CAPÍTULO 4
Amanda abandonó la librería con el corazón aún desbocado, presionando el tomo prohibido contra su pecho como si aquel volumen pudiera protegerla de la tormenta que se gestaba en su interior.
La tarde había avanzado y el cielo de Madrid se había cubierto de nubarrones plomizos que amenazaban con descargar su ira sobre los tejados de la ciudad.
Las calles, antes bulliciosas, se habían ido vaciando conforme las primeras gotas comenzaban a percutir contra los adoquines, creando un repiqueteo melancólico que resonaba en el silencio del crepúsculo.
Caminaba apresurada, con la capa ajustada al rostro para protegerse del aguacero incipiente, cuando percibió el inconfundible taconeo de unas botas militares siguiéndola a distancia prudente.
No necesitaba volverse para saber quién era.
El capitán Diego de Mendoza la escoltaba como un centinela silencioso, incapaz de desvincularse de aquella mujer que había irrumpido en su existencia con la fuerza de un huracán.
La persecución, sin embargo, no era el motivo de su desasosiego.
Un presentimiento funesto le oprimía el pecho, una sensación visceral que le erizaba la piel y le aceleraba el pulso.
Al doblar la esquina de la calle del León, dos figuras emergieron de la penumbra de un portal, bloqueándole el paso.
Eran hombres de aspecto rudo, con ropas raídas pero con la mirada afilada de los depredadores urbanos.
Sus rostros, ocultos parcialmente por sombreros de ala ancha, reflejaban una crueldad calculada.
Amanda retrocedió instintivamente, pero el eco de más pisadas a su espalda le confirmó que la trampa se había cerrado por completo.
—Doña Amanda de Alcántara y Montijo —pronunció uno de ellos con voz pastosa, saboreando cada sílaba de su nombre completo—. El marqués Edmond os espera con impaciencia. Parece que vuestro prometido está cansado de los juegos de escondite.
La sangre se le heló en las venas. Edmond.
El marqués Villeneuve. Su prometido por designio familiar, el noble sádico cuyas atrocidades solo se susurraban entre las damas de la corte.
¿Cómo habían descubierto sus correrías nocturnas?
¿Quién los había enviado? El pánico amenazó con dominarla, pero la voz de su padre, grabada a fuego en su memoria desde la infancia, le recordó que el miedo era un lujo que no podía permitirse.
Antes de que pudiera articular respuesta, una sombra imponente se interpuso entre ella y los esbirros.
Diego de Mendoza emergió de la cortina de lluvia como un arcángel vengador, desenvainando su espada con un movimiento fluido que arrancó destellos plateados bajo la luz mortecina de los faroles.
Su presencia llenó el espacio, desplazando el aire viciado con la fuerza de su autoridad militar.
—Caballeros —dijo con una calma heladora que resultaba más amenazante que cualquier grito—, creo que habéis confundido a esta dama con otra persona. Os sugiero que os retiréis antes de que la justicia real decida investigar vuestros métodos de persuasión.
Los dos hombres intercambiaron miradas cómplices, evaluando la situación. Eran esbirros contratados, no soldados entrenados, y la cicatriz que surcaba el rostro del capitán les resultaba inconfundible. Uno de ellos escupió al suelo, retrocediendo con lentitud.
—El marqués sabrá de vuestra interferencia, capitán —advirtió el hombre, con una sonrisa torcida que revelaba dientes podridos—. Y sabrá también que la señorita de Alcántara tiene costumbres muy poco apropiadas para una dama de su posición.
Diego dio un paso adelante, acortando la distancia hasta que la punta de su espada rozó la garganta del esbirro. El acero brilló con una promesa de muerte inminente.
—Decidle a vuestro amo que si vuelve a enviar a sus sabuesos tras esta mujer, no responderé de la cortesía de mi acero —sentenció, con una voz que goteaba veneno contenido—. Y ahora, desapareced de mi vista antes de que pierda la paciencia.
Los dos hombres retrocedieron, fundiéndose con las sombras del callejón como ratas que huyen de la luz.
Amanda permaneció inmóvil, con el corazón latiéndole con violencia en el pecho, observando cómo el capitán envainaba la espada con un movimiento preciso y deliberado.
La lluvia caía ahora con más fuerza, empapando sus ropas y pegando los mechones de cabello a sus mejillas.
Diego se volvió hacia ella, y la expresión de su rostro la sobresaltó.
No era la máscara de frialdad militar lo que vio, sino una tormenta de emociones contenidas: ira, alivio, preocupación y algo más profundo, algo que la joven no se atrevió a nombrar.
Sus ojos grises, oscurecidos por la penumbra, la escrutaban con una intensidad que la dejaba sin aliento.
—¿Estáis herida? —preguntó él, con una voz ronca que traicionaba la tensión acumulada.
—No —respondió Amanda, sorprendida por la sinceridad de su propia voz—. Solo asustada. Aunque jamás lo admitiría en voz alta.
Una sonrisa fugaz, casi imperceptible, curvó los labios del capitán.
Fue un gesto breve, apenas un destello de humanidad en su rostro endurecido por la guerra, pero suficiente para desarmarla por completo.
Diego se acercó un paso, invadiendo su espacio personal con la misma naturalidad con la que respiraba.
La lluvia los envolvía en una burbuja íntima, aislándolos del mundo exterior.
—Necesitamos hablar, Amanda —murmuró él, utilizando por primera vez su nombre de pila con una familiaridad que la estremeció—. Y no en medio de la calle, donde cualquier oído indiscreto puede escuchar nuestros secretos. Conozco un lugar seguro cerca de aquí.
Sin esperar respuesta, le ofreció el brazo con un gesto que era mitad invitación, mitad orden.
Amanda dudó un instante, evaluando los riesgos.
Confiar en aquel hombre era peligroso, pero quedarse sola en las calles de Madrid, con los esbirros de Edmond merodeando como lobos hambrientos, era una locura.
Apoyó sus dedos enguantados en el antebrazo firme del capitán, sintiendo la solidez de sus músculos bajo la tela mojada del uniforme.
Caminaron en silencio por las callejuelas adoquinadas, esquivando los charcos que reflejaban la luz amarillenta de los faroles.
Diego la guió hasta una casa de huéspedes discreta, situada en un callejón apartado del bullicio de la Puerta del Sol.
El establecimiento, regentado por una viuda anciana que había sido nodriza del propio capitán durante su infancia, ofrecía habitaciones privadas para aquellos que buscaban discreción.
La mujer los recibió con una sonrisa cómplice, sin hacer preguntas, y los condujo a una salita reservada en la planta superior.
La estancia era pequeña pero acogedora. Una chimenea encendida proyectaba danzas de luz anaranjada sobre las paredes empapeladas, creando un ambiente íntimo que contrastaba violentamente con la frialdad de la noche exterior.
Amanda se acercó al fuego, extendiendo las manos temblorosas hacia las llamas para secar sus ropas empapadas.
Diego permaneció junto a la puerta, observándola con una intensidad que la hacía sentir desnuda, vulnerable, expuesta.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó él finalmente, rompiendo el silencio denso que los envolvía—. ¿Quién es ese marqués que envía esbirros para raptaros en plena calle?
Amanda cerró los ojos un instante, debatiéndose entre la prudencia y la necesidad imperiosa de confiar en alguien.
El peso de su secreto, cargado durante años sobre sus hombros, amenazaba con aplastarla.
Abrió los ojos y se volvió hacia el capitán, encontrando su mirada con una determinación renovada.
—Se llama Edmond Villeneuve, marqués de Mondragón —confesó, con la voz firme a pesar del temblor que le sacudía las manos—.
Es el hijo del conde Henri Villeneuve, un aristócrata francés avecindado en Madrid tras las revueltas de París.
Mi tía ha concertado nuestro matrimonio para saldar las deudas de juego de nuestra familia.
Es un hombre cruel, capitán. Un hombre que disfruta causando dolor a las mujeres que caen en sus redes.
Diego apretó los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos.
La mención del apellido Villeneuve encendió una chispa de reconocimiento en sus ojos, un destello de oscuridad que confirmó las sospechas de la joven.
Los Villeneuve. La familia que él había jurado destruir, la misma que había sembrado la muerte y la destrucción en los campos de batalla franceses.
—Los conozco —murmuró, con una voz grave que vibró en el aire cargado de tensión—. Los conozco demasiado bien.
Amanda lo observó con curiosidad, percibiendo la tormenta de emociones que oscurecía su rostro.
Había algo en su tono, algo en la forma en que pronunciaba aquel apellido, que le indicó que el capitán guardaba secretos tan oscuros como los suyos.
Pero antes de que pudiera preguntarle, Diego dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos hasta que sus cuerpos estuvieron separados apenas por un aliento.
El calor que irradiaba su cuerpo la envolvió como una manta abrasadora.
Amanda alzó el rostro, encontrando sus ojos grises a escasos centímetros de los suyos.
La proximidad era embriagadora, cargada de una electricidad estática que erizaba la piel y aceleraba la respiración.
El aroma a lluvia, a pólvora y a cuero mojado que lo acompañaba invadió sus sentidos, desplazando cualquier otro pensamiento racional.
—Amanda —susurró él, con una voz ronca que sonó más a plegaria que a palabra—. Debéis alejaros de esto. Debéis abandonar la investigación, olvidar los callejones sangrientos y las sectas parisinas. El peligro que os rodea es mayor del que podéis imaginar.
Ella negó con la cabeza, negándose a ceder, negándose a retroceder.
—No puedo —respondió, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Si abandono ahora, Edmond me tendrá en sus garras para siempre. Necesito encontrar pruebas, algo que me permita romper el compromiso. Algo que me dé poder sobre él.
Diego la observó durante un largo instante, debatiéndose entre el deseo de protegerla y la necesidad de mantenerla alejada.
Su mano se elevó lentamente, rozando la mejilla de la joven con una delicadeza que contrastaba violentamente con su aspecto rudo.
Sus dedos, callosos y marcados por el uso de la espada, acariciaron la curva de su mandíbula, trazando el contorno de sus labios con una reverencia casi religiosa.
Amanda contuvo el aliento. El contacto de su piel envió una descarga de puro fuego líquido por su torrente sanguíneo.
Su corazón latía con una violencia descompasada, traicionando la compostura que tanto esfuerzo le costaba mantener.
Quería apartarse, quería huir de la gravedad peligrosa que emanaba de aquel hombre, pero sus músculos se negaban a obedecer.
Los labios del capitán se inclinaron hacia los suyos, acercándose con una lentitud deliberada que la dejó sin aliento.
Amanda entreabrió los labios, invitándolo en silencio, rindiéndose a la atracción magnética que los mantenía cautivos.
Pero en el último instante, cuando sus bocas estaban a punto de encontrarse, Diego se detuvo.
Sus ojos grises buscaron los de ella, y lo que vio en la mirada de la joven lo detuvo en seco: miedo.
No miedo de él, sino miedo de sí misma, miedo de la intensidad de lo que estaba a punto de ocurrir, miedo de perder el control que tanto esfuerzo le costaba mantener.
Retrocedió un paso, rompiendo el hechizo magnético que los mantenía prisioneros. Su mano cayó a un costado, y la máscara de frialdad militar volvió a colocarse en su rostro, ocultando la tormenta de emociones que acababa de asomar a la superficie.
—No puedo ofreceros nada, Amanda —murmuró, con una voz ronca que traicionaba el dolor que le oprimía el pecho—. Soy un hombre marcado por la guerra, un soldado que ha visto demasiada muerte para ofrecer dulzura o ternura. Si os involucráis conmigo, solo encontraréis ruina y dolor.
Amanda lo observó con una mezcla de tristeza y determinación. Enderezó la espalda, recuperando la armadura de altivez que la protegía del mundo.
—No busco dulzura ni ternura, capitán —respondió, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Busco verdad. Y si estáis dispuesto a ofrecérmela, estoy dispuesta a pagar el precio.
Diego la miró durante un largo instante, debatiéndose entre el deseo de protegerla y la necesidad imperiosa de mantenerla alejada. Finalmente, suspiró, un sonido ronco y cansado que pareció envejecerlo de golpe.
—Entonces os advierto, Amanda —sentenció, con una voz grave que resonó en las paredes de la pequeña estancia—.
Los Villeneuve no son simples aristócratas degenerados.
Son una red de serpientes que se extiende por toda Europa.
Y si continuáis por este camino, no podré garantizar vuestra seguridad. Ni la mía.
Amanda asintió, aceptando el desafío con una determinación inquebrantable.
—Entonces lucharemos juntos, capitán —respondió, con una sonrisa triste que iluminó su rostro—. Porque si hay algo que he aprendido en esta vida, es que la soledad es un lujo que no todos podemos permitirnos.
Diego la observó con una intensidad renovada, percibiendo la fuerza que se ocultaba tras la fragilidad aparente de aquella mujer.
Y supo, con absoluta certeza, que estaba perdido.
Que aquella dama de carácter indomable había irrumpido en su existencia como un huracán, arrastrando consigo todas las barreras que había construido a lo largo de los años.
—Entonces lucharemos juntos —repitió, con una voz grave que sonó a promesa y a perdición—. Pero recordad, Amanda: cuando la sangre empiece a manchar nuestras manos, no habrá vuelta atrás.
La lluvia continuaba cayendo fuera, golpeando los cristales de la ventana con una persistencia melancólica.
Pero dentro de la pequeña estancia, junto al fuego crepitante, dos almas atormentadas habían encontrado un refugio temporal, un instante de paz en medio de la tormenta que se avecinaba.
Y aunque ambos sabían que el camino que habían elegido estaba pavimentado con huesos y sombras, también sabían que no estaban solos.
Que, por primera vez en mucho tiempo, tenían a alguien con quien compartir la carga.
Pero eso, en un mundo de traiciones y secretos, era el mayor de los lujos.