Entre dos Vidas (Hermanas Straton) Isobel. #2
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Isobel. #2

Isobel se mantuvo en silencio, procesando el plan. Su mente trabajaba a toda velocidad, buscando una forma de desenmascarar a Marion sin ser ella quien la acusara directamente. Porque sabía perfectamente que Marion no dudaría en deshacerse de ella también si comenzaba a verla como una amenaza.

—¿Cuándo debo partir? —preguntó finalmente, ocultando el leve temblor de sus manos.

—Cuando estés preparada. Pero no quiero retrasos. Si fallas en esto, Isobel, asegúrate de no volver nunca. Porque si llegas aquí sin Aisla, serás la primera cabeza que ruede para calmar mi ira.

∞∞∞

Diez días después, Isobel descendió finalmente de la pequeña embarcación que acababa de atracar en el puerto de Skye.

El viento frío del invierno golpeó su rostro, haciéndola ajustar mejor la gruesa capa de lana alrededor de sus hombros. Luego observó el lugar en silencio mientras fruncía el ceño.

Era mucho más pequeño de lo que había imaginado. Había esperado encontrar algo más parecido a los puertos comerciales del continente, pero Skye era más sencilla y tranquila.

Con un leve suspiro, sujetó con fuerza la correa de la bolsa de viaje que llevaba colgada del hombro. No había traído demasiadas cosas con ella. Apenas algunos vestidos, ropa de abrigo, artículos personales y el dinero suficiente para mantenerse durante algunas semanas.

Lo importante de ese viaje era descubrir si su hermana estaba verdaderamente viva.

Verificar si Marion decía la verdad, aunque en el fondo sabía que su tía no planearía algo así a la ligera, involucrando a una persona que todos consideraban muerta.

Pero hasta que sus propios ojos no vieran a Aisla, no se permitiría sentir esperanza.

Caminó hasta alejarse del muelle, llegando a la zona comercial del puerto.

Casi todos los puestos estaban cerrados, pero había un gran movimiento de hombres trasladando barriles, troncos y lonas de un lado a otro.

Continuó avanzando mientras observaba el ir y venir de la gente, descubriendo que lo que organizaban era algún tipo de celebración.

Mientras caminaba, notó cómo varias miradas se posaban sobre ella con curiosidad. Finalmente, detuvo a un grupo de mujeres que caminaban en dirección contraria.

—Disculpen —dijo con amabilidad—. ¿Conocen a una mujer llamada... Aisla? Es alta, con cabello castaño y ojos...

—Sí, es la que tiene un puesto de pan en el puerto —la interrumpió una de las mujeres con una ligera sonrisa. Llevaba una cesta llena de manzanas apoyada contra la cadera.

Isobel sintió cómo su corazón daba un vuelco y sus manos comenzaban a sudar dentro de los guantes.

—¿Saben... dónde puedo encontrarla? —preguntó con la voz ligeramente temblorosa, obligándose a no ilusionarse todavía. Podía tratarse de cualquier mujer llamada Aisla.

—Acabamos de verla en la explanada que están preparando para la fiesta —respondió otra de las mujeres—. Queda apenas a unos minutos siguiendo este camino principal, justo detrás de la taberna de piedra. No tiene pérdida. Hoy todo el pueblo está allí colaborando.

Isobel les dio las gracias y siguió la dirección que le habían indicado.

Cuando dobló la esquina de la taberna, vio una gran estructura de madera a medio montar.

Se detuvo en seco e instintivamente se ocultó parcialmente tras una de las paredes de piedra de la taberna.

Desde allí recorrió con la mirada el movimiento de personas, buscando la figura de su hermana.

En su mente seguía siendo la misma mujer alta, esbelta y de cabello castaño que recordaba.

Ajustó mejor su capa y comprobó que nadie estuviera observándola. Luego volvió a buscar entre la multitud, hasta que finalmente la vio. Permanecía de espaldas, en compañía de un hombre que estaba muy cerca de ella y le sonreía con cariño.

Isobel ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos. Quería asegurarse de que era ella, pero desde esa posición no podía verle el rostro. Permaneció observándola durante varios segundos. Luego vio cómo se despedía del hombre y comenzaba a alejarse.

Isobel apretó la correa de su bolsa y, con sigilo, comenzó a seguirla.

Observó cómo varias personas la saludaban por el camino. Si esa mujer era realmente su hermana, quería entender cómo lograba ganarse el cariño y el respeto de todo un pueblo.

La siguió hasta una pequeña casa de piedra. Esperó unos segundos para acercarse. Y antes de tocar suavemente la puerta, tomó una profunda bocanada de aire que no logró expulsar al ver que quien abrió la puerta era Aisla.

∞∞∞

Enero, 1829.

Hacía poco menos de dos semanas que Isobel y Aisla habían llegado a Agrill.

Como había previsto, su hermana fue aceptada como un milagro de resurrección.

Ya no le molestaba como antes que Aisla fuera el centro de atención; con los años, había aprendido a convivir y moverse en las sombras, importándole menos la gente a su alrededor.

Esa mañana, mientras tomaba su desayuno en la tranquilidad del gran salón, pensaba en Marion y en cómo acusarla sin ser ella exactamente quien lo hiciera.

Podía hacerlo y ganarse el respeto de todos, pero también corría el riesgo de ser señalada como cómplice debido a que no tenía una buena reputación, así que lo mejor sería alejarse completamente de todo públicamente.

Cuando terminó su desayuno, vio entrar a Marion con una bandeja llena de cuencos de avena recién hechos. La vio colocarlos en las mesas para que se fueran sirviendo quienes llegaban a tomar el desayuno. Cuando Marion llegó hasta ella, no la miró, pero Isobel no le quitó los ojos de encima.

—¿Cuál es tu plan realmente con Aisla, tía? —inquirió en voz baja, fingiendo interés genuino—. Si quieres más mi ayuda, debes confiar en mí.

—Lo sé, pero últimamente estás demasiado tranquila. Esperaba que hicieras vivir a esa bastarda un infierno —respondió Marion, elevando el mentón.

—Bueno... no sabía qué pasos dar, y por eso te estoy preguntando —batió sus pestañas con un toque de inocencia, esa a la que Marion estaba acostumbrada en ella.

Marion la miró fijamente antes de asentir.

—Solo espero el regreso de Ian con esa inglesa con la que se casó —respondió Marion por fin, mirando que no hubiera nadie alrededor. Isobel frunció el ceño.

—¿Con Brianna? —preguntó para sí misma. Luego miró a Marion con más interés, inclinándose hacia adelante—. Ian no sabe dónde está, no creo que vaya a regresar con ella.

Marion negó con la cabeza con una sonrisa ladeada.

—Mi querida sobrina, ¿acaso no confías en la astucia de tu tía? —expresó Marion con una fingida voz dulce—. A estas alturas deberías saber que no doy un paso en falso.

Isobel asintió. Ella lo sabía perfectamente.

—¿Entonces? ¿Cómo estás tan segura de que Ian regresará con la inglesa? —inquirió.

—Justo después de que él se marchara a América, llegó una carta de un supuesto Pierce Dankworth, en la cual revelaba dónde estaba la inglesa y sus hermanas. Ahí supe que el viaje de Ian a América era para buscarla. Él tenía detectives casi por todo el mundo buscando a esa inglesita.

Isobel tragó grueso, imaginando cuál era el plan de su tía. Realmente era demasiado cruel lo que ella intentaba hacer: simplemente hacer infelices a Ian y a su hermana.

—Quieres causar un conflicto legal haciendo que la esposa real, o sea, Aisla, y Brianna estén en el mismo lugar —supuso Isobel.

Marion asintió encantada.

—No solo eso. También enviaré una carta al mismísimo rey de Inglaterra para avisar de la situación. Estoy casi segura de que el rey inglés no estará nada de acuerdo con que se le haya mentido solo para obtener el título —explicó Marion.

Isobel intentó reír con ella, pero era imposible fingir felicidad cuando veía que el tema era más complicado de lo que había creído. Marion había planeado todo a la perfección.

Se mordió el labio pensando en una solución, hasta que recordó la carta.

—¿Y esa carta que mencionas? ¿La pusiste en el despacho de Ian para que nadie se diera cuenta? —preguntó fingiendo poco interés, terminando de tomar su té.

—La maldita de Helen me la quitó justo cuando acababa de terminar de leerla —bufó Marion. Luego se encogió de hombros—. Pero no me importó mucho, la información que quería ya la tenía.

Isobel asintió sin decir nada más. Era increíble cómo Marion había ocultado que Aisla vivía desde hacía trece años y que solo hubiera decidido decirlo para complicarle la vida a Ian.

Isobel negó con la cabeza, arrepintiéndose de haberle servido durante años, pensando que eso le aseguraría un lugar y estabilidad.

Pero solo había conseguido rechazo y soledad; ni siquiera un esposo había logrado tener.

Y respecto a la carta, ese sería el desenlace de todo. Debía asegurarse de que Ian recibiera y leyera esa carta. Confiaba en que él tuviera la inteligencia necesaria para unir los hilos; si no, tendría que hacer alguna acusación anónima que lo hiciera reflexionar y unir los cabos respecto a Marion.

∞∞∞

Como había previsto, el caos y la tensión en el clan eran demasiado evidentes. Sabía que Aisla estaba sufriendo por la situación que había causado su regreso entre Ian y Brianna, además de la ausencia de Ewan.

Se sentía mal por haber escondido la carta que Ewan le dejó a su hermana, avisándole por qué la dejaba por algunos días, pero había sido necesario para que ella regresara.

Aunque ahora se daba cuenta de que haber llevado a su hermana de regreso al clan no había sido tan buena idea.

Ella podía haber desenmascarado a Marion sin Aisla.

Y ahora no tenía el valor de contarle a su hermana que ella sabía dónde estaba Ewan y que él no la había dejado simplemente.

Y menos ahora que se estaban llevando mejor.

No quería perder la amistad y el vínculo de hermanas que estaba formando con Aisla, porque sabía que todo lo que había logrado lo perdería si llegara a enterarse de lo que hizo.

—Isobel —la llamó Helen—. Si no estás haciendo nada, ve a ayudar en la cocina. Necesitan más mujeres.

Isobel arqueó las cejas y se cruzó de brazos.