GREG
MANOS LIMPIAS
Hay cosas que nunca he contado.
Ni a Sara, que me defendió en un juzgado sin saber exactamente qué defendía.
Ni a Carol, que me confesó lo peor de sí misma y aún se pregunta cómo puedo besarla después de lo que hizo.
Ni siquiera a Burbon, y eso que a Burbon le contaba cosas que no habría admitido ni bajo juramento.
Lo que voy a contar ahora no lo sabe nadie.
Ni lo sabrá.
Hospital General de Chicago. Quirófano siete.
El monitor emite un pitido largo y continuo. El sonido que todo cirujano conoce y al que ninguno se acostumbra: la línea recta. La ausencia de vida traducida a frecuencia sonora. Un do sostenido, eterno, insoportable.
Luego se calla. Y después, como por arte de magia, regresa. El corazón de Ray ha vuelto a latir, pero el ritmo es errático, salvaje, como un pájaro atrapado en una habitación cerrada, golpeándose contra las paredes sin encontrar la ventana.
—Estabilizado —dice alguien detrás de mí, entre suspiros de alivio—. Ritmo sinusal a cincuenta y dos latidos por minuto. Presión recuperando. Saturación ochenta y cinco, subiendo.
—Intubado y ventilado —añade otro—. Preparad traslado a UCI.
Las manos del equipo empiezan a moverse en torno a Ray. Una persona comprime la bolsa de ventilación. Otra ajusta la vía. Otra cuelga suero. Eve anota cifras en un formulario con letra apresurada.
Todo el mundo sabe lo que tiene que hacer.
Yo estoy de pie junto a la mesa, con las manos colgando a ambos lados del cuerpo, mirando cómo preparan la camilla de traslado.
Debería estar dando órdenes, supervisando las constantes, comprobando pupilas, sopesando alternativas.
Pero no me muevo. Tengo los pies clavados al linóleo como si alguien me los hubiera soldado.
—Doctor Abbot, ¿está bien?
Eve me mira desde el otro lado de la mesa con los ojos muy abiertos por encima de la mascarilla.
Veo las arrugas de preocupación en su frente y pienso, con esa lucidez absurda que a veces trae el pánico: Eve tiene treinta y tres años, una hija en la guardería y tricota en su tiempo libre; Eve es buena persona; Eve cree que soy buen médico.
Eve no tiene ni puta idea.
—Sí —digo.
Ella rodea la mesa y me pone una mano en el brazo.
—Ha sido una reacción adversa. Esas cosas pasan. No ha sido culpa suya.
Asiento. El mismo movimiento que hace un condenado cuando el juez le pregunta si ha entendido la sentencia. Sí. La he entendido. Llévenme ya.
Nadie en la sala cuestiona la explicación de Eve.
Ray ha sufrido una reacción alérgica imprevista.
Una complicación inusual durante un procedimiento rutinario.
Puede ocurrir. No con frecuencia, pero ocurre.
Los monitores se descontrolaron, el equipo respondió y el paciente fue reanimado y estabilizado.
El protocolo funcionó. Todo el mundo hizo lo correcto.
Todo el mundo.
Se llevan a Ray por las puertas batientes. La camilla chirría con un quejido que se me adhiere a los dientes. El tubo de ventilación sale de su boca como una serpiente blanca y gruesa. Cada vez que alguien comprime la bolsa, su pecho sube y baja.
Sus ojos están cerrados y las mucosas tienen un color azulado que conozco demasiado bien.
No es el azul de la fatiga ni el de la anestesia.
Es el de la hipoxia prolongada. El de un cerebro que ha pasado demasiados minutos sin oxígeno y que, cuando lo recupere, quizá ya no sea el mismo de antes.
Quizá ya no sea un cerebro en absoluto. Solo un órgano de kilo y medio flotando en líquido cefalorraquídeo, incapaz de producir un solo pensamiento.
Lo último que veo antes de que las puertas se cierren es la mano de mi amigo colgando de la camilla. Grande, morena, con los dedos laxos y las uñas perfectamente cortadas.
La misma mano que me palmeaba la espalda cuando yo le pasaba un nuevo bote de anfetaminas.
La misma que levantaba la jarra de cerveza y brindaba mirándome a los ojos, con esa sonrisa de hombre que creía tenerlo todo. Sí. Incluida mi mujer.
Las puertas se cierran y el quirófano queda en un silencio que pone los pelos de punta.
Una habitación donde acaba de ocurrir algo terrible huele distinto a una habitación normal.
Es un olor ácido, metálico, como si el miedo segregara una sustancia propia que se adhiere a las paredes, al instrumental y a las sábanas.
Algo que ningún producto de limpieza puede eliminar del todo.
Eve recoge el instrumental. Coloca las pinzas en la bandeja y arroja su mascarilla al contenedor. Los quirófanos se limpian igual tras un éxito que tras un desastre. El protocolo no distingue. Esa es parte de su crueldad.
Me mira una última vez antes de salir.
—De verdad, doctor. No ha sido culpa suya.
La frase se me clava como una astilla debajo de la uña. Sonrío. Es lo que se espera. La sonrisa del cirujano que ha perdido una batalla pero no la guerra, porque el paciente sigue vivo. Hay esperanza y mañana será otro día.
Eve y los demás se van y yo me quedo solo. La mesa de operaciones sigue tibia. Los monitores apagados muestran pantallas negras en las que me veo reflejado: un hombre con bata verde, manos temblorosas y una expresión que no sé identificar.
¿Culpa? ¿Miedo? ¿Alivio?
Las tres.
Las tres a la vez.
Eso es lo más repugnante de todo.
Ese mismo reflejo me había escrutado una hora antes en el vestuario de cirugía. Lo que vi entonces me habría preocupado si el paciente hubiera sido otro.
Ojos secos e hinchados. Escleróticas atravesadas por una red de capilares rojos, como un mapa de carreteras secundarias. Piel cenicienta, mate, sin vida. Ese tono que yo asociaba a los pacientes de urgencias que llegan a las tres de la madrugada con un infarto.
Llevaba cuarenta y dos horas sin dormir. La primera noche porque encontré un recibo de hotel en el bolsillo interior de la chaqueta de Linda, metido entre una tarjeta de aparcamiento y un ticket de supermercado.
La segunda porque llamé al hotel y la recepcionista me confirmó, con una amabilidad profesional insoportable, que la reserva estaba a nombre de mi mujer. Habitación doble. Registro del viernes por la tarde.
Linda me había dicho que el viernes estuvo en casa de su madre.
Así que tenía un recibo, una mentira y una intuición que me corroía el estómago como ácido sobre metal, despacio, capa a capa, disolviendo la confianza hasta dejar solo la estructura desnuda de la sospecha.
Linda me engañaba con alguien. Aún no sabía que ese alguien era mi mejor amigo, aunque supongo que una parte de mí debió de sospecharlo. Es la única explicación posible a lo que sucedió después.
Abrí la taquilla y saqué la bata. Comprobé el horario en la pizarra blanca junto a la puerta.
Mercer, R. — Infiltración subacromial — 08:00.
Mi primera intervención del día fue una hora antes de mi ronda habitual. Los Bears jugaban contra los Lions esa noche y Ray quería estar en el campo. Yo le había dicho que podía esperar, que un hombro inflamado no era el fin del mundo y que la eliminatoria seguiría abierta.
Pero él insistió. Ray siempre insistía, lo que lo hacía un gran quarterback y un amigo insoportable.
Él confiaba en mí. Era su médico y su amigo, el hombre que le proporcionaba lo que necesitaba para seguir rindiendo al nivel que le exigían los entrenadores, los medios, los patrocinadores y los sesenta mil espectadores que llenaban el Soldier Field cada domingo.
Lo que los periódicos llamaban concentración sobrenatural, resistencia física incomprensible y renacimiento competitivo.
Lo que realmente era: un estimulante que yo le dosificaba sin receta y que él se tomaba cada mañana con zumo de naranja como quien se toma una vitamina. Ambos sabíamos que estaba prohibido por la liga y por cualquier código ético.
Empezó como un favor, la palabra más peligrosa del diccionario.
Ray se quejaba de falta de concentración después de una conmoción cerebral leve en un partido contra los Packers.
Me pidió algo para «estar más despierto en el campo».
Yo le expliqué los riesgos con la diligencia del médico que quiere cubrirse las espaldas.
—Los asumo —dijo.
—No puedo recetártelo oficialmente.
—Lo entiendo.
Le proporcioné las pastillas en un frasco sin etiqueta, como quien pasa droga en un callejón, salvo que el callejón era mi consulta y la droga tenía nombre farmacológico.
Ray volvió a jugar como si tuviera veinticinco años.
Los Bears ganaron seis partidos consecutivos y mi nombre empezó a salir en revistas médicas deportivas como «el hombre detrás del renacimiento de Mercer».
Me invitaron a congresos y me llamaron de la ESPN para una entrevista que rechacé por prudencia.
La consulta se llenó de deportistas que querían «lo mismo que Mercer», sin saber que el tratamiento mágico no era más que una pastilla ilegal.
Yo les hacía artroscopias. Les pautaba rehabilitación. Les recetaba analgésicos. Las anfetaminas eran solo para Ray.
Todos ganábamos. Esa era la mentira que me contaba cada vez que le entregaba un frasco nuevo. La misma mentira que los traficantes se cuentan: yo solo vendo; el que consume es responsable de lo que hace.
Cogí el teléfono del bolsillo y marqué los tres primeros dígitos del número de Hendricks.
Hendricks era el médico del equipo. Buen cirujano. Metódico, lento, sin imaginación, pero fiable como un Toyota. Podría haber hecho esa infiltración con los ojos cerrados y una mano atada a la espalda.
Pero Hendricks desconocía lo de las pastillas. Si él hubiera intervenido, habría seguido el protocolo estándar: anestésico local con adrenalina.
La adrenalina prolonga el efecto y reduce el sangrado.
Era lo habitual, lo correcto, lo que cualquier cirujano competente habría usado con cualquier paciente que no estuviera cargado hasta las cejas de un estimulante que le aceleraba el corazón como si llevara un motor de Fórmula 1 debajo del esternón.
En ese caso, añadir adrenalina era echar queroseno a una hoguera.