Capítulo 8 #2
Entrecerró los ojos, esperando estar equivocado, observando cómo el barco se acercaba con lentitud hasta que giró ligeramente, logrando distinguir el estandarte que ondeaba en uno de sus mástiles.
Apretó los puños al reconocer perfectamente el emblema de los Mackenzie.
No le sorprendía que finalmente lo hubieran encontrado.
Su padre probablemente había enviado hombres a recorrer gran parte de Escocia, incluyendo las Hébridas, para dar con su paradero.
Y después de tantos meses, lo habían conseguido.
Ewan permaneció inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras observaba cómo la embarcación terminaba de atracar en el muelle. No pensaba escapar, no valía la pena si ya lo habían encontrado. Aunque tampoco pensaba regresar si pretendían llevarlo a la fuerza.
—Señor Mackenzie —habló uno de ellos cuando estuvieron frente a frente. Ewan mantuvo el rostro serio, observándolos.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó con voz seria y dura.
—Venimos por orden de su madre.
Esas palabras hicieron que el ceño de Ewan se frunciera. Su madre jamás habría enviado hombres a buscarlo cuando era su padre quien daba las órdenes.
—¿Qué ocurre? —preguntó alarmado. El hombre bajó la mirada durante un instante antes de volver a mirarlo.
—Su padre está gravemente enfermo.
Ewan dejó de respirar por unos segundos, tratando de asimilar la noticia.
—¿Cómo?
—Los médicos no son optimistas, señor. Su madre ruega que regrese. Temen que no le quede mucho tiempo.
¿Su padre estaba... muriendo?
De pronto, toda la rabia acumulada desapareció al pensar que existía la posibilidad de no volver a verlo jamás.
Una sensación de culpa le oprimió el pecho.
Había partido convencido de que estaba haciendo lo correcto, de que estaba dándole una lección a su padre.
Pero nunca había deseado causarle daño. Mucho menos provocar que pasara sus últimos días sin reconciliarse con él.
Debía regresar... Pero Aisla...
Apenas unas horas antes, ella había recuperado la memoria y le había confesado que estaba confundida. No podía pedirle que abandonara todo para acompañarlo. No en esas circunstancias.
Tomó aire profundamente, sabiendo la decisión que debía tomar como futuro esposo y laird.
—¿Tienen tinta y papel en el barco? —preguntó, haciendo que los hombres lo miraran confundidos.
—Sí, señor.
—Necesito escribir una carta.
Ewan subió a la embarcación y le entregaron papel, tinta y una pluma.
Durante varios minutos permaneció sentado frente a la pequeña mesa de la cabina, escribiendo la carta que estaba seguro de que Aisla entendería.
Ella era la mujer más comprensiva y buena que había conocido, y se sentía orgulloso y honrado de saber que ella lo amaba también.
En la carta le contó quién era realmente, que era el hijo del laird del clan Mackenzie y que había ocultado la verdad porque deseaba ser amado por quien era y no por el título que algún día heredaría.
Le explicó la enfermedad de su padre y la razón por la que debía regresar.
Y también que no la estaba abandonando. Que solo le estaba dando el tiempo que ella misma le había pedido.
Que pensaba regresar porque seguía deseando que fuera su esposa.
Y, sobre todo, porque la amaba; que pasara lo que pasara, no estaba dispuesto a renunciar a ella.
Terminó la carta con una única petición: que lo esperara y que tuviera fe en él, porque regresaría por ella.
Cuando terminó, dobló cuidadosamente el papel y salió de la cabina. El barco ya estaba preparándose para partir. Buscó a Hamish, el pescador que le había dado refugio esa noche.
—Necesito que entregues esto a Aisla.
Hamish recibió la carta y asintió.
—Lo haré.
—Es importante.
—Está bien, se la entregaré.
Ewan observó por última vez el puerto. Luego subió a bordo sin llevar consigo nada más que la ropa que tenía puesta. Mientras la embarcación comenzaba a alejarse lentamente de Skye, permaneció de pie observando cómo la isla desaparecía poco a poco entre la neblina.
∞∞∞
Aisla seguía descansando en la habitación. Después del agotamiento emocional de la noche anterior, había caído en un sueño profundo.
Isobel permanecía sentada junto al fuego, removiendo distraídamente una taza de té entre las manos.
Tampoco ella había dormido demasiado pensando en los acontecimientos del día anterior. El golpe de encontrar a su hermana viva y saber que, por trece años, no había regresado porque había perdido la memoria, y no porque la hubiera abandonado.
Unos golpes en la puerta la hicieron sobresaltarse y alejarse de sus pensamientos. Levantó la vista y caminó hacia la entrada. Al abrir, encontró a un hombre robusto cubierto con un grueso abrigo de lana.
—¿Sí? —dijo con una ceja arqueada. El hombre se quitó la gorra respetuosamente.
—Busco a Aisla —respondió el hombre. Isobel torció los labios y ladeó la cabeza.
—Todavía está descansando.
Él asintió y extendió un papel doblado.
—Ewan me pidió que se la entregara —dijo, e Isobel bajó la vista hacia el papel.
—¿Dónde está Ewan?
—Se marchó esta mañana.
Esa respuesta la tomó por sorpresa durante unos segundos. Luego frunció el ceño.
—¿Se marchó?
—Sí. Partió en un barco poco antes del amanecer.
Ahora sí estaba confundida. Apenas unas horas antes ese hombre había disputado su lugar junto a Aisla, negándose a dejarla ir, ¿y ahora era él quien la dejaba?
—¿Dijo cuándo volvería?
—No lo sé, señora. Solo me pidió que entregara esto.
Isobel tomó el papel lentamente y asintió.
—Gracias.
El hombre inclinó la cabeza, volviendo a ponerse el gorro.
—Que tenga buen día.
Isobel cerró la puerta y permaneció inmóvil unos segundos observando la carta. Se mordió el labio con curiosidad. Luego se encogió de hombros y desdobló el papel. Leyó rápidamente las líneas, quedando totalmente sorprendida por el contenido.
—Vaya, el simple pescador resultó ser el hijo de un laird —musitó, mordiéndose el labio.
Después de todo, su hermana sí tenía suerte de enamorarse de hombres con poder y riqueza.
Levantó la cabeza sobresaltada al escuchar movimiento detrás de la cortina, en la habitación. Sin pensarlo, dobló rápidamente el papel y la ocultó dentro de su abrigo. Apenas tuvo tiempo de hacerlo cuando Aisla apareció en la cocina.
Se veía pálida y cansada. Por un momento, Isobel estuvo tentada a darle la carta para evitar el sufrimiento por la partida de Ewan, pero sabía que eso sería un impulso para que ella decidiera regresar a Agryll.
—¿Era Ewan? —preguntó al notar la puerta recién cerrada.
Isobel sintió un desagradable nudo en el estómago. Lo que iba a hacer estaba mal. Muy mal.
—No era Ewan.
—¿Quién entonces?
—Era un hombre del puerto —respondió. Aisla frunció ligeramente el ceño.
—¿Y qué quería?
Isobel bajó la mirada fingiendo tristeza.
—Vino a avisar que vio a Ewan abandonar la isla esta mañana.
—¿Qué? —inquirió Aisla con un hilo de voz.
—Lo siento.
—No —negó inmediatamente. No podía creer que Ewan la hubiera dejado—. No puede ser.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Aisla...
—No... ¡No!
Sin esperar nada más, se dirigió hacia la puerta, abriéndola con brusquedad.
—Aisla, espera —dijo Isobel tratando de detenerla, pero Aisla ya había salido de la casa.
—Él no haría eso —musitó, corriendo por las calles del puerto, ignorando el frío. Necesitaba comprobar que Ewan estaba allí, que no la había dejado.
Alcanzó al hombre que imaginaba era quien había entregado la carta.
—¡Hamish, espera! —gritó Aisla. El hombre se volvió sorprendido—. ¡Ewan, él... se fue?
El pescador bajó lentamente la mirada. Y esa simple reacción bastó para que el corazón de Aisla comenzara a romperse.
—Partió esta mañana —respondió.
Aisla llevó una de sus manos a su boca, ahogando el sollozo que soltó. Sus piernas temblaban sin fuerza, a punto de dejarla caer.
¿Por qué? ¿Por qué él se fue si le prometió que la esperaría, que no se iría?
Aisla cerró los ojos, sin soportar tanto dolor consumiéndola por dentro. Las gotas de lluvia comenzaron a caer lentamente hasta que se hicieron más fuertes.
—¡Aisla! —La voz de Isobel resonó por encima de la lluvia. Enseguida llegó hasta su hermana y la abrazó antes de que se dejara caer—. Vamos, puedes enfermar si seguimos bajo esta lluvia —susurró Isobel, guiándola de nuevo hacia la casa.