Capítulo 2
Aisla seguía en la cama, con la mirada perdida en algún punto de la pequeña habitación mientras las dos ancianas la observaban con curiosidad. La estancia era bastante sencilla: una cama, una pequeña chimenea, un armario y una pequeña ventana que dejaba entrar la luz grisácea del día.
Ella trataba de buscar en su mente algún recuerdo, algo que le indicara quién era o de dónde venía, pero todo estaba en blanco, como si estuviera envuelta en una niebla espesa.
—¿Estás bien? ¿Te duele algo? —preguntó una de las ancianas, haciendo que Aisla parpadeara varias veces y luego posara su mirada verdosa en ella.
Demoró todo un minuto observándola. Tenía el cabello completamente blanco, recogido en una trenza gruesa que descansaba sobre uno de sus hombros, y profundas arrugas alrededor de los ojos. Luego negó con lentitud.
—Ustedes... ¿dónde me encontraron? ¿Saben si tengo familia? —preguntó, casi desesperada, pero apenas terminó de hablar se dio cuenta de lo absurdas que eran esas preguntas. Si esas mujeres supieran quién era, no le habrían preguntado su nombre.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada rápida antes de volver su atención hacia ella.
—Mi hermana y yo fuimos al bosque a recoger moras silvestres —explicó una de ellas—. Y vimos cómo alguien te dejaba junto a un árbol.
—Nos escondimos pensando que... estaba abandonando un cuerpo sin vida —continuó la otra anciana.
Aisla observó a ambas con más atención y sin decir nada. Eran muy parecidas; compartían los mismos ojos claros, la misma nariz fina y el mismo rostro arrugado, lo que daba a entender que eran hermanas.
—Esperamos a que se marchara —continuó la mujer—.
Luego nos acercamos y vimos que eras tú.
Estabas inconsciente y llevabas una venda en la cabeza —Instintivamente, Aisla levantó una mano y palpó con cuidado la tela que rodeaba su frente—.
Comprobamos que seguías viva y fuimos por ayuda.
No podíamos cargarte nosotras solas hasta aquí. Somos dos ancianas, después de todo.
Aisla asintió lentamente, bajando la mirada hacia sus manos. Estaban algo sucias, pero era una suciedad de varios días.
Su mente solo pudo pensar en que alguien la había dejado en el bosque, herida e inconsciente.
¿Por qué? —se preguntó, tratando de recordar algo una vez más, pero solo encontró el mismo vacío en blanco.
—Esto estaba contigo —dijo una de las mujeres, tendiéndole un pedazo de papel arrugado.
Ella lo tomó con las manos temblorosas; trató de controlarlas, pero le resultó casi imposible. Miró el pedazo de papel arrugado y frunció el ceño.
«No regreses, Aisla».
Contuvo la respiración mientras observaba la letra garabateada. Era una advertencia clara y sin muchas palabras. ¿Pero por qué no podía regresar? ¿Y regresar adónde? Ni siquiera sabía quién era o de dónde venía. ¿Cómo podía volver a un lugar que no recordaba?
Luego centró la mirada en el nombre.
Aisla.
Si el mensaje era para ella, entonces su nombre era...
—Aisla... —susurró.
—¿Dijiste algo? Debes hablar un poco más alto, querida —pidió una de las ancianas con una tenue sonrisa.
Ella levantó la mirada del papel y miró a las mujeres.
—Aisla. Mi nombre... es Aisla.
∞∞∞
Aisla sujetó con más fuerza la cesta de mimbre llena de legumbres y frutas que había comprado en el pequeño mercado del pueblo cercano a la granja de las ancianas, Mairi y Fiona, quienes habían sido demasiado buenas y amables con ella.
La habían cuidado y le habían pedido que se quedara hasta que se recuperara y pudiera recordar algo de su vida.
Ella había aceptado. No tenía adónde ir ni conocía a nadie, y esas mujeres no parecían tener malicia.
Ya habían pasado seis meses desde entonces. En ese tiempo se había recuperado y había decidido aportar algo en la granja. Trabajaba en una panadería del pueblo y ayudaba a las ancianas con las tareas diarias.
A pesar de haber construido una rutina y haber comenzado un trabajo, no perdía la esperanza de recordar algo de su vida o de que apareciera alguien buscándola.
Un familiar, un amigo, un esposo, quizá.
Pero nadie había aparecido. Tampoco había oído rumores de alguien nuevo en el pueblo preguntando por una mujer desaparecida.
No quería pensar que no tenía a nadie y, si lo tenía, que fuera tan cruel como para olvidarla.
Pero, en el fondo, sabía que sí había alguien; la nota que le habían dejado era una prueba de ello, pero la quería lejos. Era algo en lo que pensaba cada noche antes de dormir, rogando poder recordar algo, aunque fuera en sueños.
Justo cuando iba a abrir la puerta de la casa, se detuvo al escuchar las voces de las ancianas y de sus hijas.
Después de algunas semanas viviendo con ellas, las había conocido, y tampoco ella les había agradado demasiado a las tres mujeres, quienes en varias ocasiones le habían pedido que se fuera.
Pero Mairi y Fiona siempre decían que podía quedarse todo el tiempo que quisiera y que no hiciera caso a sus hijas.
Aun así, Aisla se sentía una intrusa cuando las tres mujeres decidían visitar a sus madres.
No era algo que hicieran muy seguido, pero cuando lo hacían le dejaban claro su desagrado por tenerla allí.
—¿Cuándo se va a ir esa mujer, madre? —escuchó preguntar a una de ellas.
Aisla bajó la mirada hacia la cesta de mimbre.
—Ha pasado demasiado tiempo viviendo de la caridad de ustedes y de nosotras —dijo otra.
—Aisla puede quedarse el tiempo que necesite, Iona —respondió Mairi.
—Y ella no vive de nuestra caridad. Nos ayuda y trae comida para nosotras. Aun estando cansada de su trabajo en la panadería, nos cocina y mantiene la casa limpia. Algo que nosotras podríamos hacer, pero con mucha lentitud —añadió Fiona.
—Es lo mínimo que puede hacer. Está viviendo aquí —replicó otra de las hijas.
—Por favor, Catriona —dijo Fiona—. No tienen mucho derecho a decidir si Aisla se queda o se va. Esta es nuestra granja. Ustedes ya están casadas y deben velar por sus esposos e hijos. Déjennos a nosotras con nuestra muchacha.
Aisla suspiró suavemente y decidió dar media vuelta para esperar a que las hijas de las ancianas se marcharan. No tenía ganas de recibir sus malas miradas ni de sentir que no debía estar allí.
Ella sabía perfectamente que ese no era su hogar y que había estado viviendo con las ancianas más tiempo del necesario.
Pero había estado alargando su estancia en Ardfern, esperando con mucha esperanza que apareciera alguien de su vida buscándola.
Ya habían pasado seis meses y no sabía si valía la pena seguir esperando, más aún cuando pensaba que alguien que la conocía la había dejado herida e inconsciente en el bosque, junto a una advertencia para que no regresara.
Había comenzado a pensar que era hora de salir de Ardfern y explorar otro lugar.
El pueblo le gustaba; había pocas personas.
Las granjas estaban alejadas unas de otras, por lo que la tranquilidad estaba prácticamente garantizada.
El pueblo no quedaba muy lejos, apenas a poco más de un kilómetro.
También era pequeño y todos se conocían entre sí.
Pero no veía una vida para ella en ese lugar. Durante esos meses también había investigado un poco sobre los pueblos y clanes cercanos. Ninguno le resultó familiar ni despertó en ella el deseo de visitarlo con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera reconocerla.
La idea más acertada que había tenido era viajar hacia el norte, a la isla de Skye.
Había escuchado hablar mucho de ella en los últimos meses.
Una isla costera donde muchas familias vivían de la pesca, la agricultura y el comercio entre las distintas poblaciones de las Hébridas[1] y la costa occidental escocesa. Tal vez allí podría comenzar de nuevo.
En los meses que había estado trabajando en la panadería había reunido algo de dinero para cuando decidiera marcharse.
Necesitaría pagar el transporte y un lugar donde vivir cuando llegara.
Además, había pensado que podría trabajar algún tiempo para otra persona y, con suerte, abrir algún día una pequeña panadería como en la que trabajaba.
Se sentó bajo un árbol y apoyó la espalda contra el tronco.
Una brisa fría agitó algunas hojas sobre su cabeza.
Ya casi estaba anocheciendo, pero podría soportar una hora más.
Sabía que las hijas de las ancianas pronto regresarían a sus propios hogares.
Entonces ella volvería a la casa, prepararía la cena para las tres y tal vez...
les diría a las mujeres que había llegado el momento de marcharse.
Estaba más que agradecida con las ancianas. Sin pedir nada a cambio, le habían dado techo y comida hasta que estuvo recuperada y pudo ayudar más en la granja. Les estaría agradecida toda su vida.
Media hora después, las hijas de las ancianas finalmente salieron de la casa.
Aisla las observó despedirse de sus madres antes de subir a sus carretas.
Esperó unos minutos más y luego se puso de pie, sacudió la falda de su vestido para quitar algunos restos de hierba y tierra, recogió la cesta de mimbre y caminó hacia la casa.
Al abrir la puerta, vio que Fiona estaba sentada junto a la mesa del comedor, tejiendo algo con calma, mientras Mairi se encontraba en la cocina acomodando algunas cosas.
—Ya era hora de que regresaras —dijo Mairi al verla—. Hace frío ahí fuera.
Aisla le sonrió levemente.
—Había más gente de lo normal en el mercado —dijo Aisla, mintiendo respecto al verdadero motivo por el que se había quedado afuera.
—¿Encontraste las legumbres que buscabas? —preguntó Fiona, y Aisla levantó la cesta para mostrársela.
—Y algunas cosas más.
Las dos mujeres se acercaron a mirar.
—Aisla... compraste demasiado.
—No es demasiado.
—Claro que sí —replicó Fiona—. Nosotras dos no comemos tanto.
—Deberían hacerlo —contestó ella mientras comenzaba a sacar algunas cosas de la cesta—. Necesitan alimentarse mejor.
Las ancianas le sonrieron en agradecimiento.
—Siempre estás pendiente de nosotras —dijo Mairi con cariño.
—Y ayudándonos más de lo que deberías —añadió Fiona. Aisla negó con la cabeza mientras guardaba las frutas.
—No es nada comparado con lo que ustedes hicieron por mí.
—Solo hicimos lo que cualquiera habría hecho —respondió Mairi.
—No cualquiera recoge a una desconocida del bosque y la recibe en su casa durante seis meses —replicó Aisla con suavidad. Fiona sonrió.
—Tal vez no.
—Gracias por salvarme —dijo Aisla, girándose hacia ellas. Mairi le revolvió el cabello como si fuera una niña.
—Ya te hemos dicho que no tienes que agradecérnoslo.
Luego de algunos minutos, Aisla comenzó a preparar la cena.
Mientras cortaba las verduras y removía el guiso que hervía lentamente sobre el fuego, pensó una vez más que tenía que hablar con las ancianas, decirles que era hora de partir.
Cuando terminó de preparar los ingredientes, apoyó ambas manos sobre la mesa y respiró hondo, girándose hacia ellas.
—Quiero hablar con ustedes de algo.
Las ancianas levantaron la vista.
—¿Qué sucede? —preguntó Fiona. Aisla cruzó los brazos sobre el pecho.
—Creo que es hora de irme.
Las dos mujeres se quedaron quietas, mirándola fijamente.
—¿Irte? —repitió Mairi. Aisla asintió.
—Han pasado seis meses. He esperado todo este tiempo pensando que quizá recordaría algo o que alguien aparecería buscándome, pero ninguna de esas cosas ha ocurrido.
—No tienes por qué apresurarte —dijo Fiona con suavidad—. Tal vez los recuerdos regresen.
—Tal vez —admitió Aisla, mirando el fuego sobre el que se cocinaba el guiso—. Pero también puede que no. No quiero pasar el resto de mi vida esperando. Si algún día recupero mis recuerdos, regresaré a donde pertenezco. Pero si eso nunca sucede... entonces debo seguir adelante.
Las dos ancianas la observaron con tristeza, sabiendo que tenía mucha razón.
—Quiero intentar construir una vida —continuó Aisla—. Una nueva, si es necesario.
Mairi soltó un largo suspiro.
—Entonces nos dejarás.
Aisla bajó la mirada con pena. No quería abandonarlas, pero debía hacerlo.
—No quiero que piensen que me voy porque no he sido feliz aquí.
—Lo sabemos.
—Han sido mi familia durante estos meses.
Las dos mujeres le sonrieron con emoción.
—Y tú has sido como una hija más para nosotras —dijo Fiona, y Aisla sintió un nudo en la garganta.
—Las voy a extrañar.
—Nosotras también te vamos a extrañar, muchacha.
Durante unos segundos, ninguna dijo nada. Solo se escuchó el burbujeo del guiso sobre el fuego. Aisla observó a las dos mujeres con algo de tristeza.
—Gracias —susurró una vez más.
Esta vez ninguna de las dos respondió. Simplemente le sonrieron.