GREG #2
El corazón se dispara. La presión revienta las costuras de los vasos. Y en dos minutos tienes un marrón del que no siempre sales.
De modo que, si Hendricks operaba y usaba adrenalina porque nadie le había advertido de lo contrario, Ray podía morir. Y la culpa no sería de Hendricks, que habría seguido el protocolo al pie de la letra.
Sería mía.
Podía llamar a Hendricks y advertirle: no uses adrenalina con este paciente. Cuatro palabras que quizás habrían salvado una vida, pero que generarían una pregunta.
¿Por qué?
Y la respuesta abriría una puerta que no podía abrirse. Porque Hendricks preguntaría qué estaba tomando Ray. Y yo tendría que decírselo. Y eso significaría admitir que yo se lo proporcionaba. Todos sabemos cómo habría terminado eso.
Bye licencia.
Ciao trabajo.
Sayonara reputación.
Guardé el teléfono en la taquilla y cerré la puerta metálica con un golpe que retumbó en el vestuario vacío.
Tenía que operar yo. Era el único cirujano en ese hospital que sabía por qué Ray Mercer no podía recibir adrenalina. Y la razón por la que lo sabía era la misma por la que debería haber estado en un juzgado en lugar de en un vestuario poniéndome guantes de látex.
Me lavé las manos. Estaban firmes. Cuarenta y dos horas sin dormir y mis manos no temblaban. Eso siempre me había enorgullecido: mis manos no traicionaban a mi cerebro. Podía estar muerto de miedo, agotado, furioso, destrozado por dentro, y las extremidades seguían obedeciendo.
Diez años de cirugía crean una memoria muscular que no se borra con dos noches de insomnio.
El cerebro es otra cosa. El mío estaba lleno de recibos de hotel, habitaciones dobles y viernes que no cuadraban. Y de la mirada esquiva de Ray mientras me decía que Linda me quería.
Que confiara en él.
Que todo iba a salir bien.
Pero las manos eran lo que contaba en un quirófano.
O eso me dije.
Las luces fluorescentes del quirófano zumban sobre mi cabeza. Mis ojos vagan por las paredes verdes, el suelo gris con manchas de Betadine, la mesa vacía donde hace media hora Ray estaba despierto y bromeaba.
—Si los Bears pierden contra los Lions será culpa tuya, doc .
¿Qué demonios ha pasado?
Me acerco a la mesa auxiliar. Las jeringuillas están alineadas en la bandeja metálica con la pulcritud obsesiva que Eve impone en su quirófano: usadas a la izquierda, sin usar a la derecha.
Frascos de suero etiquetados con rotulador permanente.
Gasas apiladas. El kit de infiltración desmontado y listo para esterilizar.
Y los dos frascos.
Están uno al lado del otro, como siempre. Son casi idénticos: mismo fabricante, mismo tamaño, misma forma cilíndrica de cristal ámbar con tapón de goma azul. La única diferencia entre la vida y la muerte de Ray Mercer es una línea de texto en la etiqueta.
Uno dice «sin epinefrina».
El otro, «con epinefrina».
Adrenalina. La sustancia que yo sé, mejor que nadie en ese hospital, mejor que nadie en todo Chicago, que no puede entrar en el cuerpo de Ray mientras su sangre esté cargada del estimulante que yo mismo le proporciono cada quince días de manera ilegal.
Cojo el frasco vacío. El que he usado. Le doy la vuelta y leo la etiqueta.
Con epinefrina .
La sala se inclina. Las luces blancas se vuelven amarillas. Me agarro al borde de la mesa con las dos manos y aprieto hasta que los nudillos se me ponen blancos. La bandeja tiembla. Una jeringuilla rueda hasta el borde y cae al suelo con un chasquido de plástico.
No. No. No.
Leo la etiqueta otra vez. Y otra. Y otra.
Como si pudiera cambiar por insistencia.
Como si las letras pudieran reorganizarse y decir «sin» donde dicen «con».
Como si mirar una palabra con suficiente desesperación pudiera devolver el universo al orden que tenía una hora antes, cuando Ray aún respiraba por sí mismo.
Reconstruyo el momento. La bandeja. Los dos frascos.
Mi mano extendiéndose. El gesto automático de coger el frasco.
Dos segundos. Un movimiento que he hecho cientos de veces.
La mano sabe dónde está el frasco correcto.
Sabe cuál es el izquierdo y cuál el derecho.
No necesita que el cerebro le diga nada.
Pero esta mañana, con cuarenta y dos horas sin dormir y la cabeza llena de fantasmas, con la certeza venenosa de que alguien se estaba follando a mi mujer, he cogido el de la derecha en lugar del de la izquierda.
No he leído la etiqueta. No he verificado el nombre.
No he seguido el protocolo que enseño a los residentes el primer día de rotación: «Lee la etiqueta tres veces.
Antes de cargar, antes de preparar y antes de inyectar.
Tres veces. Siempre. Aunque estés seguro.
Aunque lleves veinte años haciéndolo. Aunque el frasco sea tan familiar que podrías reconocerlo por el tacto. Tres veces. Siempre».
No la he leído ni una.
Suelto el frasco. El cristal repica contra la bandeja metálica; una nota perdida en el silencio del quirófano, el sonido más pequeño del mundo.
Apoyo las manos en la mesa y cierro los ojos. La oscuridad detrás de los párpados es roja. El rojo de la sangre circulando por los capilares cuando aprietas demasiado. El rojo de la vergüenza. El rojo de las luces de alarma que deberían haberse encendido en mi cerebro cuando cogí ese puto frasco.
La secuencia se repite en mi mente con la claridad espantosa de una grabación: la aguja entrando en el hombro de Ray, la infiltración del espacio subacromial, el líquido distribuyéndose por los tejidos.
La adrenalina es absorbida por los vasos, pasando al torrente sanguíneo de un hombre cuyo sistema nervioso simpático lleva meses funcionando a revoluciones prohibidas.
—Me duele el pecho —dijo Ray, con la voz de quien nota algo raro, pero aún no se asusta.
Una molestia. Un latido de más. Nada que una estrella de la NFL no pueda ignorar.
Y luego:
—Algo no va bien.
Eso ya lo dijo con otra voz.
Después, los monitores empezaron a gritar. La taquicardia saltó en la pantalla como un sismógrafo en mitad de un terremoto. La presión arterial se disparó hasta cifras que yo solo había visto en libros de texto. Los ojos se le pusieron blancos y la espalda se le arqueó sobre la mesa.
El quirófano se llenó de gente, de órdenes y de manos. Yo me quedé a un lado mientras mi mejor amigo convulsionaba. Todo lo que podía pensar era:
He sido yo. He sido yo. He sido yo.
Abro los ojos.
Miro el frasco vacío. Miro la bandeja. Miro mis manos.
Le harán análisis de sangre. En la UCI, el protocolo es claro: analítica completa, toxicología y panel cardiovascular.
Encontrarán el estimulante. Las anfetaminas aparecerán en el informe como una línea más entre los valores de laboratorio.
Y alguien con bata blanca y cara de circunstancias mirará esa línea y preguntará: «¿Qué hace esto aquí? ».
Y la siguiente pregunta será evidente: «¿Quién se las proporcionaba?».
Me obligo a tomar aire. Despacio. Profundo, tal como enseñaría a un residente a controlar el pánico en su primera urgencia. Inspirar por la nariz. Contar hasta cuatro. Soltar por la boca. Repetir .
Está bien, Greg. Tranquilo. Respira hondo. No saques conclusiones descabelladas. ¿Quién sabe lo de las anfetas?
Nadie. Solo Ray y yo. Ray está en coma y quizá no despierte nunca. Los frascos que yo le daba no tienen etiqueta. No hay receta ni registro. No existe un solo papel en ningún archivo de ningún hospital ni de ninguna farmacia que vincule mi nombre con lo que Ray lleva tomando los últimos ocho meses.
Si me preguntan, la respuesta es simple: no lo sabía.
Ray era un deportista de élite con acceso a todo tipo de sustancias a través de entrenadores, preparadores, compañeros y amigos de amigos.
Yo era su cirujano, no su confesor. ¿Cómo iba a saber lo que se metía fuera de mi consulta?
¿Cómo puedo controlar lo que un hombre adulto hace con su cuerpo en su tiempo libre?
La adrenalina en el anestésico es estándar. Cualquier cirujano del país la habría usado. La reacción de Ray ha sido una complicación, como bien ha dicho Eve. Un evento adverso imprevisto. Una de esas cosas que pasan y nadie puede predecir.