Capítulo 8
El llanto de Aisla era apenas un murmullo ahogado tras la cortina que dividía la cocina de la habitación. Llevaba más de una hora allí, sentada en el borde de la cama, con las manos aferradas a la colcha mientras intentaba contener las lágrimas que no dejaban de salir.
Había pasado trece años deseando recordar, y ahora deseaba no haberlo hecho jamás. Cada vez que cerraba los ojos, los recuerdos regresaban como si los hubiera vivido recientemente y no hacía años.
El castillo, Ian y su matrimonio...
Aisla se cubrió el rostro con ambas manos, conteniendo otro sollozo mientras cerraba los ojos con fuerza. Nunca pensó que recordar su matrimonio con Ian la llenaría de una inmensa tristeza y confusión.
Ya no sabía ni quién era. Si la mujer que había amado a Ian durante años o la mujer que había construido una nueva vida en Skye, la que había aceptado casarse con otro hombre.
Un nuevo sollozo escapó de su garganta.
Era imposible vivir entre dos vidas. El solo hecho de pensar en una y luego en la otra la estaba desgarrando por dentro.
Por un lado estaba Ewan, el hombre del que se había enamorado durante los últimos meses.
Él la había hecho más feliz que en los trece años que había vivido...
y por otro lado estaba Ian, su esposo, su primer amor y su mejor amigo, a quien había amado durante años, pero también quien le había hecho el peor daño.
Una lágrima cayó sobre sus manos. Su mirada estaba perdida en algún punto de la habitación.
No sabía qué era peor. Recordar a Ian o descubrir que, a pesar de haberlo amado una vez, no deseaba perder a Ewan. Y eso la hacía sentirse terriblemente culpable, como si estuviera traicionando a ambos hombres al mismo tiempo.
—¿Sirena?
La voz de Ewan, suave y varonil, resonó detrás de ella, haciéndola cerrar los ojos durante unos segundos.
No se movió de su lugar ni respondió. No tenía el valor de mirar a Ewan a los ojos y decirle que...
estaba casada, que no podría casarse con él.
Ese pensamiento le oprimió el pecho hasta casi ahogarla.
Ewan se acercó a ella suavemente hasta arrodillarse frente a la cama y tomar una de sus manos, pero ella la retiró enseguida. Le gustaba demasiado su tacto, pero a la vez sentía que estaba traicionando a Ian y faltándole el respeto a Ewan, engañándolo y ocultándole la verdad.
—¿Sirena? —suplicó Ewan, mirándola con preocupación—. Háblame, por favor.
Ella intentó articular alguna palabra, pero simplemente no encontraba por dónde comenzar. Cómo decirle sin herirlo que recordaba lo que había olvidado, que recordaba que ella... era una mujer casada.
Sus ojos chocaron unos segundos con los turquesas de Ewan y, una vez más, una lágrima rodó por su mejilla. Le dolía el corazón de solo saber que debía alejarlo por el momento.
—Ewan —susurró con la voz ronca y entrecortada, hipando de vez en cuando y tomando aire para poder hablar—. Yo... yo... mis recuerdos han regresado.
Él la miró, esperando que continuara, sin juzgarla ni presionarla.
—Eso... es bueno, sirena —dijo él con suavidad, aunque se notaba algo de tristeza en su tono—. Ahora sabes de dónde vienes y... si tienes familia.
Ewan le sonrió dándole ánimos, pero eso solo la hizo sentirse peor. Negó con la cabeza mientras se limpiaba las lágrimas que no dejaban de salir una tras otra.
—Yo... recordé que estoy... casada —susurró lo último sin tener el suficiente valor de mirarlo a sus hermosos ojos turquesa.
Por unos segundos solo hubo silencio entre ellos.
Aisla permaneció con la cabeza baja, esperando que Ewan entendiera que no podían continuar juntos. Pero solo sintió cómo él tomaba una de sus manos una vez más. Esta vez ella no la apartó, simplemente apretó su agarre, sin querer soltarlo.
—¿Lo quieres, Aisla? —preguntó él con un hilo de voz.
Aisla entreabrió los labios para responder, pero solo dejó caer los hombros, bajando la cabeza.
—No puedo darte una respuesta clara a esa pregunta, Ewan.
Él... fue mi primer amor y el hombre que amé durante más de cinco años.
Eso es lo que recuerdo ahora, pero han pasado trece años.
Los sentimientos cambian, pero ahora mismo no puedo decirte que no lo amo, como tampoco puedo negar que te amo a ti.
Tú eres mi presente, el hombre del que me enamoré y con quien deseo casarme, pero...
—Entiendo —musitó Ewan, asintiendo mientras bajaba la cabeza.
A Aisla le temblaron los labios y tuvo que morderlos con fuerza mientras más lágrimas salían al ver la derrota reflejada en las facciones de Ewan.
—Ewan —musitó ella sin saber qué más decir—. Estoy... asimilando el regreso de mis recuerdos. Estoy confundida. Ahora mismo es como si estuviera viviendo entre dos vidas completamente diferentes.
La Aisla de antes era la lady de un clan, rodeada de lujos y sin necesidad de esforzarse trabajando cada día. Pero la Aisla de ahora era completamente diferente. No tenía lujos en su vida, madrugaba para ganarse el sustento, pero aun así era feliz.
—No te alejes, por favor —rogó ella.
Porque quería que pasara más tiempo, un día o dos, para asimilarlo todo, para ordenar cada recuerdo y cada sentimiento. Esperaba entonces ser capaz de reconocer quién era el hombre que amaba de verdad.
—No me iré —aseguró él, apretando su mano y mirándola fijamente con una ligera sonrisa triste—. No lo haría sin luchar primero por mi lugar en tu vida. Podrás estar casada legalmente, pero han pasado años y ese hombre ni siquiera te buscó. No te merece, sirena.
—Ewan...
—Bien, no haré que lo odies por decir lo obvio, pero espero que sí te des cuenta. Aun así, estaré aquí, manteniendo la esperanza de que, al final de todo, sí serás mi esposa.
Aisla le sonrió débilmente por la confianza que tenía y la fe que depositaba en su amor y en el futuro que soñaban juntos. Ella también deseaba tener esa esperanza.
—Ahora descansa, mi sirena. Mañana será otro día —dijo Ewan, acariciando su mejilla.
Ella cerró los ojos, disfrutando de su tacto a la vez que asentía.
Con ayuda de Ewan, se recostó en la cama. Él la arropó y, antes de irse, besó su frente.
—Ewan... —ella lo detuvo antes de que cruzara el umbral—. Si Sorcha o Leslie preguntan, solo diles que me siento algo indispuesta.
Ewan asintió.
—No te preocupes, no dejaré que te molesten —aseguró él antes de salir de la habitación, dejándola sola y esperando que pudiera descansar.
Cuando entró en la cocina, vio a Isobel sentada en una de las sillas con los brazos cruzados.
—Está durmiendo. Puedes irte si quieres —expresó él, quedándose en medio de la cocina.
—No me iré —replicó Isobel, mirándolo sin expresión alguna en el rostro—. Mi hermana y yo tenemos mucho de qué hablar. Fueron trece años en los que pensé que estaba muerta, y ella ha estado aquí sin recordar nada. Imagino que debe tener muchas preguntas.
Ewan apretó la mandíbula y le dio la espalda.
Deseaba echar a esa mujer a patadas, pero debía contenerse. Era la hermana de la mujer que amaba. Ahora más que nunca debía ser paciente y demostrarle a Aisla que él era el hombre a quien amaba, y que aquel que decía ser su esposo solo era un obstáculo más para su felicidad.
Él, personalmente, se encargaría de hacer que ese divorcio se tramitara lo más rápido posible.
∞∞∞
Ewan apenas había dormido esa noche. Se incorporó lentamente del catre improvisado que uno de los pescadores le había prestado en su embarcación y se frotó el rostro con ambas manos.
Había decidido pasar la noche fuera de casa para darle espacio a Aisla y a su hermana. Además, solo había una cama y una improvisada en el suelo. Y aunque la idea de dejar sola a Aisla en un momento como ese no le agradaba en absoluto, comprendía que necesitaba tiempo.
Apoyó los antebrazos sobre las rodillas y observó la tenue claridad del amanecer filtrándose por las rendijas de la embarcación.
No podía imaginar lo que debía estar sintiendo Aisla.
Recordar una vida entera después de trece años debía ser...
abrumador. Incluso para él, que jamás había pasado por algo parecido, tomar una decisión respecto a su propio futuro había sido difícil.
Él también había dejado una vida atrás, una que tarde o temprano tendría que enfrentar.
Él era, en realidad, Ewan Mackenzie, hijo del laird del clan Mackenzie.
Había nacido sabiendo que su destino era heredar el liderazgo del clan y proteger a su gente.
Nunca había tenido problemas con eso, pero lo que sí había dejado claro desde joven era que elegiría a su propia esposa.
Que no aceptaría un matrimonio arreglado para unir tierras, riquezas o alianzas.
Él deseaba casarse por amor. Y precisamente por eso había abandonado su hogar.
Porque su padre no había respetado su decisión.
El mismo que por años le había enseñado que un hombre debía honrar su palabra, que debía respetar las decisiones de otros y actuar con justicia.
Pero cuando llegó el momento, el propio laird había roto su promesa para asegurar una alianza beneficiosa con otro clan.
Con los meses que habían pasado, Ewan esperaba que la distancia que él había impuesto hiciera reflexionar a su padre. Porque, pese a todo, seguía amándolo y respetándolo.
Y también seguía dispuesto a asumir el liderazgo del clan cuando llegara el momento. Pero lo haría junto a la mujer que eligiera. Y esa mujer era Aisla.
Había planeado contarle toda la verdad la noche anterior, después de la celebración en el pueblo. Había querido hablarle de su familia y de que, en realidad, era el hijo de un laird, y que en el futuro existía la posibilidad de que él fuera el laird también.
Pero los recuerdos de ella decidieron aparecer justo cuando eran más felices.
Con un suspiro cansado, tomó su abrigo de piel y abandonó la embarcación.
El día apenas comenzaba y la neblina cubría gran parte de las montañas, y el frío era demasiado intenso esa mañana. Ewan avanzó por el muelle con la intención de regresar a casa cuando un barco que acababa de entrar en la bahía llamó su atención.