Isobel. #3
—Creo que no —respondió con simpleza. Helen la fulminó con la mirada.
—No te estoy preguntando, muchacha, te lo estoy ordenando —replicó Helen.
—Y yo he dicho que no. No estoy en este castillo como una sirvienta más, Helen. Estoy aquí como la hermana de la lady del clan.
Isobel sabía que a Aisla ya no le interesaba ese puesto, pero le divertía un poco fastidiar a Helen. Igual, la mujer vivía fastidiándole la vida cada vez que la veía.
—Insolente. Sabes que la esposa de Ian es Brianna —replicó Helen. E Isobel fingió ofensa, llevándose una mano al pecho.
—¿Acaso has rechazado a tu lady Aisla? Vaya, Helen, esa traición nunca la esperé de ti —expresó ella, divertida.
Helen volvió a fulminarla con la mirada con más intensidad.
—Creo que deberías hacer mejor tu trabajo, ¿no crees?
Qué tal... entregarle la correspondencia al laird.
Imagino que en su ausencia llegaron muchas cartas...
importantes para él, ¿cierto? —dijo ella fingiendo poco interés, esperando que su insinuación hiciera que Helen recordara la maldita carta que haría que Ian viera la razón de todo.
Helen ladeó la cabeza, dando un paso atrás. Luego llevó una mano a su mentón y asintió, como si hubiera recordado algo. Y sin decirle nada a Isobel, se alejó.
Isobel puso los ojos en blanco mientras se recostaba contra la pared de piedra, aún con los brazos cruzados, viendo a Helen alejarse.
—En fin, la mujer es demasiado manipulable —murmuró para sí misma.
Ahora solo le quedaba vigilar cuándo Marion enviaría esa carta al rey de Inglaterra. Debía evitar que siquiera saliera del castillo.
∞∞∞
Para su mala suerte, Isobel no pudo evitar que la carta dirigida al rey se enviara.
Estuvo pendiente de eso, pero al parecer se descuidó con la ausencia de Ian y Brianna.
Ya no podía hacer nada más que esperar que el problema no escalara a mayores.
Y también esperaba que Ian no demorara en regresar al clan.
Pero mientras tanto, con sigilo y sin que nadie la notara, se escabulló en el despacho de Ian y revisó con rapidez dónde habían dejado la carta.
—Espero que Helen haya sido competente y le haya entregado esa maldita carta —susurró, revisando todos los documentos que había sobre la mesa, pero no la encontró.
Resopló, sentándose en la silla de Ian y echando la cabeza hacia atrás.
—A este punto tendré que hacer yo la acusación —volvió a murmurar.
Luego se enderezó en la silla y deslizó sus zapatos sobre el suelo para acomodarse cuando sintió el sonido de un papel rozando junto a ellos.
Ladeó la cabeza y enseguida se agachó buscando lo que creía que era. Y efectivamente, era la carta.
La tomó en sus manos y la limpió antes de abrirla, viendo que sí era la carta de ese tal Pierce. Volvió a doblarla y la acomodó entre los documentos que intuyó que Ian revisaría primero una vez regresara.
Ordenó todo como estaba y, con el mismo sigilo, abandonó el despacho.
∞∞∞
Ian y Brianna habían regresado por fin y, por lo que Aisla le había contado la noche anterior, todo el asunto legal de quién era la verdadera esposa estaba resuelto por fin.
Isobel solo esperaba el momento en que todo explotara e Ian se diera cuenta de todo y atara los hilos.
Esa mañana se dirigía al gran salón para tomar su desayuno cuando Marion la interceptó. Estaba furiosa, y era de esperar; ninguno de sus planes había funcionado como ella había planeado. Internamente, se alegraba de ello.
—Necesito que me ayudes —dijo Marion. Su tono, a pesar de estar pidiendo ayuda, era una orden. Isobel se cruzó de brazos y la miró sin emoción alguna.
—¿Exactamente para qué? —inquirió.
—Quiero deshacerme de esa bastarda de Ian y de la inglesa —respondió Marion con una mueca de asco.
Isobel dejó caer los brazos, petrificada por lo que estaba diciendo Marion. Luego movió la cabeza y miró fijamente a la mujer. Definitivamente se había vuelto loca al querer tomar represalias con una niña inocente.
—No —dijo alto y claro, dejando a Marion sorprendida.
Nunca le había negado nada, pero sabiendo que le quedaba muy poco tiempo en el clan, ver su cara de desconcierto por su negativa era la mejor recompensa que podía recibir.
Marion le dio una sonrisa fingida.
—No juegues ahora, mi querida Isobel —dijo Marion, tratando de ocultar su molestia.
—No estoy jugando, Marion —declaró ella, volviendo a cruzarse de brazos—. Esta vez no seré tu cómplice. No te ayudaré más a hacerle daño a otros que realmente no te han hecho nada.
Justo en ese momento llegaron Aisla, seguida de Brianna.
—¿Qué está pasando? —preguntó Aisla en inglés. Marion sonrió, pero Isobel sabía que era una sonrisa fingida, llena de ira y odio.
Una vez que Marion se alejó, esperando que fuera directo al despacho de Ian, ya que Brianna le había avisado que él la estaba esperando, ella también dejó a su hermana con Brianna, casi corriendo hacia la dirección del despacho de Ian.
Pasó por la puerta, viendo que estaba entreabierta. Y, mirando hacia todos lados, se acercó más para escuchar.
—No me hagas perder la paciencia mintiéndome, Marion —escuchó la voz dura de Ian—. Y tampoco con la carta enviada a la Corona inglesa.
Isobel abrió los ojos y se mordió el labio al saber que esa carta había llegado a Londres. Pero si él y Brianna estaban allí, con la confirmación legal de que eran marido y mujer, intuía que esa carta no había causado gran revuelo.
Siguió escuchando para ver si llegaba al punto al que realmente necesitaba que Ian llegara.
—Tantos años intentando hacerme infeliz, y al final la única persona miserable aquí eres tú —dijo Ian.
Y ya en ese punto Isobel estaba algo impaciente.
—Pero al menos me consuela recordar todos los años que logré verte destruido tras la supuesta muerte de esa bastarda de Aisla —dijo Marion con el tono de desprecio impregnado en su voz—. Y lo habría conseguido otra vez si no fuera por su estupidez de querer...
Isobel levantó la cabeza, dejando de escuchar, cuando oyó los sonoros pasos que se acercaban por el pasillo. Miró hacia todos lados sin saber dónde esconderse y, si corría, se delataría como lo estaban haciendo las zancadas de quien se estuviera acercando.
Sin saber si sería buena idea, se escondió detrás del gran tapiz que cubría la pared del pasillo, esperando que su cuerpo no se notara por encima del grueso tapiz.
«De algo debe servir ser delgada», pensó, reteniendo el aire para no hacer ningún ruido, hasta que escuchó cerrarse la puerta del despacho.
Entonces soltó el aire y se asomó fuera del tapiz, tosiendo un poco por el polvo acumulado detrás.
—Helen debe estar más pendiente de eso y no de mí —musitó, conteniendo las ganas de toser.
Luego volvió a acercarse a la puerta y escuchó que quien había llegado era Aisla.
Escuchó todo sonriendo al ver que tuvo éxito y que Ian fue lo suficientemente inteligente para atar bien los hilos y darse cuenta.
Y que Aisla llegara en el momento justo había sido lo mejor para terminar de hacer que Marion confesara, aunque, la verdad, nunca esperó que confesara tan fácilmente.
Nuevamente volvió a meterse detrás del tapiz cuando sintió pasos acercándose a la puerta desde dentro del despacho y, minutos después, sintió cómo la puerta se abría e Ian se llevaba a Marion casi a rastras por todo el pasillo, seguido de Aisla.
Imaginaba que su hermana debía estar dolida al saber quién era la culpable de que perdiera trece años de su vida lejos de todo lo que conocía. Pero ella quería verle el lado positivo: al menos había encontrado a alguien que la amaba realmente.
Isobel bajó la mirada hacia el suelo, sabiendo que también había llegado la hora de ser sincera con su hermana respecto a lo que había hecho con la carta de Ewan. Debía dejar a su hermana que fuera feliz; después de todo, hacía mucho tiempo que sus vidas estaban separadas.
Desde atrás de todo el clan reunido en el patio del castillo observó, sin remordimiento alguno, cómo condenaban a Marion.
Ella se lo merecía. Había hecho mucho mal en su vida y, desgraciadamente, ella se dio cuenta demasiado tarde, pero al menos logró que pagara parte de su crueldad y que se fuera de sus vidas.
Con un largo suspiro, dio media vuelta y se alejó antes de presenciar completamente el final de Marion. Después de todo, era la única familia que le quedaba, además de Aisla. Aunque sabía que cuando su hermana se fuera para seguir con su vida, ella se quedaría sola.
Pero ese era el final que, después de todo, se merecía.