Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La luz grisácea del amanecer se filtraba por los cristales empañados de la ventana enrejada, proyectando sombras alargadas y melancólicas sobre las losas frías de la alcoba.

Amanda de Alcántara permanecía sentada en el borde del camastro de hierro forjado, con la mirada perdida en el jarrón de porcelana hecho añicos que yacía esparcido por el suelo.

Los fragmentos cerámicos brillaban con un tono mortecino, reflejando el estado de su propio ánimo y la fragilidad de las barreras que había intentado construir.

Su piel aún conservaba el calor fantasma de las manos callosas del capitán, y sus labios palpitaban con el eco de un beso que había sabido a pólvora, a desesperación y a una promesa de ruina inminente.

Aquella madrugada en el cuartel militar había marcado un punto de inflexión irreversible en su existencia.

Ya no era solo una intrusa curiosa en los bajos fondos de Madrid, ni él un simple guardián de la ley.

Eran dos náufragos aferrados a la misma tabla a la deriva en un océano de tinieblas y secretos inconfesables.

Sin embargo, la ternura de la noche anterior se había evaporado con la bruma matinal, dejando tras de sí un rastro de cenizas y arrepentimiento.

Amanda se incorporó, alisando los pliegues arrugados de su vestido de montar, y caminó hacia el aguamanil de loza.

El agua helada que salpicó su rostro sirvió para espantar los últimos vestigios de sopor y reavivar su espíritu indomable.

No permitiría que el miedo, ni la sobreprotección de un hombre atormentado por sus propios demonios, la convirtiera en un pájaro enjaulado.

Su mente, afilada como el bisturí con el que diseccionaba los misterios de la muerte, comenzó a trazar un plan de fuga.

Conocía a los soldados, había leído sobre sus tácticas de asedio y defensa en los tratados de estrategia que llenaban la biblioteca de su difunto padre, y sabía que toda fortaleza, por impenetrable que pareciera, tenía una grieta por donde colarse la luz de la libertad.

El chirrido metálico de la llave en la cerradura la sobresaltó, erizando la piel de su nuca.

Amanda adoptó una postura serena, cruzando las manos sobre el regazo justo cuando la pesada puerta de roble se abría.

Diego de Mendoza entró en la estancia con la misma presencia arrolladora que la noche previa, pero la calidez de su mirada había sido reemplazada por una frialdad glacial.

El uniforme militar, impecable y abrochado hasta el cuello, actuaba como una coraza de acero que blindaba su alma contra cualquier atisbo de vulnerabilidad.

Sostenía una bandeja de plata con una jarra de café humeante y un plato de bollos, depositándola sobre el escritorio de caoba con un gesto seco y autoritario.

—He dado órdenes de que os preparen un carruaje para trasladaros a un convento de clausura en las afueras de la ciudad —anunció el oficial, evitando mirar los ojos verdes de la joven, fijando su atención en un punto indeterminado de la pared—.

La madre superiora es una conocida de mi familia.

Allí estaréis a salvo de los Villeneuve y de vuestra propia temeridad.

El compromiso con el marqués Edmond será anulado bajo el pretexto de una dolencia nerviosa que os impide contraer matrimonio.

Amanda sintió que la sangre le hervía en las venas, un líquido espeso y furioso que le nublaba la vista.

¿Un convento? ¿Encerrada entre muros de piedra para el resto de sus días, silenciada y olvidada mientras los monstruos seguían cazando en las sombras de la capital?

Apoyó las manos en los muslos para evitar que temblaran de indignación y se puso de pie, enfrentando la imponente figura del guerrero con la dignidad de una reina destronada.

—No me enviaréis a un claustro como si fuera un fardo molesto que hay que esconder bajo la alfombra para no manchar las apariencias —replicó ella, con una voz que goteaba desprecio hacia la cobardía, aunque en el fondo sabía que él actuaba movido por un miedo atroz a perderla—.

Tengo pruebas, Diego. El formol y el mercurio hallados en el palacio de Liria nos conectan directamente con la botica del señor Fournier, en el barrio de San Ildefonso.

Si me encerráis ahora, esos cadáveres seguirán apilándose en los callejones y la secta de la Llama Negra continuará sus rituales macabros sin oposición.

El capitán apretó la mandíbula, la cicatriz de su rostro tensándose hasta adquirir un tono blanquecino que delataba su furia contenida.

Dio un paso al frente, invadiendo el espacio vital de la dama, y su aroma a sándalo, cuero mojado y tabaco la envolvió de nuevo, despertando en ella un deseo que luchaba por sofocar.

—Fournier es un hombre despiadado, protegido por los mismos demonios que yo he combatido en los barrizales de los Pirineos —siseó él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco y peligroso que resonó en las paredes desnudas—.

Creéis que esto es un juego de salón, un pasatiempo intelectual para damas aburridas que buscan emociones fuertes.

Pero la sangre que mancha esas losas es real, y la que derramarán por vuestra culpa lo será aún más.

He fallado en proteger a inocentes en el pasado, Amanda.

No cometeré el error de dejar que una mujer a la que me importa, camine hacia la guillotina con los ojos vendados.

La confesión velada, ese casi declaración de amor que murió en sus labios antes de nacer, desarmó por completo la ira de la joven.

Comprendió entonces la magnitud del abismo que separaba al hombre que la había besado con desesperación del soldado que ahora intentaba alejarla por su propio bien.

Diego no la encerraba por misoginia ni por un deseo de control, la aprisionaba porque su propia conciencia le exigía pagar un precio demasiado alto por cada vida perdida.

Amanda decidió cambiar de estrategia. La fuerza bruta y la lógica no funcionarían con un muro de piedra; necesitaba usar la seda para envolver el acero y doblegar su voluntad.

Bajó la mirada, adoptando una postura de sumisión que le resultaba tan ajena como la seda a un esparto. Sus hombros se relajaron, y dejó que un suspiro cansado escapara de sus labios, fingiendo una derrota que estaba muy lejos de sentir.

—Tenéis razón, capitán —murmuró ella, alzando los párpados para sostener su mirada con una docilidad fingida que brillaba con un destello de astucia—.

Mi vanidad me ha cegado. He subestimado el peligro y he puesto en riesgo vuestra carrera y vuestra vida.

Iré al convento. Solo os ruego que me permitáis recoger mis libros y mis instrumentos del palacio de mi tía antes de partir. No quiero dejar atrás mis estudios.

Diego la escrutó con recelo, sus ojos grises buscando cualquier rastro de engaño en las facciones de la joven.

La tensión en la alcoba era tan densa que parecía poder cortarse con un cuchillo.

Finalmente, el militar asintió con lentitud, convencido de que su autoridad había prevalecido y de que la joven había comprendido la gravedad de su situación.

—Enviaré a un par de hombres de confianza para que empaqueten vuestras pertenencias y las lleven al carruaje —sentenció él, dando media vuelta para dirigirse a la puerta, ocultando el temblor de sus propias manos—.

No saldréis de esta habitación hasta que el vehículo esté listo.

Aguardad aquí y no toquéis la campanilla.

En cuanto la puerta se cerró y el cerrojo corrió con un chasquido definitivo, la máscara de docilidad de Amanda se desvaneció, reemplazada por una determinación feroz.

No había tiempo que perder. Caminó hacia la ventana enrejada, evaluando la altura del muro exterior.

Estaba en la segunda planta, y los barrotes de hierro forjado, aunque sólidos, presentaban una ligera oxidación en la base debido a la humedad de la mañana y a la mala calidad del mortero utilizado en su construcción.

Se despojó de las horquillas que sujetaban su elaborado recogido, dejando que su melena castaña cayera en cascada sobre sus hombros.

Con una de las púas de acero, más fina y resistente que las demás, comenzó a trabajar en la argamasa que sujetaba el barrote inferior derecho.

Sus dedos, acostumbrados a la precisión de los instrumentos quirúrgicos, aplicaron la presión exacta en las grietas del material reseco.

El esfuerzo físico le hizo sudar, y el corazón le latía con la fuerza de un tambor de guerra, pero no se detuvo.

Cada grano de arena que caía al suelo era un paso más hacia su libertad.

Tras diez minutos de trabajo febril, el barrote cedió con un leve crujido, creando un espacio apenas suficiente para que su cuerpo esbelto se deslizara.

Amanda desató las sábanas de lino del camastro, anudándolas con nudos de marinero que había aprendido en los tratados de navegación.

Ató el extremo más resistente a la pata del escritorio de caoba y lanzó el resto de la tela por la abertura, comprobando que llegaba hasta el suelo del callejón lateral.

Miró hacia el patio de armas del cuartel.

Dos soldados patrullaban cerca de la puerta principal, pero el callejón, cubierto por las sombras de los aleros, estaba desierto.

Sin permitir que el miedo la paralizara, se encaramó al alféizar de la ventana.

El aire fresco de la mañana golpeó su rostro, llenando sus pulmones con la promesa de la libertad.

Se dejó deslizar por las sábanas improvisadas, quemándose las palmas de las manos en el proceso, hasta que sus botas tocaron el empedrado húmedo con un golpe sordo que resonó en el silencio de la madrugada.

Se ajustó la capa, ocultando su rostro bajo la capucha, y echó a correr por el callejón antes de que los centinelas pudieran percatarse de su huida.

Las calles de Madrid comenzaban a despertar, llenándose con el pregón de los lecheros y el traqueteo de los primeros carruajes.

Amanda se mezcló entre la multitud, dejando atrás el cuartel militar y dirigiéndose hacia el barrio de San Ildefonso.

Su destino era la botica del señor Fournier.

Si Diego creía que podía encerrarla y borrarla de su memoria, se equivocaba.

Ella era la heredera de un linaje que había sobrevivido a guerras y pestes, y no se rendiría ante el primer obstáculo.

Mientras caminaba, sus manos aún ardían por el roce de las sábanas, pero el dolor físico palidecía ante la certeza que latía en su pecho.

Diego de Mendoza había despertado en ella un fuego que ni los muros de un convento ni las sombras de la muerte podrían apagar.

Iba a desenmascarar a la Llama Negra, iba a destruir a los Villeneuve, y cuando todo terminara, miraría a los ojos al capitán y le exigiría las respuestas que su orgullo le había negado la noche anterior.

La cacería acababa de comenzar, y la presa estaba dispuesta a convertirse en la depredadora.