Capítulo 6
Dos meses después, prácticamente toda la isla de Skye sabía que Aisla y Ewan estaban juntos. La noticia no había provocado demasiada sorpresa debido a que ya casi todos habían asumido que eran esposos.
—¿Solo eso? —había preguntado Leslie, cruzándose de brazos, cuando Aisla le contó la conversación en la que se habían confesado que se gustaban—. Pensé que sería una gran confesión.
Sorcha le había dado un golpe en el brazo.
—¿Una gran confesión? Lo importante es que al fin se dijeron lo que sentían.
—Lo sé, pero un poco más de drama y emoción sería más interesante.
—Somos demasiado adultos para eso, Leslie. Sabemos lo que queremos —le respondió Aisla.
—Deberías tomar el ejemplo de Aisla —le recriminó Sorcha a Leslie, quien torció los labios—. También eres bastante mayorcita para andar soltera.
—Me gusta estar soltera —respondió Leslie, encogiéndose de hombros.
Esa mañana, Aisla estaba en su puesto de pan, esperando que más clientes se acercaran a comprar, mientras observaba distraídamente el puerto y el movimiento de los pescadores.
El otoño comenzaba a instalarse poco a poco sobre la isla. El aire era más frío y el mar se mostraba más inquieto que durante el verano.
Sus ojos buscaron a Ewan y sonrió al verlo cerca de uno de los barcos pesqueros, ayudando a descargar varias cajas. Seguía sorprendiéndole lo fácil que había sido acostumbrarse a él. Amar sus brazos rodeándola por las noches y los besos robados de vez en cuando.
Había pensado que estaba destinada a vivir sola, que era un poco tarde para formar una familia.
En el fondo, se había resistido a ello más por la falta de sus recuerdos que por otra cosa.
Sin embargo, Ewan había llegado a su vida de la forma más inesperada posible; era como si el mar mismo le hubiera dado esa oportunidad, entregándoselo.
Esa misma noche, después de cerrar el puesto y regresar a casa, hizo la cena con la ayuda de Ewan, aunque casi habían olvidado que estaba al fuego porque entre besos y caricias habían terminado en la cama.
Más tarde, ambos estaban en la cama, abrazados uno contra otro bajo las gruesas sábanas de pieles.
Un brazo masculino rodeaba su cintura mientras la mantenía cerca de su cuerpo.
Aisla apoyó una mano sobre la de él en silencio, pensando que había llegado el momento de contarle sobre su falta de recuerdos.
Ella pensaba que Ewan merecía saber esa parte de su vida si iba a compartir el resto con él.
Así que giró ligeramente la cabeza para mirarlo.
—Ewan —lo llamó en un susurro. Él abrió los ojos unos segundos después.
—¿Mmm?
—Hay algo que nunca te dije.
—¿Qué cosa? —inquirió él con la voz ronca.
Aisla guardó silencio unos instantes. No sabía por dónde empezar.
—Hace doce años y medio... —comenzó en voz baja. Luego soltó una pequeña risa sin humor—. Bueno, dentro de poco ya serán trece años. Fui encontrada inconsciente en un bosque de Ardfern.
La expresión de Ewan se volvió más seria, hasta fruncir el ceño.
—Dos ancianas me encontraron abandonada —continuó ella—. Estaba herida, tenía un golpe en la cabeza y no recordaba nada. Ni quién era, ni de dónde venía, ni si tenía familia. Ni siquiera sabía cuántos años tenía. Aún sigo ignorando eso.
—Por eso no me dijiste cuándo era tu cumpleaños —dijo Ewan, comprendiendo esa parte. Aisla asintió en respuesta.
—Las mujeres que me encontraron cuidaron de mí y durante algunos meses estuve con ellas. Tenía la esperanza de que los recuerdos regresaran o que apareciera alguien conocido buscándome, pero nunca ocurrió. Así que decidí irme de Ardfern. Así fue como llegué aquí.
—Imagino que esos recuerdos aún no regresaron.
Ella negó lentamente.
—No. Tampoco tengo esperanza de que lo hagan. Ha pasado demasiado tiempo y, la verdad, no sé cómo me sentiría si llegara a recordar mi otra vida. Para mí, esta que he construido, los nuevos amigos, mi trabajo, esta casa, tú... son mi nueva vida, y para mí es más que suficiente.
Ewan le sonrió y besó sus labios con ternura.
—Tú también eres mi nueva vida, sirena —murmuró él sobre sus labios, haciendo que ella sonriera también—. ¿Entonces Aisla lo inventaste tú después?
—No, ese sí es mi verdadero nombre. Lo supe por una nota que dejaron conmigo en el bosque.
—¿Una nota? —Ewan frunció el ceño—. ¿Qué decía?
—No regreses, Aisla —respondió, recordando perfectamente cada palabra. Las había leído tantas veces que jamás podría olvidarlas.
Los dedos de Ewan se cerraron un poco con ira.
—Te dejaron a propósito en aquel bosque —expresó Ewan sin quitar el ceño fruncido.
—Lo sé, y creo que por eso no insistí más en querer recordar o buscar a alguien. Solo quise decirte esto porque no quería tener secretos contigo.
Esas palabras hicieron que Ewan se tensara por un segundo.
—Gracias por decírmelo —murmuró él—. Yo también tengo cosas que contarte... sobre mi familia.
Aisla asintió, pasando algunos dedos por su pecho desnudo.
—Cuando estés listo, estaré aquí para escucharte —le aseguró ella sin presionarlo—. Yo decidí contarte porque estaba preparada para hablar de eso. No tienes que hacer lo mismo si no lo estás.
Ella sabía que él había huido de su hogar, de su familia, cuando la tormenta de meses atrás atrapó el navío en el que viajaba a América. Por eso imaginaba que, si quería alejarse tanto de su familia, era por alguna razón importante.
—Debí haber hecho algo muy bueno para tenerte en mi vida, Aisla —dijo él, enderezándose para quedar sobre su cuerpo.
Aisla le sonrió enamorada.
—Creo que era algo que merecíamos mutuamente.
∞∞∞
El invierno ya había llegado a la isla. Parte de las colinas cercanas estaban cubiertas de nieve y los vientos que llegaban desde el mar eran más fríos que nunca.
Aun así, el puesto de pan seguía funcionando, pero con la ayuda de Ewan lo trasladaron un poco más lejos del puerto. Allí, por el aire frío del mar, los panes se endurecían demasiado rápido y ella pasaba mucho frío.
Ewan ahora se dedicaba a trabajar en la herrería del pueblo, además de la pesca, pero como era invierno, la pesca había disminuido un poco, por lo que pasaba más tiempo en la herrería.
Casi siempre llegaba por la noche con algunos peces, pero eso solo cuando tenía suerte; la mayoría de los días no había mucha pesca.
Ese día había amanecido lloviendo con fuerza y, desde la ventana de la cocina, Aisla podía ver cómo el viento batía con fuerza las velas de los barcos anclados en el puerto.
Ni siquiera los pescadores se habían atrevido a navegar con ese tiempo, y Aisla sabía que se debía a la tormenta de meses atrás, la cual dejó a muchos con miedo de que volviera a haber una tormenta parecida.
Ella y Ewan habían decidido pasar el día en casa, disfrutando de un poco de leche tibia y del calor de las sábanas y el fuego de la chimenea.
Mientras terminaba de preparar el desayuno —leche, pan recién horneado con mantequilla y un poco de mermelada—, Ewan estaba en la habitación, nervioso por lo que estaba a punto de proponerle a Aisla.
Cuando estuvo listo el desayuno en la mesa, Aisla caminó hasta la habitación para avisarle a Ewan, pero al entrar lo vio caminando de un lado a otro con una extraña expresión de nerviosismo.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Ewan se detuvo y se giró para mirarla por unos largos segundos. Luego soltó un leve suspiro y metió una mano en el bolsillo de su chaqueta.
—Hay algo que quiero darte —dijo, acercándose. Aisla ladeó la cabeza y arqueó una ceja divertida.
—¿Debo preocuparme?
—Probablemente —respondió con una mezcla de diversión y nerviosismo, haciendo que ella soltara una pequeña risa.
Ewan se acercó más y tomó una de sus manos para deslizar sobre su dedo un sencillo anillo de plata con una pequeña perla blanca.
Por un momento, Aisla se quedó sin palabras observando el anillo en su dedo hasta que reaccionó.
—Ewan... —musitó.
—No es perfecto, pero...
—Es hermoso —interrumpió ella con los ojos humedecidos por la emoción de lo que significaba el anillo.
Una sonrisa apareció en los labios de él al ver que su esfuerzo había valido la pena.
—Lo hice con ayuda de Glen.
Glen era el herrero que le había dado trabajo hacía algunas semanas.
—¿En serio?
—Bueno... Glen hizo la mayor parte del trabajo —admitió él, rascándose la nuca.
—¿Y la perla? —preguntó, ahora preocupada. Sabía que una perla era demasiado cara y valiosa, y no quería que él se endeudara por ella.
—La encontré yo mismo hace unas semanas. Estaba ayudando a unos pescadores y abrimos varias ostras. Dentro de una encontré esa perla.
—Pudiste haberla vendido, valen mucho —expresó ella mirando la perla, pero Ewan negó con la cabeza, acariciando su mejilla.
—Desde que la vi en la ostra, supe cuál sería el propósito de ella.
Y la verdad, ya quería pedirte que fueras mi esposa frente a todos y ante Dios, no solo de palabra y porque vivimos juntos.
Quiero que seas mi esposa, sirena, que un papel y la ley te aten a mí para siempre, porque ya no puedo imaginar un futuro donde tú no estés.
Aisla sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Aceptarías convertirte en mi esposa?
Aisla sonrió y una lágrima rodó por su mejilla mientras asentía.
—Sí, Ewan.
Él sonrió ampliamente por la respuesta y, en menos de un segundo, la tomó de la cintura y la recostó en la cama, besándola con pasión y deseo.
—Te amo, mi sirena —susurró él sobre sus labios antes de volver a besarla.