Entre dos Vidas (Hermanas Straton) Capítulo 3
15%

Capítulo 3

Ya habían pasado tres meses desde que Aisla llegó a la isla de Skye.

La adaptación no estaba resultando nada fácil.

En comparación con el pequeño pueblo de Ardfern, Skye era más grande y estaba llena de gente desconocida.

Había gastado gran parte de sus ahorros en el viaje y necesitaba encontrar trabajo antes de que el dinero se agotara.

Por fortuna, una mujer que tenía una pequeña panadería aceptó contratarla.

El trabajo era duro. Debía levantarse antes del amanecer para ayudar a preparar la masa, encender los hornos y organizar los pedidos del día.

Terminaba agotada la mayoría de las jornadas, pero no le importaba.

Tenía un trabajo y un lugar donde dormir gracias a que la dueña de la panadería también le alquilaba una pequeña habitación sobre el establecimiento.

No era más que un pequeño espacio con una cama, una mesa pequeña y una ventana desde donde podía verse parte del puerto, pero por el momento era suficiente.

Cada semana procuraba guardar algunas monedas, ya que su idea era reunir un poco más de dinero para alquilar algo propio algún día y, quizás, abrir una pequeña panadería o algún negocio de comida que le permitiera sobrevivir.

Aún le molestaba un poco no poder recordar nada, pero estaba aprendiendo a vivir sin sus recuerdos, construyendo nuevos. Sola, pero al menos a salvo de lo que podría pasarle en el lugar al que supuestamente no querían que regresara.

En ese momento era de noche y acababa de terminar otro largo día en la panadería.

Subió lentamente la estrecha escalera de madera que conducía a su habitación y abrió la puerta.

Estaba agotada después de haber pasado todo el día de pie, pero aún debía remendar un vestido que la dueña del local le había dado.

El vestido estaba algo desteñido y descosido en algunas costuras, pero a ella le quedaría bien.

Estaba delgada y, con tanto trabajo y poco descanso, temía adelgazar más hasta parecer enferma.

Al menos agradecía que en su vida se cruzaran mujeres buenas y nobles que le ofrecían ayuda sin pedir nada a cambio.

Odette, la dueña de la panadería, la recibió enseguida cuando se presentó buscando trabajo y, en cuanto preguntó dónde podría quedarse, dado que acababa de llegar, le ofreció la habitación por la mitad de su salario.

Además, le permitía llevarse los panes que no se vendían al final del día para que tuviera algo que cenar.

Aisla cerró la puerta tras de sí y dejó la pequeña bolsa con el pan sobre la mesa.

Se sentó en el borde de la cama, encendió la lámpara de aceite y sacó aguja e hilo de una pequeña caja de hojalata que le había pedido a Odette.

Luego tomó el vestido y lo alzó ante ella.

Ladeó la cabeza, observándolo detalladamente bajo la tenue luz amarillenta de la lámpara.

Era un vestido sencillo de lana color azul grisáceo.

El cuello era alto y las mangas largas, muy apropiadas para el frío.

No tenía bordados ni adornos. La tela estaba desgastada en los puños y cerca del dobladillo.

También tenía varios descosidos en las mangas y una pequeña rotura junto a la cintura.

Nada que unas puntadas no pudieran arreglar.

Aisla deslizó los dedos por la tela, preguntándose qué clase de ropa había usado antes de perder sus recuerdos.

Muchas veces pensaba si había pertenecido a una familia o clan importante, ya que no encontraba otra explicación de por qué alguien se tomaría tantas molestias para alejarla de su vida y advertirle que no regresara.

Se creía lo bastante inteligente para haber llegado a esa conclusión.

Se encogió de hombros ante esos pensamientos y volvió su atención al vestido. Le gustó, era práctico y cálido, perfecto para los días de trabajo.

Mientras cosía el vestido, dio un mordisco a un panecillo dulce del día anterior que Odette le había guardado. El sabor a canela y azúcar la hizo gemir de gusto.

—Un poco de leche tibia no me vendría nada mal —susurró para sí misma, recordando cuando vivía con las ancianas.

Extrañaba la comodidad que había tenido con ellas.

No era su casa, pero se sentía cómoda y, al menos, tenía comida de verdad cada noche, leche para desayunar y fuego para calentarse.

Aunque no se quejaba de lo que tenía ahora, internamente no podía evitar reprenderse por haber dejado lo que tenía con Mairi y Fiona.

Terminó de dar la última puntada, cortó el hilo con los dientes y alisó el vestido sobre sus rodillas. Sonrió levemente por el resultado.

—Mañana te usaré —dijo en voz baja, doblando el vestido con cuidado. Luego lo dejó sobre el borde inferior de la cama.

Suspiró un poco mientras miraba por la pequeña ventana. Estaba oscuro afuera, pero podía escuchar el sonido de las olas rompiendo contra el puerto. Le dio otro mordisco al panecillo, luego otro, hasta terminarlo todo.

—Es hora de dormir, Aisla. Mañana tienes un largo día que superar —se dijo, dejando de mirar la oscuridad de la noche.

Luego se quitó los zapatos, apagó la lámpara y se recostó bajo la gruesa manta de lana que la mantenía un poco caliente.