Entre dos Vidas (Hermanas Straton)
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Capítulo 1
Las lágrimas salían de sus ojos verdes, nublándole la visión mientras corría hacia las caballerizas viejas, más allá del castillo.
El frío no era nada comparado con el dolor que sentía en el pecho al saberse tan traicionada por el hombre que amaba, a quien se había entregado y dado lo mejor de sí misma.
Al llegar a la vieja estructura de madera abandonada, se derrumbó en el fango sin importarle que su vestido se arruinara. No le importaba nada.
Durante tres años pensó que ella tenía algún defecto, que estaba seca por dentro al no poder concebir un hijo, solo para descubrir que era su esposo quien le había estado arrebatando esa posibilidad, engañándola, haciéndola creer que era ella el problema.
Gritó más fuerte al saber que nadie la escucharía, gritó queriendo arrancarse el dolor que sentía en el pecho mientras golpeaba el suelo fangoso con fuerza, salpicándose el rostro y el pecho de barro.
Una fina llovizna comenzó a caer. Era tan ligera que, al tocar su piel, ardía como pequeñas agujas enterrándose en ella. Aun así, ese ardor no superaba la agonía en su interior.
—¿Por qué, Ian? ¿Por qué me hiciste esto? —sollozó, cerrando los ojos mientras las lágrimas caían.
No era una mujer de llorar. Siempre había sido fuerte en todos los sentidos, pero era imposible no hacerlo cuando la persona que más debía amarla y cuidarla la había engañado de tal forma.
Ahora comprendía que él no la amaba, no como decía hacerlo, no cuando minutos antes le había gritado que no tendría hijos y que por ella no cambiaría esa decisión.
Toda su historia con Ian pasó ante sus ojos en cuestión de segundos, dándose cuenta de cuántas veces él evitaba el tema cuando hablaban de tener hijos, de cómo cambiaba de conversación cuando ella expresaba su tristeza al sangrar cada mes.
Las veces que intentó hablar con él, que quiso que se abriera, que compartiera sus recuerdos dolorosos…
pero él siempre la callaba, ya fuera con besos o con excusas.
Y ahora se daba cuenta de lo estúpida que había sido, de lo ciega que fue al no ver la verdad. Ian Dunmond no la amaba. Solo quería a alguien a su lado para no sentirse solo… y ella había sido la más ingenua de las mujeres al creer que tenía suerte de ser su esposa.
—¡Maldito! —gritó a la nada, con rabia. La tristeza se había evaporado.
Se limpió el rostro, pero solo lo ensució más con barro.
Se levantó del suelo con el vestido húmedo, tambaleándose ligeramente. Su cabello castaño se pegaba a su rostro. Miró al vacío sin sollozar más, aunque las lágrimas seguían cayendo.
No quería regresar al castillo. No quería verlo. Hacerlo sería recordar todo lo que él le había estado arrebatando.
Pero sabía que en algún momento debía regresar. Era un destino del que ya no podía escapar.
—Desearía olvidar todo y volver a empezar —musitó para sí misma, sin saber el poder que tenían las palabras.
Estaba tan absorta en la nada, deseando desaparecer de su propia vida, que no sintió cómo alguien se acercaba por detrás…
El golpe fue seco. Y todo se volvió oscuro.
—Vas a olvidar todo cuando estés muerta —dijo una voz femenina, soltando el trozo de madera con el que la había golpeado.
—Le diste muy fuerte —acusó otra voz, esta vez masculina.
El hombre miró a la mujer con cierta indecisión. No estaba de acuerdo con lo que planeaban hacerle a la esposa del laird.
—No te eches atrás ahora —replicó ella con frialdad—. Estuviste de acuerdo. Por algo estás aquí conmigo… porque sabes que merezco esto.
El hombre tragó saliva y desvió la mirada.
—Ahora arrástrala hasta la caballeriza y préndele fuego —ordenó la mujer, señalando la vieja estructura abandonada.
Sin decir nada, el hombre obedeció. Tomó a la joven inconsciente y la cargó con cuidado, caminando en dirección al establo.
—Recuerda amarrarla —añadió la mujer con impaciencia—. Puede que despierte… y es ágil.
El hombre apretó la mandíbula, pero no respondió.
La dejó sobre el suelo cubierto de heno y le ató las manos pero no ató sus pies. Porque, en el fondo, deseaba que pudiera escapar.
La mujer encendió una antorcha y la sostuvo unos segundos, observando el fuego. Luego miró a la joven inconsciente en el suelo y sonrió.
—No te preocupes, mi querida Aisla… Ian sufrirá por lo que te hizo —murmuró con un tono de burla, sin un ápice de remordimiento por lo que estaba a punto de hacer.
Sin más, lanzó la antorcha sobre el heno, que prendió casi al instante. Las llamas comenzaron a extenderse con rapidez, trepando por la madera seca.
El hombre dio un paso atrás… y luego otro, hasta salir por completo, dejando que el fuego creciera sin control. La mujer salió después,. y juntos cruzaron vigas de madera contra la puerta, asegurándola desde fuera.
∞∞∞
Aisla sintió cómo el aire le faltaba. Tosió aun sin abrir los ojos, intentando respirar, pero el humo espeso le quemaba la garganta.
Cuando logró abrirlos, el humo negro la cegó al instante y tuvo que cerrarlos de nuevo. Tosió con más fuerza, desesperada, buscando aire limpio… pero todo estaba contaminado.
El heno del viejo establo ardía y las vigas antiguas también. Dondequiera que mirara, había llamas consumiéndolo todo.
Intentó ponerse de pie, pero entonces sintió sus manos atadas detrás de la espalda.
Su corazón comenzó a latir con violencia y el miedo la golpeó de lleno al comprender que alguien quería matarla.
Se obligó a moverse, buscando una salida entre el fuego y el humo.
Se acercó a la puerta cerrada, se preparó unos segundos y la golpeó con el hombro, pero rebotó contra la madera cayendo al suelo, demasiado cerca de las llamas.
El fuego alcanzó su vestido y desesperada, comenzó a apagarlo con movimientos torpes, arrastrándose lejos del fuego. Su espalda chocó contra la puerta e intentó abrirla, empujando con todas sus fuerzas, pero estaba cerrada desde afuera.
Su respiración se volvió más errática, porque el miedo ya comenzaba a apoderarse de ella con más fuerza. Estaba entre llamas, encerrada, y lo peor… no podía gritar, porque seguramente quien la quería muerta estaba afuera.
Para salir de dudas, miró por la rendija de la puerta, buscando algún indicio de alguien, hasta que vio a dos personas a unos metros: un hombre y una mujer.
Pero, entre el humo y la visión nublada, no podía distinguirlos con claridad.
Intentó tranquilizarse, obligándose a enfocar, a ver mejor, para saber, al menos, quiénes eran sus asesinos.
Pero la imagen era demasiado borrosa. No lograba distinguir los rostros.
Solo pudo ver el cabello negro de la mujer y el rostro del hombre, pero no lo reconoció. No sabía quién era él.
—¿Por qué? —se preguntó Aisla, sin saber porque la querían muerta.
Apoyó su frente contra la madera de la puerta, sin luchar. No valía la pena hacerlo cuando sabía que no tenía salvación. Solo podía esperar que el fuego la consumiera; tal vez así dejaría de sufrir por Ian.
Tosió de nuevo. El humo la estaba venciendo más rápido que las llamas.
Se arrastró apenas unos centímetros, buscando aire por instinto, pero no tenía fuerzas para levantarse.
No avanzó mucho, y cuando por fin encontró un lugar donde dejarse morir, unas cuantas vigas del techo, que aún no estaban del todo consumidas por el fuego, cedieron y cayeron sobre ella.
El golpe fue lo último que sintió.
Afuera, el hombre estaba nervioso, mirando a todos lados, temiendo que alguien desde el castillo ya se hubiera dado cuenta del humo descontrolado que salía del establo abandonado.
—Quiero que el fuego lo consuma todo. Tal vez debí planear que fuera Ian y no Aisla —escuchó decir a la mujer.
Él hizo una mueca al notar lo frívola que era la mujer que había estado calentando su cama los últimos meses.
—Tal vez… porque ella es inocente —recriminó el hombre, bajando la cabeza, dividido entre hacer lo que mujer deseaba o entrar para salvar a la muchacha.
—¡Bah! —bufó ella con despreocupación, dándole la espalda—.
Debo regresar para estar presente cuando des la noticia del incendio.
Ya todo está preparado para que se aten cabos y se crea que Aisla murió ahí dentro por su propia voluntad —dijo como si nada—.
Ah… recuerda abrir la puerta, si es que no termina quemada como todo lo demás.
Soltó una risa ligera mientras se alejaba, dejando al hombre con el corazón desbocado.
Entonces, un fuerte estruendo resonó desde el interior del establo, seguido de un leve gemido. El hombre se tensó.
—Aún está viva… —murmuró.
Sin pensarlo, corrió hacia las puertas y retiró las vigas con rapidez. Al abrir, una ola de calor y humo lo golpeó de lleno. Se cubrió la nariz con el antebrazo y entró, buscando con desesperación.
—¿Dónde estás? —llamó con voz firme, pero no obtuvo respuesta.
Avanzó entre el fuego y los escombros hasta distinguir el vestido rojo vino de Aisla.
Con el corazón latiendo con fuerza, temiendo lo peor, comenzó a apartar la madera hasta alcanzarla.
La tomó en brazos y salió justo en el momento en que el techo del establo colapsaba detrás de él.
Cayó de rodillas al alejarse, respirando con dificultad, con la joven aún en sus brazos.
La observó con urgencia, asegurándose de que siguiera con vida.
Primero comprobó su respiración, era débil, pero estaba viva.
Luego revisó sus heridas. Tenía sangre en la frente, probablemente por el golpe o por las vigas al caer.
Buscó quemaduras, pero solo el vestido había sufrido daños.
—No vas a morir… pero no podrás regresar. No estarás a salvo aquí mientras ella viva —murmuró, mirando en dirección al castillo Dunmond.
Sin perder más tiempo, la dejó con cuidado bajo un árbol y corrió hacia los nuevos establos.
Tomó un caballo sin ser visto y regresó de inmediato por ella.
La subió con cuidado y cabalgó alejándose del castillo, hasta llegar a la parte trasera de la choza que era su hogar.
Miró a su alrededor antes de bajarla y entrar con rapidez.
—Papá —lo llamó su hijo. Al ver a la mujer, frunció el ceño—. ¿Qué haces con la esposa del laird?
El hombre soltó un suspiro al dejar a Aisla sobre la cama.
—Te explico luego, hijo. Ahora necesito tu ayuda para sacarla de aquí sin ser vista.
El joven frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Dije que te explico luego. Ella corre peligro si la dejamos aquí —respondió el hombre, pasando una mano temblorosa por su cabello—.
Yo… debo regresar al castillo a cumplir una orden.
Tú esperarás hasta el anochecer. Mientras tanto, reúne provisiones para el largo viaje que te espera.
La montarás en el caballo y la llevarás lo más lejos posible de Agrillshire…
y… —Se detuvo. Buscó algo donde escribir una nota.
Encontró un trozo de papel viejo y un poco de tinta casi seca.
Escribió con rapidez, enrolló el papel y se lo entregó a su hijo—. Se lo dejarás para cuando despierte.
El joven tomó el papel y asintió. Aún estaba confundido, pero obedecería a su padre.
—Confío en ti, Craig —dijo el hombre, apoyando una mano en el hombro de su hijo.
—Está despertando —escuchó una voz desconocida.
Aisla llevó una mano a su cabeza, sintiéndola vendada. El dolor era punzante.
—Aléjate un poco, la vas a asustar —dijo otra voz.
Abrió los ojos lentamente, adaptándose a la luz. Miró a su alrededor sin reconocer nada. Luego, a las dos mujeres a su lado.
Eran mayores y desconocidas para ella.
—Hola, muchacha —dijo una con voz suave.
—Hola… —respondió ella, con la voz áspera—. ¿Dónde… dónde estoy?
—En Ardfern —respondió una de ellas.
Ella asintió, sin reconocer el nombre del lugar, aunque frunció el ceño cuando intentó recordar más… pero nada. Su mente estaba en blanco.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la otra mujer.
Ella la miró y parpadeó varias veces, forzándose a recordar quién era, su nombre… pero era como tener una neblina que lo cubría todo.
—No lo… sé.