Isobel.
El regreso al castillo Dumond no le provocaba precisamente alegría, a pesar de haber sido su hogar durante la mitad de su vida, y todo gracias a su tía.
Aunque Isobel había adorado a Marion durante años, hacía tiempo que había comprendido que su cercanía solo la hacía convertirse, ante los ojos de los demás, en una mala persona.
No negaba que había hecho cosas desagradables, que había tratado a muchos como si ella fuera la lady del clan cuando ese había sido el papel de su fallecida hermana.
Suspiró pesadamente al recordar a Aisla; sin duda, su muerte aún le dolía, a pesar de que ya casi se cumplían trece años desde aquel incendio donde perdió la vida.
No podía evitar sentirse culpable en parte por ese accidente, ya que ella fue quien le dijo que Ian le estaba mintiendo, haciéndole creer que era ella quien no podía concebir un hijo.
Claramente lo había hecho influenciada por su tía.
Aún no sabía por qué Marion odiaba tanto a Aisla, aunque parte de ese odio también iba dirigido a Ian.
A veces pensaba que era porque Aisla era una hija ilegítima de su madre y Marion odiaba a los bastardos.
¿La razón? No la sabía, pero empezaba a creer que aquel odio de su tía era demasiado absurdo.
Por eso había decidido obedecerla e irse a Londres detrás de Ian.
Al menos allí estaba tranquila y fuera de su vista; trabajaba y llevaba una vida bastante apacible, incluso con Ian intentando castigarla.
Ahora había regresado a Agrill una vez más por orden de su tía. No sabía qué quería esa vez, pero allí estaba.
—¿Regresaste sin el permiso de Ian?
Isobel puso los ojos en blanco al escuchar la voz fastidiosa de Helen. Puso su mejor sonrisa irónica en el rostro y se giró para enfrentar a la mujer regordeta.
—¿Algún problema? —inquirió arqueando una ceja a la vez que se cruzaba de brazos.
El gran salón estaba algo vacío esa tarde, algo que agradecía, ya que odiaba rodearse de toda esa gente que parecía odiarla.
—Conmigo no, pero con Ian tendrás muchos si descubre que lo has desobedecido al regresar aquí —respondió Helen.
Ella solo se encogió de hombros. Hacía mucho que no veía a Ian. Solo recibía sus supuestas órdenes a través del ama de llaves de la residencia en Londres y, por suerte, con el tiempo había caído bien entre el personal y la trataban bien, contrario a lo que seguramente Ian pensaba.
—Definitivamente no le temes a tu laird. No sé por qué sigo perdiendo el tiempo contigo cuando sé que incluso te atreviste a difundir que estabas encinta. Eso sí que fue caer bajo por la atención de un hombre, Isobel —esto último Helen lo dijo con burla, haciendo que Isobel apretara los nudillos.
Aquel rumor lo había iniciado su tía para que Ian quedara mal frente al clan, algo que claramente no funcionó, porque hasta Marion había perdido el respeto de todos en el clan.
—No tengo tiempo para ti, Helen. Iré a descansar un rato.
Le dio la espalda, alejándose de la mujer. Cuando llegó a su habitación, movió la leña del fuego, avivándolo más para alejar un poco el frío de su cuerpo. Mientras lo hacía, sintió cómo se abría la puerta. No necesitó ver quién era; sabía que era su tía.
—Pudiste haber regresado antes —habló Marion con su típico tono de reproche. Isobel volvió a poner los ojos en blanco mientras continuaba avivando el fuego.
—Estoy bien, gracias —dijo ella en respuesta, con voz neutra.
Luego se levantó y palmeó sus manos para limpiarse el polvo invisible. Con suavidad regresó a su cama y miró a su tía sin expresión alguna en el rostro.
—¿Qué quieres que haga esta vez? —preguntó directa, conociendo a esas alturas las intenciones de Marion.
Su tía le sonrió orgullosa.
—Me gusta cómo vas aprendiendo. Así nos ahorramos los rodeos. Al menos eres inteligente como yo y no una burra como tu hermana —expresó Marion, soltando un gruñido al referirse a Aisla.
Isobel apretó los labios en una fina línea.
—Por favor, no menciones a mi hermana —pidió Isobel, aunque sonó más a una amenaza.
—Sí, sé que a pesar de envidiarla, la querías —replicó Marion con una mueca de asco—. Eso es lo único que nunca te admitiré, pero bueno. Ese es tu problema.
—Como todo lo demás —musitó Isobel—. Entonces, ¿qué quieres, tía?
Marion la observó durante unos segundos.
—Que busques a tu hermana y la traigas de regreso al clan —respondió Marion, haciendo que Isobel la mirara con el ceño fruncido.
—Creo que ahora sí te volviste loca, tía —dijo Isobel ladeando la cabeza, sin quitar los ojos de Marion.
—Respétame, muchacha. Sigo siendo tu tía.
—¿Acaso no te escuchaste? Quieres que busque a mi hermana.
—Exactamente.
—Tía... Aisla murió hace trec...
—Está viva —interrumpió Marion.
Isobel la miró con el corazón latiéndole fuertemente. Durante un instante creyó haber escuchado mal, pero Marion parecía hablar completamente en serio.
—¿Qué?
—Ha estado viva todos estos años.
Isobel negó lentamente con la cabeza, aún con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
—Imposible —musitó. Luego se levantó de la cama y se acercó a su tía para tomarla de los hombros y sacudirla—. ¡Dime que es mentira!
—¡Cálmate, por Dios, Isobel! —gritó Marion empujándola.
Isobel se quedó con la mirada perdida, aún procesando las palabras de su tía.
—¿Está... viva? —musitó negando, mientras una lágrima descendía por su mejilla—. No, imposible. Aisla... ella no estaría viva y me dejaría atrás.
—¿Ahora te estás escuchando tú? Has sido una mala hermana, Isobel. Eso lo admito hasta yo, que odio a esa bastarda.
—Fue así gracias a ti —escupió Isobel. Marion solo soltó una risa irónica.
—No te obligué a hacer nada, muchacha.
Isobel bajó la cabeza sin nada que decir. Marion tenía razón.
—¿Cómo puedo confiar en que dices la verdad? ¿Que Aisla está viva? —preguntó.
—Fui yo quien provocó aquel accidente, querida sobrina —admitió Marion al cabo de unos segundos.
Isobel se llevó una mano al pecho y bajó la cabeza parpadeando varias veces. No podía creer que durante años había deseado ser como la mujer que tenía delante. Que durante años había hecho cosas horribles a su propia hermana solo para agradarle a Marion.
En ese momento solo tenía ganas de abalanzarse contra ella y arrancarle los ojos, pero debía pensar con la cabeza fría. No podía actuar con impulsividad. Primero debía saber si era cierto que su hermana estaba viva.
—El estúpido que hizo el trabajo sucio por mí no tuvo el valor de terminar lo que empezó. Obviamente lo asesiné también. Después obligué a su hijo a decirme dónde dejó a la bastarda y lo obligué a irse del clan. Y claramente luego ordené asesinarlo.
Isobel respiraba entrecortadamente, escuchando la frialdad con la que su tía... esa mujer hablaba de asesinar a alguien como si fuera algo normal, como si no supusiera un enorme pecado.
—¿Cómo... haces esas... cosas sin que nadie sospeche? —quiso saber. Marion se encogió de hombros.
—Dinero, querida. El dinero hace todo lo que quieras.
—Pero Ian... no te da nada. ¿Cómo puedes tener tanto dinero para eso?
—Aún conservo mis joyas. Eso pude esconderlo muy bien de Ian y con ellas he pagado todos los trabajos que he necesitado.
—¿Y no era mejor... usarlas para irte lejos y vivir decentemente... lejos del rencor y el odio? —preguntó Isobel observando fijamente a su tía, su voz era ten{ia un ligero temblor que intentaba controlar, debía sacar toda la información posible a Marion.
—No. No podría vivir en paz sabiendo que ese bastardo de Ian viviría felizmente la vida.
Isobel sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral.
—¿Y Aisla? —logró articular Isobel, ignorando el odio de su tía por Ian—. Si sobrevivió a lo que le hiciste, ¿dónde ha estado? ¿Cómo es que nadie en el clan la ha visto en trece años?
—Porque es egoísta, querida. Después de que supe dónde aquel estúpido la había dejado, envié a alguien a averiguar si seguía allí.
Lastimosamente, ya se había ido. Claramente ordené que se investigara adónde se había marchado.
Aún no estaba conforme con saber que seguía viva porque todavía existía la posibilidad de que regresara.
Las palabras de Marion hicieron que un escalofrío recorriera la espalda de Isobel. Trece años. Su tía había sabido durante todo ese tiempo que Aisla estaba viva.
—¿Dónde... está? —preguntó Isobel, sin querer seguir escuchando cómo Marion hablaba de asesinar a su hermana con aquella naturalidad enfermiza.
—En la isla de Skye. Allí ha estado todos estos años. Ella también quería huir de todo esto, y era de esperar después de la traición de Ian al mentirle tan descaradamente sobre su posibilidad de engendrar un bastardo más.
Isobel apretó los puños detrás de su espalda, conteniendo la ira.
—Todos... todos estos años... supiste que mi hermana estaba viva —expresó sintiendo cómo la rabia crecía con cada palabra.
Tuvo que obligarse a respirar hondo, porque una parte de ella deseaba lanzarse sobre Marion y hacerle daño. Mucho daño.
—Por supuesto. Pero ahora necesito que regrese. Ian merece sufrir un poco más —respondió Marion. Sin embargo, Isobel estaba demasiado concentrada intentando controlar la furia que hervía dentro de ella para prestar verdadera atención a sus palabras—. Irás a Skye y traerás a tu hermana, ¿escuchaste?
Isobel asintió lentamente mientras tomaba aire una vez más.
—¿Qué te hace pensar que regresará conmigo? —preguntó en un susurro—. Después de todo lo que le hice... ella debe odiarme tanto como tú la odias a ella.
Quería creer que Aisla no la odiaba, que, a pesar de todo, todavía podía existir un lugar para ella en la vida de su hermana. Pero habían pasado trece años. ¿Cómo podía esperar recuperar algo que había destruido con sus propias manos?
—Por eso irás tú. Eres su sangre y, a pesar de todo, ella es ingenua. Usarás ese rostro lleno de arrepentimiento falso que tan bien sabes poner.