inquisitivas y los abanicos que se agitaban a su paso.
Su objetivo no era la pista de baile, sino el invernadero adjunto, un refugio de orquídeas exóticas y aire viciado donde el magistrado Don Rodrigo de Vargas solía retirarse para recibir los sobornos de sus patrocinadores.
Al descorrer las pesadas cortinas de terciopelo que separaban ambas estancias, el calor húmedo y el olor penetrante de la tierra mojada la recibieron.
El magistrado se hallaba de pie junto a una fuente de mármol, conversando en voz baja con un hombre de rostro afilado que Amanda reconoció como uno de los abogados de los Villeneuve.
Al escuchar el crujido de la seda, Vargas se giró, y una sonrisa untuosa se dibujó en sus labios al identificar a la recién llegada.
—Doña Amanda de Alcántara —pronunció el magistrado, haciendo una reverencia burlona que no llegaba a sus ojos pequeños y astutos—. Qué sorpresa encontraros en una velada tan selecta. Creí que la tragedia de vuestro prometido, el pobre capitán Mendoza, os mantendría recluida en el luto más estricto.
El abogado de los Villeneuve soltó una risa seca, retirándose discretamente hacia las sombras de las palmeras.
Amanda no perdió el tiempo con cortesías.
Caminó hacia el magistrado con pasos medidos, acortando la distancia hasta que pudo percibir el olor a coñac y a pólvora que emanaba de su persona.
—El luto es para los muertos, señor Vargas, y el capitán Mendoza no ha muerto, aunque vuestras maquinaciones intenten enterrarlo en una celda de castigo —replicó ella, con una voz que goteaba un veneno tan dulce como la cicuta—.
He venido a ofreceros una oportunidad de redención, antes de que la justicia real decida investigar por qué los cheques de los Villeneuve terminan en vuestras cuentas privadas de Ginebra.
La sonrisa del magistrado se borró de su rostro, reemplazada por una palidez cadavérica.
Sus ojos se desviaron hacia la puerta, calculando si podría gritar pidiendo auxilio, pero Amanda fue más rápida.
Con un movimiento fluido, extrajo la pistola del interior de su falda y presionó el cañón de acero frío contra el pecho del hombre, justo sobre su corazón.
—Si emitís un solo sonido, si intentáis huir o si llamáis a los guardias, apretaré el gatillo —susurró Amanda, clavando sus ojos esmeraldas en los del magistrado con una intensidad que helaba la sangre—.
Y luego, me presentaré ante el Rey con el libro de contabilidad que detalla cada asesinato, cada soborno y cada franco robado a la corona francesa.
Vuestra familia será despojada de sus títulos, vuestras hijas enviadas a un convento de clausura y vuestro nombre será escupido en las plazas públicas.
Vargas tragó saliva, el sudor perlando su frente a pesar del calor del invernadero. Sus manos temblorosas se elevaron en un gesto de rendición.
—Sois una mujer despiadada, doña Amanda —murmuró él, con la voz quebrada por el pánico—. No sabéis lo que estáis haciendo. Los Villeneuve os destruirán. Edmond me ha ordenado que os mantenga alejada de Mendoza a toda costa.
—Edmond no está aquí, y vos estáis a mi merced —espetó ella, presionando el arma con más fuerza, sintiendo los latidos desbocados del hombre bajo el metal—.
Exijo la orden de liberación inmediata del capitán Diego de Mendoza, firmada y sellada por vos.
Además, emitiréis un decreto de traslado de su custodia a la prisión militar del Castillo de San Antón, bajo la jurisdicción de mis propios contactos en el ejército.
Si aceptáis, el libro de contabilidad desaparecerá en el fondo del Manzanares.
Si os negáis, esta misma noche vuestra vida llegará a un fin sangriento.
El magistrado asintió con frenesí, sus ojos desorbitados por el terror.
—Necesito mi pluma y mi papel de firmar, que están en mi despacho de la planta superior —balbuceó él—. Dejadme ir y os daré lo que pedís.
Amanda mantuvo la pistola apuntando al pecho del hombre mientras retrocedían juntos hacia las puertas del invernadero. Sin embargo, antes de que pudieran cruzar el umbral, una voz aterciopelada y cargada de crueldad resonó en el pasillo.
—Qué escena tan conmovedora, querida Amanda. Siempre tan dramática, tan propensa a los gestos teatrales.
El marqués Edmond Villeneuve emergió de la penumbra del corredor, flanqueado por cuatro esbirros armados con garrotes.
Su brazo derecho aún permanecía inmovilizado en el cabestrillo, pero su mano izquierda descansaba sobre la empuñadura de su bastón-estoque.
Una sonrisa sádica curvaba sus labios finos, disfrutando de la trampa que acababa de cerrarse.
—Os creí más inteligente, señorita de Alcántara —murmuró Edmond, dando un paso lento hacia ellos—.
¿De verdad pensasteis que podríais chantajear a mi magistrado sin que mis ojos estuvieran puestos en cada uno de vuestros movimientos?
Vargas es mi perro, y los perros obedecen a su amo.
Soltad el arma, o mis hombres os arrancarán los brazos.
Amanda sintió que el pánico amenazaba con nublar su mente, pero la imagen de Diego encadenado en una mazmorra oscura actuó como un ancla de lucidez. No permitiría que el miedo la paralizara. Miró a Edmond a los ojos, y una sonrisa fría y carente de toda alegría se dibujó en su rostro.
—Vuestro error, marqués, es creer que soy la única persona que ha leído ese libro de contabilidad —replicó ella, con una calma que contrastaba con la violencia de la situación—.
Antes de venir a este palacio, envié una copia de las páginas más comprometedores al Coronel Ruiz, del regimiento de infantería, y otra al confesor personal de la Reina.
En este preciso instante, un destacamento de la Guardia Real, leal a la Corona y no a vuestros bolsillos, está rodeando este palacio.
Edmond palideció, sus ojos oscuros escrutando el rostro de Amanda en busca de una mentira. El silencio que siguió a sus palabras fue denso, roto únicamente por el sonido de las botas de los soldados reales resonando en el vestíbulo principal y los gritos de los criados alertando de la intrusión.
—¡Maldita perra! —escupió Edmond, desenvainando su estoque con un movimiento furioso.
Pero Amanda no le dio tiempo a reaccionar.
Con un giro rápido, golpeó la nuca del magistrado con la culata de la pistola, dejándolo inconsciente sobre las losas de mármol.
Aprovechando la distracción de los esbirros al ver caer a su líder, la joven se lanzó hacia la mesa de madera de caoba situada en el rincón del invernadero.
Tomó la pluma de ganso, el tintero y un pliego de papel oficial que reposaban allí.
Con una caligrafía apresurada pero impecable, forzó la mano inerte del magistrado inconsciente, estampando su sello de lacre y firmando su nombre con la mano derecha del hombre, guiando los dedos inertes con una precisión macabra.
—¡Matadla! —bramó Edmond, abalanzándose hacia ella.
Amanda rodó por el suelo, esquivando la estocada del marqués, que se clavó en la madera de la mesa.
Se puso de pie de un salto y disparó la pistola al techo.
El estruendo del arma de fuego fue ensordecedor en el espacio cerrado, haciendo que los cristales de la cúpula vibraran y que los esbirros se cubrieran los oídos.
El humo de la pólvora llenó el aire, creando una cortina espesa y acre.
Aprovechando la confusión, Amanda corrió hacia la puerta lateral que daba a los jardines.
El frío de la noche golpeó su rostro cuando emergió al exterior.
Las luces de las antorchas de la Guardia Real iluminaban la fachada del palacio, y los soldados del Rey, liderados por el sargento Ruiz, estaban desarmado a los esbirros de Edmond en el patio de armas.
El marqués, al ver que la batalla estaba perdida y que la Corona había intervenido, maldijo en voz baja y se escabulló por las sombras de los setos, huyendo como la rata cobarde que era.
Amanda se apoyó contra el tronco de un antiguo roble, su pecho agitado por el esfuerzo y la adrenalina.
Miró el pliego de papel que apretaba contra su pecho.
La orden de liberación. Había ganado la primera ronda, había arrancado a Diego de las garras de la injusticia.
Pero sabía que Edmond no se rendiría. La huida del marqués significaba que la guerra se trasladaría a las calles, a los callejones oscuros y a los tejados de Madrid.
El sargento Ruiz se acercó a ella, saludándola con el respeto debido a una generala que acaba de ganar una batalla imposible.
—Mi señora, el destacamento tiene el palacio asegurado. El magistrado Vargas está bajo arresto por traición a la Corona. ¿Cuáles son vuestras órdenes?
Amanda enderezó la espalda, guardando la pistola en el interior de su falda y alisando los pliegues de su vestido de raso. Sus ojos verdes brillaban con una determinación inquebrantable, reflejando las llamas de las antorchas.
—Vamos al Saladero, sargento —ordenó ella, con una voz que no admitía réplica—. He ido a buscar a mi prometido, y no permitiré que ni un solo minuto más respire el aire viciado de una celda.
Mientras el carruaje de la Guardia Real se alejaba del palacio de la Marquesa de Santa Cruz, Amanda miró por la ventana.
La ciudad de Madrid se extendía ante ella, un laberinto de luces y sombras, de palacios dorados y callejones sangrientos.
Había utilizado su ingenio, su linaje y su crueldad para salvar al hombre que amaba.
Pero la noche era larga, y los Villeneuve aún tenían muchos secretos enterrados bajo las losas de la capital.
La cacería continuaba, y Amanda de Alcántara estaba dispuesta a cazar hasta el último de los monstruos.