Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846
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CAPÍTULO 1
La bruma nocturna y amarillenta se adueñaba de las estrechas callejuelas del Madrid de mil ochocientos cincuenta y cuatro, envolviendo los adoquines en un sudario húmedo y asfixiante.
El olor a cobre, a vísceras expuestas y a piedra mojada impregnaba el aire viciado del callejón sin salida.
Los faroles de gas, agonizantes y mortecinos, proyectaban sombras alargadas y danzantes sobre los muros de ladrillo, iluminando con macabra claridad el espantoso lienzo que yacía sobre el empedrado resbaladizo.
Un cadáver, despojado de su humanidad y reducido a un amasijo de carne y lino desgarrado, descansaba bajo la atenta y silenciosa mirada de la luna.
Oculta tras los voluminosos pliegues de un capote de lana oscura, Doña Amanda de Alcántara contenía la respiración.
Sus pupilas, dilatadas por la adrenalina y la curiosidad mórbida, analizaban cada detalle de la escena con la precisión de un cirujano.
No había retrocedido ante la visión de las costillas expuestas ni ante la extraña simetría de los cortes que surcaban el torso del difunto.
Su mente, afilada como un bisturí, descartaba el pánico para dar paso a la deducción lógica.
Aquellas incisiones no eran obra de un ratero torpe ni de un animal salvaje; respondían a una geometría estudiada, a un conocimiento anatómico que helaba la sangre.
El silencio sepulcral de la noche fue roto por el repiqueteo rítmico de las botas militares contra la piedra.
Un destacamento de la guardia real, encabezado por una figura imponente que parecía esculpir la oscuridad a su paso, irrumpió en el recinto.
El Capitán Diego de Mendoza y Rojas avanzaba con la pesadez de quien carga con los fantasmas de mil batallas perdidas.
Su rostro, surcado por una cicatriz que le cruzaba la mandíbula hasta el cuello, reflejaba una dureza inquebrantable, aunque sus ojos grises, fríos como el acero toledano, delataban un tormento interno insondable.
Diego se detuvo ante el cuerpo, apretando los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos.
El hedor a muerte violenta le transportó instantáneamente a los barrizales de la primera guerra carlista, a los gritos de los inocentes que no pudo salvar.
Sacudió la cabeza, expulsando los recuerdos con la ferocidad de un lobo herido, y se centró en el deber.
Ordenó a sus hombres que acordonaran la zona con voces roncas y autoritarias, desplegando una presencia física que ocupaba todo el espacio disponible, ruda, dominante y absolutamente letal.
Fue entonces cuando el destello de un botón de nácar, oculto entre los pliegues del capote, captó su atención periférica.
El militar giró sobre sus talones, desenvainando su espada con un movimiento fluido y amenazador.
Sus pasos, pesados pero sigilosos, acortaron la distancia hasta el rincón donde la intrusa permanecía agazapada.
Con un tirón brusco, despojó a la figura de su cobertura, revelando a una dama de elegancia indiscutible, cuyo cabello castaño caía en mechones rebeldes sobre unos hombros que temblaban, no de miedo, sino de indignación contenida.
—Apártese de ahí, señora. Este lugar de perdición no es para ojos delicados ni para mentes frágiles —exigió el capitán con voz grave, un retumbo profundo que vibró en el pecho de Amanda y erizó la piel de su nuca.
Amanda enderezó la espalda, ignorando la hoja acerada que aún brillaba en la mano del desconocido.
Sus ojos, de un verde esmeralda intenso, se clavaron en los del militar con una mezcla de desafío y desdén.
No iba a permitir que un soldado arrogante la subestimara por el mero hecho de llevar faldas y encajes.
Respiró hondo, llenando sus pulmones del aire fétido, y respondió con una altivez que cortaba como el cristal.
—Mis ojos son tan capaces de soportar la macabridad como los suyos, capitán, y mi mente está lejos de ser frágil. De hecho, acabo de percatarme de un detalle que su inspección superficial ha omitido por completo —replicó ella, señalando con un dedo enguantado hacia el cuello de la víctima.
Diego entrecerró los párpados, sorprendido por la audacia de aquella mujer.
Bajó la espada una fracción, aunque mantuvo la guardia alta.
Se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal, hasta que el calor de su cuerpo irradió a través de la tela mojada.
El aroma a jazmín y a lluvia que emanaba de ella chocó violentamente con el hedor a sangre, creando un contraste embriagador que descolocó al guerrero por un instante fugaz.
—¿Insinuáis que un oficial del Rey, veterano de cien escaramuzas, ha pasado por alto una pista en su propio territorio?
—inquirió él, con un tono que oscilaba entre la incredulidad y una ira mal contenida.
Su rostro estaba tan cerca que Amanda pudo contar las pestañas que enmarcaban su mirada tormentosa.
—Insinúo que la prisa por acordonar la zona les ha hecho ignorar la ausencia de livideces en las extremidades inferiores del occiso.
El corazón fue extraído antes de que la sangre tuviera tiempo de coagularse en los capilares de las piernas.
El asesino posee un conocimiento quirúrgico y actuó con una frialdad que sus hombres, perdóneme la franqueza, no sabrían replicar —explicó Amanda, manteniendo la voz firme, aunque su corazón latía con una violencia descompasada al sentir la respiración del militar rozando su frente.
El silencio que siguió a sus palabras fue denso, cargado de una electricidad estática que parecía erizar los vellos de sus brazos.
Diego la observó con una intensidad nueva, una mezcla de sospecha, respeto y una atracción primitiva que le revolvió las entrañas.
Nadie en la corte se atrevería a hablarle con tal descaro, y mucho menos a corregir su juicio profesional.
Aquella mujer era un enigma envuelto en seda, un peligro con rostro de ángel rebelde.
—Vuestro nombre, ahora mismo. Y no intentéis mentirme, porque descubriré la verdad antes de que el sol amanezca —ordenó él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco que sonó más a caricia amenazante que a mandato militar.
Su mano libre se elevó, rozando apenas la mejilla de Amanda para apartar un mechón de cabello húmedo.
El contacto de sus callosas yemas contra la piel suave de la dama envió una descarga de puro fuego líquido por la columna vertebral de ambos.
—Soy alguien que prefiere mantener su identidad en las sombras, tanto como vos preferís esconder vuestras pesadillas detrás de ese uniforme inmaculado —devolvió ella el golpe, con una dulzura venenosa que arrancó una mueca de dolor y fascinación al capitán.
Amanda dio un paso atrás, rompiendo el hechizo magnético que los mantenía cautivos, y se ajustó el capote con movimientos rápidos y nerviosos.
Antes de que Diego pudiera reaccionar o dar la orden de detenerla, un estruendo de cascotes cayendo desde los tejados vecinos rompió la quietud.
El instinto de supervivencia del militar se activó de inmediato.
Soltó una maldición en voz baja, girándose hacia la oscuridad del callejón con la espada en alto, gritando órdenes a sus subordinados para que registraran las alturas.
Aprovechando la distracción, Amanda se dio la vuelta y corrió hacia la salida, sus botas de tacón bajo repiqueteando contra el barro, desapareciendo en la niebla espesa como un espectro esquivo.
Diego permaneció inmóvil un segundo más, con la mirada perdida en el punto donde la figura esbelta había desaparecido.
El latido de su corazón, acelerado por la adrenalina del combate, ahora pulsaba con un ritmo distinto, más profundo y perturbador.
Se llevó la mano al pecho, sintiendo bajo el grueso paño de la casaca el eco de un sentimiento que creía muerto hace años.
Sabía que aquella mujer le traería la ruina, pero mientras inhalaba el rastro de jazmín que ella había dejado suspendido en el aire gélido, supo con absoluta certeza que la perseguiría hasta los confines del infierno.