GREG #3
Salvo que yo sí podía predecirlo. Yo sabía exactamente lo que podía pasar si la adrenalina entraba en el cuerpo de Ray. Lo sabía porque yo había construido, jeringuilla a jeringuilla, frasco a frasco, favor a favor, la bomba que la adrenalina acababa de detonar.
El error solo es error si sabes lo que yo sé. Y yo, oficialmente, no lo sé.
Oficialmente.
Me quedo mirando la mesa vacía donde hace una hora mi amigo respiraba.
Le he inyectado adrenalina a un paciente sabiendo que su sistema cardiovascular estaba comprometido por un estimulante que yo mismo le suministraba de forma ilegal, sin receta, sin registro y sin supervisión.
No lo he hecho a propósito. Lo he hecho porque llevo cuarenta y dos horas sin dormir.
Y porque no he leído una etiqueta. Y porque una parte de mi cerebro estaba en una habitación de hotel, persiguiendo a mi mujer y a un fantasma que aún no tenía nombre.
Pero lo he hecho.
¿Ha sido un accidente?
Sí.
¿Ha sido negligencia?
También.
¿Ha sido algo peor?
No lo sé. Y no sé si algún día lo sabré.
Porque hay una parte de mí, una parte oscura y pequeña que vive debajo de las capas de formación, ética y juramento hipocrático, que se pregunta si mi mano cogió el frasco equivocado porque algún rincón de mi cerebro —el rincón que quizá ya sabía lo de Ray y Linda— decidió por mí.
No tengo respuesta. Probablemente no la tendré nunca. Esa es la pregunta con la que me acuesto cada noche y con la que me levanto cada mañana.
Ray permaneció en coma catorce días. Lo desconectaron un martes por la mañana y murió poco después. No estuve presente; su familia me pidió que me ausentara.
Los análisis confirmaron la presencia de anfetaminas, tal como había previsto. La familia exigió una investigación, y la prensa se llenó de titulares.
La tragedia aún planeaba sobre Chicago cuando, durante la emisión en directo de un programa sensacionalista, un tertuliano destapó la noticia: Ray Mercer se estaba tirando a Linda Abbot, la esposa de su cirujano, es decir, mi esposa.
La noticia se repitió incansablemente durante días en televisión, mezclando morbo y una falsa gravedad.
El bombazo habría quedado en un simple rumor —en esa ciudad, los rumores duran lo que tarda alguien en conseguir una foto mejor— si no hubieran aparecido esas malditas imágenes.
Ray y Linda paseando de la mano por la avenida Míchigan.
Ray y Linda acaramelados en una terraza de las afueras.
Ray y Linda besándose en una discoteca como dos adolescentes.
Buf.
Yo me enteré al mismo tiempo que el resto del país, en directo, en la sala de espera de mi propio hospital, rodeado de enfermeras que de repente encontraron algo fascinante en sus teléfonos.
Si alguien busca la definición de «humillación pública», puede buscar mi nombre y la fecha. Seguro que aparece.
El efecto fue inmediato y predecible: la familia de Ray, los medios y medio país tenían ahora un motivo perfecto para creer que yo habría deseado la muerte de mi amigo y paciente.
El cirujano cornudo que se venga en quirófano.
El titular se escribía solo. Si yo fuera periodista, lo habría publicado.
Por supuesto, yo no tenía ni idea de la relación entre Linda y Ray. No de forma consciente, al menos. Pero intenta explicarle eso a cuatro millones de espectadores.
Y entonces Linda habló. A la familia de Ray, a los abogados, a cualquiera que quisiera escucharla.
Dijo que yo le proporcionaba anfetaminas a Ray de manera extraoficial.
Boom. Aseguró que el propio Ray se lo había contado.
Probablemente en la cama, entre las sábanas de aquel hotel, en uno de esos momentos de intimidad en los que se dicen cosas que nunca deberían salir de una habitación.
Ray le confesó a mi mujer que su mejor amigo lo estaba dopando. Él lo hacía todo así, a lo grande. Incluso traicionar a un colega. Y Linda, dolida conmigo por haberme cargado a su amante, se lo contó al mundo.
Quiero dejarlo claro: Linda decía la verdad. Cada palabra. Yo le proporcionaba anfetaminas a Ray. Ray se lo contó a ella. Todo cierto.
El juicio duró cinco meses. Sara me defendió.
La acusación tenía la palabra de Linda. La defensa, la ausencia de pruebas.
No había recetas ni registros. No había frascos con mi nombre.
Solo el testimonio de una mujer que se acostaba con el fallecido y que tenía un divorcio pendiente con el acusado.
Sara destrozó su credibilidad en el estrado en cuarenta minutos.
Gané porque no había pruebas de nada. Porque el fármaco usado en quirófano era estándar. Porque la complicación, aunque rara, estaba documentada. Porque el testimonio de Linda fue desestimado como la venganza de una esposa infiel.
Gané porque mi silencio funcionó.
Las palabras de Eve vuelven como un eco:
«No ha sido culpa suya, doctor.»
Me lavo las manos. El agua corre sobre mis dedos. Los froto una y otra vez, aunque ya están limpios. Siempre lo estuvieron, a ojos de todos. Eso fue lo peor.
Me seco con una toalla de papel.
La tiro a la papelera y salgo del quirófano.
No digo nada.
No diré nada.