Entre dos Vidas (Hermanas Straton) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Y ahora, como no había logrado hacerlo cambiar de opinión, solo le quedaba observar cómo preparaban la fiesta.

∞∞∞

Esa noche, Aisla estaba sentada tranquila en una de las mesas, observando al clan moviéndose en el gran salón, disfrutando de la celebración.

Ya había pasado varias horas agradeciendo y hablando con muchos de los presentes que estaban demasiado interesados en su historia y en cómo había vivido los últimos años sin recordar nada.

En ese momento por fin estaba tranquila. Solo esperaría un poco más para retirarse a su habitación y volver a pensar en Ewan, en dónde podría estar y la razón de que se hubiera ido después de haberle prometido que se quedaría con ella pasara lo que pasara.

Aisla frunció el ceño cuando, de un momento a otro, el salón quedó en silencio. Levantó la cabeza para ver qué pasaba y notó cómo todos miraban a la entrada.

Su corazón dio un vuelco al reconocer la figura de Ian.

Se quedó observándolo por varios segundos hasta que le bloquearon la visión.

Aun así, siguió en la misma posición, sintiendo cómo su corazón volvía a su golpeteo rítmico normal.

Ella parpadeó, llevándose una mano al pecho.

Estaba tranquila, aunque sí estaba nerviosa por enfrentarse cara a cara con él.

Se tomó algunos minutos para que lo rodearan y, al menos, le dijeran que ella estaba ahí. No quería mostrarse ante él tan repentinamente; después de todo, él pensaba que estaba muerta.

Al no poder demorar más el momento, se levantó y caminó hacia él, quien estaba con la que debía ser su esposa, otras dos mujeres y una niña.

No quería prestarle mucha atención a la niña, más que nada porque imaginaba que era su hija.

Para su sorpresa, el dolor que esperó sentir por saber que él sí quiso tener hijos con otra mujer nunca llegó.

Eso la relajó, porque estaba más segura que nunca de que los sentimientos que había tenido por él habían quedado en el pasado.

—¿Ian? —dijo cuando estuvo cerca, aunque salió más como una pregunta.

Helen se apartó, dejándola ver y dándole una visión completa del hombre que había amado y al que le había entregado todo años atrás.

Había sido inevitable que su corazón volviera a dar un vuelco al estar tan cerca de él.

El silencio en el gran salón era aplastante, pero no se atrevía a decir nada, más aún cuando se notaba que él estaba tan sorprendido.

No le quitaba los ojos ambarinos de encima, y eso la puso nerviosa y algo incómoda.

Hasta sintió un ligero miedo de haber despertado algún sentimiento dormido por ella.

Solo agradeció que Helen les hubiera sugerido hablar en un lugar más privado.

Así tal vez podrían llegar a un acuerdo.

Antes de abandonar el gran salón, miró una última vez a la niña que permanecía en brazos de la joven rubia que había llegado con Ian.

No pudo evitar pensar que Ian tenía muy buen gusto para las mujeres, ya que la joven, que parecía bastante más joven que ella, era muy hermosa.

Una vez estuvieron en el despacho de Ian, Aisla miró todo alrededor, viendo que tampoco había cambiado mucho. Era como volver al pasado.

Quiso que la conversación fluyera bien, pero ella se sentía bastante incómoda. Aunque mantuvo su semblante relajado, fingiendo que todo estaba bien para que Ian no se sintiera culpable por lo que había pasado antes del accidente: la intensa y gran discusión que desencadenó todo lo demás.

Aun así, no pudo evitar reclamarle el hecho de no haberla buscado más o que hubiera tenido un hijo con otra mujer y no con ella.

Eran cosas del pasado, pero para ella, al tener a Ian frente a frente, era como si hubieran ocurrido hace pocos días.

Todos sus recuerdos parecían tan recientes como si no hubiera pasado el tiempo, si no fuera consciente de que su otra vida era real, que Ewan era real, estaría segura de que todo había sido un mal sueño.

Cuando quiso preguntarle si él sentía algo por ella, se detuvo. No quería una pregunta incómoda y tampoco una respuesta positiva, aún más cuando ella solo deseaba correr y alejarse de ahí.

—¿Deberíamos seguir con nuestro papel? —preguntó ella, esperando que él propusiera algo más, una solución, tal vez dejar todo como había estado los últimos trece años—.

El clan espera que retome mi lugar. Siguen siendo excelentes personas —continuó sonriendo y repitiendo las mismas palabras que Gregor le había dicho la noche anterior.

No supo por qué lo dijo tampoco, tal vez para llenar el silencio y no hacer sentir mal a Ian; al menos debía darle tiempo para que asimilara que ella estaba viva—, aunque a la mayoría ya no los reconozco.

—Aisla... —expresó él.

Ella lo miró de inmediato, esperando que al fin dijera una solución viable para los dos, algo que le indicara que la tenía en un lugar diferente al que solía tenerla, un lugar que ya no era de amante ni de esposa.

Pero él permaneció en silencio, mirándola fijamente.

Aisla también lo observó con detenimiento, sintiéndose poco a poco más cómoda al hacerlo.

No pudo evitar recordar cuando eran jóvenes, amigos que se contaban todo sin miedo.

Que se ayudaban mutuamente a enfrentar a sus verdugos.

En el caso de Ian, su padre. En el de ella, su tía.

Sin pensar lo que hacía, se acercó y recorrió su rostro, superponiendo aquel rostro del que se había enamorado años atrás. Pero ya no sentía lo mismo, y era una pena que su amor hubiera acabado así, que hubiera sido interrumpido tan bruscamente.

Cuando regresaron a la fiesta, encontró a Isobel cerca de la joven rubia que Ian había llevado consigo. Enseguida la tomó del brazo y la alejó al escuchar que estaba intentando hacerla sentir mal.

—Por favor, aléjate de esa joven —le advirtió con dureza. Isobel levantó una ceja y se cruzó de brazos.

—¿En serio te interesa esa inglesa? Ella es quien hizo que Ian se olvidara de ti, aunque eso no te importa mucho, ¿cierto? Te importa más tu pescador.

Aisla suspiró. A veces odiaba esa personalidad de su hermana.

—Eso no debe importarte, Isobel. Esto es asunto de los tres y, como lo resolvamos, no te importa.

—Yo fui quien hizo que recordaras, quien te encontró, ¿recuerdas? —dijo Isobel con reproche y con cierto dolor por el rechazo—. No merezco ser excluida.

—No te pedí que me buscaras, Isobel —replicó Aisla con el ceño fruncido—.

¿Acaso tu insistencia para que regresara al clan era esta?

¿Fastidiarnos la vida a Ian y a mí? Él había rehecho su vida, y lo sabías.

Aun así, insististe en que debía regresar.

No había necesidad de revolver el avispero. Pero esa es tu especialidad.

Isobel miró a su hermana con un toque de dolor por sus palabras.

—Aisla, no... yo...

—No tienes que justificarte. Sé que eres así por Marion, pero por primera vez vive tu vida y no la de ella.

Aisla sabía que estaba siendo cruel, pero Isobel muchas veces necesitaba ese toque de realidad, saber que no todo giraba alrededor de ella. Tal vez se había equivocado al pensar que había cambiado.

∞∞∞

Dos días después, Aisla caminaba apresuradamente por los pasillos del castillo buscando a Brianna, la esposa de Ian.

Esa mañana se había levantado con la intención de encontrarla para hablar con ella y disculparse por lo sucedido la noche anterior durante la boda de la nieta de Colum, cuando hicieron aquel brindis en honor a Ian y a ella.

Aisla se había sentido tan incómoda que, en cuanto encontró una oportunidad para escapar, se retiró.

Aunque gracias a eso, Ian y ella habían hablado por fin con sinceridad.

Ambos habían confesado que ya no existía amor entre ellos.

E Ian había dicho abiertamente que amaba a su esposa.

Ella habría querido decir que también amaba a otro hombre, pero no tenía ganas de contar toda su historia ni mucho menos explicar que Ewan la había abandonado.

Como todo se había resuelto y confiaba en que Ian solucionaría cuanto antes el asunto legal que todavía los unía, estaba decidida a regresar pronto a Skye. No tenía nada más que hacer allí y, en verdad, extrañaba su hogar y su rutina.