Capítulo 9
En este capítulo verán algunos acontecimientos de Otra oportunidad para el Conde desde la perspectiva de Aisla. Las escenas no serán reproducidas por completo; solo se mostrarán su punto de vista según la situación del momento.
Tres semanas después.
Por primera vez en trece años... había abandonado la isla de Skye. El pecho se le encogió ligeramente al pensar que abandonaba por un tiempo la vida que había construido. Pero, como se había dicho desde que subió al barco: era necesario cerrar el pasado para seguir viviendo el presente.
Durante las primeras dos semanas había esperado pacientemente el regreso de Ewan. Pero él no había regresado, y eso le dolía.
Ni siquiera Sorcha y Leslie podían creerlo.
Ambas estaban tan sorprendidas y molestas como ella.
Mientras Leslie lo llamaba cobarde por no haber dado la cara, Sorcha insistía en que algo debía haber ocurrido para que se marchara de esa manera tan repentina.
Aisla quería creer que sí, que algo realmente debía haber pasado, y también quería creer que conocía a Ewan, que él no era un hombre de escapar pasara lo que pasara.
Aun así, los días siguieron pasando y poco a poco tuvo que volver a su rutina de hornear y vender pan. Al final, la vida continuaba avanzando y no podía darse el lujo de dejarse derrumbar. Si no lo hizo en trece años, tampoco lo haría ahora.
Por parte de Isobel, las cosas también habían cambiado.
Después de recuperar la memoria, ver a Isobel no le había agradado, teniendo en cuenta que lo último que recordaba de ella era su burla en cuanto a lo que Ian le había hecho.
Lo difícil que había sido su relación de hermanas, el deseo de Isobel por Ian y de ocupar su lugar como lady del clan Dunmond.
Pero también pensó, como la adulta que era, que habían pasado años y que todos cambian, por lo que dejó ese pasado atrás y se concentró en la felicidad de tener a su hermana menor con ella después de tantos años.
Además, Isobel parecía distinta, más madura y tranquila. Como si el hecho de haberla creído muerta durante tantos años hubiera logrado cambiarla un poco. Tal vez había comprendido, a pesar de todo, que sí la quería. Al menos Aisla quería creer eso.
—Supongo que aprovechaste mi muerte para lanzarte a los brazos de Ian —le había dicho una noche, después de que habían terminado de cenar.
Isobel la había mirado con su típica expresión neutra.
—Un poco, pero comprendí que definitivamente no le gusto —respondió, encogiéndose de hombros, sin importarle confesar que sí había intentado seducir a Ian. Aunque la verdad no le sorprendía; estando ella presente, Isobel lo había intentado incontables veces.
—¿En serio te diste por vencida? —preguntó Aisla, alzando las cejas, sorprendida.
—Tampoco iba a estar rogándole toda la vida. Al final dejó de gustarme.
Aisla dejó asomar una tenue sonrisa después de días de lágrimas. Al menos agradecía la compañía de su hermana; si hubiera estado sola, el abandono de Ewan hubiera sido más difícil.
Durante esas tres semanas, Isobel tampoco dejó de insistirle para que regresara a Argyll.
Al principio Aisla se había negado, no quería regresar, pero con el paso de los días, pensando y analizando, aceptó regresar.
No tanto por la insistencia de su hermana, sino porque necesitaba ver a Ian y descubrir qué había sido de su vida durante esos trece años.
Comprobar con sus propios ojos que los sentimientos que alguna vez tuvo por él pertenecían al pasado.
Había tenido mucho tiempo para pensar y para ordenar sus recuerdos y sentimientos, para aceptar que a quien amaba era a Ewan y que Ian había quedado en el recuerdo de su otra vida.
Pero aun así necesitaba enfrentarse a Ian, porque a pesar de todo ella lo había amado tanto que creyó imposible volver a amar a otro hombre.
Y si quería continuar con la vida que había construido en Skye, debía asegurarse de que esos sentimientos no estuvieran simplemente dormidos.
También necesitaba aclarar lo ocurrido. Mostrarse y hacer saber que seguía viva, quizá, aunque parecía imposible después de tantos años, descubrir quién la había abandonado herida en aquel bosque.
Aisla observó las aguas grises del mar desde la cubierta de la embarcación mientras el viento agitaba algunos mechones de su cabello bajo la capucha.
Las costas de Skye ya habían desaparecido hacía horas, por lo que resultaba imposible acobardarse y regresar; ahora debía seguir y afrontar la realidad de que pronto estarían en Argyll.
Una de sus manos descendió inconscientemente hasta posarse sobre su abdomen plano. Sonrió con algo de tristeza, aún sin creer todavía que pudiera estar esperando un hijo.
Cuando aún no recordaba nada, tenía miedo de no poder darle hijos a Ewan, pero después de recuperar los recuerdos, de sufrir una vez más la mentira de Ian respecto a su condición de no poder tener hijos y luego recordar su edad, había llegado a la conclusión de que realmente era demasiado tarde para ser madre.
Y sin embargo allí estaba, esperando un hijo de Ewan.
«Tal vez Ian no era el hombre indicado para ser el padre de mis hijos», pensó Aisla con la mirada perdida en el agua.
Solo esperaba que Ian hubiera continuado con su vida. Porque si todavía albergaba sentimientos por ella, las cosas serían mucho más difíciles de lo que imaginaba. Después de todo, llevaba en su vientre el hijo de otro hombre.
∞∞∞
La llegada al clan Dunmond había sido para Aisla un manojo de emociones y sensaciones extrañas. Era como despertar de un largo sueño en el que había estado viviendo una vida completamente diferente.
Casi nada había cambiado con el paso del tiempo.
El castillo seguía prácticamente igual, excepto por algunas decoraciones nuevas, nada que la hiciera dudar de que ese había sido su hogar.
Excepto que ella lo sabía y sentía que ya no lo era.
Tampoco las personas que vivían allí se sentían como su familia.
—¿Dormiste bien, querida? —preguntó Helen con una sonrisa amable en el rostro.
Helen siempre había sido como una madre para Ian, y ella siempre la había querido. Se llevaban bien en aquel entonces, pero no sabía por qué ahora sentía que nada era igual.
—Sí —respondió con una suave sonrisa mientras se sentaba en una de las mesas del gran salón para el desayuno.
Desde su regreso, dos días atrás, todos los que la conocían la habían tratado muy bien, simpatizando con ella y con su historia de pérdida de memoria, llegando incluso a considerarla un milagro de resurrección.
Su hermana había vuelto a mantener una sutil distancia a pesar de todas las semanas que habían pasado juntas, aunque ahora había mucha diferencia en el comportamiento de Isobel.
Pero lo más difícil, sin duda, sería enfrentar a Ian.
Él no se encontraba en el clan. Helen le había contado que había viajado a América y que no sabía cuándo regresaría. Eso complicaba mucho las cosas, porque no quería quedarse demasiado tiempo en el clan debido a su embarazo.
También sabía que Ian se había vuelto a casar.
No lo culpaba ni le reprochaba haberlo hecho.
Después de todo, él, al igual que todos los demás, había creído que estaba muerta.
En el fondo, se alegraba de que Ian hubiera podido rehacer su vida.
Eso facilitaba mucho las cosas para ella, aunque no estaba segura de cómo funcionaría todo si legalmente seguía siendo su esposa.
Después de todo, nunca había existido un divorcio entre ellos.
No tenía intención de obligarlo a seguir unido a ella, porque lo que más deseaba era regresar a Skye y continuar con la vida que había construido allí.
Sin embargo, ese asunto legal le preocupaba bastante. Solo esperaba no estar provocando algún gran problema con su regreso.
Mientras tomaba su desayuno, observó el movimiento de preparación para la fiesta de esa noche.
Gregor, quien estaba a cargo del clan en ausencia de Ian y también había sido uno de sus mejores amigos, había ordenado organizar una celebración por su regreso. Una fiesta en honor a que seguía con vida, como había dicho él.
Aisla se había negado. Lo último que deseaba era celebrar algo. Pero Gregor había insistido.
—Vamos, Aisla. ¿Desde cuándo rechazas una fiesta? —había dicho Gregor en tono divertido y burlón mientras daba un sorbo a su cuenco de whisky.
Ella había negado con la cabeza. Le había estado haciendo compañía casi hasta la medianoche en el gran salón la noche anterior. Solo estaban ellos y algunas pocas personas más, compartiendo whisky junto al fuego.
—¿Desde que pasaron trece años? Pero veo que tú sigues siendo el mismo mujeriego de siempre. ¿Acaso no piensas casarte? —lo había reprendido ella.
Antes, amaba las celebraciones. Siempre se esmeraba cuando el clan tenía algo que festejar. Tal vez eso también lo había perdido junto con sus recuerdos.
—Sabes que no soy un hombre de matrimonio —respondió Gregor, encogiéndose de hombros—. Me gusta mi vida como es. No necesito una esposa.
—Todo hombre necesita una esposa, una mujer que lo cuide y esté a su lado. ¿Acaso tampoco quieres hijos?
Gregor torció los labios y cruzó los brazos sobre el pecho.
—No lo he pensado —admitió con el ceño fruncido.
—¿Acaso tu reticencia al matrimonio se debe a lo que pasó con tus padres? —preguntó Aisla.
Recordaba cómo, más de trece años atrás, Gregor le había confiado su historia. Ni siquiera Ian, que lo había salvado y le había dado un hogar, conocía todos los detalles de su pasado.
—Tal vez tenga que ver con eso. Tal vez no.
—A pesar de los años, sigues sin poder engañarme. No le tengas miedo al futuro. La mujer que elijas no será igual que tu madre. Solo date la oportunidad.
—Está bien, lo pensaré —aceptó Gregor. Aisla arqueó una ceja.
—Solo lo dices para que me calle, ¿cierto?
Gregor soltó una sonora carcajada.
—A pesar de todo, sí sigues conociéndome muy bien —dijo él.
Aisla volvió a negar con la cabeza. Luego apoyó la cabeza sobre el hombro de Gregor, recordando las veces que había hecho exactamente lo mismo años atrás.