CAPÍTULO 6 #2
Las palabras la golpearon con la fuerza de un rayo.
Amanda sintió que el aire se escapaba de sus pulmones, dejándola sin aliento.
¿Perderla? ¿Desde cuándo su vida le importaba tanto al capitán?
Abrió la boca para responder, para exigir una explicación, pero las palabras murieron en sus labios cuando Diego inclinó la cabeza y capturó su boca con la suya.
El beso fue desesperado, furioso, cargado de una pasión que había estado contenida durante demasiado tiempo.
Sus labios se encontraron con una violencia que la dejó sin aliento, sus bocas uniéndose en un choque de dientes y lenguas que sabía a sangre y a promesas rotas.
Amanda sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor, que solo existían ellos dos, atrapados en una tormenta de deseo y dolor que amenazaba con consumirlos.
Sus manos, aún atrapadas por las del capitán, se tensaron, luchando por liberarse.
Pero no para apartarlo, sino para aferrarse a él, para sentir la solidez de su cuerpo contra el suyo, para anclarse a la realidad en medio de la vorágine de emociones que la envolvía.
Diego pareció sentir su rendición, aflojando la presión sobre sus muñecas hasta que sus manos quedaron libres.
Amanda no dudó. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro del capitán, atrayéndolo hacia ella con una urgencia que la sorprendió a ella misma.
Sus labios se movieron contra los suyos con una ferocidad que igualaba la suya, besándolo con una pasión que sabía a venganza y a redención.
El sabor de su boca era adictivo, una mezcla de tabaco y de promesas no dichas que la hacía sentir viva por primera vez en años.
Diego gimió contra sus labios, un sonido ronco y primitivo que resonó en el pecho de la joven y encendió un fuego que amenazaba con consumirla.
Sus manos descendieron por la espalda de Amanda, atrapándola contra su cuerpo con una posesividad que la hizo estremecer.
La apretó contra él, sintiendo la solidez de sus músculos a través de la tela mojada de su uniforme, la rapidez de su corazón latiendo contra el suyo.
El beso se profundizó, volviéndose más urgente, más desesperado.
Las lenguas se encontraron en un baile primitivo, explorando, saboreando, reclamando.
Amanda sintió que se ahogaba en la intensidad del momento, que su mente se nublaba bajo la avalancha de sensaciones que la envolvían.
Sus manos recorrían el rostro del capitán, trazando la cicatriz que le surcaba la mandíbula con una reverencia casi religiosa, aceptando cada marca de su pasado como parte del hombre que la tenía atrapada en sus brazos.
Diego rompió el beso con un esfuerzo visible, su pecho agitado, sus ojos grises oscurecidos por una pasión que apenas podía controlar. Apoyó la frente contra la de Amanda, sus respiraciones entrelazándose en el aire viciado de la estancia.
—Amanda —murmuró él, con una voz ronca que traicionaba la tormenta de emociones que rugía en su interior—. No sé qué me estáis haciendo. No sé cómo una mujer como vos puede mirar a un monstruo como yo y ver algo más que la oscuridad que me consume.
Ella alzó el rostro, encontrando sus ojos a escasos centímetros de los suyos. La intensidad de su mirada la desarmó por completo, revelando la vulnerabilidad que se empeñaba en ocultar bajo capas de disciplina militar.
—No sois un monstruo, Diego —susurró ella, con una voz firme que la sorprendió a ella misma—. Sois un hombre herido, un guerrero que ha visto demasiada muerte y que aún así se niega a rendirse. Y eso, capitán, no os hace monstruoso. Os hace humano.
Diego la observó durante un largo instante, debatiéndose entre el deseo de creerle y la necesidad de mantenerla alejada. Finalmente, suspiró, un sonido ronco y cansado que pareció envejecerlo de golpe.
—Entonces os advierto, Amanda —sentenció, con una voz grave que resonó en las paredes desnudas de la estancia—.
Si continuáis por este camino, si permitís que me acerque más, no podré detenerme.
Y cuando la sangre empiece a manchar nuestras manos, cuando los secretos que guardamos salgan a la luz, no habrá vuelta atrás.
Amanda asintió, aceptando el desafío con una determinación inquebrantable.
—Entonces no me detengáis, capitán —respondió, con una sonrisa triste que iluminó su rostro—. Porque si hay algo que he aprendido en esta vida, es que la soledad es un lujo que no todos podemos permitirnos.
Diego la observó con una intensidad renovada, percibiendo la fuerza que se ocultaba tras la fragilidad aparente de aquella mujer.
Y supo, con absoluta certeza, que estaba perdido.
Que aquella dama de carácter indomable había irrumpido en su existencia como un huracán, arrastrando consigo todas las barreras que había construido a lo largo de los años.
La inclinó hacia él, capturando sus labios una vez más, pero esta vez con una ternura que contrastaba violentamente con la furia del beso anterior.
Sus bocas se encontraron con una suavidad que la dejó sin aliento, sus labios rozándose con una delicadeza que parecía prometer redención.
Amanda sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos, pero se negó a permitirlo.
No delante de él. No cuando él la miraba con esa intensidad abrasadora que la hacía sentir viva por primera vez en años.
Diego rompió el beso con un esfuerzo visible, retrocediendo un paso y soltando sus muñecas con una lentitud deliberada. Su rostro, endurecido por la guerra y el dolor, se suavizó por un instante, revelando la vulnerabilidad que se empeñaba en ocultar.
—Descansad, Amanda —murmuró él, con una voz ronca que traicionaba la tensión acumulada—. Mañana será un día largo, y necesitaréis todas vuestras fuerzas para enfrentar lo que se avecina.
Se volvió bruscamente, caminando hacia la puerta con pasos pesados y decididos. Antes de cruzar el umbral, se detuvo un instante, mirándola por encima del hombro.
—Y Amanda —añadió, con una voz grave que resonó en las paredes desnudas de la estancia—. No intentéis escapar. Los guardias tienen órdenes estrictas, y yo... yo no podría perdonármelo si os ocurriera algo.
La puerta se cerró con un chasquido suave, dejando a Amanda sola en la estancia.
La joven permaneció inmóvil, su pecho agitado, sus labios aún ardientes por el beso del capitán.
Se llevó una mano a la boca, sintiendo el sabor de él en su piel, recordando la intensidad de sus labios, la ferocidad de su pasión.
Y supo, con absoluta certeza, que estaba perdida.
Que aquel hombre, con su cicatriz y su mirada tormentosa, había irrumpido en su existencia como un huracán, arrastrando consigo todas las barreras que había construido a lo largo de los años.
Y aunque ambos sabían que el camino que habían elegido estaba pavimentado con huesos y sombras, también sabían que no estaban solos.
Que, por primera vez en mucho tiempo, tenían a alguien con quien compartir la carga.
Aunque eso, en un mundo de traiciones y secretos, era el mayor de los lujos.