Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La aurora teñía los cielos de Madrid con tonalidades de ceniza y cobre, derramando una luz enfermiza sobre los tejados de pizarra.

En el ático de una casa de huéspedes en el barrio de Lavapiés, el aire olía a pergamino antiguo, a cera derretida y a la tensión eléctrica de dos almas que se negaban a sucumbir.

Amanda de Alcántara se hallaba de pie junto a la ventana, sosteniendo un grueso legajo de documentos sustraídos la noche anterior de la caja fuerte del conde Henri.

Sus dedos, manchados por la tinta y el hollín de las chimeneas vecinas, trazaban las líneas de una caligrafía afilada y despiadada.

A su espalda, Diego de Mendoza permanecía sentado en un sillón de terciopelo raído, con el torso desnudo y el costado derecho cuidadosamente vendado.

La fiebre había remitido, dejando paso a una palidez marmórea que acentuaba las cicatrices de su rostro, pero sus ojos grises seguían poseyendo el brillo acerado de un lobo vigilante.

—Estos registros contables no pertenecen a ninguna secta demoníaca, Diego —manifestó Amanda, rompiendo el silencio denso de la estancia.

Su voz, aunque suave, vibraba con una indignación contenida que erizaba la piel—.

Las cifras detallan transferencias bancarias hacia cuentas en Suiza y Londres.

Los asesinatos en los callejones, las mutilaciones, la supuesta purificación de la Llama Negra; todo es una cortina de humo macabra.

El verdadero objetivo de los Villeneuve es el peculio.

Diego se incorporó con lentitud, ignorando la punzada de dolor que le atravesaba las costillas. Caminó hasta ella, sus pasos amortiguados por la alfombra persa desgastada, y se situó a su lado. Juntos, contemplaron las letras que condenaban a su linaje.

—Han estado asesinando a los herederos colaterales de la fortuna parisina durante dos décadas —explicó el capitán, con un tono grave que resonaba en las paredes de madera—.

Cada víctima era un primo lejano, un bastardo reconocido o un tutor legal que poseía los documentos de sucesión.

Los rituales sangrientos solo servían para aterrorizar a la población y asegurar que la guardia real clasificara los crímenes como obra de lunáticos, evitando así una investigación financiera profunda.

Amanda sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.

La magnitud de la iniquidad era asfixiante.

Los Villeneuve no eran simples aristócratas degenerados; eran arquitectos de una estafa monumental, construida sobre los cadáveres de su propia familia.

Su padre no había muerto por traición a la corona, sino por intentar recuperar el patrimonio que le pertenecía por derecho de sangre.

La revelación transformó su dolor en un acero gélido, templado en el fuego de la venganza.

—Edmond sabe que hemos accedido a la caja fuerte —dedujo ella, girando el rostro hacia su amante.

La proximidad de Diego era un bálsamo para sus sentidos, un recordatorio de que, a pesar de la podredumbre que los rodeaba, no estaba sola—.

El mensaje que interceptamos en el palacio mencionaba un ritual de sellado en el panteón.

Era una trampa, Diego. Querían atraernos a las catacumbas para enterrarnos junto con los secretos de París.

El militar asintió, su mandíbula tensa bajo la barba de varios días. Alzó una mano callosa y acarició la mejilla de Amanda, un gesto de ternura que contrastaba brutalmente con la letalidad de sus palabras.

—No iremos al panteón, mi amor —murmuró él, clavando su mirada en los ojos esmeralda de la joven—.

Edmond espera que caigamos en su emboscada.

Nosotros jugaremos con nuestras propias reglas.

Iremos a por el magistrado que firma sus cheques y que blinda sus crímenes.

Si cortamos la cabeza legal de la serpiente, los Villeneuve quedarán expuestos ante la Corona.

Antes de que Amanda pudiera responder, el sonido inconfundible de botas militares resonando en la escalera de madera interrumpió sus planes.

No era el paso ligero de los criados, ni el taconeo apresurado de los vecinos.

Era el ritmo pesado, sincronizado y autoritario de la Guardia Real.

Diego reaccionó con la velocidad de un depredador.

Empujó a Amanda hacia el rincón más oscuro de la alcoba, desenvainando su espada con un movimiento fluido que arrancó un destello plateado en la penumbra.

—Quedaos detrás de mí —ordenó, su voz reducida a un susurro ronco y letal.

La puerta del ático estalló hacia adentro, astillándose en el marco.

Cuatro soldados armados con mosquetes irrumpieron en la estancia, seguidos por un hombre de rostro afilado, vestido con los ropajes de seda de un magistrado del tribunal supremo.

Don Rodrigo de Vargas, un hombre conocido por su avaricia y su lealtad inquebrantable hacia quien llenara sus bolsillos de oro.

—Capitán Diego de Mendoza y Rojas —pronunció el magistrado, con una sonrisa carente de toda calidez que descubrió unos dientes amarillentos—. Quedáis arrestado por el asesinato premeditado del barón de Saint-Amand. Resistiros solo servirá para que mis hombres os abatan como a un perro rabioso.

Amanda sintió que la sangre se le helaba en las venas. El barón. El noble francés cuyo cadáver habían examinado en el palacio de Liria. Los Villeneuve habían movido sus hilos en la sombra con una rapidez espeluznante, plantando pruebas falsas para neutralizar a su mayor amenaza.

—Es una farsa, Vargas —espetó Diego, sin bajar la espada, aunque su cuerpo se tensó al calcular las probabilidades de supervivencia en un enfrentamiento directo—. El barón fue envenenado por su propio médico, un hombre cuyo sueldo paga el conde Henri Villeneuve.

—Las pruebas hablan por sí solas, capitán —replicó el magistrado, sacando un pañuelo de encaje para limpiarse el sudor de la frente—.

Se ha encontrado vuestra daga personal en la escena del crimen, y varios testigos aseguran haberos visto merodear por los jardines del palacio la noche del deceso.

Arrojad el acero al suelo y poned las manos detrás de la espalda, u ordenaré a mis hombres que os ejecuten aquí mismo.

Diego miró a Amanda por encima del hombro.

En sus ojos grises no había miedo, solo una profunda y dolorosa resignación.

Si luchaba, la sangre de los soldados salpicaría a la joven, y ella sería cómplice de su rebelión, condenada a la horca o al exilio.

La única forma de protegerla era entregarse a las fauces del lobo.

Con un movimiento deliberado, dejó que la espada cayera al suelo de madera.

El metal chocó contra las tablas con un sonido fúnebre que resonó en el alma de Amanda.

El capitán extendió las manos, y los soldados se abalanzaron sobre él, esposando sus muñecas con grilletes de hierro frío. El chasquido de los cerrojos fue el sonido de un corazón rompiéndose en mil pedazos.

—¡Diego! —gritó Amanda, dando un paso al frente, pero el magistrado la detuvo con un gesto brusco de su bastón.

—Retiraos, señorita de Alcántara —advirtió Vargas, con una mirada que destilaba veneno—. No manchéis vuestras delicadas manos con la suciedad de un asesino. La justicia del Rey ha hablado.

Diego fue arrastrado hacia la puerta. Antes de cruzar el umbral, se detuvo un instante y giró el rostro hacia ella.

Sus ojos encontraron los de Amanda, y en esa fracción de segundo, se comunicaron un universo entero de promesas no dichas.

Él le estaba pidiendo que no lo siguiera, que se mantuviera a salvo, que viviera.

Ella le estaba jurando que movería cielo y tierra, que quemaría Madrid hasta sus cimientos, que destruiría a cada hombre involucrado en aquella infamia.

Cuando los pasos de los soldados se desvanecieron por las escaleras, dejando tras de sí un silencio sepulcral, Amanda no derramó una sola lágrima.

El llanto era un lujo para los débiles, y ella había enterrado a la mujer frágil en la cabaña del bosque de El Pardo.

Lo que quedaba de pie en el ático era una reina destronada, una mente quirúrgica afilada por la traición y el amor.

Caminó hacia la ventana, observando cómo el carruaje de la guardia se perdía en la bruma matinal de la capital.

Sus manos, que horas antes sostenían los documentos financieros con temblor, ahora permanecían firmes, apretadas en puños que amenazaban con romper la madera del alféizar.

Diego estaba en las mazmorras del Saladero, a merced de un sistema judicial podrido hasta la médula, comprado por el oro de los Villeneuve.

Edmond había ganado la primera batalla, pero la guerra apenas comenzaba.

Amanda se giró hacia la mesa donde reposaban los legajos robados.

Su mente, brillante y despiadada, comenzó a trazar los contornos de su contraataque.

No podía asaltar las prisiones con una espada; no era un soldado.

Pero poseía algo mucho más peligroso: su título, su ingenio y los secretos más oscuros de la aristocracia madrileña.

Conocía a los magistrados, a las amantes de los ministros, a los banqueros que lavaban el dinero de los Villeneuve.

Sabía dónde estaban enterrados los esqueletos en los armarios de la alta sociedad.

—Os sacaré de ahí, mi amor —susurró al aire viciado de la estancia, con una voz que goteaba una determinación absoluta—. Y cuando lo haga, los Villeneuve rogarán que la muerte los hubiera reclamado en la cuna.

Se acercó al escritorio, tomó una pluma de ganso y un tintero de cristal.

Comenzó a redactar una lista de nombres.

Cada apellido que trazaba sobre el papel era un clavo en el ataúd de sus enemigos.

La cacería había cambiado de dirección una vez más.

Los Villeneuve creían que habían encerrado al guerrero, olvidando que habían dejado suelta a la verdadera pesadilla.

La dama indomable de carácter férreo había despertado, y su ira sería el fuego que purgaría la ciudad de sus monstruos.