Entre dos Vidas (Hermanas Straton) Capítulo 10
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Capítulo 10

Aisla entró en la biblioteca del castillo como había hecho las últimas dos semanas.

El aroma a pergamino antiguo la envolvió apenas cruzó el umbral.

Había recordado la biblioteca una noche que no podía dormir; recordó cómo años atrás pasaba algunas horas dentro leyendo alguno que otro libro.

Y desde entonces había regresado todas las noches.

Al entrar, encontró a Blair, la hermana de Ian, sentada en una de las sillas con un libro abierto sobre el regazo, mientras una taza de té reposaba sobre una pequeña mesa cercana.

Blair levantó la vista al escucharla entrar.

—Llegas tarde para nuestra reunión de lectura.

Aisla sonrió.

—No sabía que teníamos una reunión.

—La tenemos desde hace dos semanas —respondió Blair con una sonrisa amable.

Aisla soltó una suave risa. La primera vez que se encontró con Blair en la biblioteca había esperado frialdad, incluso rechazo. Después de todo, ella era amiga de Brianna y seguramente la creía la villana por haber regresado de la muerte.

Pero nada de eso ocurrió. Poco a poco habían comenzado a compartir lecturas, una que otra conversación y tazas de té durante las noches. Podría decirse que ahora Aisla apreciaba sinceramente la compañía de Blair.

—Hay té —anunció Blair señalando la tetera.

—Bendita seas —dijo, y Blair sonrió mientras Aisla se servía una taza—. ¿Han llegado noticias?

—Nada todavía —respondió Blair con una mueca mientras negaba lentamente con la cabeza.

Aisla bajó la vista hacia el té. Ya habían pasado más de tres semanas desde que Ian y Brianna estaban en Londres y nadie sabía nada de ellos.

Muchos estaban preocupados por la forma en que habían salido: primero Brianna huyendo con Aurora en compañía de Gregor y después Ian detrás, como loco, por encontrarlos.

La incertidumbre comenzaba a agotarla. Necesitaba saber qué ocurriría con el asunto legal de su matrimonio. Necesitaba resolverlo para volver a Skye.

Tomó un libro de una de las mesas cercanas y se acomodó frente al fuego. Era un pequeño volumen de poemas. Le gustaba la lectura más ligera, muy diferente del pesado libro que sostenía Blair sobre su regazo.

Empezó leyendo uno que hablaba de un marinero que prometía regresar junto a la mujer que amaba.

A medida que avanzaba en la lectura, no pudo evitar sentirse identificada con cada palabra, y para cuando terminó el poema, una lágrima cayó sobre la página sin que se diera cuenta.

Y luego le siguieron más sin poder evitarlas.

—Aisla —la llamó Blair, preocupada al verla llorar.

Aisla se apresuró a limpiarse el rostro.

—Estoy... bien.

—Claramente no lo estás.

—Solo... es por el poema —dijo ella, sorbiéndose la nariz. No podía evitar pensar en Ewan; el poema le recordó mucho a él y a cómo jamás regresó por ella.

—Y claramente no estás llorando por el poema —indicó Blair, cerrando su libro y poniendo toda su atención en ella.

Aisla soltó una pequeña risa entrecortada. Incluso a ella le parecía absurdo llorar por unos versos escritos por un poeta muerto. Había sobrevivido a una pérdida de memoria, a levantarse sola y caminar sin importarle los tropiezos.

—Puedes contármelo —dijo Blair con suavidad—. No se lo diré a nadie si es un secreto.

Aisla bajó la vista hacia sus manos y permaneció en silencio unos segundos. Luego miró a Blair, mordiéndose el labio. Desde que llegó a Argyll no había hablado con nadie respecto a sus problemas, a su sufrimiento; solo había mostrado un rostro sereno.

Tal vez... sí necesitaba hablar con alguien.

Soltó un leve suspiro mientras se secaba las lágrimas de las mejillas. Luego comenzó a contar algunas cosas: cómo conoció a Ewan, cómo se enamoraron y, finalmente, le habló del bebé. Cuando terminó, Blair permaneció en silencio durante unos instantes.

—Aisla, solo puedo decirte que lo mejor que te ha pasado lo llevas dentro —expresó Blair, observando su abdomen plano.

Aisla pasó una mano sobre él y lo acarició suavemente—.

Si él decidió abandonarte es porque no te merecía.

Y tú eres lo suficientemente fuerte para luchar por ti y por ese bebé.

Tendrás lo que muchas mujeres anhelan. Valora eso.

Aquellas palabras hicieron reflexionar a Aisla. Bajó la cabeza hacia su vientre y luego asintió.

Blair tenía razón, debía pensar únicamente en su bebé. Era el único que realmente la necesitaría.

∞∞∞

Cuando Ian y Brianna regresaron de Londres, las cosas comenzaron a resolverse con más rapidez. El asunto legal entre ambos había quedado solucionado. Ya no era su esposa y era libre para regresar a Skye.

También había podido hablar con Brianna esa mañana.

Por fin le pidió disculpas por los malos entendidos y por la incomodidad que su regreso había provocado.

Se sintió liberador quitarse la culpa de los hombros.

Incluso ahora se dirigía al despacho de Ian sin ninguna culpa o remordimiento al pensar que eso podría incomodar a Brianna o a Ian.

De hecho, había sido él mismo quien le pidió acudir. No sabía qué tema quería hablar él, pero podría aprovechar para decirle que dentro de poco regresaría a Skye.

Al abrir la puerta, encontró a Ian detrás de su escritorio y a Marion frente a él. La tensión era tan evidente que se detuvo apenas cruzó el umbral.

Su mirada pasó de uno a otro; luego, frunció el ceño.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Ninguno respondió de inmediato. Observó cómo Ian se levantaba de su silla y rodeaba el escritorio; luego comenzó a hacerle preguntas extrañas sobre Isobel y sobre cuándo había recuperado la memoria.

Ella respondió sin comprender al principio adónde quería llegar. Ian miraba directamente a Marion con una mezcla de ira y dureza que incluso le provocó un ligero escalofrío.

—¿Ese era tu plan? —le preguntó a Marion, aparentemente tranquilo—. Hacer que Aisla regresara para que Brianna y mi hija quedaran desamparadas si el matrimonio resultaba inválido.

Aisla abrió los ojos con sorpresa y miró a Marion sin poder creerlo.

—¿En serio tú planeaste esto? Pero... ¿cómo? No sabías dónde estaba ni que estaba viva —dijo intentando buscarle algo de lógica.

Desvió la mirada al suelo y comenzó a respirar con más irregularidad a la vez que pensaba. Recordó cómo Isobel apareció en su casa de la nada. ¿Pero cómo la encontró? Nunca le preguntó o cuestionó nada sobre cómo sabía exactamente dónde estaba.

—Ella lo sabía —dijo Ian. Aisla levantó la mirada verdosa y entreabrió los labios, llevándose una mano temblorosa al vientre y dando un paso atrás—. Confiesa, Marion. ¿Acaso... tuviste que ver con el accidente también?

Esa acusación hizo que el aire abandonara sus pulmones.

No, no podía ser. Marion... su tía...

Aisla se sobresaltó un poco al escuchar la risa seca que Marion soltó.

—Tardaron demasiado en darse cuenta.

Sus ojos se humedecieron ante la declaración. Miró a Marion fijamente; en su rostro no había arrepentimiento alguno de lo que estaba diciendo, y aquello le dio tanta rabia como dolor.

Entonces recordó el día del incendio, cuando la encerraron en el establo. Recordó a aquella mujer que estaba afuera. Miró a Marion rápidamente; su cabello ya no era tan negro, pero era ella, y lo había confirmado sin remordimientos.

—Tú eras esa mujer... —murmuró, y luego miró a Ian—.

Ese día... mientras estaba encerrada en el viejo establo con el fuego rodeándome...

vi a una mujer —relató lentamente, volviendo la mirada hacia Marion sin poder creer todavía que ella era la culpable—.

¿Fuiste capaz de querer asesinarme? —preguntó con la voz rota—. ¡Soy tu sobrina!

Su respiración era irregular, pero era más por la ira que por el dolor. Sabía que Marion nunca la había querido; se lo había demostrado incontables veces. Pero de eso a... querer asesinarla.

—No eres nadie, bastarda —replicó Marion, mirándola con desprecio—.

Solo eres el error de mi estúpida hermana.

Sacrificarte no suponía ningún problema si con eso lograba hacer sufrir a este otro bastardo —su mirada se dirigió hacia Ian.

Aisla dejó que varias lágrimas rodaran por sus mejillas; era inevitable—.

Aunque habría preferido que fueras tú quien muriera...

pero no se puede tener todo en esta vida.

Soltó un jadeo ahogado al escucharla decir aquello sin el menor tono de arrepentimiento. Aisla estaba totalmente deshecha, pero la frialdad en la mirada de Marion le hizo ver que no merecía su dolor, sino su ira por haberle arruinado la vida.

—¡Basta! —ordenó Ian casi como un rugido, dando un fuerte golpe sobre la superficie del escritorio.

Aisla se sobresaltó un poco, pero se mantuvo firme con los puños apretados. Luego vio cómo, en dos pasos, atravesó el despacho y sujetó a Marion con brutalidad del brazo.

—¡Ian! —exclamó Aisla, retrocediendo dos pasos.

No le provocaba nada más que satisfacción ver cómo él perdía los estribos. Que la castigara, no le importaba parecer egoísta o mala, pero Marion se merecía eso y más.

Aisla observó, aún con lágrimas no derramadas en sus ojos, cómo Ian la arrastraba fuera del despacho. Por un momento cerró los ojos y se contuvo de gritar con fuerza. Trece años sin saber quién era, sin saber nada de su pasado, y todo porque Marion no toleraba que fuera una bastarda.

—¡Ahhh! —soltó un grito ahogado mientras seguía a Ian arrastrando a Marion hasta el gran salón.

Ella se quedó en la puerta observando cómo él la exponía ante todos los que estaban presentes.

Aunque algunas lágrimas se deslizaron por sus mejillas, su rostro se mantenía impasible, observando a Marion bajar la cabeza.

Era un gusto que no podía perderse; la humillación pública era lo peor que podía pasarle.

Ella odiaba eso, y era el precio justo por todo lo que le había hecho sufrir durante tantos años.

Brianna se acercó a ella y la abrazó por los hombros a modo de consuelo. Lo agradeció en silencio porque lo necesitaba. No tenía a nadie a quien acudir, ni siquiera a su propia hermana, quien había estado involucrada en el plan de Marion desde el principio.