Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 9
20%

CAPÍTULO 9

El despertar fue una agonía lenta y tortuosa, como si cada fibra de su ser hubiera sido arrancada y vuelta a coser con hilos de plomo fundido.

Amanda de Alcántara abrió los párpados con dificultad, encontrándose sumida en una oscuridad tan densa que parecía tener textura propia, una sustancia viscosa que se adhería a su piel y le dificultaba la respiración.

El frío era absoluto, un frío de sepulcro que se filtraba a través de la ropa húmeda y penetraba hasta los huesos, congelando la sangre en sus venas.

Intentó moverse, pero sus muñecas, atadas con cuerdas ásperas a los brazos de una silla de madera, se negaron a obedecer, enviando descargas de dolor por sus extremidades entumecidas.

Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la penumbra, y la estancia comenzó a tomar forma ante ella.

Se hallaba en una cripta subterránea, cuyas paredes de piedra caliza estaban adornadas con nichos que albergaban restos óseos de épocas pasadas.

El aire olía a tierra húmeda, a cera derretida y a algo más, algo metálico y dulzón que le revolvió el estómago: sangre seca.

En el centro de la habitación, una mesa de mármol negro, similar a las que se utilizaban en los anfiteatros anatómicos de París, brillaba con un reflejo siniestro bajo la luz parpadeante de unos candelabros de hierro forjado.

Instrumentos quirúrgicos, dispuestos con una precisión obsesiva, descansaban sobre bandejas de plata, sus filos relucientes como dientes de depredadores hambrientos.

Amanda luchó contra el pánico que amenazaba con dominarla, respirando hondo para calmar el latido desbocado de su corazón.

Sus dedos, aún sensibles a pesar del entumecimiento, tantearon el corsé con movimientos imperceptibles.

El bisturí que había ocultado en el forro interior, ese pequeño instrumento de acero que había salvado su vida en más de una ocasión, seguía en su lugar, presionado contra su piel por la rigidez del ballenato.

Una chispa de esperanza encendió su ánimo, pero la apagó de inmediato al escuchar el sonido de pasos que se acercaban por un corredor invisible.

La figura que emergió de las sombras no era la que Amanda esperaba.

No era Edmond, con su sadismo adolescente, ni Henri, con su crueldad calculada.

Era una mujer de edad avanzada, vestida con un traje de luto riguroso que realzaba la palidez cadavérica de su rostro.

Su cabello, blanco como la nieve sucia, estaba recogido en un moño severo, y sus ojos, de un azul gélido y penetrante, la escrutaban con una mezcla de curiosidad clínica y desprecio aristocrático.

Catalina Villeneuve, la matriarca de la familia, se detuvo frente a la prisionera, estudiándola como un entomólogo estudia un insecto antes de clavarle el alfiler.

—Doña Amanda de Alcántara y Montijo —pronunció la anciana con una voz suave y aterciopelada que contrastaba violentamente con la barbarie del entorno—.

He de confesar que vuestra tenacidad me resulta admirable.

Pocas mujeres de vuestra posición habrían tenido el coraje de adentrarse en los bajos fondos de Madrid, y aún menos habrían sobrevivido a los encuentros con mis hijos.

Sois una criatura fascinante, una anomalía en el orden natural de las cosas.

Amanda alzó la barbilla, negándose a mostrar el terror que le oprimía el pecho. Sus ojos verdes, brillantes con una furia contenida, se clavaron en los de la matriarca con un desafío que no admitía rendición.

—Y vos sois una asesina, doña Catalina —replicó la joven, con una voz firme que resonó en las paredes de piedra de la cripta—.

No una aristócrata, sino una carnicera que se esconde detrás de títulos robados y fortunas usurpadas.

¿Cuántas vidas habéis segado para mantener vuestra máscara de viuda piadosa?

Una sonrisa lenta y cruel curvó los labios de Catalina, revelando unos dientes perfectos que desentonaban con la decrepitud de su rostro.

La anciana se acercó un paso más, invadiendo el espacio vital de la prisionera, y con un gesto rápido le acarició la mejilla con dedos fríos y huesudos.

El contacto fue tan inesperado como repulsivo, enviando un escalofrío por la espina dorsal de Amanda.

—La verdad es un concepto tan relativo, querida —murmuró la matriarca, con un tono que oscilaba entre la ternura maternal y la amenaza velada—.

Yo no soy una asesina, soy una limpiadora.

Una purificadora que elimina las impurezas del mundo para que la belleza y el orden puedan florecer.

Los hombres que habéis encontrado en los callejones, el barón del palacio de Liria, todos eran defectos en el tapiz de la sociedad, manchas que debían ser extirpadas para preservar la perfección del linaje.

Amanda sintió que la bilis le subía por la garganta.

La locura de aquella mujer era tan absoluta, tan carente de remordimiento, que resultaba más aterradora que cualquier sadismo calculado.

Catalina no veía sus crímenes como atrocidades, sino como actos de higiene social, como deberes sagrados que la elevaban por encima de la moralidad común.

—Vuestra locura no tiene límites, doña Catalina —espetó la joven, luchando contra las cuerdas que le mordían las muñecas —.

Pero vuestra arrogancia sí. Creéis que podéis manipular la realidad, reescribir las leyes de la vida y la muerte, pero al final, todos somos carne podrida esperando ser consumida por los gusanos. Y vos no sois la excepción.

La matriarca soltó una risa baja, un sonido seco y carente de alegría que resonó en la cripta como el croar de un cuervo. Se alejó de la prisionera y caminó hacia la mesa de mármol, pasando los dedos por los instrumentos quirúrgicos con una reverencia casi religiosa.

—Ah, la juventud. Tan llena de idealismo y de ignorancia —suspiró Catalina, tomando un bisturí de hoja fina y afilada—.

Pero no os preocupéis, querida. No os mataré de inmediato.

Primero, necesito extraer algo de vos. Un pequeño detalle que vuestro difunto padre me arrebató hace veintidós años, y que ahora, gracias a vuestra imprudencia, podré recuperar.

Amanda sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

¿Su padre? ¿Qué tenía que ver su padre con los crímenes de los Villeneuve?

Las preguntas se agolpaban en su mente, pero antes de que pudiera formularlas, Catalina hizo un gesto hacia las sombras, y dos hombres corpulentos emergieron del corredor, armados con porras y dagas.

Eran los guardianes de la cripta, esbirros leales que habían sido lavados el cerebro para servir a la matriarca con una devoción fanática.

—Vigiladla de cerca —ordenó la anciana, sin apartar la mirada de la joven—. Si intenta escapar, rompedle las piernas. La necesito consciente para el procedimiento, pero no me importa si sufre un poco antes.

Los hombres asintieron con gestos bruscos y se apostaron a ambos lados de la silla, sus ojos brillando con una crueldad que helaba la sangre. Catalina se volvió hacia Amanda, clavando en ella una mirada que prometía tormentos inimaginables.

—Descansad, querida. Mañana será un día largo, y necesitaréis todas vuestras fuerzas para enfrentar lo que os aguarda —sentenció la matriarca, dando media vuelta y desapareciendo por el corredor, seguida por el eco de sus pasos.

Los dos guardianes permanecieron en silencio, sus miradas fijas en la prisionera con una vigilancia que no admitía distracciones.

Amanda cerró los ojos, fingiendo agotamiento, mientras su mente trabajaba a toda velocidad.

El bisturí seguía oculto en su corsé, pero las cuerdas que la ataban eran demasiado gruesas y estaban demasiado tensas para poder cortarlas sin que los esbirros se percataran.

Necesitaba una distracción, algo que desviara su atención el tiempo suficiente para liberarse.

Sus ojos se abrieron lentamente, recorriendo la estancia en busca de cualquier objeto que pudiera utilizar.

Los candelabros de hierro forjado, sujetos a las paredes por soportes oxidados, llamaron su atención.

Si lograba soltar uno de ellos, el estruendo alertaría a los guardianes, pero también podría proporcionarle el arma que necesitaba.

Sin embargo, el riesgo era demasiado alto.

Si fallaba, los esbirros la neutralizarían de inmediato.

Entonces, una idea audaz cruzó su mente. Los guardianes eran hombres rudos, carentes de imaginación y de paciencia. Si lograba provocar una discusión entre ellos, podría aprovechar su distracción para actuar. Amanda comenzó a hablar, su voz suave y seductora contrastando con la crudeza del entorno.

—Debéis de estar cansados, caballeros —murmuró, con un tono que oscilaba entre la compasión y la provocación—. Vigilar a una prisionera debe de ser una tarea tediosa, especialmente cuando vuestra ama os trata como a perros falderos. ¿No os gustaría ganar un poco más de oro por vuestros servicios?

Los dos hombres intercambiaron miradas recelosas, pero uno de ellos, el más joven y de rostro más brutal, respondió con una risa burlona.

—Cerrad la boca, perra aristócrata —escupió él, escupiendo al suelo—. No nos engañaréis con vuestras palabras melosas. La condesa nos ha ordenado vigilaros, y eso es lo que haremos.

El otro guardia, más viejo y de aspecto más astuto, frunció el ceño, mirando a su compañero con desconfianza.

—No deberíais hablarle así, imbécil —gruñó el veterano—. Si la condesa se entera de que la habéis insultado, os cortará la lengua. Y yo no lloraré por vos.

La discusión escaló rápidamente, las voces elevándose en el aire viciado de la cripta.

Amanda aprovechó el momento de distracción para deslizar sus dedos hacia el forro del corsé, tanteando el mango del bisturí.

Con un movimiento preciso, extrajo el instrumento y comenzó a cortar las cuerdas que ataban sus muñecas, ocultando el movimiento bajo los pliegues de su vestido.

Los guardianes, absortos en su pelea, no se percataron de sus acciones. El más joven había desenvainado su daga, amenazando a su compañero, mientras el veterano respondía con insultos y amenazas. La tensión en la cripta era tan densa que parecía poder cortarse con un cuchillo.

Con un último corte, las cuerdas cedieron, liberando las muñecas de Amanda.

La joven permaneció inmóvil un instante, frotándose la piel irritada por el roce de las sogas, y luego, con un movimiento rápido y preciso, se liberó de las ataduras que la sujetaban a la silla.

Los guardianes, sorprendidos por el sonido, se volvieron hacia ella, pero ya era demasiado tarde.

Amanda se lanzó sobre el más cercano, clavándole el bisturí en el antebrazo con toda la fuerza de su desesperación. El hombre rugió de dolor, soltando la daga que empuñaba. La joven la recogió del suelo con un movimiento fluido y se volvió hacia el segundo guardia, quien ya desenvainaba su arma.

La pelea fue breve pero brutal. Amanda, impulsada por la adrenalina y el instinto de supervivencia, esquivó los golpes del veterano con una agilidad que la sorprendió a ella misma.

Su mente, entrenada en la anatomía humana, identificó los puntos débiles de su oponente con una precisión quirúrgica.

Un golpe seco en la rodilla lo desequilibró, y antes de que pudiera recuperarse, la joven le clavó la daga en el muslo, atravesando la arteria femoral.

El hombre cayó al suelo, gritando de dolor mientras la sangre manaba de su herida. Amanda no se detuvo a comprobar si estaba muerto. Corrió hacia la mesa de mármol, recogiendo el bisturí que había soltado durante la pelea, y se dirigió hacia el corredor por donde había desaparecido Catalina.

Su corazón latía con una violencia descompasada, y sus pulmones ardían por el esfuerzo, pero no se detuvo.

Sabía que los guardianes no estaban solos, que más esbirros merodeaban por la cripta.

Pero también sabía que cada segundo que pasaba era un segundo más cerca de la libertad, un segundo más lejos de las garras de la matriarca.

El corredor era estrecho y oscuro, iluminado únicamente por el resplandor mortecino de unas antorchas que proyectaban sombras alargadas y danzantes sobre las paredes de piedra.

Amanda avanzó con sigilo, sus botas apenas rozando el suelo embarrado.

Al final del pasillo, una puerta de roble macizo se alzaba ante ella, entreabierta, revelando un destello de luz al otro lado.

La joven empujó la hoja con cuidado, asomando la cabeza por la rendija.

Se hallaba en una bodega subterránea, cuyas paredes estaban repletas de barriles de vino y toneles de aguardiente.

El aire olía a madera húmeda y a alcohol fermentado, un aroma que le revolvió el estómago.

En el centro de la estancia, un hombre corpulento, vestido con ropas de cochero, dormitaba sobre un taburete, con las llaves de un carruaje colgando de su cinturón.

Amanda sonrió para sus adentros. La fortuna, por fin, se aliaba con ella.

Se deslizó al interior de la bodega con la silenciosa letalidad de un felino, acercándose al cochero dormido.

Con un movimiento rápido, le arrancó las llaves del cinturón y, sin hacer ruido, se dirigió hacia la puerta que conducía al exterior.

Antes de cruzar el umbral, se detuvo un instante, mirando hacia atrás.

La cripta, con sus horrores y sus secretos, quedaba atrás, pero sabía que no había terminado.

Catalina Villeneuve seguía suelta, y los crímenes de la Llama Negra no habían cesado.

Pero por ahora, por este breve instante, era libre. Y eso era suficiente.

Amanda empujó la puerta, emergiendo a la noche madrileña.

El aire fresco golpeó su rostro, llenando sus pulmones con la promesa de la libertad.

Corrió hacia el carruaje, subió de un salto y espoleó al caballo con un grito de triunfo.

Las ruedas chirriaron contra los adoquines, y el vehículo se lanzó a toda velocidad por las calles desiertas de la capital.

Mientras cabalgaba hacia la noche, con el corazón latiendo con una fuerza descompasada, Amanda supo que la batalla apenas comenzaba.

Los Villeneuve no se rendirían fácilmente, y Catalina, con su locura y su crueldad, seguía siendo una amenaza mortal.

Pero ella ya no era la misma mujer que había entrado en la botica de Fournier.

Había enfrentado a la muerte y había salido victoriosa.

Y ahora, con las llaves del carruaje en una mano y el bisturí en la otra, estaba dispuesta a destruir a los monstruos que habían amenazado su vida y la de los inocentes.

La cacería había cambiado de dirección. Ahora, ella era la depredadora, y los Villeneuve, la presa.