Entre dos Vidas (Hermanas Straton) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Por supuesto, señora Talulla —respondió Ewan, asintiendo, pero sin mirarla directamente.

Luego tomó dos de los barriles y los trasladó donde la mujer le indicó.

Aisla lo observó durante todo el proceso, pensando inconscientemente en cómo sería ser más que amigos, ser un matrimonio.

Enseguida movió la cabeza. Sabía que para que pasara algo así debía haber atracción y amor entre ambos y, por la reacción de Ewan, dudaba que él sintiera la misma atracción que ella sentía por él.

Cuando Ewan terminó de acomodar los barriles, se alejó hacia los muelles sin decirle nada. Eso la dejó con el corazón apretado. Nunca esperó algo así de él.

—Es un buen hombre —dijo Talulla, sonriéndole. Aisla la miró y asintió. Sí, Ewan era un buen hombre, pero no era suyo.

—No es mi marido —aclaró Aisla con voz suave, a la vez que dejaba caer los hombros.

—Todavía.

Aisla puso los ojos en blanco.

—Es solo el hombre que salvé y mi amigo.

Talulla regresó a sus verduras con una sonrisa divertida mientras negaba con la cabeza.

Poco después aparecieron Leslie y Sorcha con una cesta con algunas frutas. Era el día de ellas hacer algunas compras y siempre pasaban por su puesto para comprar pan y verduras.

Gracias a que la mañana estaba bastante movida, ya no le quedaban casi panes ni galletas. Era bueno que su venta del día terminaría temprano; podría llegar a su casa y preparar más para la venta del día siguiente.

—¿Qué sucede? —preguntó Leslie apenas vio la expresión de Aisla.

—Nada.

—No nos engañas, Aisla —dijo Sorcha, mirándola con el ceño fruncido.

Aisla suspiró.

—Talulla llamó a Ewan... mi marido —respondió con un resoplido.

Sorcha y Leslie intercambiaron una mirada y luego comenzaron a reír, lo que hizo que Aisla las mirara confundida.

—¿Y qué tiene eso de extraño? —preguntó Leslie.

—Todo Skye cree que están casados —añadió Sorcha con naturalidad mientras escogía uno de los panes.

—¿En serio? —preguntó, ladeando la cabeza—. Solo he escuchado algunas críticas porque vivimos bajo el mismo techo, pero no que piensen que estamos casados.

—Sabes que la gente supone muchas cosas, pero no le tomes mucha importancia.

—Debo tomarla, ¿y si eso perjudica mi negocio?

—No lo hará —le aseguró Sorcha—. He vivido aquí desde que tengo uso de razón. Esta gente solo habla porque no tiene nada más que comentar, pero al final te aprecian por cómo te levantaste tú sola. Llegaste a esta isla sin nada y mira lo que has logrado.

Leslie asintió, apoyando a Sorcha.

Aisla desvió la mirada hacia el mar, queriendo sentirse tranquila por las palabras de su amiga, pero lo que realmente la tenía decaída era la actitud repentinamente extraña de Ewan.

Tal vez había llegado el momento de hablar.

∞∞∞

Ya en la noche, Aisla había dejado preparadas las masas para el día siguiente y ahora removía lentamente una olla de avena sobre el fuego.

Toda la tarde sus pensamientos estuvieron concentrados en la conversación que quería tener con Ewan.

Y, sobre todo, necesitaba saber qué lugar ocupaba ella en la vida de Ewan.

Si seguirían siendo amigos o si existía la posibilidad de algo más. Y si la respuesta era no... entonces quizás deberían comenzar a pensar en tomar caminos separados. Solo que esa idea le producía una sensación extraña de tristeza porque, en el fondo, no quería que él se marchara.

La puerta se abrió poco después. Ewan entró con una sonrisa y un par de peces colgando de una cuerda.

—Mira lo que conseguí —dijo, alzando los peces, y Aisla sonrió sin poder evitarlo.

—Veo que hoy fue un buen día.

—Lo fue, y lo aprovechamos al máximo —expresó él, dejando la pesca sobre la mesa—. Los prepararé para la cena.

Aisla asintió y lo observó trabajar mientras pensaba en cómo serían ellos como un verdadero matrimonio.

La luz del fuego que iluminaba parte de la cocina, se reflejaba sobre los antebrazos de Ewan mientras preparaba el pescado.

Tenía las mangas arremangadas hasta los codos y cada movimiento hacía que los músculos de sus brazos se marcaran bajo la piel.

Cuando terminó de prepararlos para el fuego, Aisla reunió el valor para comenzar la conversación.

—Hoy, cuando Talulla supuso que eras mi marido —comenzó ella. Ewan levantó una ceja—. Fue... bastante incómodo.

—¿Esos comentarios te preocupan? —preguntó él, dejando los peces de lado para centrarse en ella.

—Un... poco.

—¿Por qué?

Ella se mordió el labio un segundo antes de responder.

—Casi todo el pueblo piensa que estamos casados. Y quería saber qué opinas de eso.

Ewan se limpió las manos con un paño y se acercó a ella sin despegar su mirada turquesa de la suya.

—La verdad, no me molestan —respondió él, y Aisla sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza.

—¿No? —Ewan negó con una media sonrisa.

—Si te soy sincero, Aisla... me gustaría que fuera cierto. Desearía que fueras mi esposa.

De todo lo que había imaginado para la conversación, esa confesión era lo que menos había esperado.

—¿Qué? —balbuceó, sorprendida.

—Me gustaría que fueras mi esposa —repitió él, divertido al ver la sorpresa en su hermoso rostro.

—Ewan...

—No era así como quería decírtelo, pero ya que todos esperan que estemos casados, ¿por qué esperar?

—Entonces, ¿por qué parecías incómodo?

Eso lo hizo soltar un leve suspiro.

—Me preocupa lo que puedan decir de ti. Has pasado años construyendo tu vida aquí, tu reputación, tu negocio... Y no me gusta pensar que alguien pueda hablar mal de ti por mi culpa.

—¿Eso era lo que te preocupaba? —inquirió ella con el corazón latiéndole como un tambor en el pecho, tratando de no sonreír como una niña.

—Sí —Ewan dio un paso hacia ella, acercándose más de lo que habían estado durante las últimas semanas—. De donde vengo, en el continente, las cosas son un poco diferentes. Mi familia piensa diferente. Tanto que un simple rumor podría arruinar tu reputación.

—Pero aquí no somos así, Ewan —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Y a mí... a mí me importa más lo que tú sientas que lo que diga el resto de la isla.

Ewan dejó escapar un suspiro de alivio. Levantó una mano y, con delicadeza, acarició la mejilla de Aisla. El roce hizo que ella cerrara los ojos un instante, disfrutando de la calidez de su tacto.

—Eres lo más importante que he encontrado en este lugar, Aisla —murmuró él, acortando la escasa distancia que los separaba hasta que sus frentes casi se tocaron—. Bueno, fuiste tú quien me encontró a mí.

Ella soltó una risita a la vez que sus ojos verdes se humedecían.

—No quería dar un paso en falso y arruinar lo que hemos construido. Pero no puedo seguir fingiendo que me basta con compartir el mismo techo y ser solo tu amigo.

Aisla alzó la mirada, sintiendo que la tristeza y la preocupación que la habían atormentado durante toda la tarde se desvanecían por completo.

—Y ahora quiero saber si tú sientes lo mismo —murmuró él. Aisla negó con la cabeza lentamente.

—Yo tampoco quiero que seas solo mi amigo —confesó ella en un susurro apenas audible, demasiado cerca de sus labios.

—Lo sospechaba —expresó Ewan con una sonrisa pícara.

—¿Lo sospechabas?

—Sí. ¿Creías que no me daba cuenta de cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta?

Aisla abrió la boca y luego volvió a cerrarla.

—Eres imposible.

—Y tú eres demasiado evidente, sirena.

Ella negó con la cabeza con una sonrisa. Entonces Ewan levantó una mano y acarició suavemente su mejilla una vez más.

—¿Puedo besarte? —preguntó él, observando fijamente sus labios.

La pregunta estaba de más, pero amaba lo caballeroso y encantador que era él.

—Solo hazlo.

Ewan acortó la poca distancia que los separaba y, cuando sus labios finalmente se encontraron, Aisla comprendió que, después de tantos años intentando construir una vida nueva, de querer recuperar sus recuerdos, por fin tenía lo que realmente necesitaba: un lugar al que llamar hogar y alguien con quien compartirlo.