CAPÍTULO 6
El carruaje militar avanzaba con lentitud por las calles desiertas de Madrid, sus ruedas chirriando contra los adoquines mojados por la lluvia persistente.
El interior del vehículo estaba sumido en una penumbra espesa, apenas iluminada por el resplandor mortecino de un farol que oscilaba con cada bache del camino.
Amanda se hallaba sentada frente a Diego, su postura rígida y tensa, las manos apretadas sobre el regazo como si temiera que él pudiera arrebatárselas en cualquier instante.
El capitán la observaba con una intensidad que la hacía sentir desnuda, sus ojos grises recorriendo cada rasgo de su rostro con una mezcla de preocupación y deseo contenido que resultaba casi insoportable.
El silencio entre ambos era denso, cargado de palabras no dichas y de emociones que amenazaban con desbordar las frágiles barreras que los separaban.
Amanda podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo del militar a través de la distancia que los separaba, una proximidad física que contrastaba violentamente con la lejanía emocional que él se empeñaba en mantener.
Sus ropas, aún húmedas por la lluvia y manchadas por el polvo del palacio, se pegaban a su piel, recordándole constantemente la violencia de la noche y la intensidad del rescate.
—¿Adónde me lleváis? —preguntó finalmente, su voz rompiendo el silencio como un cristal que se quiebra en la quietud de una catedral.
Diego no respondió de inmediato. Sus ojos se clavaron en los de ella, y por un instante, Amanda creyó ver en ellos una vulnerabilidad que el capitán se esforzaba por ocultar bajo capas de disciplina militar.
—A un lugar seguro —respondió él finalmente, con una voz grave que vibró en el reducido espacio del carruaje—. Un lugar donde los esbirros de Edmond no puedan alcanzaros.
—No necesito que me encerréis como a un canario en una jaula dorada —replicó ella, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Soy capaz de defenderme sola, capitán. No soy una damisela indefensa que requiere la protección de un caballero andante.
Una sonrisa fugaz, apenas perceptible, curvó los labios del militar. Fue un gesto breve, casi imperceptible, pero suficiente para desarmarla por completo.
—No dudo de vuestra capacidad para defenderos, Amanda —murmuró él, con un tono que oscilaba entre la admiración y la frustración—.
Pero los Villeneuve no son enemigos ordinarios.
Son serpientes que se deslizan por las sombras, que envenenan con sus palabras y matan con sus sonrisas.
Y yo... —hizo una pausa, como si las palabras siguientes le quemaran en la garganta— yo no puedo permitirme perderos.
La confesión la golpeó con la fuerza de un rayo.
Amanda sintió que el aire se escapaba de sus pulmones, dejándola sin aliento.
¿Perderla? ¿Desde cuándo su vida le importaba tanto al capitán Diego de Mendoza?
Abrió la boca para responder, para exigir una explicación, pero las palabras murieron en sus labios cuando el carruaje se detuvo con un chirrido metálico.
Diego descendió primero, ofreciéndole la mano con un gesto que era mitad invitación, mitad orden.
Amanda dudó un instante, evaluando los riesgos de confiar en aquel hombre que la había rescatado de las garras de Edmond pero que ahora la conducía hacia un destino desconocido.
Finalmente, apoyó sus dedos enguantados en la palma callosa del capitán, sintiendo el calor reconfortante de su piel a través de la tela.
El cuartel militar se alzaba ante ellos como una fortaleza de piedra y hierro, sus muros gruesos y sus ventanas enrejadas desafiando la oscuridad de la noche.
Diego la guió por los pasillos laberínticos del edificio, sus botas resonando contra el suelo de madera con un ritmo autoritario que anunciaba su llegada.
Los soldados que encontraban a su paso se apartaban respetuosamente, saludando al capitán con una mezcla de temor y admiración que Amanda no pasó por alto.
Finalmente, llegaron a una puerta de roble macizo, reforzada con bandas de hierro y cerrada con un cerrojo pesado.
Diego introdujo una llave en la cerradura, girándola con un chasquido que resonó como un disparo en el silencio del pasillo.
La puerta se abrió con un quejido de bisagras oxidadas, revelando una estancia pequeña pero confortable.
Una cama de hierro forjado, cubierta con sábanas de lino blanco, ocupaba el centro de la habitación.
Un escritorio de caoba, cargado de mapas y documentos, se hallaba junto a la ventana enrejada.
Una chimenea apagada proyectaba sombras alargadas sobre las paredes desnudas, y el olor a humedad y a polvo antiguo impregnaba el aire viciado.
—Aquí estaréis a salvo —anunció Diego, señalando el interior de la estancia con un gesto amplio—. Nadie podrá entrar sin mi permiso. Los guardias apostados en el pasillo tienen órdenes estrictas de no permitir vuestra salida bajo ninguna circunstancia.
Amanda sintió que la rabia se apoderaba de ella, una furia caliente y destructiva que le nublaba la vista.
¿A salvo? ¿Encerrada como una criminal, como una prisionera de guerra?
Enderezó la espalda, clavando sus ojos verdes en los del capitán con una determinación que la hacía parecer más alta, más imponente.
—¿Y si deseo salir? —preguntó, con una voz que goteaba veneno contenido—. ¿Y si necesito aire fresco, o simplemente la libertad de caminar por mis propios pies?
—No la tenéis —respondió él, con una frialdad que la golpeó como un latigazo—. Al menos hasta que yo decida que el peligro ha pasado.
La injusticia de la situación la cegó por un instante.
Amanda avanzó hacia él, sus pasos resonando contra el suelo de madera con una furia contenida que amenazaba con desbordarse.
Se detuvo a escasos centímetros del capitán, invadiendo su espacio personal con una audacia que la sorprendió a ella misma.
—No sois mi carcelero, Diego de Mendoza —espetó ella, alzando la voz hasta que resonó en las paredes desnudas de la estancia—.
No tenéis derecho a encerrarme, a decidir por mí, a tratarme como si fuera una propiedad más que proteger.
Soy una mujer libre, capaz de tomar mis propias decisiones, y no permitiré que ningún hombre, por muy capitán del ejército real que sea, me arrebate mi autonomía.
Diego la observó con una intensidad que la dejó sin aliento.
Sus ojos grises, oscurecidos por una tormenta de emociones, la escrutaban con una mezcla de admiración y frustración que resultaba casi insoportable.
Su rostro, endurecido por años de guerra y dolor, se suavizó por un instante, revelando la vulnerabilidad que se empeñaba en ocultar.
—Amanda —murmuró él, con una voz ronca que traicionaba la tensión acumulada—, no intentéis comprenderlo. Solo confiad en mí. Por una vez en vuestra vida, confiad en que sé lo que hago.
La súplica en su voz la desarmó por completo. Amanda sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos, pero se negó a permitirlo. No delante de él. No cuando él la miraba con esa intensidad abrasadora que la hacía sentir desnuda, vulnerable, expuesta.
Se volvió bruscamente, caminando hacia el escritorio con pasos rápidos y nerviosos.
Sus manos temblaban mientras recorrían los papeles esparcidos sobre la superficie de caoba, buscando algo, cualquier cosa, que le permitiera desahogar la furia que le oprimía el pecho.
Sus dedos se cerraron alrededor de un jarrón de porcelana, una pieza delicada decorada con flores pintadas a mano, y lo alzaron con una violencia que la sorprendió a ella misma.
—¡No me tratéis como a una niña! —gritó, lanzando el jarrón contra la pared con toda la fuerza de su frustración.
La porcelana estalló en mil fragmentos, los pedazos saliendo disparados por el aire como lágrimas de cristal.
El estruendo resonó en la estancia, rompiendo el silencio con una violencia que hizo eco en las paredes desnudas.
Amanda permaneció inmóvil, su pecho agitado, las manos temblorosas, observando los restos del jarrón esparcidos por el suelo como un reflejo de su propia alma destrozada.
Diego no dijo nada. Caminó hacia ella con pasos lentos y medidos, su presencia llenando el espacio con una autoridad que no admitía réplica.
Se detuvo a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio vital con una naturalidad que la dejó sin aliento.
Sus manos se elevaron lentamente, rozando los brazos de la joven con una delicadeza que contrastaba violentamente con su aspecto rudo.
—Amanda —susurró él, con una voz ronca que sonó más a plegaria que a palabra—. Deteneos. Antes de que hagáis algo de lo que os arrepintáis.
Ella alzó el rostro, encontrando sus ojos grises a escasos centímetros de los suyos.
La proximidad era embriagadora, cargada de una electricidad estática que erizaba la piel y aceleraba la respiración.
El aroma a lluvia, a pólvora y a cuero mojado que lo acompañaba invadió sus sentidos, desplazando cualquier otro pensamiento racional.
—No me toquéis —murmuró ella, aunque su voz traicionaba la súplica que escondía tras las palabras.
Pero Diego no la escuchó. O quizás la escuchó y decidió ignorarla.
Sus manos descendieron por los brazos de la joven, rozando la tela de su vestido con una delicadeza que la hizo estremecer.
Se detuvieron en sus muñecas, atrapándolas con una firmeza que no admitía réplica, pero sin lastimarla.
La inmovilizó con una suavidad que contrastaba violentamente con la fuerza que emanaba de su cuerpo, obligándola a permanecer quieta, a enfrentar la tormenta de emociones que se desataba entre ellos.
—No puedo perderos —murmuró él, con una voz ronca que vibró en el pecho de la joven y resonó en las paredes de la estancia—. No después de todo lo que he visto, no después de todo lo que he sentido. Si os perdiera, Amanda, no sé si podría sobrevivir a la oscuridad que me aguarda.