Entre dos Vidas (Hermanas Straton) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Esa tarde, estaba tranquila horneando pan y haciendo un poco de sopa para la cena. Afuera llovía un poco; no había dejado de llover ni un día después de que encontraron al hombre. Eso le estaba imposibilitando un poco a Aisla la venta de panes y galletas.

Mientras la sopa hervía en el fuego y el pan terminaba de asarse, se dirigió a la habitación para limpiar una de las heridas del hombre que aún no había sanado en el antebrazo.

Se sentó en el borde de la cama y comenzó a cantar en voz baja la misma melodía que había estado cantándole los últimos días cada vez que lo atendía. Quería pensar que eso le daba paz y lo ayudaba a recuperarse.

Estaba tan entretenida cantando y limpiando la herida que no sintió el leve movimiento de su otro brazo. Justo cuando terminaba una de las estrofas, sintió unos dedos rodear suavemente su mano.

Aisla levantó la vista, sorprendida, hacia el hombre, que parecía desorientado, parpadeando varias veces, hasta que su mirada encontró la de ella.

Aisla sintió un extraño vuelco en el pecho.

Sus miradas permanecieron conectadas durante un largo rato.

Los ojos de él eran de un tono turquesa intenso, tan claros que parecían reflejar el propio mar.

Hasta que ella reaccionó, retirando la mano con suavidad y luego poniéndose de pie.

—Has despertado.

La voz le salió más baja de lo que pretendía. El hombre parpadeó varias veces, pero sin dejar de mirarla.

—Eso parece —respondió él con voz demasiado ronca.

Aisla se percató de ello y enseguida se acercó a la mesita que tenía al lado de la cama, sirvió un poco de agua en un vaso y se lo tendió.

—Bebe despacio. Has pasado demasiados días inconsciente.

Él obedeció enseguida, intentando tomar el vaso, pero sus manos parecían algo débiles, por lo que ella terminó ayudándolo a beber. Cuando terminó, el hombre soltó un largo suspiro.

—Gracias.

—¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? —preguntó ella, algo preocupada por su estado o por no haberlo cuidado mejor.

Él la observó unos segundos antes de responder, recorriéndola con su mirada turquesa. La tenue sonrisa que apareció en sus labios hizo que Aisla apartara la vista por un instante.

—He estado peor —respondió él, haciéndola sonreír.

—Ya me lo imagino.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Tres días... desde que te encontramos, aunque inconsciente llevas más. Cinco días, supongo.

—Vaya.

—Tuviste suerte —dijo Aisla, cruzándose de brazos—. Fuiste uno de los pocos sobrevivientes del naufragio del barco.

Después de haberlo encontrado, Aisla escuchó que habían encontrado otros sobrevivientes, no más de tres. Los demás solo eran cuerpos sin vida.

—Supongo que sí —murmuró él, aunque su expresión no era de agradecimiento o felicidad por haber sobrevivido.

Decidió no hacer preguntas. En vez de eso, observó mejor su estado. Tenía mejor color que cuando lo encontraron. Eso era buena señal, aunque sí parecía algo debilitado.

—Voy a traerte algo de comer.

El hombre simplemente asintió.

Aisla revolvió la sopa burbujeante que estaba en el fuego.

Ya estaba lista para ser servida. Mientras tomaba un cuenco de barro para servir la sopa, no pudo evitar pensar en qué ocurriría ahora.

No había considerado esa parte; solo se había concentrado en cuidarlo que nunca pensó en lo que haría cuando despertara.

No podía decirle que se fuera, aunque estaba débil.

Suspiró mientras colocaba el cuenco en una bandeja. Ya no podía echarse para atrás. Había decidido ayudarlo; ahora debía hacerlo hasta el final.

Regresó junto a la cama, colocó la bandeja sobre la mesita y lo ayudó a incorporarse. Luego le colocó la bandeja en el regazo. El hombre comenzó a comer y, sin importarle cuán caliente estaba, la devoró completamente en menos de cinco minutos. Aisla intentó no reírse.

—Creo que eso responde a si tenías hambre. Iré por un poco de pan. Eso terminará de llenarte.

Enseguida buscó un pedazo de pan recién horneado y un pequeño recipiente con mantequilla que había preparado días atrás, además de un vaso de leche tibia. El hombre tampoco tardó mucho en acabarlo.

Sin darse cuenta, Aisla lo observó en silencio detenidamente, notando que los movimientos de sus brazos eran fuertes pese a la debilidad que tenía. Los músculos de sus antebrazos y hombros se tensaban cada vez que levantaba el pan o el vaso.

Apartó la mirada enseguida cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando demasiado, y más cuando él seguía con el torso completamente desnudo.

Durante todos esos años se había concentrado tanto en salir adelante que apenas había pensado en los hombres y en la relación que podía tener con ellos. Aunque muchas veces se preguntó si había amado o tenido a alguien antes de perder la memoria.

Por eso le resultó extraño descubrir que su cuerpo había reaccionado ante la vista del hombre en su cama. Cuando volvió a mirarlo, descubrió que él también la observaba. Eso la hizo sentir un poco más incómoda.

Aisla se aclaró la garganta.

—¿Te duele algo más? Solo pude curar las heridas superficiales. No sé si tienes alguna lesión que no haya visto.

El hombre soltó una risa mezclada con un jadeo dolorido.

—Me duele todo el cuerpo.

—Entonces deberás permanecer un poco más en la cama —dijo ella, brindándole una leve sonrisa y liberándose un poco de la tensión.

—Si me cuidas tú, puedo soportar quedarme en cama unos días más —respondió él, dejando a Aisla sorprendida. Parpadeó varias veces, asimilando esas palabras.

«¿Está... tratando de seducirme?», se preguntó, incrédula.

—Por cierto, ¿cómo se llama mi salvadora? —preguntó él, sacándola de sus pensamientos.

—Ais... Aisla —respondió—. Aunque no fui la única que te salvó.

—Bueno, tú eres la única que veo por aquí —dijo él, encogiéndose de hombros—, pero les agradezco a todos lo que hicieron por mí.

Aisla asintió sin saber qué más decir, pero enseguida volvió a mirarlo.

—¿Y tú... cómo te llamas? —preguntó, recordando que no sabía ni su nombre.

—Ewan.