Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Las palabras la golpearon con la fuerza de un rayo.

Amanda sintió que el aire se escapaba de sus pulmones, dejándola sin aliento.

¿Amor? ¿Desde cuándo el capitán Diego de Mendoza la amaba?

Abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en sus labios cuando Ruiz y Morales regresaron con los suministros.

La cirugía fue larga y dolorosa. Amanda, con las manos manchadas de sangre, trabajó con una precisión quirúrgica que habría impresionado a cualquier médico de la corte.

Limpió la herida, extrajo los fragmentos de tela incrustados, cosió la carne con hilos de seda y vendó el torso del capitán con una destreza que revelaba años de práctica clandestina.

Diego soportó el dolor en silencio, apretando los dientes y aferrándose a la mano de la joven con una fuerza que le dejaba marcas en la piel.

Cuando finalmente terminó, Amanda se dejó caer sobre una silla, exhausta y temblorosa.

Sus ropas estaban manchadas de sangre, su cabello caía en desorden sobre sus hombros, y sus ojos verdes brillaban con una mezcla de alivio y terror.

Diego la observaba con una intensidad que la hacía sentir desnuda, vulnerable, expuesta.

—Sois extraordinaria, Amanda —murmuró él, con una voz ronca que traicionaba la emoción acumulada—. No hay nada que no podáis hacer.

Ella sonrió débilmente, acercándose a él para alisar el cabello que caía sobre su frente. El contacto de sus dedos contra su piel envió una descarga de puro fuego líquido por su torrente sanguíneo.

—Y vos sois un necio, capitán —replicó ella, con una voz que goteaba ternura contenida—. Arriesgar vuestra vida por mí es una locura.

—No es locura —susurró él, tomando su mano y llevándola a sus labios para besarla con una reverencia casi religiosa—. Es amor. Y os amaré hasta mi último aliento, Amanda de Alcántara. Aunque vos no podáis corresponderme.

La confesión la desarmó por completo. Amanda sintió que las lágrimas finalmente brotaban de sus ojos, rodando por sus mejillas y cayendo sobre la mano del capitán.

Se inclinó hacia él, capturando sus labios con los suyos en un beso desesperado, furioso, cargado de una pasión que había estado contenida durante demasiado tiempo.

Sus bocas se encontraron con una violencia que la dejó sin aliento, sus lenguas uniéndose en un baile primitivo que sabía a sangre y a promesas eternas.

Diego gimió contra sus labios, un sonido ronco y primitivo que resonó en el pecho de la joven y encendió un fuego que amenazaba con consumirla.

Sus manos, débiles por la herida, se elevaron para enredarse en su cabello, atrayéndola hacia él con una urgencia que la hizo estremecer.

La apretó contra su cuerpo, sintiendo la solidez de sus curvas contra el suyo, la rapidez de su corazón latiendo contra el suyo.

El beso se profundizó, volviéndose más urgente, más desesperado.

Amanda sintió que se ahogaba en la intensidad del momento, que su mente se nublaba bajo la avalancha de sensaciones que la envolvía.

Sus manos recorrían el rostro del capitán, trazando la cicatriz que le surcaba la mandíbula con una reverencia casi religiosa, aceptando cada marca de su pasado como parte del hombre que la tenía atrapada en sus brazos.

Finalmente, Diego rompió el beso con un esfuerzo visible, su pecho agitado, sus ojos grises oscurecidos por una pasión que apenas podía controlar. Apoyó la frente contra la de Amanda, sus respiraciones entrelazándose en el aire viciado de la cabaña.

—Amanda —murmuró él, con una voz ronca que traicionaba la tormenta de emociones que rugía en su interior—. Hay algo que debéis saber. Algo sobre mi pasado, sobre los Villeneuve, sobre por qué os he estado protegiendo desde el primer momento.

Ella alzó el rostro, encontrando sus ojos a escasos centímetros de los suyos. La intensidad de su mirada la desarmó por completo, revelando la vulnerabilidad que se empeñaba en ocultar bajo capas de disciplina militar.

—Decidme, Diego —susurró ella, con una voz firme que la sorprendió a ella misma—. Decidme la verdad. Sea cual sea.

Diego cerró los ojos, como si las palabras siguientes le quemaran en la garganta. Cuando los abrió de nuevo, brillaban con una mezcla de dolor y determinación que heló la sangre de la joven.

—Hace veintidós años, en París, durante las revueltas, yo era un joven soldado al servicio del ejército francés —confesó, con una voz ronca que vibró en el pecho de la joven—.

Recibí la orden de ejecutar a un traidor que había robado documentos secretos de la corona.

Lo encontré en un callejón, intentando huir con su familia.

No sabía quién era, no me importaba. Solo cumplía órdenes.

Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad. Amanda sintió que el suelo se hundía bajo sus pies, un presentimiento funesto apoderándose de su alma.

—Lo maté, Amanda —continuó él, con la voz quebrada por el dolor—.

Lo maté frente a su esposa y su hija pequeña.

Y solo años después, cuando investigué los archivos de los Villeneuve, descubrí la verdad.

Aquel hombre no era un traidor. Era vuestro padre biológico, y los documentos que robó eran las pruebas de que los Villeneuve habían usurpado vuestra fortuna y vuestra identidad.

El mundo de Amanda se desmoronó en un instante.

Las palabras del capitán resonaron en su mente como un trueno, destrozando cada certeza, cada recuerdo, cada verdad que había creído inquebrantable.

Su padre. El hombre que la había amado, que la había protegido, había sido asesinado por el hombre que ahora la amaba, por el hombre que la había salvado esa misma noche.

Se apartó de él con violencia, poniéndose de pie y retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared de madera de la cabaña. Sus ojos verdes, brillantes con lágrimas de dolor y traición, se clavaron en los del capitán con una furia que la hacía parecer una diosa de la venganza.

—¿Cómo pudisteis? —susurró ella, con una voz que goteaba veneno contenido—. ¿Cómo pudisteis matar a mi padre y luego pretendéis amarme? ¿Cómo pudisteis tocarme con las mismas manos que lo asesinaron?

Diego se incorporó con dificultad, ignorando el dolor que le atravesaba el costado herido. Sus ojos grises brillaban con una desesperación que la dejó sin aliento.

—Amanda, os juro que no lo sabía —suplicó él, extendiendo la mano hacia ella, aunque se detuvo a medio camino, consciente de que no merecía su perdón—. Cuando descubrí la verdad, intenté rectificar, intenté protegeros de los Villeneuve, intenté...

—¡Bastardo! —gritó ella, lanzándole un escupitajo que lo golpeó en el rostro—. ¡Mentiroso! ¡Asesino!

Se volvió bruscamente, corriendo hacia la puerta de la cabaña. La abrió de un tirón, saliendo a la noche fría del bosque. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, cegándola, ahogándola. Corrió hacia los árboles, sin rumbo, sin destino, solo huyendo del hombre que había destrozado su mundo.

Diego la observó desaparecer en la oscuridad, su corazón destrozado en mil pedazos.

No intentó detenerla, no intentó seguirla.

Sabía que no merecía su perdón, que no merecía su amor.

Se dejó caer sobre el camastro, cerrando los ojos mientras las lágrimas finalmente brotaban, lavando la sangre y el dolor de su rostro marcado por la guerra.

La cabaña quedó en silencio, solo roto por el crujir de las ramas bajo el viento y el llanto ahogado del capitán. Y en el bosque, Amanda corría hacia la noche, con el corazón roto y el alma destrozada, llevándose consigo el único amor que había sido capaz de despertar en ella.

Pero, aunque ambos sabían que el camino que habían elegido estaba pavimentado con huesos y sombras, también sabían que la tormenta apenas comenzaba.