CAPÍTULO 2
La madrugada se arrastraba perezosa sobre los tejados de Madrid, tiñendo el cielo con tonalidades de ceniza y violeta.
Amanda caminaba apresurada por las callejuelas empedradas, esquivando los charcos que reflejaban los primeros destellos del alba.
Su corazón aún palpitaba con la violencia de un tambor de guerra, y no por el miedo, sino por la intensidad abrasadora de aquel encuentro fortuito.
Cada paso resonaba en su mente como un eco del tono grave y autoritario del capitán, cada respiración llevaba consigo el recuerdo de su cercanía, del calor que irradiaba su cuerpo a través del uniforme, de la electricidad que había saltado entre ellos cuando sus dedos rozaron su mejilla.
Se detuvo en seco al doblar una esquina, apoyando la espalda contra la pared fría de un edificio antiguo.
Cerró los ojos, intentando calmar la tormenta que rugía en su interior.
Aquel hombre, con su cicatriz y su mirada tormentosa, había despertado en ella sensaciones que creía enterradas bajo capas de deber y responsabilidad.
No podía permitirse el lujo de la distracción, no cuando los secretos de su familia pendían de un hilo y cuando los crímenes que investigaba exigían toda su atención.
Sin embargo, la imagen del capitán Diego de Mendoza se negaba a abandonarla, persiguiéndola como un espectro persistente.
Mientras tanto, en el callejón donde yacía el cadáver mutilado, Diego permanecía inmóvil, observando cómo sus hombres retiraban el cuerpo bajo la luz grisácea del amanecer.
Su mente, habitualmente disciplinada y enfocada, daba vueltas en círculos viciosos alrededor de la mujer que había desafiado su autoridad.
El recuerdo de sus ojos verdes, brillantes con una inteligencia afilada y una determinación inquebrantable, lo perseguía con la misma intensidad que los fantasmas de sus batallas pasadas.
Se pasó una mano por el rostro, sintiendo la textura áspera de la cicatriz bajo sus dedos, y maldijo en voz baja.
—Capitán —la voz del sargento Ruiz lo sacó de sus pensamientos—. El médico forense ha llegado. Confirma sus observaciones. El corazón fue extraído con precisión quirúrgica. No hay señales de forcejeo en las manos de la víctima. Conocía a su asesino.
Diego asintió, apartando momentáneamente la imagen de la mujer misteriosa para centrarse en el caso.
La mención de la precisión quirúrgica lo llevó de vuelta a las palabras de ella, a su análisis certero sobre la ausencia de livideces.
Una mujer con conocimientos anatómicos, capaz de moverse con sigilo por los callejones más oscuros de Madrid, desafiando las convenciones sociales y las leyes que protegían a su sexo.
¿Quién era? Y lo más importante, ¿por qué sentía que ella estaba conectada con los crímenes que lo habían llevado a Madrid desde los campos de batalla?
—Quiero un informe completo en mi despacho antes del mediodía —ordenó con voz firme, recuperando su compostura militar—.
Y envíen a dos hombres a registrar las librerías y boticas del barrio de las Letras.
Busquen a alguien que haya comprado recientemente tratados de anatomía o instrumentos quirúrgicos.
El sargento asintió y se alejó rápidamente, dejando a Diego solo con sus pensamientos.
El capitán caminó lentamente hacia su cuartel, su mente trabajando a toda velocidad.
La mujer del callejón no era una simple curiosidad, era una pieza clave en un rompecabezas que amenazaba con desestabilizar la frágil paz de la corte.
Y él, a pesar de sus reservas y su deseo de mantenerla alejada, sabía que tendría que encontrarla. Pronto.
Amanda llegó a su residencia familiar justo cuando los primeros rayos del sol comenzaban a filtrarse por las ventanas.
Se deslizó silenciosamente por la puerta trasera, evitando el encuentro con los criados que ya comenzaban sus tareas matutinas.
Subió las escaleras de madera con cuidado, evitando los tablones que crujían, y se encerró en su habitación.
Se dejó caer sobre la cama, aún vestida con la ropa húmeda y manchada de barro, y cerró los ojos.
Su mente, sin embargo, no encontraba descanso.
Las imágenes del cadáver se mezclaban con las del capitán, creando una amalgama de horror y deseo que la dejaba exhausta y confundida.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón.
No podía seguir así, no podía permitirse que las emociones la dominaran cuando había tanto en juego.
Se incorporó con determinación y caminó hacia su escritorio, donde la esperaban pilas de libros y documentos.
Abrió uno de los tomos más antiguos, un tratado de anatomía prohibido que había conseguido contrabandear de Francia.
Sus dedos recorrieron las páginas amarillentas con familiaridad, buscando las ilustraciones que había visto en el cadáver.
Los cortes no eran aleatorios, seguían un patrón específico, una geometría sagrada que había estudiado en sus investigaciones sobre las sectas parisinas.
Pero ¿por qué en Madrid? ¿Qué conexión había entre los crímenes de la capital española y los rituales olvidados de la capital francesa?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un golpe suave en la puerta. Amanda cerró rápidamente el libro y lo ocultó bajo un montón de papeles antes de responder.
—Adelante —dijo, componiendo su expresión en una máscara de serenidad.
La puerta se abrió lentamente, revelando a su doncella, María, una mujer de mediana edad con ojos amables y preocupados.
—Señorita, su tía la espera para el desayuno. Y... —María dudó, mirando la ropa manchada de Amanda con evidente desaprobación—. Parece que ha tenido una noche agitada.
Amanda sonrió débilmente, agradeciendo la lealtad de su doncella a pesar de su desaprobación.
—Una caminata nocturna, María. Necesito despejar la mente. No te preocupes por mí.
María asintió, aunque sus ojos delataban su preocupación.
—Como desee, señorita. Pero tenga cuidado. Madrid no es lo que era, y hay rumores de crímenes terribles en los callejones.
Amanda asintió, sintiendo una punzada de culpa por ocultar la verdad a la única persona que se preocupaba genuinamente por ella.
—Lo tendré en cuenta, María. Gracias.
Cuando la doncella se retiró, Amanda se dirigió al armario para cambiarse.
Sus manos temblaban ligeramente mientras desabrochaba los botones de su vestido húmedo, revelando la piel pálida marcada por los esfuerzos de la noche.
Se detuvo un momento, mirándose en el espejo.
Sus ojos verdes la observaban con una mezcla de determinación y miedo.
No podía seguir jugando a ser una dama de la alta sociedad mientras los crímenes se multiplicaban y el capitán de Mendoza la buscaba. Tenía que tomar una decisión, y pronto.
Mientras tanto, en el cuartel militar, Diego se encontraba en su despacho, revisando los informes de la noche anterior.
Su mente, sin embargo, seguía obsesionada con la mujer del callejón.
Había enviado a sus hombres a buscarla, pero sabía que no sería fácil encontrarla.
Era inteligente, astuta y conocía los callejones de Madrid tan bien como él.
Y algo en su actitud, en su desafío abierto, le decía que no era una simple curiosidad, sino alguien con secretos oscuros y peligrosos.
Se pasó una mano por el rostro, sintiendo la textura áspera de la cicatriz bajo sus dedos.
No podía permitirse el lujo de la distracción, no cuando los crímenes se multiplicaban y la seguridad de la corte estaba en juego.
Sin embargo, la imagen de la mujer, con sus ojos verdes brillantes y su determinación inquebrantable, lo perseguía con la misma intensidad que los fantasmas de sus batallas pasadas.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Adelante —dijo, componiendo su expresión en una máscara de indiferencia.
La puerta se abrió, revelando a uno de sus hombres más leales, el teniente Morales.
—Capitán, hemos encontrado algo interesante en la librería del señor Pérez. Alguien compró recientemente un tratado de anatomía francesa, el mismo que usted mencionó en su informe.
Diego se incorporó, sus ojos brillando con interés.
—¿Quién?
—El propietario no recuerda el nombre, pero describe a una mujer joven, de buena posición, que pagó en efectivo y se llevó el libro sin hacer preguntas.
Diego asintió, sintiendo una punzada de emoción. Era ella, tenía que serlo. Una mujer con conocimientos anatómicos, capaz de moverse con sigilo por los callejones más oscuros de Madrid, desafiando las convenciones sociales y las leyes que protegían a su sexo.
—Quiero que vigilen la librería. Si vuelve, sigan a esa mujer. Pero no la confronten. Quiero saber quién es y qué busca.
El teniente asintió y se retiró rápidamente, dejando a Diego solo con sus pensamientos.
El capitán caminó hacia la ventana, mirando la ciudad que se despertaba lentamente bajo la luz grisácea del amanecer.
Sabía que la búsqueda de la mujer misteriosa lo llevaría por caminos peligrosos, pero no podía detenerse.
No cuando ella era la clave para resolver los crímenes que lo habían llevado a Madrid.
Y no cuando, a pesar de sus reservas, sentía una atracción inexplicable hacia ella, una atracción que amenazaba con destruir todas las barreras que había construido a lo largo de los años.
Amanda, por su parte, había terminado de vestirse y bajaba las escaleras para unirse a su tía en el desayuno.
Su mente, sin embargo, seguía dando vueltas alrededor del capitán y de los crímenes que investigaba.
Sabía que no podía seguir jugando a ser una dama de la alta sociedad mientras los cuerpos se apilaban en los callejones de Madrid. Tenía que tomar una decisión, y pronto.
Cuando entró en el comedor, su tía, Doña Catalina de Alcántara, la miró con ojos preocupados.
—Amanda, querida, pareces agotada. ¿Dormiste bien?
Amanda sonrió débilmente, tomando asiento en la mesa.
—Sí, tía. Solo tuve una noche inquieta. Los sueños a veces son difíciles de olvidar.
Doña Catalina asintió, aunque sus ojos delataban su preocupación.
—Deberías descansar más, querida. La salud es lo más importante. Y no olvides que pronto deberás asistir al baile de los Villeneuve. Es una oportunidad excelente para encontrar un buen partido.
Amanda sintió una punzada de irritación ante la mención del baile. Sabía que su tía solo pensaba en el dinero y en la posición social, no en su felicidad. Pero no podía permitirse el lujo de la rebeldía, no cuando los secretos de su familia pendían de un hilo.
—Lo tendré en cuenta, tía —respondió con voz neutra, tomando una tostada del plato que María había colocado frente a ella.
El desayuno transcurrió en un silencio tenso, roto solo por el tintineo de la cubertería y el ocasional comentario de Doña Catalina sobre los preparativos del baile.
Amanda escuchaba a medias, su mente dando vueltas alrededor del capitán y de los crímenes que investigaba.
Sabía que no podía seguir ignorando la situación, no cuando los cuerpos se apilaban en los callejones de Madrid y cuando el capitán de Mendoza la buscaba.
Cuando terminó el desayuno, se retiró a su habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Se dejó caer sobre la cama, cerrando los ojos y dejando que los pensamientos fluyeran libremente.
Sabía que tenía que tomar una decisión, y pronto.
No podía seguir jugando a ser una dama de la alta sociedad mientras los crímenes se multiplicaban.
Tenía que actuar, y tenía que hacerlo pronto.
Mientras tanto, en el cuartel militar, Diego recibía el informe de sus hombres.
Habían encontrado a la mujer que buscaban, o al menos, a alguien que encajaba con la descripción.
Era una dama de buena posición, que había comprado un tratado de anatomía francesa en la librería del señor Pérez.
Diego sintió una punzada de emoción, mezclada con preocupación.
Sabía que la búsqueda de la mujer misteriosa lo llevaría por caminos peligrosos, pero no podía detenerse.
No cuando ella era la clave para resolver los crímenes que lo habían llevado a Madrid.
No cuando, a pesar de sus reservas, sentía una atracción inexplicable hacia ella, una atracción que amenazaba con destruir todas las barreras que había construido a lo largo de los años.
La ciudad de Madrid despertaba lentamente bajo la luz grisácea del amanecer, ignorante de los secretos que se ocultaban en sus callejuelas y de los peligros que acechaban en sus sombras.
Amanda y Diego, separados por las convenciones sociales y los deberes que los ataban, se encontraban en un juego peligroso de gato y ratón, un juego que amenazaba con destruir todo lo que conocían y con revelar secretos que habían permanecido ocultos durante años.
Pero en el centro de todo, los crímenes, los cuerpos mutilados y los rituales olvidados de una secta parisina que parecía haber resucitado en el corazón de Madrid. Un juego peligroso que solo podía terminar en tragedia, o en redención.
El tiempo corría, y los secretos comenzaban a revelarse.
Amanda y Diego se encontraban en el centro de una tormenta perfecta, una tormenta que amenazaba con destruir todo lo que conocían y con revelar verdades que habían permanecido ocultas durante años.
Y en el centro de todo, el amor, un amor prohibido y peligroso que amenazaba con consumirlos a ambos, dejándolos desnudos y vulnerables ante los peligros que acechaban en las sombras.
La ciudad de Madrid, con sus callejuelas estrechas y sus palacios imponentes, se convertía en el escenario de un juego peligroso, un juego de gato y ratón que solo podía terminar en tragedia, o en redención.
Y en el centro de todo, Amanda y Diego, dos almas atormentadas que se encontraban en el centro de una tormenta perfecta, una tormenta que amenazaba con destruir todo lo que conocían y con revelar verdades que habían permanecido oculto