CAPÍTULO 5
El Palacio de Liria se erigía como un coloso de piedra y mármol bajo el manto estrellado de la noche madrileña, desafiando la oscuridad con la arrogancia de sus mil ventanales iluminados.
En su interior, la vorágine de la alta sociedad giraba al compás de los valses vieneses, un torbellino de sedas crujientes, encajes de Malinas y joyas que destellaban como estrellas cautivas bajo la luz cálida de los candelabros de cristal de roca.
Sin embargo, bajo la fachada de frivolidad y elegancia, un hedor a podredumbre y secretos inconfesables emponzoñaba el aire viciado por el perfume de tuberosa y el humo de los cigarros habanos.
Aquella velada no era un simple baile de temporada; era un velorio disfrazado de fiesta.
Hacía apenas dos horas, el barón de Saint-Amand, un aristócrata francés avecindado en la corte, había sido hallado sin vida en sus aposentos privados.
La familia, en un intento desesperado por preservar las apariencias y evitar el escándalo de una investigación judicial, había decretado que el deceso se debía a un fulminante ataque al corazón.
Amanda de Alcántara se movía entre la multitud con la gracia felina de una pantera que camina sobre brasas.
Su rostro quedaba parcialmente oculto tras un antifaz de terciopelo negro, y su identidad había sido suplantada por la de una lejana prima de provincias, gracias a la complicidad de una doncella sobornada y a la astucia de su propio ingenio.
Su objetivo no era disfrutar de los licores ni de las lisonjas de los cortesanos, sino acceder a la planta superior, donde el cadáver del barón yacía en la más absoluta de las soledades.
La intuición, forjada en las noches de estudio clandestino y en los callejones sombríos, le gritaba que aquella muerte súbita era una farsa.
El patrón de la Llama Negra exigía sangre fresca, y la presencia de tantos nobles franceses en la capital no podía ser una mera coincidencia.
Escabulléndose por una escalera de servicio, Amanda alcanzó el corredor de las alcobas privadas.
El silencio de aquella ala del palacio contrastaba brutalmente con el estruendo musical que emanaba de los salones inferiores.
Sus botas de tacón bajo apenas rozaban las alfombras persas, amortiguando cualquier sonido que pudiera delatar su intrusión.
Al llegar a la puerta de roble tallado que marcaba los aposentos del barón, introdujo una fina ganzúa de plata en la cerradura.
El mecanismo cedió con un chasquido apenas perceptible, y la joven se deslizó hacia el interior, cerrando la hoja a su espalda.
La estancia estaba sumida en una penumbra espesa, iluminada únicamente por el resplandor agonizante de un fuego que moría en la chimenea de mármol blanco.
Sobre el lecho de dosel, cubierto por una sábana de lino, reposaba la efigie inerte del barón.
Amanda se aproximó con el corazón acelerado, conteniendo la respiración al levantar el tejido.
La visión que se ofreció ante sus ojos confirmó sus peores temores.
El rostro del difunto estaba congelado en una máscara de terror absoluto, con los ojos desorbitados y la boca abierta en un grito mudo.
Pero fue el torso, despojado de la camisa de batista, lo que captó toda su atención médica.
Sobre el esternón, la piel había sido seccionada con una precisión quirúrgica que helaba la sangre.
No había sangre derramada, lo que indicaba que la extracción se había realizado mediante un coagulante o que el corazón había sido arrancado con una rapidez sobrehumana.
Amanda acercó una vela de cebo para examinar los bordes de la incisión.
El aroma que emanaba de la herida no era el de la descomposición natural, sino un olor acre, químico, inconfundible para alguien que había pasado noches enteras estudiando los tratados de embalsamamiento traídos de las morgues de París.
Formol y sales de mercurio. El asesino no solo buscaba el órgano; estaba preparando el cuerpo, marcándolo con la firma química de la secta parisina.
Un frío mortal le recorrió la espina dorsal. Aquella prueba era contundente, pero antes de que pudiera sacar un frasco de cristal para recoger una muestra de los residuos químicos, el sonido de la puerta al abrirse a sus espaldas la paralizó.
—Sabía que la curiosidad de las mujeres es un defecto incurable, pero en vuestro caso, querida Amanda, roza la temeridad suicida —pronunció una voz aterciopelada y cargada de veneno.
Amanda se giró con lentitud, ocultando el frasco en los pliegues de su crinolina.
En el umbral, recortado contra la luz del pasillo, se hallaba el marqués Edmond Villeneuve.
Su elegancia era impecable, vestido con un frac de noche que realzaba su figura esbelta, pero sus ojos oscuros, brillantes y crueles, desmentían la calma de su postura.
Había en él una depredación latente, una satisfacción sádica al ver a su presa acorralada.
—Marqués de Mondragón —respondió ella, manteniendo la voz firme a pesar del pánico que le oprimía el pecho—. Os juro que me he perdido. Los pasillos de este palacio son un laberinto tan confuso como las intenciones de sus anfitriones.
Edmond soltó una risa baja, cerrando la puerta tras de sí y girando la llave con un chasquido que resonó como un disparo en el silencio de la alcoba. Caminó hacia ella con pasos medidos, saboreando el momento.
—Dejad las mentiras para los criados y para los magistrados que mi padre tiene en su bolsillo —murmuró el noble, deteniéndose a escasos pasos de la joven—.
Sé quién sois. Sé que merodeáis por los callejones donde mi padre y yo dejamos nuestras marcas.
Y sé que habéis venido a husmear en los despojos de mi querido barón.
Amanda retrocedió hasta que su espalda chocó contra la fría madera de la cómoda. Edmond acortó la distancia, invadiendo su espacio vital con una arrogancia que resultaba asfixiante. El olor a licor caro y a pólvora que emanaba de él le revolvió el estómago.
—No tenéis pruebas de nada, señor —espetó ella, alzando la barbilla con altivez—. Y si intentáis tocarme, el escándalo arruinará el compromiso que tanto ansía vuestra familia.
El marqués sonrió, una curvatura obscena de los labios que dejó al descubierto una dentadura perfecta. Alzó una mano enguantada y, con un movimiento brusco, arrancó el antifaz del rostro de Amanda, dejando su cabello castaño caer en desorden sobre sus hombros.
—¿Escándalo? —susurró él, acercando sus labios al oído de la joven, cuya piel se erizó de horror—.
Nadie escuchará vuestros gritos, Amanda.
Y si gritáis, os aseguro que el dolor que os infligiré hará que la muerte de este viejo barón parezca una caricia.
Me pertenecéis. Vuestro padre vendió vuestra alma a mi linaje antes de que supierais caminar.
Esta noche, en esta habitación, os mostraré lo que significa ser mi propiedad.
La mano de Edmond se elevó hacia el cuello de la dama, sus dedos rozando la tela del vestido con una intención que heló la sangre de Amanda.
Ella apretó los puños, dispuesta a luchar, dispuesta a clavar las uñas en los ojos del monstruo si era necesario.
Pero antes de que el marqués pudiera consumar su amenaza, un estruendo de madera astillada sacudió la estancia.
La pesada puerta de roble no se abrió; estalló hacia adentro, arrancada de los goznes por una fuerza brutal. Los fragmentos de madera salieron disparados por el aire, y entre el polvo y la astillas, una figura imponente irrumpió en el dormitorio con la furia de un dios de la guerra.
Diego de Mendoza ocupaba el umbral, su pecho agitado, la espada desenvainada y brillando con un reflejo letal bajo la luz de la vela. Sus ojos grises, oscurecidos por una ira incontrolable, se clavaron en la escena: Edmond con la mano extendida hacia Amanda, y ella acorralada contra la cómoda.
—Apartad vuestras inmundas manos de ella, sabueso —rugió el capitán, su voz retumbando en las paredes de piedra con una autoridad que no admitía réplica.
Edmond giró sobre sus talones, su rostro transformado por la sorpresa y la ira. Desenvainó un estoque de hoja fina que llevaba oculto bajo la levita, adoptando una postura de esgrima.
—¡Mendoza! —escupió el marqués, con el rostro contraído por el odio—. Os atrevéis a irrumpir en una propiedad privada y a amenazar a un noble de la corte. ¡Os haré fusilar por esta insolencia!
—Vuestra nobleza se pudre en los mismos infiernos que vuestros crímenes —replicó Diego, avanzando hacia él con pasos pesados y letales—. Y en cuanto a la propiedad, esta mujer está bajo la protección de la Corona y, más importante aún, bajo mi protección personal.
Sin esperar más, Edmond lanzó una estocada rápida y traicionera, buscando el corazón del militar.
Diego, con los reflejos forjados en cien batallas sangrientas, esquivó el acero con un giro de torso y respondió con un mandoble seco.
El choque de los metales resonó como un trueno.
El capitán no buscaba matarlo; buscaba humillarlo, destruir la arrogancia que lo sostenía.
Con un movimiento fluido, Diego bloqueó la segunda embestida del marqués y, con un giro de muñeca, desvió la hoja hacia el suelo.
Antes de que Edmond pudiera recuperar el equilibrio, el capitán dio un paso al frente, propinándole un golpe seco con la empuñadura de su espada en la muñeca derecha.
El hueso crujió de forma nauseabunda. Edmond soltó un alarido de dolor, dejando caer el estoque, que resonó contra las tablas del suelo.
Pero la violencia de Diego no había terminado. Agarró al marqués por las solapas de su impecable frac, levantándolo parcialmente del suelo y estrellándolo contra la pared revestida de damasco. La fuerza del impacto arrancó el aire de los pulmones del noble.
—Escuchadme bien, y grabad mis palabras en vuestra mente retorcida —siseó Diego, acercando su rostro cicatrizado al del marqués, cuyos ojos brillaban con lágrimas de dolor y humillación—.
Si volvéis a mirar a esta mujer, si volvéis a pronunciar su nombre, si vuestra sombra siquiera roza la suya, no me detendré con una muñeca rota.
Os arrancaré la lengua con la que pronunciáis vuestras vilezas y la enviaré a vuestro padre en una caja de plata. ¿Me habéis entendido?
Edmond, pálido y temblando, asintió con frenesí, el dolor eclipsando su sadismo. Diego lo soltó con desdén, permitiendo que el marqués se deslizara por la pared hasta el suelo, abrazándose la muñeca fracturada.
El capitán envainó su arma con un movimiento preciso y se volvió hacia Amanda.
La furia que había dominado sus facciones se disipó al encontrar la mirada de la joven, siendo reemplazada por una preocupación intensa y una ternura contenida que le suavizó los rasgos endurecidos.
Se acercó a ella, ignorando los gemidos del marqués en el suelo, y le ofreció la mano.
—Habéis sido muy imprudente, Amanda —murmuró él, con la voz ronca por la adrenalina—. Pero habéis sido brillante.
Amanda tomó su mano, sintiendo el calor reconfortante de su piel callosa. Asintió, recuperando el aliento, y sacó el frasco de cristal de entre sus faldas.
—He encontrado lo que buscábamos, capitán —susurró ella, mostrando el recipiente con los residuos químicos—. Formol y mercurio. La secta de París está aquí, en Madrid. Y los Villeneuve son los guardianes de su secreto.
Diego miró el frasco, y una sombra de comprensión cruzó sus ojos grises. Asintió con lentitud, comprendiendo la magnitud de la red en la que se habían adentrado.
—Entonces será mejor que nos marchemos antes de que los esbirros del conde decidan investigar el ruido —sentenció él, tomando el brazo de la joven y guiándola hacia la puerta destrozada—. Manteneos cerca de mí. La noche acaba de empezar, y los monstruos más peligrosos no están en esta habitación.
Juntos, salieron al pasillo, dejando atrás al marqués derrotado y al cadáver del barón.
La música del baile seguía sonando en la planta inferior, ajena a la sangre y a los secretos que se derramaban en las sombras del palacio.
Amanda caminaba junto al capitán, su corazón latiendo con una fuerza descompasada.
No solo por el miedo que acababa de enfrentar, sino por la certeza absoluta de que el hombre que la escoltaba había cruzado una línea invisible por ella.
Y en aquel mundo de traiciones y tinieblas, esa lealtad era el arma más peligrosa y hermosa de todas.