Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El barrio de San Ildefonso se desplegaba ante Amanda como un laberinto de miserias y sombras, donde la luz del sol apenas lograba penetrar la espesa cortina de humo que emanaba de las chimeneas fabriles.

Las aceras, estrechas y embarradas, estaban plagadas de mendigos, vendedoras ambulantes y niños de rostros macilentos que la observaban con recelo.

La joven ignoraba las miradas inquisitivas, ajustándose la capucha de su capa para ocultar su identidad.

Su destino se alzaba al final de un callejón sin salida: la botica del señor Fournier.

El establecimiento presentaba un aspecto lúgubre, con los cristales de su escaparate cubiertos por una capa de polvo y grasa que impedía vislumbrar el interior.

Amanda comprobó que la calle estaba desierta y extrajo sus ganzúas.

El mecanismo de la cerradura cedió con un chasquido seco, permitiéndole deslizarse al interior.

El aire del local era denso, una mezcla asfixiante de alcanfor, éter y hierbas secas que le picó la garganta.

Tras el mostrador de madera carcomida no había nadie.

La dama avanzó con sigilo, sus ojos verdes escrutando cada rincón en penumbra.

Detrás de una estantería repleta de frascos opacos, descubrió una puerta entreabierta que conducía a un sótano.

Al descender los peldaños de piedra, el olor a formol y mercurio se intensificó hasta volverse nauseabundo.

La cripta improvisada estaba iluminada por la luz parpadeante de unas velas de sebo.

Sobre una mesa de disección, Amanda halló lo que buscaba: instrumentos quirúrgicos de acero finamente afilados, idénticos a los que habían mutilado a las víctimas, y un grueso libro de contabilidad cuyas páginas estaban manchadas de sustancias químicas.

Al abrir el tomo, comprobó que las anotaciones detallaban las remesas de venenos y los nombres de los aristócratas que financiaban la secta. La prueba era irrefutable.

Un crujido apenas perceptible en las escaleras la congeló.

Amanda guardó el libro en su bolso y giró sobre sus talones, desenvainando un pequeño bisturí que llevaba oculto en el corsé.

Tres figuras emergieron de las sombras, bloqueando la única salida.

No eran rateros comunes; sus movimientos denotaban una disciplina militar y sus rostros estaban cubiertos por pañuelos negros.

—Entregad el libro, señorita de Alcántara, y tal vez os concedamos una muerte rápida —susurró una voz femenina, helada y carente de toda empatía, que resonó desde la penumbra del fondo de la bodega.

Amanda reconoció el timbre de aquella voz.

Pertenecía a una de las damas de compañía de su tía, una mujer que siempre la había observado con una mezcla de desdén y crueldad.

Sin dudarlo, la joven lanzó un frasco de ácido contra el farol más cercano.

El cristal estalló, bañando la estancia en llamas azuladas y sumiendo a los esbirros en el caos.

Amanda aprovechó la confusión para abalanzarse sobre el hombre más cercano, clavándole el bisturí en el antebrazo.

El esbirro rugió de dolor, pero sus compañeros reaccionaron con letal rapidez.

Un golpe seco en la nuca la desequilibró.

El mundo comenzó a dar vueltas a su alrededor mientras una mano enguantada le cubría la boca y la nariz con un trapo impregnado de cloroformo.

La lucha fue feroz pero inútil. La oscuridad la envolvió, arrebatándole el conocimiento justo cuando el rostro de la mujer que había ordenado el ataque se inclinaba sobre ella, sonriendo con una mueca de triunfo despiadado.

Mientras tanto, en el cuartel militar, Diego de Mendoza ascendía las escaleras con un paso ligero, portando las pertenencias de Amanda que había mandado recoger.

Su corazón latía con una esperanza cautelosa, ansioso por ver la expresión de alivio en el rostro de la joven al saber que no la enviaría al convento.

Sin embargo, al introducir la llave en la cerradura y empujar la puerta, el aire se congeló en sus pulmones.

La estancia estaba vacía. El jarrón de porcelana seguía hecho añicos en el suelo, pero la cama estaba deshecha y la ventana de par en par.

Diego soltó el paquete con las ropas y cruzó el umbral en un abrir y cerrar de ojos.

Sus ojos grises barrieron la habitación hasta clavarse en las sábanas anudadas que colgaban por el ventanal.

Se acercó a la ventana, tocando el hierro forzado con dedos temblorosos.

La argamasa estaba raspada, y el metal aún conservaba el calor de las manos que lo habían manipulado hacía escasos minutos.

Un rugido primitivo, nacido de las profundidades de su alma torturada, escapó de su garganta.

Diego golpeó el marco de la ventana con el puño, astillando la madera.

La furia y el terror se entrelazaron en su pecho, asfixiándolo.

Amanda había huido. Su Amanda, la mujer que había logrado penetrar la coraza de hielo que lo protegía del mundo, había escapado hacia las fauces del lobo.

Y él sabía exactamente hacia dónde se había dirigido.

—¡Ruiz! ¡Morales! —bramó el capitán, su voz retumbando por los pasillos de piedra con una autoridad que hizo temblar los cimientos del edificio.

Dos soldados irrumpieron en la alcoba, llevando las manos a sus sables al ver el estado de destrucción y la expresión demoníaca de su superior. Diego se volvió hacia ellos, su rostro desprovisto de toda humanidad, transformado en la máscara implacable del guerrero que no conoce la piedad.

—La dama ha escapado. Se dirige a la botica de Fournier, en San Ildefonso —ordenó con una calma heladora que resultaba más aterradora que sus gritos—.

Reúnan a los hombres de confianza. Ningún soldado de la guarnición real, solo aquellos que me deben la vida.

Si los Villeneuve o sus sabuesos la han tocado con un solo dedo, quiero que ardan en el infierno antes de que caiga la noche.

En cuestión de minutos, un pelotón de élite, compuesto por veteranos cicatrizados y leales hasta la muerte, se congregó en el patio de armas.

Diego montó su semental negro, un animal de guerra que percibía la ira de su jinete y piafaba nerviosamente sobre los adoquines.

Sin mediar más palabra, el capitán espoleó a su montura, lanzándose a un galope frenético hacia el corazón de los barrios bajos.

La cabalgata fue una carrera contra el tiempo y la locura.

Diego galopaba por las calles empedradas, esquivando carruajes y peatones con una destreza suicida.

Su mente era un campo de batalla donde los recuerdos de sus peores fracasos lo asaltaban sin piedad.

Veía los rostros de los civiles que no pudo salvar en los Pirineos, escuchaba sus gritos de agonía mezclados con la risa cruel de los Villeneuve.

Pero sobre todo, veía a Amanda. Sus ojos verdes desafiando a la muerte, su sonrisa irónica, la suavidad de sus labios bajo los suyos.

La promesa que le había hecho en la intimidad de aquella alcoba resonaba en su cabeza como un juramento sagrado.

No la perdería. Prefería arrancar el alma del diablo con sus propias manos antes que permitir que un solo cabello de su cabeza fuera dañado.

La redención no se encontraba en los despachos de los nobles ni en los altares de las iglesias, sino en la sangre de los monstruos que se atrevían a amenazar a la mujer que amaba.

Al llegar a los límites de San Ildefonso, la atmósfera cambió drásticamente.

La niebla se espesaba, cargada de miasmas y hedores putrefactos.

Las callejuelas se volvieron más estrechas, flanqueadas por edificios que parecían inclinarse unos sobre otros como ancianos decrépitos.

Diego desmontó de un salto, ordenando a sus hombres que sellaran las salidas del barrio.

—Registrad cada sótano, cada taberna, cada alcantarilla —instruyó el capitán, desenvainando su espada y una pistola de chispa—. Fournier es el centro de operaciones de la secta. Si ella está aquí, la encontraremos. Y si los esbirros intentan detenernos, matadlos.

Los soldados se dispersaron como lobos hambrientos, penetrando en las tinieblas del bajo mundo madrileño.

Diego caminó hacia la botica, sus botas chapoteando en los charcos de agua sucia.

La puerta del establecimiento estaba entreabierta.

Empujó la madera con la punta de su bota, entrando en el local con el arma preparada.

El olor a productos químicos y a sangre fresca lo golpeó como un mazo.

En el suelo, junto al mostrador, yacía el cuerpo inconsciente de uno de los esbirros, con el antebrazo manando sangre.

Diego se agachó, comprobando el pulso del hombre.

Estaba vivo, pero había sido neutralizado con una precisión quirúrgica que solo una persona poseía.

Amanda había estado allí. Y había luchado.

El corazón del militar se contrajo con una mezcla de orgullo feroz y pánico absoluto.

Siguió el rastro de sangre y los pasos marcados en el polvo hasta la puerta oculta que conducía al sótano.

Descendió los peldaños con la silenciosa letalidad de un depredador, su mente centrada únicamente en el rescate.

La cripta estaba iluminada por las llamas moribundas de los faroles volcados.

Diego escrutó la penumbra, buscando cualquier movimiento.

Sobre la mesa de disección, halló el libro de contabilidad que Amanda había intentado robar, junto a un mechón de cabello castaño cortado con un bisturí.

La visión de aquel rastro de su amada en aquel lugar macabro encendió la mecha de su ira definitiva.

—¡Amanda! —gritó, su voz resonando en las paredes de piedra con un eco desgarrador.

Ninguna respuesta. Solo el goteo rítmico de un grifo oxidado y el crepitar de las velas.

Diego apretó la mandíbula, guardando el mechón de cabello en el bolsillo de su casaca, junto a su corazón.

Sabía que la habían secuestrado, que la habían llevado a un lugar donde sus hombres no podían alcanzarla fácilmente.

Pero también sabía que los Villeneuve habían cometido el error más grande de sus vidas.

Habían despertado al demonio que dormía en su interior.

El capitán emergió del sótano, su rostro endurecido por una determinación inquebrantable. Reunió a sus hombres en la calle, sus ojos grises brillando con un fuego infernal en la noche madrileña.

—No está aquí —sentenció Diego, con una voz que helaba la sangre de sus subordinados—.

La han movido. Pero no pueden haber ido lejos con un cuerpo que transportar.

Buscad carruajes cerrados, coches de alquiler con las cortinas bajadas.

Interrogad a cada cochero, a cada ratero, a cada mendigo que merodee por la zona.

Ruiz se acercó, respetuoso pero preocupado por el estado febril de su comandante.

—Mi capitán, si la han llevado a las afueras, a las fincas de los Villeneuve, necesitaríamos una orden del magistrado para allanar la propiedad.

Diego soltó una carcajada seca, carente de toda alegría. La cicatriz de su rostro pareció palpitar con la violencia de su desprecio hacia la ley.

—La ley es un lujo para los hombres que duermen en camas de plumas, sargento —replicó el militar, montando de nuevo su semental—.

Esta noche, la única ley que impera es la de mi espada.

Si tengo que derribar las puertas del palacio de los Villeneuve con mis propias manos y bañarme en la sangre de cada uno de sus habitantes para traerla de vuelta a casa, lo haré.

Con un gesto tajante, Diego espoleó a su caballo, adentrándose en la noche.

Sus hombres lo siguieron sin dudar, conscientes de que no estaban persiguiendo a un simple criminal, sino a los arquitectos de la perdición de su líder.

La cacería había comenzado, y Madrid se preparaba para presenciar una masacre que lavaría las calles con la sangre de los culpables.

Diego de Mendoza cabalgaba hacia el abismo, guiado por la única luz que quedaba en su universo: el recuerdo de los ojos verdes de Amanda.