CAPÍTULO 3
El aire viciado de la librería anticuaria, situada en el corazón del barrio de las Letras, olía a pergamino consumido, a cuero envejecido y a cera derretida.
Amanda de Alcántara avanzaba entre las altas estanterías de roble, cuyos anaqueles repletos de tomos polvorientos parecían alzarse como murallas de un laberinto intelectual.
La luz mortecina de la tarde se filtraba tímidamente por los cristales empañados, proyectando formas alargadas y danzantes sobre el suelo de madera crujiente.
Cada paso que daba la joven resonaba en el silencio sepulcral del establecimiento, acompañada únicamente por el taconeo rítmico de sus botas y el latido descompasado de su propio corazón.
Madrid, en aquel año de mil ochocientos cincuenta y cuatro, era una ciudad de contrastes abismales.
Mientras la aristocracia se deleitaba en los bailes de palacio y las tertulias iluminadas por candelabros de cristal, los bajos fondos se pudrían en la miseria y la desesperación.
La librería, regentada por un anciano casi ciego que prefería la compañía de los libros a la de las personas, era un refugio para aquellos que buscaban conocimientos vedados por la Iglesia y la Corona.
Sus dedos, finos y manchados de tinta, acariciaban los lomos de los volúmenes con una reverencia casi religiosa.
Buscaba un texto específico, una reliquia prohibida que había mencionado en sus estudios clandestinos sobre las sociedades secretas que alguna vez infestaron los suburbios de París.
La masacre del callejón, con sus incisiones geométricas y la extracción meticulosa del órgano vital, no era obra de un criminal común.
Aquella firma macabra pertenecía a una hermandad extinta, un culto de sombras que creía purificar el alma mediante la disección ritual.
Los tratados de medicina que había devorado en la soledad de su alcoba le habían enseñado que el cuerpo humano era un mapa, y el asesino estaba leyendo las coordenadas de un territorio prohibido.
Finalmente, sus manos se detuvieron sobre un ejemplar encuadernado en piel de becerro negra, cuyos bordes estaban desgastados por el paso de las décadas.
Lo extrajo con cuidado, sintiendo el peso de su contenido, y se refugió en un rincón apartado, donde la penumbra ofrecía un cobijo discreto.
Al abrir el tomo, el crujido de las páginas amarillentas rompió la quietud.
Sus ojos verdes, agudos y analíticos, recorrieron las ilustraciones en grabado que detallaban las anatomías humanas y los símbolos esotéricos.
Allí estaba. El diagrama correspondiente al tercer grado de iniciación mostraba exactamente la misma disposición de cortes que el asesino había practicado en el cadáver de la noche anterior.
La confraternidad de la Llama Negra, un grupo de aristócratas degenerados que operaba en los sótanos de la capital francesa antes de ser erradicada por la guillotina.
Amanda sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.
Si aquellos rituales habían cruzado los Pirineos, significaba que la bestia no actuaba sola.
Había una red, una estructura oculta bajo el empedrado de Madrid, y ella estaba sola frente a ella.
El tintineo agudo de la campanilla de latón, situada sobre la puerta de entrada, la sobresaltó.
Amanda cerró el libro de golpe, presionándolo contra su pecho como si pudiera ocultar su hallazgo.
Los pasos que resonaron en el umbral no pertenecían a un erudito distraído ni a un estudiante necesitado.
Eran pisadas pesadas, autoritarias, que marcaban el suelo con la certeza de quien está acostumbrado a imponer su voluntad.
Diego de Mendoza cruzó el umbral, llenando el reducido espacio con su imponente presencia.
Su uniforme militar, oscuro y austero, contrastaba violentamente con la fragilidad de los libros que lo rodeaban.
El aroma a lluvia, a pólvora y a cuero mojado que lo acompañaba invadió el ambiente, desplazando el olor a polvo y vainilla.
Sus ojos grises, fríos y penetrantes, barrieron el local con la eficiencia de un depredador buscando a su presa, hasta que se clavaron en la figura esbelta que se ocultaba en el pasillo posterior.
El capitán no pronunció palabra. Caminó directamente hacia ella, acortando la distancia con una determinación implacable.
Amanda retrocedió instintivamente, pero su espalda chocó contra la madera dura de la estantería.
No había escapatoria. Diego se detuvo a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio vital, obligándola a alzar el rostro para sostener su mirada tormentosa.
La proximidad era asfixiante, cargada de una electricidad estática que erizaba la piel y aceleraba la respiración.
—Os he buscado por cada rincón de esta ciudad, señora —murmuró él, con una voz grave que vibró en el pecho de la joven y resonó en las paredes de madera—.
Pensé que la prudencia os mantendría alejada de los callejones sangrientos, pero veo que vuestra curiosidad es tan temeraria como vuestra belleza.
Amanda apretó los labios, negándose a mostrar el temblor que amenazaba con delatarla. Apoyó las manos en el libro que aún sostenía, usando el volumen como un escudo frágil ante la armadura emocional del militar.
—La prudencia es un lujo que no todos podemos permitirnos, capitán —respondió ella, manteniendo el tono firme, aunque su voz sonó ligeramente más ronca de lo habitual—. Hay deberes que trascienden las convenciones sociales y las advertencias de los hombres de uniforme.
Diego apoyó una mano en la estantería, justo al lado de la cabeza de la dama, acorralándola por completo.
Su rostro estaba tan cerca que Amanda podía contar las pequeñas marcas de viruela y la textura áspera de la cicatriz que le surcaba la mandíbula.
El calor que irradiaba su cuerpo era un contraste abrasador con el frío húmedo que se había instalado en los huesos de la joven.
—No me habléis de deberes —replicó él, con un destello de ira contenida en la mirada—. Vuestro deber debería ser proteger vuestra inocencia, no merodear por los escenarios del crimen como un buitre carroñero. ¿Qué sabéis de esas heridas? ¿Quién os envió?
La mención de su propia inocencia le arrancó una sonrisa amarga.
La inocencia era un concepto que había perdido hacía años, cuando descubrió que su título ducal era una cáscara vacía y que su tía la consideraba poco más que una mercancía para saldar las deudas de juego.
El matrimonio con el marqués Edmond, un hombre cuyas crueldades solo se susurraban en los pasillos de los teatros, pendía sobre su cabeza como la hoja de una guillotina.
Por eso investigaba, por eso arriesgaba su vida en los callejones.
Necesitaba encontrar algo, un secreto, una palanca que le permitiera mover el mundo y escapar de su propio destino.
—Nadie me envía. Soy dueña de mis propios pasos y de mi propio intelecto —devolvió ella el golpe, alzando la barbilla con altivez—.
Y lo que sé es que el asesino no es un simple ratero.
Las incisiones siguen un patrón litúrgico.
Es la firma de una secta parisina que se creía extinta.
Si vuestros hombres siguen buscando a un ladrón de caminos, encontraréis más cadáveres antes de que la luna vuelva a llenarse.
El silencio que siguió a sus palabras fue denso, casi palpable.
Diego la escrutó con una intensidad renovada, evaluando la veracidad de sus afirmaciones.
La mención de la secta parisina encendió una chispa de reconocimiento en sus ojos, un destello de oscuridad que confirmó las sospechas del militar.
Él también había visto aquellos símbolos en sus pesadillas, en los campos de batalla donde la locura y el fanatismo se entrelazaban.
—Conocéis demasiado para ser una simple dama de la alta sociedad —susurró él, bajando la voz hasta convertirla en un secreto íntimo que solo ellos dos compartían.
Su mano libre se elevó lentamente, rozando la tela de su capa antes de atreverse a tocar la piel desnuda de su cuello.
Sus dedos, callosos y marcados por el uso de la espada, acariciaron la curva de su mandíbula con una delicadeza que contrastaba violentamente con su aspecto rudo.
Amanda contuvo el aliento. El contacto de su piel envió una descarga de puro fuego líquido por su torrente sanguíneo.
Su corazón latía con una violencia descompasada, traicionando la compostura que tanto esfuerzo le costaba mantener.
Quería apartarse, quería huir de la gravedad peligrosa que emanaba de aquel hombre, pero sus músculos se negaban a obedecer.
—Y vos sabéis demasiado para fingir que solo os importa acordonar las calles —replicó ella, clavando sus ojos verdes en los grises del oficial—. ¿Qué os atormenta, capitán? ¿Qué fantasmas de París os persiguen hasta los callejones de Madrid?
La pregunta lo golpeó como un latigazo. Diego retiró la mano bruscamente, como si hubiera sido quemado, y dio un paso atrás.
La máscara de frialdad militar volvió a colocarse en su rostro, ocultando la tormenta de emociones que acababa de asomar a la superficie.
Sin embargo, el daño estaba hecho. La intimidad del momento había roto una barrera invisible, dejando al descubierto una vulnerabilidad que ambos temían reconocer.
—Mi pasado no es de vuestra incumbencia, señora —sentenció él, con un tono que no admitía réplica—.
Pero os advierto que el camino que habéis elegido está pavimentado con huesos y sombras.
Si continuáis jugando a ser detective, no podré garantizar vuestra seguridad la próxima vez que nos encontremos.
—No necesito que un soldado me garantice nada —respondió Amanda, enderezando la espalda y recuperando su armadura de altivez—. Solo necesito que os apartéis de mi camino.
Diego la miró durante un largo instante, debatiéndose entre el deseo de arrestarla por obstrucción a la justicia y la necesidad imperiosa de protegerla de los monstruos que él sabía que acechaban en la oscuridad. Finalmente, suspiró, un sonido ronco y cansado que pareció envejecerlo de golpe.
—Decidme vuestro nombre —exigió, aunque la súplica estaba teñida de una autoridad inquebrantable—. Si vais a caminar por el filo de la navaja, al menos quiero saber a quién debo buscar cuando la sangre empiece a manchar las aceras.
Amanda dudó. Darle su nombre real era entregarle las llaves de su ruina. Su familia, las deudas, el matrimonio concertado con un noble sádico, todo eso la convertiría en un blanco fácil. Pero mirar a los ojos al capitán y mentirle parecía un pecado imperdonable.
—Amanda —respondió finalmente, omitiendo los apellidos que la encadenaban a un destino funesto—. Mi nombre es Amanda. Y os sugiero que recordéis bien el sonido de esas sílabas, capitán, porque será lo único que os quede cuando la verdad salga a la luz.
Diego repitió el nombre en su mente, saboreando la musicalidad de aquellas dos sílabas que sonaban a promesa y a perdición. Amanda. Un nombre que grabaría a fuego en su memoria, junto con el aroma a jazmín y la imagen de sus ojos verdes desafiando a la muerte.
—Recordadlo bien vos, Amanda —murmuró él, dando media vuelta y caminando hacia la salida—. La próxima vez que nos veamos, no seré tan indulgente.
La campanilla volvió a tintinear, anunciando su partida.
Amanda permaneció inmóvil contra la estantería, escuchando cómo sus pisadas se alejaban por la calle empedrada.
Solo entonces permitió que sus rodillas flaquearan, apoyando la frente contra el lomo frío del libro.
Estaba metida en una telaraña de la que no sabía cómo salir, y lo peor de todo era que el capitán Diego de Mendoza era la araña más peligrosa de todas.