CAPÍTULO 18
El crepúsculo descendió sobre Madrid como un sudario de plomo, ahogando los últimos destellos de sol tras la sierra y sumiendo la capital en una penumbra lúgubre y asfixiante.
Desde su atalaya improvisada en los tejados del barrio de las Letras, Amanda de Alcántara observaba cómo los faroles de gas comenzaban a escupir su luz enfermiza sobre los adoquines húmedos.
El viento otoñal azotaba las tejas de pizarra, trayendo consigo el olor a carbón, a castañas asadas y a la miseria que se estancaba en los callejones.
Sin embargo, la joven aristócrata permanecía imperturbable, su mente afilada como un bisturí centrada exclusivamente en la misión que les garantizaría la supervivencia.
A su espalda, Diego de Mendoza terminaba de vendar su propia herida, ignorando las punzadas de dolor que le atravesaban el costado cada vez que respiraba hondo.
—La embajada francesa está situada en el palacio de Grimaldi, cerca del Prado —murmuró el capitán, su voz ronca rompiendo el silencio denso de la buhardilla—.
Las defensas son formidables. Guardias suizos en la entrada principal, patrullas de la policía real en los perímetros y un sistema de cerraduras de seguridad en el ala oeste, donde se custodian los archivos diplomáticos.
Amanda se giró, sus ojos brillando con una determinación inquebrantable bajo la luz mortecina de la luna. Se acercó a su amante, arrodillándose frente a él para ajustar el cuello de su casaca oscura, un gesto de ternura que contrastaba con la letalidad de sus planes.
—No subestiméis mi capacidad para moverme entre las sombras, Diego —replicó ella, con una suavidad que solo reservaba para él—.
Conozco los protocolos de la alta sociedad parisina.
Sé cómo caminan los embajadores, cómo beben el vino y, lo más importante, cómo ignoran a los sirvientes y a las sombras de sus propios salones.
Vos seréis mi distracción y mi guardia; yo seré el fantasma que extraiga la verdad.
El militar asintió, rindiéndose ante la evidencia de la fortaleza de su compañera.
Sabía que intentar disuadirla era tan inútil como detener el curso de un río caudaloso.
Se pusieron en marcha, descendiendo por las escaleras de incendios y cruzando los patios interiores de las manzanas colindantes, evitando las calles iluminadas y las rondas de vigilancia.
La travesía por la ciudad fue un ejercicio de sigilo absoluto, una danza silenciosa entre las tinieblas que los llevó hasta los jardines traseros de la residencia diplomática.
El palacio se alzaba ante ellos como un coloso de piedra caliza y mármol, cuyas ventanas iluminadas proyectaban largas y danzarinas sombras sobre el césped meticulosamente podado.
Diego se apostó tras unos densos setos de tejo, desenvainando su espada con un movimiento fluido.
Su presencia era un muro de contención, una promesa de violencia desatada si alguien osaba cruzar su perímetro.
Amanda le dedicó una última mirada, cargada de un amor profundo y desesperado, antes de escalar la pérgola de madera y colarse por el balcón de la planta superior, que daba directamente a la biblioteca privada del embajador.
El interior de la estancia olía a cera de abejas, a cuero de Cordoba y a la vainilla dulzona de los libros antiguos.
Amanda contuvo la respiración, dejando que sus pupilas se adaptaran a la oscuridad.
No había tiempo que perder. Con la agilidad de un felino, cruzó la habitación y se dirigió hacia un panel de roble tallado que, según los planos que Diego había memorizado, ocultaba la escalera de caracol que descendía a los archivos restringidos.
Sus dedos, entrenados en la manipulación de instrumentos quirúrgicos y cerraduras, encontraron la pequeña protuberancia en la madera.
Presionó con firmeza, y un chasquido metálico resonó en el silencio, revelando un pasadizo estrecho y lóbrego.
El descenso fue vertiginoso. El aire se volvía más frío y denso a medida que se adentraba en las entrañas del edificio, cargado con el aroma a humedad, a pergamino envejecido y a polvo acumulado durante décadas.
Al llegar al subsuelo, Amanda se encontró en una sala inmensa, cuyas paredes estaban forradas de estanterías de hierro forjado repletas de legajos, cajas de caoba y carpetas selladas con lacre.
La única iluminación provenía de una pequeña lámpara de aceite que ella misma había encendido, cuyo resplandor anaranjado apenas lograba disipar las tinieblas.
Comenzó a registrar los anaqueles con una eficiencia metódica, descartando tratados comerciales, correspondencia banal y registros de aduanas.
Su objetivo era la sección de expedientes personales y sucesorios, un archivo donde la corona francesa custodiaba los secretos de sus ciudadanos más ilustres en el extranjero.
Sus manos volaban sobre los lomos de los tomos, leyendo las etiquetas desvaídas.
Finalmente, sus dedos se detuvieron sobre una caja de madera de ébano, cerrada con un candado de bronce.
Extrajo sus ganzúas de plata. El mecanismo cedió tras unos segundos de tensión, y la tapa se abrió con un quejido de bisagras oxidadas.
En el interior, protegidos por terciopelo azul, reposaban los documentos más delicados de la familia Villeneuve.
Amanda extrajo un fajo de papeles atados con un cordón de seda negra.
Al desatarlos, un pergamino grueso y sellado con el escudo de la prefectura de París cayó en sus manos.
Abrió el documento con cuidado, acercándolo a la luz de la lámpara.
Sus ojos verdes recorrieron las líneas de tinta negra, leyendo las palabras que cambiarían el curso de su destino.
Era el acta de defunción de la verdadera condesa Catalina de Mondragón.
La fecha correspondía a hacía quince años.
La causa de la muerte: fiebre puerperal, complicada con una septicemia galopante, en un hospicio para indigentes de los arrabales de Lyon.
La mujer que había dado a luz a Edmond había muerto en la miseria, olvidada por el mundo.
Amanda sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
Si la condesa había muerto en Lyon hacía quince años, ¿quién era la matriarca que gobernaba con mano de hierro a los Villeneuve en Madrid?
Volvió a revisar el fondo de la caja y encontró un segundo documento, un informe de la policía secreta parisina.
Al leerlo, la sangre se le heló en las venas.
La mujer que actualmente ostentaba el título de condesa Catalina no era una aristócrata.
Era Marie, una carnicera de los mercados de Les Halles, conocida por su crueldad extrema y su participación en una red de falsificación de documentos.
Había usurpado la identidad de la condesa tras la muerte de esta, aprovechando la confusión de las guerras y la lejanía de las colonias.
Los Villeneuve de Madrid no eran la élite decadente que creían ser; eran una farsa monumental, construida sobre los huesos de una asesina plebeya que había secuestrado la identidad de una noble muerta para saquear una fortuna colossal.
Un ruido sordo en la planta superior la sacó de su estupor.
Pasos pesados y rítmicos resonaban en el suelo de madera de la biblioteca.
Los guardias habían iniciado su ronda. Amanda guardó los documentos en el interior de su corsé con movimientos frenéticos, asegurándose de que el pergamino y el informe policial quedaran a salvo.
Apagó la lámpara de un soplo, sumiendo la cripta en una oscuridad absoluta.
Esperó, conteniendo la respiración, pegada a la pared de piedra.
Los pasos se detuvieron al pie de la escalera de caracol.
Una luz de linterna barrió el pasadizo, acariciando los muros a escasos metros de su escondite.
Amanda empuñó la pequeña pistola de dos cañones que llevaba oculta en la falda, dispuesta a vender cara su vida.
Sin embargo, antes de que el guardia decidiera descender, una voz autoritaria resonó desde arriba.
—¡Todo está tranquilo, Bertrand! Regresa a tu puesto. El embajador no desea ruidos esta noche.
El guardia murmuró una disculpa, y los pasos se alejaron, perdiéndose en la distancia.
Amanda exhaló el aire que había contenido en sus pulmones, sintiendo cómo el temblor de la adrenalina recorría sus extremidades.
Había logrado lo imposible. Ahora poseía la verdad, el arma definitiva para destruir a los monstruos que la acechaban.
Salió del pasadizo con la misma sigilosidad con la que había entrado, cruzó la biblioteca y se deslizó por el balcón hacia la noche madrileña.
Diego la esperaba en las sombras, su figura imponente recortada contra el cielo estrellado.
Al verla aparecer, el capitán relajó la tensión de sus hombros y le ofreció la mano para ayudarla a descender.
—Lo habéis conseguido —susurró él, observando el brillo febril en los ojos de la joven.
—He conseguido mucho más que un simple documento, Diego —respondió Amanda, con la voz temblorosa por la magnitud del hallazgo—.
La condesa Catalina es una farsa. La verdadera mujer murió en la miseria hace quince años.
La matriarca que nos persigue es una carnicera de París, una usurpadora que ha construido un imperio de sangre y mentiras sobre una tumba anónima.
Diego la miró con una mezcla de asombro y admiración profunda. La revelación era demoledora. Los Villeneuve no solo eran unos aristócratas crueles; eran una mentira viviente, una plaga que se había infiltrado en la alta sociedad europea bajo una identidad robada.
—Entonces no luchamos contra la nobleza francesa —murmuró el capitán, ajustando su capa para protegerla del viento helado—.
Luchamos contra una asesina que se esconde detrás de un título robado.
Eso cambia las reglas del juego. Si presentamos estas pruebas ante el tribunal real, no solo perderán sus bienes, sino que enfrentarán la horca por usurpación de identidad y alta traición.
—No será tan sencillo —replicó Amanda, comenzando a caminar junto a él por los tejados, buscando la seguridad de su refugio—.
Henri y Edmond están desesperados. Si acorralamos a la matriarca, sacarán a relucir su verdadera naturaleza.
No se rendirán ante la ley; intentarán matarnos antes de que podamos hablar con el magistrado.
Llegaron a la buhardilla cuando las primeras luces del alba comenzaban a teñir el horizonte de un tono violeta pálido.
Amanda extrajo los documentos de su corsé y los extendió sobre la mesa de madera tosca.
Juntos, estudiaron las pruebas a la luz de una nueva vela.
La caligrafía del acta de defunción era inconfundible, sellada y firmada por las autoridades competentes de Lyon.
El informe de la policía parisina detallaba los antecedentes criminales de Marie, la carnicera, incluyendo su habilidad para el disfraz y su participación en envenenamientos.
—Mañana noche —dijo Diego, señalando el mapa del cementerio de San Isidro que habían robado días atrás en el palacio de los Villeneuve—.
Henri mencionó un ritual de sellado en el panteón familiar.
Si la matriarca es una impostora, es probable que el ritual sea una farsa para encubrir la destrucción de las últimas pruebas de su verdadera identidad, o quizás una ceremonia para consolidar su poder mediante el miedo.
—Iremos al panteón —sentenció Amanda, con una frialdad que habría helado el fuego del brasero—.
No como fugitivos, sino como jueces y verdugos.
Llevaremos las pruebas al Rey, pero primero, necesitamos el acta original de la usurpación, el documento que demuestra cómo Marie compró la identidad de la condesa.
Ese papel debe estar en la bóveda familiar, oculto junto a los restos de los antepasados que ella nunca fue.
Diego asintió, tomando la mano de la joven y llevándola a sus labios para depositar un beso reverente.
La química entre ellos era un fuego incontrolable, forjado en la adversidad y templado en la sangre.
Sabían que la incursión en el panteón sería una misión suicida.
Las defensas de los Villeneuve en el cementerio serían letales, y la tormenta que se avecinaba no solo sería meteorológica, sino una cascada de violencia y revelaciones.
—Descansad unas horas, mi amor —murmuró el capitán, atrayéndola hacia su pecho y envolviéndola en su abrazo protector—. Mañana, cuando el sol se oculte, nos convertiremos en la pesadilla de los Villeneuve. Y no descansaremos hasta que la verdad ilumine cada rincón de esta ciudad maldita.
Amanda cerró los ojos, apoyando la cabeza sobre el corazón del guerrero.
El latido de Diego era su ancla, su refugio y su promesa.
Afuera, el viento aullaba entre las chimeneas de Madrid, anunciando la llegada de una tempestad que barrería con las mentiras y los secretos.
La dama indomable y su capitán atormentado estaban listos para el asalto final.
La cacería había llegado a su fin; ahora comenzaba la ejecución.