Entre dos Vidas (Hermanas Straton) Capítulo 7
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Capítulo 7

Aisla preparaba junto a Sorcha algunas canastas de regalo para la fiesta del pueblo que se celebraría esa noche. Era una costumbre que los habitantes del puerto conservaban desde hacía generaciones cada vez que llegaba el invierno y la Navidad se aproximaba.

Las familias que tenían un poco más compartían con las que tenían dificultades para mantenerse durante el invierno, aportando pescado salado, leña, mantas o verduras conservadas.

Aisla siempre contribuía con panes, galletas de avena y varias tortas de miel que había pasado los últimos días horneando.

—Creo que este año has preparado más tortas que el anterior —comentó Sorcha mientras acomodaba una de ellas en la canasta que preparaba.

—Ha aumentado el número de habitantes del pueblo, y casi la mayoría son de familias con dificultades para sobrevivir el invierno.

Sorcha asintió, dándole la razón.

—Y este invierno parece que será más frío que de costumbre.

—Eso parece —murmuró Aisla, alzando su mirada al cielo grisáceo.

Pero, por más que el cielo fuera un mal augurio de un invierno demasiado frío, ella no podía sentirse preocupada o triste.

La noticia de su compromiso con Ewan había llenado de alegría a sus amigas y algunas otras personas cercanas del pueblo. Ella y Ewan habían decidido que la boda se celebraría cuando la primavera iniciara. Después de eso comenzarían a formar la familia que ella, sin saberlo, anhelaba.

Aisla bajó la vista del cielo hacia las cintas que estaba acomodando sobre la mesa, pensando en lo que verdaderamente le preocupaba: no poder darle hijos a Ewan.

No sabía con exactitud cuántos años tenía.

Solo sabía que ya habían pasado trece años desde que despertó sin recuerdos.

Y trece años era mucho tiempo, por lo que imaginaba que debía rondar los treinta y pocos años.

—¿En qué piensas? —preguntó Sorcha.

Aisla levantó la vista, saliendo de sus pensamientos.

—En nada.

—Mientes.

—No miento —dijo, envolviendo una de las cestas con la cinta.

—Claro que sí. Anda, dime qué te preocupa en un día festivo como este —pidió Sorcha con una sonrisa maternal.

—No me trates como si fuera tu hija. En todo caso, podríamos ser como hermanas —expresó Aisla, haciendo sonreír a Sorcha.

—Es un método que siempre funciona con Arya —respondió Sorcha, divertida. Arya era su hija de siete años.

—Solo pensaba en el futuro —dijo Aisla por fin, con la voz suave.

—Todo saldrá bien. Te mereces ser feliz.

Sorcha le dedicó una sonrisa tranquila. Aisla esperaba que así fuera.

Después de terminar las canastas, ambas abandonaron la casa comunal donde varias mujeres ayudaban con los preparativos.

La celebración tendría lugar cerca del puerto, en una explanada protegida del viento por varios almacenes de madera.

Los hombres habían levantado una gran estructura cubierta con lonas gruesas para resguardar a todos del frío.

Las entradas estaban adornadas con ramas de pino.

También habían colgado cintas, pequeños adornos tallados en madera y faroles que serían encendidos en la noche.

Mientras observaban los últimos detalles, Aisla notó que Ewan caminaba hacia ellas. Enseguida se giró en su dirección con una amplia sonrisa en los labios.

—Ya se había demorado en buscarte —murmuró Sorcha con diversión.

Cuando Ewan llegó hasta donde estaban, sin prestar demasiada atención a quienes los rodeaban, tomó una de las manos de Aisla y depositó un beso sobre sus nudillos. La sonrisa de ella se amplió. Esos gestos se habían vuelto frecuentes y disfrutaba de ellos más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Mi sirena, ¿has terminado ya?

—Aún no. Justo estaba por ir a buscar los panes y tortas que quedaron en casa —respondió ella, a la vez que sonreía aún más al ver que Ewan sacaba un pequeño arreglo confeccionado con ramas de pino, acebo y algunas flores secas que aún conservaban algo de color, el cual había mantenido oculto tras la espalda.

—Es precioso —expresó Aisla, tomándolo en sus manos con cuidado.

—Pensé que te gustaría —dijo él sin despegar sus ojos turquesa de ella.

—Gracias.

Ewan inclinó la cabeza y besó suavemente su frente. Sorcha contempló la escena durante unos segundos con una sonrisa genuina.

—Creo que será mejor que me marche. Yo también iré a buscar algunas cosas que aún faltan.

—Está bien. Nos veremos esta noche —asintió Aisla. Luego miró a Ewan con una sonrisa—. Iré a buscar lo que falta, no debemos atrasar la celebración.

—Un par de minutos no harán mucha diferencia —bromeó Ewan, juntando sus manos.

—Pero mientras más temprano terminemos, más tiempo para nosotros tendremos.

Ewan pareció pensarlo hasta que asintió.

—Está bien. Vamos, te ayudo.

Justo cuando se disponían a irse, uno de los hombres que ajustaba una de las lonas llamó a Ewan para que lo ayudara.

—Ve, no son muchos panes los que faltan, puedo sola —dijo Aisla.

—Te espero aquí entonces.

—Volveré enseguida.

Se despidió de él y comenzó a caminar hacia su casa.

Al llegar, abrió la puerta y entró rápidamente para escapar del viento helado.

Tomó varias hogazas que había dejado enfriando y comenzó a acomodarlas dentro de una cesta junto con las tartas, pero se detuvo cuando escuchó unos golpes en la puerta.

Dejó la cesta sobre la mesa, caminó hacia la entrada y abrió la puerta con una sonrisa, pensando que sería Leslie buscando alguna torta extra.

—Este año no habrá tortas grat... —se detuvo enseguida al ver que no era Leslie, sino una mujer desconocida que jamás había visto en el pueblo.

Era de cabello castaño y ojos verdes. Tal vez algunos años más joven que ella.

—Buenas tardes —saludó Aisla amablemente, pensando que seguramente buscaría comprar alguno de sus panes, pero la mujer parecía incapaz de moverse. Solo la observaba fijamente, como si estuviera viendo un fantasma.

Lo que hizo que la sonrisa de Aisla disminuyera un poco.

—¿Necesita algo? —volvió a hablar más despacio.

Pero, aun así, no hubo respuesta.

—¿Se encuentra bien?

La mujer continuó observándola hasta que sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Aisla se alarmó sin saber qué hacer.

—Aisla... —murmuró la mujer.

El corazón de Aisla dio un fuerte vuelco y sus dedos se tensaron sobre la puerta.

—¿Cómo... cómo sabe mi nombre? —preguntó, desconcertada, con el ceño fruncido.

La mujer parpadeó varias veces y luego sacudió la cabeza, confundida.

—¿Me conoce?

Ahora fue el turno de la desconocida de fruncir el ceño.

—¿No me reconoces?

Aisla negó lentamente mientras una sensación desagradable comenzaba a instalarse en su pecho, porque sabía que esa mujer pertenecía a la vida que no recordaba.

—Debería reconocerte... ¿verdad?

—¡Claro! Soy tu hermana, Aisla —replicó la mujer, mirándola con incredulidad.

—¿Qué? —musitó Aisla, dando un paso atrás, sintiendo un leve mareo.

—Soy yo, Isobel, tu hermana —volvió a decir sin moderar su tono.

Aisla sintió que las piernas le temblaban.

«¿Esa mujer era... su hermana?». La palabra resonó dentro de su cabeza. Una hermana. Ella tenía una hermana y pasó trece años sin recordarlo.

—No... —susurró apenas, negándose a creer aquello—. No puede ser.

Isobel soltó una risa cargada de dolor.

—¿No puede ser? ¿Qué te pasa, Aisla? Llevo trece años creyendo que estabas muerta y resulta que estabas escondida en esta isla.

Aisla retrocedió otro paso, negando con la cabeza.

—Yo no...

—Te lloramos —interrumpió Isobel, con la voz quebrada.

—Yo no desaparecí —dijo finalmente Aisla, tratando de comprender la situación.

—Claro que desapareciste, dejándome sola.

—No —negó nuevamente—. No recuerdo nada.

Isobel se quedó inmóvil.

—¿Qué has dicho?

—Desperté herida hace trece años en un bosque de Ardfern, sin recordar quién era ni de dónde venía —explicó Aisla, sintiendo cómo su cabeza le martillaba y todo parecía moverse a su alrededor.

Aun así, levantó la mirada una vez más hacia Isobel—.

Tu acusación es completamente inválida. No fingí mi muerte ni desaparecí porque quise.

Isobel la observó horrorizada, con los ojos abiertos y sin parpadear. Solo apretó su gruesa capa aún más contra su pecho.

—¿Dónde... dónde vivía? —preguntó Aisla al cabo de unos minutos de silencio. Necesitaba saber todo lo que se había preguntado por años.

—En Agrill —respondió Isobel. Aisla asintió sin reconocer el nombre.

—Allí vivías conmigo y nuestra tía, luego te casaste con el laird.

Aisla levantó bruscamente la cabeza al escuchar esas palabras.

—¿Qué?

Su respiración se volvió irregular. Llevó una mano a su cabeza y otra a su pecho, con la mirada perdida.

—No...

—Aisla...

La imagen de Ewan apareció en su mente. La boda y el futuro que estaban planeando.

—No... no... no —musitó desesperada—. Eso no puede ser.

—Tenemos que volver a Agrill, ese es tu hogar —dijo Isobel, acercándose un poco a ella. Pero Aisla retrocedió.

—¿Por qué? —inquirió casi en un susurro, mirando fijamente a Isobel con los ojos nublados por las lágrimas. Su hermana la miró confundida—. ¿Por qué apareciste ahora, después de tantos años? ¿Por qué simplemente no dejarme muerta?

Sabía que eso sonaba egoísta, pero había esperado suficiente tiempo a que alguien de su vida pasada apareciera, que le contara quién era, y ahora que por fin había decidido y aceptado ser feliz, su otra vida le daba por aparecer.

¡Era demasiado injusto!

—¿Dejarte muerta? —gritó Isobel, derramando una lágrima—.

Eres mi hermana. Pensé durante trece años que te había perdido, todos esos años culpándome por no haber sido una mejor hermana.

Cuando la tía Marion me reveló que estabas viva, no lo podía creer.

¿Cómo era posible algo así después de tanto tiempo?

Pero me dijo dónde encontrarte y, sin esperanza alguna, decidí dejar Agrill para venir aquí y asegurarme de que seguías muerta, que era mentira que estabas viva y que me...

habías dejado. Créeme, Aisla, preferiría seguir creyendo que estás muerta.

Aisla no sabía por qué razón aquellas palabras le dolían tanto, hasta el punto de sentir un agudo dolor en la cabeza que la hizo agacharse con ambas manos en las sienes.

—¿Aisla? —musitó Isobel, alarmada.

Pero Aisla seguía consumida por el dolor de cabeza. Luego, imágenes comenzaron a aparecer en su memoria, imágenes que antes no recordaba. El dolor aumentó con cada punzada.

—¿Aisla? ¿Estás bien?

—No... —logró musitar antes de que todo se volviera negro.

—¡Aisla! —gritó Isobel, arrodillándose frente a su hermana. Tomó su rostro y comenzó a moverlo y a darle suaves golpecitos para despertarla—. Oh, por Dios. Por favor, despierta.

En ese momento, Ewan entró en la casa con el ceño ligeramente fruncido al ver que la puerta estaba abierta. Había ido a alcanzar a Aisla al notar que estaba demorando más de lo que había dicho.

Su corazón se detuvo por un instante cuando vio a Aisla tendida en el suelo con una mujer desconocida arrodillada a su lado.

—¡Aisla!

Llegó a ella en apenas unas cuantas zancadas, apartó a Isobel sin demasiada delicadeza y luego tomó a Aisla entre sus brazos.

—Aisla —la llamó, pero ella seguía inconsciente. Le acarició el rostro con delicadeza—. Aisla, por favor, abre los ojos.

Una sensación de pánico comenzó a extenderse por su pecho. Volvió a sacudirla con delicadeza, tratando de despertarla con desesperación.

—Aisla, despierta.

Al ver que no despertaría, levantó la vista hacia Isobel. Sus ojos turquesa se endurecieron al no reconocerla.

—¿Quién eres? —preguntó con voz dura, a la vez que apretaba a Aisla más contra su pecho.

Isobel parpadeó varias veces, limpiándose las lágrimas de sus mejillas sonrosadas.

—¿Qué le hiciste? —volvió a preguntar Ewan.

—Yo no... le hice nada —respondió con la voz entrecortada.

—¿Qué ocurrió entonces?

Isobel observó unos segundos el rostro inconsciente de Aisla y luego volvió a mirarlo.

—Soy su hermana.

Ewan se quedó inmóvil, con la mirada fija en ella. Sin decir nada, recorrió su rostro, fijándose en el parecido que tenía con Aisla.

—¿Su hermana? —repitió Ewan, sin moderar su tono de voz duro—. Aisla no tiene a nadie. Ha estado sola desde que despertó herida en el bosque hace años. Si de verdad eres su sangre, ¿dónde estuviste todo este tiempo mientras ella luchaba por recuperar sus recuerdos y salir adelante sola?

Isobel se encogió ante la dureza de sus palabras, pero no apartó la mirada.

—Creía que estaba muerta —logró responder con un hilo de voz—. Pero hace apenas unas semanas, la tía Marion me confesó que estaba viva. No lo creí, pero aun así tenía que salir de dudas, así que vine.

Ewan apretó los dientes. No le importaba que los recuerdos de Aisla regresaran; ella era su mujer y pronto sería su esposa legalmente. Cualquier pasado que regresara, podrían afrontarlo juntos.

—Viste que está bien. Puedes regresar por donde viniste —dijo Ewan. mPero Isobel negó con la cabeza.

—Ella regresará conmigo.

Ewan levantó la vista rápidamente hacia ella.

—Volverá a su hogar, a donde pertenece.

—Ella pertenece donde decida quedarse —replicó Ewan con la mandíbula tensa.

—Su vida está en Agrill —dijo Isobel, tratando de convencerlo.

—Su vida está aquí.

—Tiene una familia.

—También tiene una aquí.

—No puedes decidir eso.

—Ni tú tampoco.

Isobel entrecerró los ojos, molesta.

—Es mi hermana.

—Y es la mujer con la que voy a casarme.

Esas palabras hicieron que Isobel parpadeara varias veces.

Justo en ese momento, un débil gemido escapó de los labios de Aisla mientras se removía entre los brazos de Ewan.

Enseguida la depositó con cuidado sobre una de las sillas de madera cercanas, ignorando por completo la presencia de Isobel.

—¿Aisla? ¿Me oyes? —susurró él, buscando desesperadamente el brillo de sus ojos. Una de sus manos acarició suavemente su mejilla—-. Estoy aquí, sirena.

Ella abrió los ojos lentamente, observándolo todo desorientada, hasta que su mirada verdosa chocó con el rostro de Ewan, luego con el de Isobel, donde se detuvo unos segundos antes de regresar finalmente a Ewan.

Sin poder evitarlo, una lágrima descendió por su mejilla y cerró los ojos con fuerza, tratando de ahogar un grito de dolor, frustración y tristeza.

Por fin recordaba todo, pero deseaba poder borrar esos recuerdos una vez más.