Capítulo 4
Doce años y medio después.
Aisla caminaba por la costa junto a Sorcha y Leslie, dos mujeres que se habían vuelto cercanas a ella con el paso de los años.
Sorcha estaba casada y tenía tres hijos, mientras que Leslie seguía soltera, al igual que ella.
Las tres vivían a pocas casas de distancia unas de otras; la de Aisla era la más cercana al puerto.
Había llegado a Skye con el objetivo de abrirse camino, por lo que haberse quedado trabajando con Odette toda la vida no era una opción.
Se mantuvo con ella alrededor de tres años y medio, trabajando y reuniendo cada moneda hasta que tuvo suficiente para alquilar una casa pequeña mucho mejor y más cerca del puerto.
Desde ahí, comenzó a hacer panes y galletas, los cuales vendía en el puerto o salía a vender por las calles.
Se mantuvo así durante los últimos años.
No era lo mejor que había pensado para su vida, pero para una mujer sola y soltera era casi el paraíso tener un techo que podía pagar y un trabajo donde era su propia jefa.
Podía decir que estaba bastante cómoda, a pesar de que aún no había reunido el dinero suficiente para abrir una panadería propia.
Ese era su más grande anhelo, pero aquello requería más capital del que poseía.
Una ráfaga de viento frío golpeó sus rostros, haciendo que Aisla saliera de sus pensamientos y prestara atención a la playa a la vez que ajustaba mejor el chal sobre los hombros.
Dos días atrás, una tormenta había azotado la isla con fuerza, tanto que Skye aún seguía recuperándose de los estragos que dejó atrás la tormenta.
Incluso varias embarcaciones habían sido destruidas contra las rocas, y algunos puestos del puerto también quedaron reducidos a montones de madera rota.
El cielo aún permanecía grisáceo y el mar seguía agitado por el viento.
A lo largo de la costa podían verse grupos de personas recorriendo la playa y las zonas rocosas, buscando supervivientes o cuerpos.
Se había esparcido el rumor de que un navío quedó atrapado en la tormenta cerca de la isla, y siempre que había un naufragio, muchos supervivientes o parte de las pertenencias de los barcos —aquello que no era tragado por el mar— llegaban a la isla.
—Espero que encontremos a alguien con vida —murmuró Sorcha, observando el horizonte.
—Han pasado dos días —dijo Leslie en voz baja. Ella era la que siempre decía las cosas con más crudeza; en todo caso, siempre la verdad. En ese momento, a pesar de mantener la fe de que encontrarían a alguien con vida, lo más probable era lo contrario.
Aisla permaneció en silencio, recorriendo la playa mientras avanzaban sobre la arena mojada, la cual estaba cubierta de restos de madera, redes rotas y fragmentos de la embarcación, pero nada que indicara que alguien hubiera sobrevivido.
Cuando llevaban más de media hora recorriendo la playa, Aisla comenzó a pensar que la búsqueda era inútil; solo había restos que el mar había desechado.
—Creo que deberíamos volv... —se detuvo justo cuando posó su mirada en un grupo de aves que revoloteaban cerca de unas rocas más adelante.
Frunció el ceño sabiendo lo que significaba que esas aves estuvieran por ahí.
—¿Ven eso? —preguntó, señalando hacia las aves.
Sorcha y Leslie siguieron la dirección de su dedo y asintieron, sabiendo también lo que significaba. Las tres corrieron hacia las rocas, gritando para que las aves se fueran.
—¡Malditos pajaracos! —exclamó Leslie, poniéndose las manos en la cintura.
Aisla, en cambio, no se distrajo. Se apresuró aún más al ver que había un cuerpo parcialmente cubierto por algas y arena. Al llegar, se arrodilló sin importarle ensuciarse el vestido con la arena mojada.
—¡Dios santo! —jadeó Leslie.
Aisla apartó algunas algas del rostro del hombre y se inclinó sobre él. Era joven, tenía el cabello oscuro pegado al rostro y varias heridas superficiales en la frente y las manos. Aisla inclinó rápidamente una mano sobre la nariz del hombre para comprobar si aún respiraba.
—¿Sigue vivo? —preguntó Sorcha con nerviosismo.
—Sí —respondió Aisla de inmediato al sentir su suave respiración—. Debemos llevarlo a mi casa.
—¿A tu casa? —preguntó Leslie, ladeando la cabeza.
Aisla asintió mientras observaba nuevamente al hombre.
—Es la más cercana.
—Aisla tiene razón, debemos atenderlo rápido y hacer que despierte —dijo Sorcha.
Llamaron a los hombres que estaban cerca buscando también y, entre ellos, lo llevaron al puerto, donde muchas personas estaban reconstruyendo y limpiando el desastre de la tormenta.
—¿Encontraron más supervivientes? —preguntó una mujer que dejó la escoba de lado para acercarse. Aisla solo negó con la cabeza.
—Solo a él —respondió Sorcha.
Cuando finalmente llegaron a la casa, Aisla guió a los hombres que cargaban al desconocido hacia la cama, les agradeció la ayuda y luego estos se fueron, dejando a las tres mujeres solas con el hombre.
Rápidamente, Aisla comenzó a quitarle la arena húmeda del rostro con un paño mojado. Luego enjuagó el paño y limpió las heridas de su rostro.
—¿Crees que sobrevivirá? —preguntó Sorcha desde la puerta.
Aisla siguió limpiando las heridas. No parecían graves. Lo peor probablemente había sido el frío y el tiempo que pasó en el agua.
—Sí —respondió ella—. Creo que sobrevivirá. Ayúdenme a quitarle la ropa mojada; si la dejamos puesta, no mejorará.
Entre las tres comenzaron a desnudarlo sin mirar más de lo debido, hasta que Aisla lo cubrió con las mantas hasta la mitad del pecho. Se quedaron observándolo en silencio por varios minutos. A simple vista, parecía bastante fuerte y de músculos definidos.
—Es muy guapo —soltó de pronto Leslie sin dejar de observarlo. Sorcha le dio un ligero golpe en el brazo.
—Por el amor de Dios, Leslie.
—¿Qué? Lo es.
—Hay un hombre inconsciente en una cama y eso es lo primero que notas.
—Sigo teniendo ojos —se defendió ella.
Aisla negó con la cabeza, divertida pese a la situación. Luego volvió a concentrarse en el hombre.
—Lo cuidaré hasta que despierte.
Las dos mujeres la miraron con el ceño fruncido.
—¿Estás segura? —preguntó Sorcha.
—Sí.
Aisla acomodó mejor la manta sobre el cuerpo del hombre, terminando de cubrir su desnudez. Inevitablemente pensó en doce años atrás, cuando era ella quien se encontraba en una situación parecida.
—Alguien hizo lo mismo por mí una vez —añadió en voz baja.
—Yo podría cuidarlo también —se ofreció Leslie.
—Solo quieres seducirlo —acusó Sorcha, poniéndose una mano en la cintura—. Estará mejor con Aisla.
—Yo también soy responsable, Sorcha. Sé cuándo debo tomar las cosas en serio —replicó Leslie, molesta.
Aisla soltó un pequeño suspiro. Quería mucho a Leslie. Había sido su primera amiga en Skye, además de Odette. Más tarde se había unido Sorcha y, con el paso de los años, las tres habían formado una buena amistad.
Pero a veces Leslie tenía la costumbre de querer que las cosas ocurrieran exactamente como ella deseaba.
Era una mujer hermosa, de cabello cobrizo, ojos color ámbar y pecas dispersas sobre las mejillas.
Más de una vez había escuchado a los hombres del pueblo hablar de ella, negándose a convertirla en su esposa por su carácter y actitud demandante y poco sumisa.
Aunque Leslie tampoco parecía interesada en ello; prefería la libertad de estar con quien quisiera sin importarle las habladurías.
—No quiero seducirlo —refunfuñó. Sorcha arqueó una ceja.
—Claro —respondió con ironía, haciendo que Leslie resoplara.
—Las dos pueden marcharse. Yo me encargaré de él —dijo Aisla, queriendo tener un poco de tranquilidad.
—Si necesitas ayuda, solo envíanos a alguien.
—Lo haré —asintió Aisla.
Sorcha se acercó y le dio un breve apretón en el hombro antes de dirigirse hacia la puerta. Leslie, por su parte, observó al desconocido una última vez.
—Sigo pensando que es muy guapo.
—Fuera de mi casa, Leslie —dijo Aisla sin poder contener una sonrisa.
La pelirroja soltó una carcajada y finalmente salió detrás de Sorcha.
Cuando la puerta se cerró tras ellas, el silencio inundó la habitación, interrumpido únicamente por el crepitar del fuego en la chimenea. Aisla se acercó nuevamente a la cama y tomó asiento en una silla de madera junto a él.
Ahora, sin las distracciones de Sorcha y Leslie, pudo observarlo con mayor detenimiento. Tenía el cabello oscuro, enmarañado por la sal y la arena, y una mandíbula fuerte cubierta por una incipiente barba. Sus facciones, aunque estaban relajadas por la inconsciencia, eran duras y varoniles.
Aisla tomó un paño limpio, lo humedeció en el cuenco con agua y comenzó a limpiar con cuidado los restos de sal de su cabello, cuello y hombros. Mientras lo hacía, se preguntó quién sería y de dónde venía, aunque parecía ser escocés por las prendas que llevaba.
De pronto, el hombre emitió un quejido ronco y movió la cabeza de un lado a otro, frunciendo el ceño como si estuviera atrapado en una pesadilla. Aisla reaccionó rápidamente, colocando una mano sobre su pecho.
—Tranquilo —susurró con dulzura.
Luego comenzó a cantarle una canción con suavidad para tranquilizarlo. Al contacto de su piel y al sonido de su voz, el hombre pareció relajarse, volviendo a sumirse en un sueño profundo. Aisla retiró la mano lentamente, sorprendida por cómo había funcionado su idea de cantarle.
∞∞∞
Tres días después, el hombre seguía sin despertar. Aisla comenzaba a preguntarse si aquello era normal o si el mar le había causado más daño del que se podía ver a simple vista. No era posible que alguien estuviera inconsciente tanto tiempo. Aun así, continuó cuidándolo.
Le cambiaba los paños húmedos cuando tenía fiebre, le limpiaba las heridas y se aseguraba de que permaneciera caliente. También intentaba darle algunas gotas de agua cuando lograba que tragara inconscientemente.
Leslie la visitaba todos los días para verlo, casi desesperada porque el hombre despertara. Aisla no entendía la obsesión de su amiga por él. Era verdad que era guapo, pero al menos disimular y fingir más preocupación por su vida no le costaba mucho.