Entre dos Vidas (Hermanas Straton) Capítulo Final
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Capítulo Final

Aisla salió del castillo furiosa, seguida de Ewan.

—¡Qué esposa ni que nada, Ewan! —gritó ella, girándose justo en medio del puente de piedra que daba al pueblo.

Observó a Ewan furiosa mientras él le devolvía una mirada serena.

—¿Acaso dije una mentira? Nos vamos a casar —dijo Ewan con calma.

Aisla apretó los puños a los lados del cuerpo, conteniéndose para no empujar a Ewan hacia el río que corría bajo el puente.

—¿Después de haberme dejado como si nada, pretendes que siga queriendo ser tu esposa? —replicó Aisla con el ceño fruncido.

Claro que quería, pero necesitaba una buena explicación que justificara más de dos meses de ausencia.

—Viendo tu reacción, intuyo que no leíste mi carta —respondió Ewan con la misma tranquilidad.

Aisla ladeó la cabeza y dejó caer los hombros.

—¿Qué carta?

Ewan suspiró, sacando la lengua para humedecerse los labios.

—Antes de partir de Skye, te dejé una carta con Hamish, quien prometió entregártela. Ahí te explicaba detalladamente la razón de mi partida y te prometía que regresaría.

Aisla entreabrió los labios y se llevó una mano al pecho, recordando cómo Hamish había ido, pero solo a avisar que Ewan se había marchado de Skye.

Apretó los puños, cerrando los ojos y comprendiendo ahora lo que Isobel le había dicho días atrás.

—Ya sé quién tiene la carta —musitó Aisla, mirando hacia el castillo.

Pero cuando iba a regresar, Ewan la detuvo, jalándola hacia su cuerpo una vez más y abrazándola.

—Tranquila, sirena —murmuró en su oído, tranquilizándola.

Aisla dejó caer su peso contra el pecho de Ewan, respirando su aroma. Sintiéndose una vez más traicionada por su propia hermana.

Después de algunos minutos, Ewan la separó unos centímetros para mirarla a los ojos.

—Regresé por ti hace dos semanas a Skye. Sorcha me dijo que te habías ido con tu hermana —explicó Ewan. Luego sonrió un poco—. Y Leslie, ella se encargó de darme unos fuertes golpes por cobarde.

Aisla sonrió levemente, imaginando la escena en la que Leslie habría descargado toda su furia contra él sin piedad alguna.

—Igual te lo merecías. Debiste decírmelo personalmente y no dejar solo una carta, Ewan. Además, hay muchas cosas que aún no me has explicado y me ocultaste. ¿Cómo que eres un laird? —expresó Aisla.

—Eso también te lo explicaba en la carta.

—Puedes decírmelo ahora —pidió ella, mirándolo a los ojos.

Ewan se llevó una mano a la nuca y Aisla siguió el movimiento. Había extrañado tanto esa reacción de él cuando estaba nervioso. A pesar de llevar ropas más lujosas y limpias, el hombre frente a ella era el mismo del que se enamoró.

—Primero, cuando me alejé de mis padres, aún no era laird; era mi...

padre —comenzó él—. Me alejé porque no quería casarme por conveniencia.

Deseaba una esposa que yo eligiera. Y mi padre no respetó mi decisión.

Cuando te pedí matrimonio, estaba totalmente seguro de que quería pasar el resto de mi vida contigo, de que serías mi esposa y compañera.

La que presentaría a mi padre como la mujer que amo.

Aisla sintió un nudo en la garganta al escuchar sus palabras.

—Pero ese día que me fui, llegaron los hombres de mi clan con la noticia de que mi padre había enfermado gravemente.

Mi madre me necesitaba y... no quería que mi padre muriera sin que yo pudiera despedirme o arreglar las cosas entre nosotros.

Por eso me marché con tanta prisa. Hubiera querido llevarte conmigo, pero tú estabas pasando por un momento tan difícil con el regreso de tus recuerdos que pensé que sería egoísta de mi parte pedirte que me acompañaras cuando acababas de pedirme tiempo.

Aisla se mordió el labio inferior para no llorar. Esos días estaba llorando mucho.

—Lo siento —musitó ella—. Pensé lo peor de ti cuando nunca me diste motivos, pero es que esa carta no llegó a mí. Me hubiera gustado tanto haberte acompañado en esos momentos, ser tu apoyo.

Ewan negó con la cabeza a la vez que pasaba un nudillo sobre su mejilla.

—Tú también necesitabas apoyo. Confié en que tu hermana te cuidaría mientras yo resolvía las cosas con mi familia.

Aisla cerró los ojos ante la mención de su hermana.

—¿Y tu padre...? Él... —Aisla no sabía cómo preguntar sin causar más dolor. Ewan asintió.

—Dos días después de que llegué al clan, falleció —respondió Ewan con suavidad.

—Lo siento —musitó ella, apoyando la cabeza en su pecho.

—Me hubiera encantado que te conociera —dijo él, besando su frente con ternura—. Habría visto a la mujer increíble que eres y sabría que mi elección fue la correcta.

Aisla lo miró a los ojos turquesa, viendo la sinceridad en ellos. Le sonrió con amor y, sin esperar más, lo besó. Ewan la atrapó entre sus brazos, respondiendo con la misma intensidad. Aisla suspiró entre el beso, sintiendo cuánto había extrañado la calidez y la pasión de sus besos.

—Te amo, Aisla —musitó él sobre sus labios—. Nunca dudes de eso.

—Tampoco dudes de mi amor —respondió ella, aferrándose a su abrigo con fuerza.

Ewan volvió a besarla, esta vez con más intensidad, hasta el punto de pegarla al muro de piedra que formaba el puente.

—Ahora dime, ¿qué haces aquí, en el clan Dunmond? —preguntó Ewan mientras regresaban al castillo con las manos entrelazadas.

Aisla sonrió un poco y luego pasó a contarle que su exesposo era Ian, pero antes de que él pensara algo que no era, le explicó toda la historia, o más o menos lo que pudo, hasta que entraron nuevamente en el gran salón.

—Igual el laird Dunmond nunca fue de mi agrado —gruñó Ewan, haciendo que Aisla soltara una pequeña risa.

—¿Desde cuándo eres celoso, Ewan? —le preguntó ella con una chispa de picardía en los ojos.

—Que no lo haya demostrado antes no significa que no lo sea —respondió él para luego besarla frente a todos los presentes del gran salón.

Aisla sonrió divertida, sabiendo lo que él intentaba hacer: marcar territorio ante las miradas curiosas de los demás miembros del clan.

—Hay algo que debo decirte —susurró ella, pasando las manos por el tartán.

Ewan ladeó la cabeza.

—Mejor te lo diré esta noche.

—¿En serio? —dijo él con una sonrisa ladeada y un brillo de impaciencia en los ojos. Ella asintió.

—Ahora... debo hacer algo. Mientras, puedes seguir con tu grupo de... lairds —dijo ella en tono burlón, alejándose.

Soltó un suspiro lleno de felicidad, incapaz de creer cómo había cambiado todo en cuestión de minutos.

Se había levantado esa mañana sin esperanzas y triste por otro día sin saber de Ewan, y ahora lo tenía allí.

Y lo mejor: él la amaba, no la había dejado como había creído.

Y eso era algo que estaba a punto de resolver.

Entrecerró los ojos mientras subía las escaleras de piedra que daban a las habitaciones. Luego se dirigió directamente a la de Isobel.

Había terminado de darle oportunidades a su hermana. No podía vivir toda su vida perdonando sus traiciones.

Cuando llegó, abrió la puerta de golpe, sin molestarse en llamar.

—¡Isobel! Explícame por qué... —su voz murió cuando vio a su hermana ataviada con una capa de viaje, metiendo algunas pertenencias en una bolsa—. ¿A dónde vas? —preguntó, cerrando la puerta.

Isobel se enderezó y, sin decir nada, se acercó al escritorio y tomó un papel. Luego se acercó a ella y se lo tendió.

—Es tuya. Ewan te la dejó cuando se fue. No te la di porque necesitaba que regresaras al clan, y si veías que él regresaría por ti, no habrías querido venir conmigo.

Aisla tomó el papel doblado y miró a su hermana.

—Tienes razón, no habría venido —expresó con suavidad—. ¿Pero a dónde vas?

—Me iré de aquí, lejos de Argyll, lejos de ti —respondió Isobel, mirándola a los ojos—. Mereces ser feliz, hermana. Yo solo... provoco desgracias e, incluso cuando intento enmendar mis errores, termino complicándolo todo.

Aisla negó con la cabeza, intentando alcanzar su mano. Pensó que ella sería quien reprendería una vez más a Isobel por lo que había hecho, pero nunca esperó encontrarse con su hermana recogiendo sus cosas para abandonarla.

—No tienes que irte lejos, Isobel. Podemos vivir juntas. Ewan... él es un laird y está aquí. Ya hemos hablado —explicó Aisla.

Isobel abrió los ojos con sorpresa. Luego le dio la espalda.

—Seguramente debe odiarme —musitó con un hilo de voz.

Aisla negó con la cabeza mientras se ponía frente a ella.

—No lo hace. Ewan es un buen hombre y aceptará que vivas con nosotros en su clan. Incluso puede conseguirte un buen matrimonio si lo deseas —Aisla intentó convencerla—. Pero no te vayas. Ya estuvimos demasiado tiempo separadas.

Isobel le sonrió con tristeza, pero terminó negando con la cabeza.

—Suena como una buena idea, pero no merezco eso —respondió. Luego, tomando una honda bocanada de aire, se puso la bolsa al hombro—. Deseo explorar el mundo por mi cuenta, encontrar mi propio camino, Aisla. Y espero que algún día puedas perdonarme por todo lo que te hice.

Aisla miró a su hermana con tristeza, pero esa era su decisión y debía respetarla.

Isobel le dedicó una última mirada antes de alejarse, dejándola sola en la habitación.

Aisla se quedó inmóvil unos segundos antes de reaccionar. No podía dejar ir a su hermana así. Corrió escaleras abajo y atravesó el gran salón, saliendo del castillo.

—¡Isobel! —gritó, haciendo que Isobel se girara. Tenía los ojos húmedos también.

—¿Qué pasó? —preguntó su hermana, pero Aisla solo la abrazó con fuerza, sin querer soltarla.

Isobel también la abrazó de vuelta, dejando que las lágrimas finalmente resbalaran por sus mejillas.

—Te perdono —susurró Aisla al oído de su hermana, con la voz quebrada. Isobel soltó un sollozo ahogado, sintiendo cómo el peso de su culpa se disipaba un poco.

—Gracias —musitó Isobel de vuelta.

Ambas se separaron un poco. Aisla limpió las lágrimas del rostro de su hermana con ternura.

—Cuídate —pidió con la voz quebrada.

Isobel asintió, parpadeando varias veces para dejar de llorar.

—Adiós, hermana —musitó Isobel, alejándose. Lo último que soltó fue su mano antes de darle la espalda.

—Adiós —respondió Aisla en un susurro, dejando que más lágrimas rodaran por sus mejillas mientras veía cómo la figura de su hermana se alejaba del castillo.

Tras unos minutos observando cómo su hermana desaparecía en el horizonte, sintió cómo los brazos de Ewan la rodeaban con cariño. Ella se dejó caer contra su pecho, buscando refugio en el único consuelo que le quedaba.

—¿Estás bien? —preguntó él con suavidad.

Aisla asintió lentamente. Estaba feliz por su hermana, porque había decidido buscar su propio destino. Aunque ella no sería testigo de ello, al menos tenía la certeza de que lo lograría.

Con un suspiro, se giró hacia Ewan con una sonrisa temblorosa y el rostro rojo y empapado por el llanto.

—Estoy embarazada —soltó de golpe, sin poder ocultarlo más.

Había querido decirlo esa noche durante la celebración de la renovación de los votos de Ian y Brianna, pero no encontraba mejor momento que ese para compartir la noticia.

Ewan se quedó paralizado. Sus ojos se abrieron ampliamente mientras la sorpresa y la alegría luchaban por encontrar salida.

—No... no estás jugando, ¿cierto? —preguntó con la voz temblorosa. Aisla negó con la cabeza mientras sorbía la nariz—. Estás... nuestro hijo está aquí.

Ewan tocó el vientre de Aisla con delicadeza, sin poder creer todavía que una vida estuviera gestándose allí.

—¡Dios! —exclamó, envolviéndola en un abrazo casi desesperado—. Debemos casarnos ya —dijo abruptamente—. Hoy mismo.

—¿Hoy? —preguntó Aisla, divertida.

Ewan asintió.

—Qué mejor momento que este. Prometo darte la fiesta más grande en cuanto volvamos al clan Mackenzie, pero hoy quiero que seas mi esposa ante los ojos de todos.

Aisla sintió que el corazón le latía como un tambor en el pecho, pero su emoción aumentó aún más cuando él se arrodilló ante ella.

—¿Aceptas casarte conmigo hoy? —preguntó, mirándola a los ojos verdes.

Aisla asintió mientras más lágrimas rodaban por sus mejillas, esta vez de pura felicidad.

—Sí, acepto —respondió, sintiendo cómo la emoción la desbordaba.

Ewan la besó con pasión y ella respondió, sintiéndose feliz y dichosa.

—Espera —dijo él, metiendo una mano en el bolsillo de su abrigo para sacar el anillo con la perla que le había hecho con sus propias manos. Luego se lo colocó donde iba.

—Pensé que lo habías echado al mar —bromeó él, acariciando su mano.

—La verdad, estuve tentada a hacerlo durante todo el viaje hacia aquí —respondió ella, divertida, abrazándolo.

Por fin era feliz, y esperaba seguir siéndolo con la familia que estaba a punto de formar.

Fin.