Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El carruaje no llegó a arrancar. Amanda apenas había tomado las riendas cuando el estruendo de cascos múltiples resonó en la bodega, ahogando el chirrido de las ruedas.

Por la puerta principal, que ella había dejado entreabierta, irrumpió una docena de jinetes encapuchados, bloqueando la única salida.

Sus antorchas proyectaban sombras danzantes sobre los barriles de vino, tiñendo las paredes de un rojo infernal que parecía presagiar la sangre que pronto derramarían.

Al frente de la formación, montado en un semental negro que piafaba con nerviosismo, se hallaba Edmond Villeneuve, con el brazo fracturado inmovilizado en un cabestrillo de seda y una sonrisa de triunfo despiadado curvando sus labios finos.

—¿De verdad creísteis que podríais escapar de nosotros, querida Amanda?

—murmuró el marqués, su voz aterciopelada resonando en la bóveda de piedra con un eco burlón—.

Mi madre os conoce mejor de lo que imagináis.

Sabía que intentaríais huir por la bodega, y por eso apostó a mis mejores hombres aquí.

Vuestra astucia os ha traicionado, como siempre.

Amanda apretó los puños alrededor de las riendas, sintiendo cómo el pánico amenazaba con dominarla.

Su mente, sin embargo, se negó a claudicar.

Calculó las distancias, evaluó las posibilidades, descartó la rendición como una opción inaceptable.

Sacó el bisturí del corsé con un movimiento fluido, dispuesta a vender cara su vida.

Prefería morir con las manos manchadas de sangre enemiga antes que permitir que aquellos monstruos la arrastraran de nuevo a la cripta.

—No me tocaréis sin pagar un precio, marqués —espetó ella, con una voz que goteaba veneno contenido—. Y os juro que el primero que se acerque probará el filo de este acero en su garganta.

Edmond soltó una carcajada seca, carente de toda alegría.

Hizo un gesto con la mano, y sus esbirros comenzaron a descender de las monturas, desenvainando sables y dagas con una lentitud deliberada que pretendía prolongar el terror de la presa.

El aire se cargó de una tensión asfixiante, y Amanda pudo sentir el olor a sudor, a cuero y a muerte inminente impregnando cada rincón de la bodega.

Fue entonces cuando las puertas traseras del establecimiento estallaron en mil pedazos.

La madera crujiente salió disparada por los aires, y entre el polvo y las astillas, una figura imponente irrumpió en la estancia con la furia de un arcángel vengador.

Diego de Mendoza ocupaba el umbral, su pecho agitado, la espada desenvainada y brillando con un reflejo letal bajo la luz de las antorchas.

Sus ojos grises, oscurecidos por una ira incontrolable, barrieron la escena con la eficiencia de un depredador buscando a su presa, hasta que se clavaron en la figura de Amanda, acorralada junto al carruaje.

—¡Apartaos de ella, sabuesos! —rugió el capitán, su voz retumbando en las paredes de piedra con una autoridad que hizo temblar los cimientos del edificio.

Detrás de él, sus hombres de confianza irrumpieron como una marea de acero y furia, lanzándose sobre los esbirros de Edmond con una violencia que helaba la sangre.

El choque de los metales resonó como un trueno, y los gritos de dolor se mezclaron con el crujir de los huesos rotos y el chapoteo de la sangre sobre el suelo embarrado.

La masacre fue brutal, rápida y despiadada.

Los soldados de Diego, veteranos de cien batallas, no mostraban piedad, y sus espadas danzaban con una precisión letal que dejaba tras de sí un reguero de cadáveres.

Diego no se detuvo a observar la carnicería.

Sus ojos estaban fijos en Amanda, y sus piernas lo llevaron hacia ella con la velocidad de un lobo que ha encontrado a su compañera.

Edmond, al verlo acercarse, soltó un alarido de odio y desenvainó su estoque con la mano sana, lanzándose sobre el capitán con una ferocidad suicida.

—¡Mendoza! —escupió el marqués, con el rostro contraído por la rabia—. ¡Hoy moriréis los dos!

El capitán esquivó la estocada con un giro de torso, respondiendo con un mandoble seco que hizo saltar chispas del acero enemigo.

Sin embargo, Edmond no estaba solo. Dos de sus esbirros, más astutos que su amo, aprovecharon la distracción para atacar por los flancos.

Diego giró sobre sus talones, desviando el primer golpe con la espada, pero el segundo, una daga envenenada que brillaba con un tono verdoso bajo la luz de las antorchas, lo encontró desprevenido.

El acero se clavó en su costado derecho, atravesando el uniforme militar y penetrando en la carne con un sonido húmedo y nauseabundo.

Diego gruñó de dolor, pero no cayó. Con un rugido primitivo, giró la muñeca y clavó su espada en el pecho del esbirro, arrancándole la vida con una eficiencia letal.

El hombre se desplomó al suelo, muerto antes de tocar el empedrado.

Amanda gritó, un sonido desgarrador que resonó en la bodega como un lamento de mujer hada.

Abandonó el carruaje y corrió hacia Diego, sus manos extendidas para sostenerlo cuando las rodillas del capitán finalmente cedieron.

Lo recibió en sus brazos, sintiendo cómo el peso de su cuerpo la arrastraba casi hasta el suelo.

La sangre manaba de la herida, tiñendo el uniforme de un rojo oscuro que se extendía rápidamente, empapando la tela y goteando sobre el suelo embarrado.

—Diego —susurró ella, con la voz quebrada por el terror—. No, no, no. Aguantad, capitán. Aguantad conmigo.

El militar alzó el rostro, sus ojos grises encontrando los de ella con una intensidad que la dejó sin aliento.

A pesar del dolor, a pesar de la sangre que manchaba sus labios, sonrió.

Una sonrisa triste y cansada que revelaba la vulnerabilidad que se empeñaba en ocultar bajo capas de disciplina militar.

—Os dije que no podría perderos, Amanda —murmuró él, con una voz ronca que traicionaba la tensión acumulada—. Y no lo haré. Ni aunque tenga que arrancar el alma del diablo con mis propias manos.

Edmond, aprovechando la distracción, había logrado escapar por una puerta lateral, dejando atrás a sus hombres muertos y su orgullo destrozado.

Los esbirros supervivientes, viendo que la batalla estaba perdida, arrojaron las armas y huyeron por los callejones, perseguidos por los soldados de Diego.

El capitán hizo un gesto a Ruiz, quien se acercó de inmediato, su rostro pálido por la preocupación.

—Mi capitán, estáis herido. Necesitamos un médico, ahora mismo.

Diego negó con la cabeza, apretando los dientes para sofocar un gemido de dolor.

—No hay tiempo. Los Villeneuve alertarán a la guardia real. Si esperamos, nos arrestarán antes de que podamos explicar lo ocurrido. Llevadnos a la cabaña del bosque de El Pardo. La conoce mi padre, está abandonada desde hace años. Nadie nos buscará allí.

Ruiz asintió con gestos bruscos, y junto con Morales, ayudó a Diego a incorporarse.

Amanda se negó a soltarlo, apoyando su hombro contra el suyo para sostener su peso.

Juntos, salieron de la bodega y montaron en el carruaje que los esbirros habían preparado.

Ruiz tomó las riendas, lanzando al caballo a un galope frenético hacia las afueras de Madrid.

El viaje fue una agonía silenciosa. Amanda presionaba un pañuelo contra la herida del capitán, intentando detener la hemorragia con manos temblorosas.

Diego permanecía en silencio, su rostro pálido como el mármol, los ojos cerrados y la respiración entrecortada.

Cada bache del camino le arrancaba un gemido ahogado, pero se negaba a quejarse, aferrándose a la conciencia con una determinación férrea.

Finalmente, tras una hora de viaje frenético, el carruaje se detuvo frente a una cabaña de madera, oculta entre los árboles centenarios del bosque de El Pardo.

La estructura, modesta pero sólida, presentaba un aspecto abandonado, con las ventanas cubiertas de polvo y las enredaderas trepando por las paredes.

Ruiz y Morales ayudaron a Diego a descender del vehículo y lo llevaron al interior, depositándolo sobre un camastro de paja que ocupaba el centro de la única estancia.

Amanda se arrodilló junto a él, examinando la herida con la precisión de un cirujano.

La daga había penetrado profundamente, rozando el pulmón.

Si no actuaba con rapidez, el capitán moriría desangrado o por una infección.

Sus manos, aunque temblorosas, se movieron con una determinación férrea.

Desabrochó el uniforme con dedos ágiles, exponiendo la herida a la luz parpadeante de una vela que Ruiz había encendido.

—Necesito agua hirviendo, vendas limpias y agujas —ordenó, con una voz que no admitía réplica—. Y alcohol, si lo tenéis. Rápido.

Los soldados obedecieron de inmediato, saliendo de la cabaña en busca de los suministros. Amanda permaneció junto a Diego, tomando su mano entre las suyas. El calor de su piel la reconfortó, anclándola a la realidad en medio de la vorágine de emociones que la envolvía.

—No os atreváis a morir, capitán —susurró ella, con la voz quebrada por las lágrimas que se negaba a derramar—. Me debéis una explicación por todo esto. Me debéis la verdad sobre vuestro pasado, sobre los Villeneuve, sobre por qué me habéis salvado la vida esta noche.

Diego abrió los ojos lentamente, sus ojos grises encontrando los de ella con una intensidad que la dejó sin aliento. Alzó la mano libre, rozando la mejilla de la joven con una delicadeza que contrastaba violentamente con su aspecto rudo.

—Os salvaría mil veces más, Amanda —murmuró él, con una voz ronca que sonó más a plegaria que a palabra—. Porque desde el momento en que os vi en aquel callejón, supe que mi vida había encontrado un propósito. Vos sois la luz que ilumina mi oscuridad, la razón por la que aún respiro.