Capítulo 5
Aisla abrió la puerta de su casa tras tanta insistencia. Sabía perfectamente quién era y por eso se había tomado su tiempo en abrir. Al hacerlo, encontró el rostro ofuscado de Leslie, con el cabello cobrizo pegado a la frente por la fina llovizna. La pelirroja entró sin esperar invitación.
—¿Acaso tienes un castillo para haber tardado tanto en abrir la puerta? Hace frío.
Aisla cerró la puerta detrás de ella.
—Entonces debiste quedarte en tu casa.
—Y llueve —añadió Leslie.
—Exactamente.
Leslie resopló mientras se quitaba las gotas de lluvia de su grueso abrigo de piel.
—¿Dónde está el náufrago? Sorcha me dijo que despertó ayer —preguntó, alzando el cuello y buscando detrás de Aisla, quien la miró con una ceja arqueada—. Y también vine a verte a ti.
—¿En serio?
—No.
—Al menos eres sincera —musitó Aisla—. Ewan está descansando, apenas despertó y está algo débil.
Leslie torció los labios, claramente no queriendo esperar.
Justo cuando iba a replicar, la figura masculina de Ewan salió de la habitación.
Aisla estaba de espaldas, pero por la reacción de su amiga supo que él no le había hecho caso y había abandonado la cama.
Con un suspiro, se giró para mirarlo con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Acaso no te dije que debías permanecer en cama? —inquirió Aisla, observándolo fijamente y procurando no reparar en cómo la camisa de lino se tensaba sobre sus hombros.
Sorcha había ido esa mañana a llevarle algunas prendas de su esposo. Aisla se las había pedido cuando recordó que Ewan no tenía ropa propia, aunque tampoco pensó que el esposo de Sorcha y Ewan no tenían la misma complexión. Ewan era alto y robusto, de hombros anchos y músculos bien definidos.
—Quería estirar un poco las piernas, sirena —respondió Ewan con una media sonrisa.
Aisla abrió la boca y volvió a cerrarla, apretando los puños por el apodo. Le había dicho que no la llamara así, pero él parecía empeñado en usar más el apodo que su nombre.
Lo de sirena había comenzado cuando él recordó que despertó gracias a su canto. Le había dicho que había sido como una sirena atrayéndolo desde las profundidades, aunque en su caso no lo había conducido a la muerte, sino de regreso a la vida.
Ella todavía no sabía cómo reaccionar a semejantes palabras.
Ni siquiera se conocían. Y, sin embargo, Ewan parecía sentirse perfectamente cómodo lanzando aquella clase de comentarios.
Aunque, siendo justa, él parecía poseer una naturaleza espontánea y alegre.
Tal vez era ella quien daba demasiada importancia a sus palabras.
—¿Sirena? —preguntó Leslie detrás de ella.
Aisla la miró rápidamente antes de volver la vista hacia Ewan.
—Ewan, ella es mi amiga Leslie. Y una de las mujeres que también ayudó a salvarte.
Ewan dirigió su mirada hacia la pelirroja, evaluándola brevemente antes de que su sonrisa se ampliara.
—Entonces estoy doblemente en deuda —dijo con voz rasposa—. Es un placer conocer a otra de mis salvadoras.
Leslie parpadeó varias veces. Sus ojos recorrieron sin disimulo la figura de Ewan antes de volver hacia Aisla con una expresión llena de picardía.
—De nada. Aunque puedes comenzar a saldar esa deuda cuando gustes.
Aisla puso los ojos en blanco, mientras que Ewan soltó una carcajada suave, que pronto se convirtió en una leve tos. Se llevó una mano a las costillas, haciendo una pequeña mueca de dolor. Aisla, al verlo, sintió que su instinto protector superaba su irritación por el comentario de su amiga.
—Suficiente conversación por hoy —intervino, dando un paso hacia él y señalando la habitación—. Ya has estirado las piernas. Ahora vuelve a la cama antes de que tus heridas empeoren y todo nuestro esfuerzo haya sido en vano.
Ewan la observó con un extraño brillo en los ojos.
—Como ordenes, mi sirena —bromeó antes de darse la vuelta lentamente y apoyarse en el marco de la puerta para regresar a la habitación.
Leslie soltó una risita apenas él desapareció de su vista. Aisla se giró para mirarla.
—Me gustaría quedarme con ese hombre —declaró Leslie, juntando las manos sobre el pecho. Aisla frunció el ceño y bajó la vista durante unos instantes antes de encogerse de hombros.
—Si él estuviera dispuesto, ¿quién soy yo para oponerme?
—Su sirena, quizá.
Aisla apretó la mandíbula mientras volvía a la mesa donde había estado amasando.
—Le he dicho que no me llame así. Pero parece decidido a ignorarme.
—¡Ja! Te dije que debiste dejarme cuidarlo a mí. Ahora tendrás que soportarlo.
Aisla fulminó a su amiga con la mirada, pero no respondió porque empezaba a sospechar que Leslie tenía algo de razón. Aunque, en el fondo, no se arrepentía de haberlo cuidado.
Dejó caer ligeramente los hombros mientras pensaba en el hombre que descansaba en la habitación contigua. No lo conocía demasiado, pero no parecía una mala persona. Era relajado, sí. Quizá demasiado encantador para su propio bien. Y condenadamente atractivo.
Aisla parpadeó.
«¿Qué estás pensando?», se reprendió mentalmente.
Estar sola durante tanto tiempo comenzaba a afectarla más de lo que estaba dispuesta a admitir. Debía seguir siendo tan sensata y tranquila como lo había sido durante los últimos doce años y medio.
∞∞∞
Algunas semanas después, Aisla se había acostumbrado a la presencia de Ewan en la casa.
Él estaba bastante recuperado, pero ninguno hacía comentarios respecto a separarse o tomar caminos distintos.
Simplemente, los días habían comenzado a pasar y, de alguna manera, Ewan se había convertido en parte de su rutina.
La ayudaba con la casa, cortaba leña para la chimenea, cargaba los sacos de harina e incluso la había ayudado a reconstruir su puesto de pan en el puerto después de que la tormenta lo derribara.
Lo había dejado más bonito que antes: ahora tenía un techo nuevo cubierto con lona, varios estantes para exhibir los panes y una barra frontal más amplia.
Incluso había añadido unas jardineras de madera a ambos lados que le daban un toque acogedor y que llamaba bastante la atención de los clientes.
Aisla no estaba segura de cuándo ocurrió exactamente, pero la casa había dejado de sentirse tan silenciosa. Ahora tenía a alguien ocupando el otro lado de la mesa, que le encendía el fuego o que la ayudaba sin tener que pedirles ayuda a algunos de los hombres del puerto.
En cuanto a dónde dormían ahora, Aisla había recuperado su cama y Ewan ocupaba la cama improvisada de mantas y lana cerca de la chimenea que Aisla había hecho para dormir durante los días que él permaneció inconsciente.
Aunque Leslie afirmaba que aquello era una tontería y que dos adultos podían compartir una cama sin que el mundo llegara a su fin.
—¿Acaso no tienes pudor, Leslie? —le había preguntado cuando su amiga soltó aquello frente a Sorcha y otras dos mujeres más que habían estado comprando pan en su puesto.
Incluso las dos mujeres se escandalizaron ante las palabras de Leslie, tanto que decidieron no comprar el pan.
Aisla no podía evitar sonrojarse un poco cuando recordaba el comentario. Ewan seguía teniendo esa actitud relajada y risueña que, de cierto modo, empezaba a gustarle.
A pesar de la confianza que comenzaba a surgir entre ellos, todavía había cosas que desconocía de él, aunque ella tampoco había sido del todo sincera.
No le había dicho que no recordaba gran parte de su vida, pero, a la vez, lo veía un poco innecesario.
Ella tenía ya su vida, una que le gustaba, por lo que esa otra parte que no recordaba ya no la extrañaba.
Sabía que Ewan provenía del continente[2] y que había abandonado su hogar después de una fuerte discusión con su padre.
Él le había contado que no deseaba regresar, que tal vez se quedaría en Skye a formar su propia vida lejos de sus padres.
Solo eso le había dicho, y ella tampoco insistía para no presionarlo.
Tampoco podía negar que comenzaba a sentirse atraída por él, y es que era imposible que no le gustara. Ewan era todo cuanto una mujer podría desear en un hombre: guapo, fuerte, atento, la hacía reír y siempre la trataba con respeto.
Pero guardaba esos pensamientos para sí misma. Ewan podía ser encantador y pasar el día entero llamándola sirena, pero nunca había dicho nada que indicara un interés real. Nada que le hiciera pensar que la veía como algo más que la mujer que le había salvado la vida.
Aunque, siendo sincera, sabía que era demasiado pronto para esperar algo así.
Por eso se conformaba con lo que tenían: una buena amistad. Al menos eso era lo que intentaba repetirse cada vez que sus ojos turquesa se encontraban con los suyos.
∞∞∞
La mañana transcurría como cualquier otra en el puerto. Para suerte de todos los pescadores, comerciantes y viajeros, hacía un poco de sol, lo que explicaba el aumento de movimiento en el muelle.
Aisla terminaba de atender a una clienta cuando vio aparecer a Ewan entre la multitud con la cesta vacía bajo el brazo. Le había pedido que entregara algunos pedidos en el pueblo que le habían hecho de panes y galletas. Cuando Ewan la vio, le sonrió ampliamente, como si verla iluminara sus días.
—Sirena —la llamó al acercarse al puesto—. ¿Hay más entregas?
—No por ahora —respondió ella, devolviéndole la sonrisa.
—Entonces iré a trabajar con los pescadores. Esta noche cenaremos pescado.
Ella asintió mientras acomodaba unas hogazas.
—Está bien, te esperaré entonces.
Habían pasado ya dos meses, y entre Aisla y Ewan todo parecía más fácil. Se habían vuelto más cercanos y la confianza entre ellos había crecido exponencialmente. Aisla cada vez se sentía más atraída por él, aunque siempre lo negaba.
—Aisla —la llamó la mujer del puesto de verduras vecino—. ¿Tu marido puede ayudarme con estos barriles?
La pregunta hizo que ambos giraran la cabeza y miraran a la mujer, sorprendidos por la suposición.
—No... nosotros no... —comenzó a decir Aisla algo nerviosa.
Miró a Ewan, que tenía una mano detrás de la nuca. Parecía bastante incómodo con la confusión de la mujer al pensar que él era su esposo.